Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 16 de abril de 2013

Libro de Valine 62


Un golpe sordo me despertó sobresaltado, adormilado aún miré hacia la puerta. Elivyän estaba acuclillado junto a ella haciéndome gestos con las manos para que no hiciera ningún ruido. Permanecí  sentado sobre mi jergón intentando reconocer si aquellos golpes que se escuchaban fuera de la cabaña pertenecían a algún tipo de animal y, en ese caso, de qué animal podría tratarse.

-          ¿Crees que es un oso? –susurré.

-          No lo sé, a juzgar por los golpes parece un bicho grande, pero he mirado por los ventanucos y no he conseguido ver nada –dijo el elfo susurrando también.

-          Puede que sea un jabalí y por eso no hayas podido verlo por el ventanuco –asintió, sin apartar la vista de la puerta.

Podíamos ver una sombra que se movía de un lado a otro de la puerta, sin duda, buscando la manera de entrar. De repente el animal pareció quedarse parado, oímos un bufido y de nuevo un golpe seco.


-          Un par de golpes más como ese y lo tendremos desayunando junto al fuego en cualquier momento –dijo Elivyän con una media sonrisa-; lo malo… es que el desayuno seremos nosotros.

-          No tengo intención de servirle de comida a ningún habitante de este bosque – dije, sonriendo también-. ¿Has ideado algún plan para acabar con esa bestia?

-          Sí, había pensado en agrandar un poco el ventanuco y salir corriendo a toda prisa hasta uno de los árboles.

-          ¿Y el plan B? –El elfo abrió mucho los ojos mientras se tapaba la boca con una de sus manos- ¿No hay plan B? –Negó con la cabeza mientras ponía cara de pena.


De nuevo los golpes nos hicieron centrarnos en la pequeña puerta. La noche anterior nos había parecido que aguantaría las embestidas de cualquier tipo de animal, pero nos estábamos dando cuenta de que la habíamos sobrestimado y no le quedaban muchos más golpes antes de ceder a la presión. Fue entonces cuando me di cuenta de que el pequeño nudo que había en uno de los tablones había comenzado a desprenderse y sobresalía ligeramente. Me ayudé con la punta de la daga hasta que conseguí que saliera, dejando un pequeño hueco por el que intentar averiguar de qué animal podría tratarse, pero estaba demasiado alta. Lo único que alcancé a ver es que tenía cuernos. Podía ver las puntas de las afiladas astas de un lado a otro de la puerta mientras que aquel bicho no paraba de bufar.

-          Sea lo que sea no parece estar dispuesto a abandonar la caza –dije sin apartar el ojo de la improvisada mirilla.

-          ¿Ves algo?

-          Sí –tras una breve pausa, contesté a Elivyän, intentando no dejar ver con mucha claridad mi preocupación-. Tiene cuernos.

-          ¿Cuernos? ¿Eso es todo? ¿Sólo ves cuernos?

-          Solo veo las puntas. No tengo la menor idea de qué tipo de animal puede ser. Por más que me esfuerzo no sé qué tipo de fiera de este tamaño puede tener unos cuernos tan grandes.

-          ¿De este tamaño? ¿Cómo sabes cuál es su tamaño?

-          Porque solo veo las puntas de los cuernos y te aseguro que están muy afilados. ¿Qué sugieres que hagamos? –El elfo no contestó. Esperé unos segundos su respuesta, pero como no decía nada, me aparté de la abertura para mirarlo a él. Parecía concentrado, buscando rápidamente alguna estrategia que nos permitiera salir indemnes de aquella situación.

-          ¿Qué? Dime algo rápido –la puerta volvió a crujir- No aguantará mucho más. Despierta a los chicos y que estén preparados.

-          ¿Qué vamos a hacer?

-          En la siguiente embestida abriré la puerta. Tenéis que salir lo más rápido posible, intentaré dejarle encerrado dentro una vez que hayamos salido los cuatro. Tenemos que aprovechar el momento en el que vaya a golpear la puerta. Cuento con que la fuerza de la embestida le haga entrar hasta el fondo de la cabaña, dándonos ese pequeño margen de tiempo para salir de aquí corriendo.

-          ¿Hay plan B? –Preguntó con gesto burlón Elivyän. Gesto que preferí ignorar haciéndome el sordo.


Recogimos nuestras cosas y nos colocamos junto a la puerta esperando que aquella bestia se preparara para embestir de nuevo. La oímos ir de un lado para otro como si quisiera encontrar la manera de derribar la puerta sin tener que esforzarse mucho más de lo que ya lo había hecho. Sabíamos que sería una maniobra muy arriesgada, aquel animal parecía estar cada vez más furioso y, sin duda, a juzgar por sus esfuerzos para derribar la puerta, sabía que estábamos dentro. La oímos alejarse de la puerta y bufar de nuevo. Levanté la mano para indicar a mis compañeros que estuvieran atentos, desenfundé la espada y me preparé para abrir justo antes de que la bestia arremetiera de nuevo. La oí acercarse a toda carrera, levanté la tranca y la mantuve así hasta que calculé que había llegado el momento de abrir.


-          Corred –les grité.


Vimos pasar ante nosotros las puntas afiladas de las astas y salimos corriendo lo más deprisa que pudimos. Elivyän, que había salido el primero, cerró lo más deprisa que pudo tras salir el último de nosotros. Escuchamos un tremendo impacto, las paredes de la pequeña choza temblaron desprendiendo incluso el polvo acumulado en la techumbre. Nos quedamos parados escuchando, no se oía nada. Nos miramos unos a otros sin saber muy bien como deberíamos reaccionar. La razón me aconsejaba abandonar la zona lo más rápidamente posible, pero la curiosidad por saber de qué tipo de animal estaríamos huyendo me mantenía pegado al suelo como si algún hechizo hubiera influido en mis pies manteniéndolos inmóviles.

Pasaron algunos minutos que se me antojaron eternos. Nada. Recuerdo que incluso me planteé la posibilidad de que el animal se hubiera desnucado contra la pared de la choza, o quizá solo estaba aturdido. También cabía la posibilidad de que estuviera inconsciente. Pensé en acercarme a mirar por alguno de los ventanucos pero mis pies seguían negándose a obedecerme. De repente oímos un ruido que nos sobresaltó, parecía como si se hubiera volcado uno de los muebles. Instintivamente miré a mi alrededor, intentando a toda velocidad calcular las posibilidades que teníamos de escapar de allí si la bestia se liberaba y conseguía salir de la choza. Mientras mi mente calculaba a toda velocidad diferentes posibilidades escuchamos un gemido de dolor. Miré a Elivyän.

-          ¿Qué demonios ha sido eso? –Pregunté, mirando al elfo con la esperanza de que él hubiera identificado al animal, pero el elfo solo se encogió de hombros sin dejar de mirar hacia la cabaña- ¿Has oído alguna vez un quejido semejante?

-          Nunca –contestó el elfo.

-          Voy a mirar por el ventanuco.

-          No –gritó Yun mientras me sujetaba por la camisa.

He de reconocer que me sentí aliviado por un momento de que la niña me retuviera, porque justo en aquel mismo momento el animal volvió a quejarse y al mismo tiempo la puerta pareció crujir suavemente, como si estuviera a punto de abrirse.

Dimos unos pasos hacia atrás como si nos hubiéramos puesto de acuerdo los cuatro al mismo tiempo.  Sonó de nuevo el lastimero quejido, seguido de un potente bufido. Nos quedamos paralizados, la puerta comenzó a abrirse despacio.

-          ¡Por las barbas del rey Korgen! ¡Por todos los dioses paganos, me he roto un cuerno! Maldita sea mi suerte.


En ese momento no pude apartar la vista de la pequeña puerta, pero imaginé que la cara de mis compañeros no diferiría mucho de la que se me había quedado a mí. Cerré la boca cuando noté que estaba a punto de caérseme la baba. Parpadeé varias veces seguidas, supongo que con la intención de cerciorarme de que lo que estaba viendo no era producto de mi imaginación, que por algún motivo había decidido gastarme una broma.

Al cabo de unos minutos conseguí moverme. Giré la cabeza y paseé la mirada por mis compañeros que aún no habían sido capaces de reaccionar y mantenían la mirada fija en el umbral de la puerta, observando petrificados aquella figura que se dibujaba a contraluz y que nos miraba con la misma cara de asombro que nosotros a él.

Nos quedamos un rato largo mirándonos. Deduje que mediría como mucho metro y medio, de complexión robusta pero no podría decirse que estuviera gordo. Más bien era musculoso y potente. Poseía unos ojos profundos y oscuros y una larga barba que había trenzado de igual modo que su larga melena rojiza. Intenté calcular su edad, pero resultaba bastante difícil, ya que algunos enanos llegaban a vivir alrededor de 400 años. Aunque era evidente que ya no era un chaval. Calculé que su edad equivaldría a unos 35 o 40 años para los humanos. El enano avanzó un par de pasos, salió de la choza y en ese momento la luz del día iluminó su rostro.

Miró al cielo poniendo los ojos en blanco y después se inclinó apoyando las palmas de sus manos en las rodillas.

-          No puede ser. Esto no me está pasando, no está pasando –repitió como para convencerse a sí mismo-. Es producto del trompazo en la cabeza –nos miró sin levantar la cabeza y volvió a repetirse-. ¡No, no y no! No puede ser.

-          ¿Estáis bien maese enano? –Intenté que mi voz sonara cordial, pero el hombrecillo ni siquiera me miró.

-          Dos elfos, una niña y un humano, ¿pero cómo es posible tanto infortunio? –se restregó los ojos con los puños y volvió a mirarnos-. Definitivamente esto no está pasándome a mí.


Avanzó hacia nosotros dando grandes zancadas, bueno, todo lo grandes que le permitían sus piernas. Se detuvo ante mí, meneó la cabeza negando y siguió caminando hacia donde había dejado  sus cosas, se agachó junto a su mochila y dejó el cuerno que llevaba en la mano en el suelo para dedicarse a buscar algo dentro de su bolsa. Nosotros le íbamos siguiendo con la mirada, no podíamos creer lo que estábamos viendo. Habíamos pasado varias horas intentando escapar de… ¿UN ENANO?