Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

jueves, 31 de diciembre de 2009

El Legado del Dragón - Libro de Valine

Me incorporé de un respingo y abrí los ojos, con la respiración entrecortada y el sudor perlando mi frente. No era más que otra pesadilla -me dije a mí mismo-. Intenté tranquilizarme y respiré hondo, me dejé caer de nuevo sobre la cama pesadamente, no tenía ninguna gana de moverme, la verdad es que no había nada en mi triste vida que me impulsara a seguir adelante, de nuevo esos pensamientos lúgubres que me invitaban a abandonarme, morir resultaría demasiado fácil, demasiado tentador, tanto como para dejarme seducir y entregarme a su dulce abrazo, ese era mi destino y acudiría a su encuentro en cuanto hubiera terminado con lo que debía hacer.

Me levanté trabajosamente, angustiado aun por esa pesadilla recurrente que parecía no querer alejarse de mí por muchos años que viviera, una y otra vez, todas las noches desde que los monjes me encontraron cuando era apenas un niño vagando desnudo por las calles de Joba y me acogieron en la abadía, ella volvía a mí noche tras noche, como un amante que se cuela en tu alcoba aprovechando la oscuridad y el abrigo que proyectan las sombras. Sumiéndome en una profunda tristeza.

Sacudí la cabeza intentado con ese gesto sacar de ella las imágenes que aun revolotean sin darme tregua, me veía a mi mismo vagando desnudo por las calles heladas de Joba, muerto de frio y de miedo, abrazando mi cuerpo con mis manitas en un intento vano de calentarme, quería gritar, rugir, pero el miedo me atenazaba y me ahogaba, no podía gritar, no podía llorar, solo ante mis ojos una y otra vez imágenes de dos dragones ensangrentados en el frio suelo de una cueva, y un dragón de huesos practicando una especie de ritual sobre sus cuerpos muertos, oía el llanto de un niño escondido, mi propio llanto, y sabía con certeza que esos dragones tendidos en el frio suelo no eran otros que mis propios padres, en ese angustioso momento me despierto, sollozando y sin respuestas.

Todos los días al despertar me hago el mismo juramento, vengare la muerte inútil y sin sentido de mis padres y después me reuniré con ellos. He vivido buscando respuestas, desde que soy un hombre he buscado la razón de mi forma humana, ni siquiera sé como llegue a adoptar esta forma, quizá mis padres en un intento de protegerme, eso indica que ellos sabrían que estábamos en peligro, sabían que iban a morir y quisieron protegerme, pero ¿Por qué? Esa pregunta vuelve a mi mente una y mil veces.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 61



Miré hacia la casa, sentí que la determinación con la que había acudido a casa de Drusila se disipaba por momentos, en ese instante tuve la certeza de que si no hacía que mis piernas me obedecieran y comenzaran a caminar no podría hacerlo, no llegaría hasta la vivienda que parecía alejarse más y más en el horizonte. Saqué fuerzas de flaqueza y comencé a caminar, al principio con pasos cortos y lentos, pero según iba avanzando se convirtieron en zancadas y la velocidad aumentó considerablemente. Miré hacia la ventana de Drusila, la cortina se balanceaba ligeramente, la idea de que fuera ella revoloteó juguetona por mi mente: me agradaba la idea de pensar que me estaba esperando, una idea que se disipó a la misma velocidad que había surgido. Antes de que pudiera darme cuenta estaba tocando a la puerta con el gran aldabón que colgaba de ella; minutos más tarde la puerta se abrió. Ante mi apareció la vieja Nana, la nodriza de Drusila, la había cuidado desde que nació ya que su madre murió alumbrándola, y hacía falta una mujer que se hiciera cargo de cuidar a la niña. Nana me reconoció de inmediato, una sonrisa asomó a su viejo y ajado rostro al tiempo que me saludó inclinando la cabeza a modo de reverencia –Bienvenido a casa Sire –su voz me sonó familiar y en cierto modo me hizo recobrar parte de la confianza que había perdido. Pasé el dorso de mi mano por su cara y sonreí haciéndole ver que no era necesario que me acompañara a los aposentos de su señora.


Cuando la vieja se hubo retirado, me dirigí hacia la escalera. Empecé a subir despacio, los recuerdos se agolpaban en mi mente golpeándome con fuerza, todo lo que sentía y había sentido desde que conocí a Drusila se confabulaba contra mí sumiéndome en una total consternación según iba a avanzando hacia mi destino: la sola idea de que me rechazara me llenaba de amargura. Me detuve al llegar al rellano; el pasillo se extendía hacia ambos lados. Frente a mí, sobre el aparador, seguía el cuadro de Drusila: en él iba vestida como el día en que la vi por primera vez. Recuperé aquél cuadro de la casa de su padre cuando este falleció y desde entonces había estado colgado allí. Giré hacia su dormitorio, al final del pasillo, toqué un par de veces a la puerta y la abrí sin esperar respuesta. Atravesé el umbral y me detuve conteniendo la respiración… allí estaba ella, parada ante mí; dudé por un momento de si era real o tan sólo una materialización de lo que deseaba ver.


La observé sin articular una sola palabra, se había puesto un vestido azul marino que contrastaba con su piel extremadamente blanca, un zafiro en forma de lágrima colgaba de su cuello; esa gargantilla se la había regalado en nuestro primer aniversario. Se había recogido el pelo, pero aún así caía en cascada sobre su espalda… algunos mechones rozaban sus hombros, no sé de donde saqué las fuerzas para contener el enorme deseo de tomarla entre mis brazos. Esbocé una sonrisa y mis labios sólo pudieron balbucir algunas palabras –estás preciosa, Dru –la emoción que me embargaba no me dejó seguir hablando. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Me sobresalté al notar que perdía el equilibrio y se llevaba una de sus manitas a la frente… en ese momento salté hacia ella y la recogí justo en el momento en que le fallaban las piernas. La cogí en brazos y ella apoyó la cabeza en mi hombro; el aroma avainillado de su perfume me inundó por completo, incliné ligeramente el rostro y la besé el pelo sin que ella pudiera notarlo. La deposité con sumo cuidado sobre la cama, acaricié su melena y retrocedí unos pasos. Para ese momento había recuperado por completo la seguridad en mí mismo, me dirigí a ella con el tono de voz más dulce que pude –Cuando te sientas con fuerzas tenemos que hablar, amor mío –no podía apartar la mirada de su rostro, intentado percibir el mas mínimo cambio en él, pero Drusila permaneció hermética, tan sólo levanto hacia mí la mirada, en sus ojos sólo pude ver la tristeza que la embargaba.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Gracias Dama Blanca

Esta entrada se la voy a dedicar a la Dama Blanca, no sólo para agradecerle el detalle de entregarme este premio, que me hace mucha ilusión ya que ha sido creado para conmemorar su entrada numero 100, también porque le debo a ella y a que se puso incluso pesada insistiendo en que publicara la historia de Marcus y Drusila, la creación de este blog.

Además de ser una de las mejores escritoras que tenemos entre los bloggers, y de merecerse que le dedique una entrada, es de mi familia. Os recomiendo pasar por su blog “Fábrica de Sueños”, aunque creo que la mayoría ya lo conoceréis. Gracias Dama.



Este premio, como todos los que me dejan repartir, quiero compartirlo con todos los que me seguís y leéis mi blog. Gracias a todos y Feliz Navidad.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 60

Sopesé varias posibilidades y llegué a la conclusión de que la mejor manera de deshacerme del cuerpo de la chica era sacándolo del burdel. Miré a mi alrededor: todo estaba en orden, nada dentro de aquella habitación hacía sospechar lo que acababa de ocurrir hacia tan sólo un momento, había sido tan rápido que la muchacha no había tenido tiempo de reaccionar ni siquiera para luchar por su vida. Tomé el cuerpo entre mis brazos y salté por la ventana. Avancé sigiloso por los callejones, los suburbios no eran una zona precisamente concurrida y a esas horas de la madrugada ni las ratas eran tan osadas como para atreverse si quiera a pasar de un lado a otro de la calle. Me dirigí hacia el norte, en aquella zona los arrabales parecían fundirse con el mar, las viejas viviendas que lindaban con los acantilados parecía que fueran a precipitarse contra las rocas en cualquier momento, ese sería el destino de aquel cuerpo, para cuando lo recuperaran las olas habrían cumplido con su cometido y sería casi imposible deducir a quien pertenecían los restos.

Despuntaba el alba cuando atravesé el umbral del portón de entrada de la solitaria casa de Emaleth, esperaba que se hallara sumida en la oscuridad pero para mi sorpresa no fue así. La antesala estaba iluminada con candelabros de cuatro velas situados en puntos estratégicos que iluminaban la sala, el loro que en esta ocasión parecía que me hubiera reconocido me miró por un segundo y siguió comiendo sus pipas como si no me hubiera visto. La leña ardía en el hogar dibujado figuras extrañas, desprendiendo un calor que en aquella casa no sería reconfortante para nadie. Y la música de Emaleth, esa música de suaves acordes que inundaba todos los rincones de aquella mansión. No quise perturbar su aislamiento y me dirigí directamente a mi alcoba.

Había pasado los últimos días entre aquellas cuatro paredes perdido en mis recuerdos, hacía bastante tiempo no me había parado a pensar en los acontecimientos que habían tenido lugar desde que decidí abandonar Assen hacía ya demasiados años, uno a uno volvieron a mi memoria, algunos para atravesarme como dagas punzantes mi gélido corazón. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que la música había cesado, desde hacia un par de días la casa se mantenía en completo silencio. Había llegado la hora de enfrentar mi destino.


No recuerdo ni cómo ni en qué momento tomé mi levita y emprendí el camino hacia la casa de Drusila pero allí estaba, parado en el sendero que daba acceso a la mansión. Desde allí miré la casa que se alzaba majestuosa al final del camino. Por un segundo volvió a mi memoria aquél día de primavera en el que parado en el mismo sitio le mostré a Drusila la nueva casa, el camino ascendía hasta ella flanqueado por dos filas de naranjos en flor. El olor dulzón del azahar impregnaba cada rincón del jardín, la luna acariciaba con su luz mortecina las copas de los árboles, que se mecían levemente con la cálida brisa que corría aquella noche. Ante mí seguía la misma vereda, aunque en esta ocasión el jardín se había teñido de tonos que oscilaban entre el ocre y el dorado, las hojas habían abandonado las ramas de los árboles y se arremolinaban en algunos rincones empujadas por el viento.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Gracias Pedro.

Llevaba tiempo queriendo dedicarle una entrada en mi blog a un gran POETA al que considero no solo un buen amigo, sino alguien que ya forma parte de mi familia, que supo llegar hasta mi corazón, no solo con sus preciosas poesías también con su manera de ser. Una maravillosa persona.

Me refiero a mi poeta cubano Pedro, que desde su paradisiaca isla nos regala cada día sus hermosas poesías y sus sentimientos con palabras tan bonitas que se convierten en nuestros propios sentimientos.

Os recomiendo a todos que visitéis su isla, será una visita inolvidable. Pasaros por Pedro’s Island su blog, lleno de colorido y de emociones plasmadas en los versos más bellos.



Este premio no puedo repartirlo, Pedro ha implementado sus propias normas y será él mismo el que reparta los premios una vez al mes.

martes, 15 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 59.

Volví sobre mis pasos hasta salir de la casa, no me había vuelto a acordar de la necesidad de alimentarme durante el tiempo que había estado dentro, pero al sentir la suave brisa procedente del bosque que acarició mi rostro volví a la realidad, necesitaba saciar mi sed, me urgía encontrar una víctima, sentía como la bestia se iba apoderando de mí; el ansia me consumía. Atravesé el bosque lo más aprisa que pude, en mi mente se había fijado una única idea: matar.

Según me iba acercando a Assen la necesidad me iba dominando, para cuando llegue al límite del pueblo prácticamente no era dueño de mis actos, esa situación me dejaba desvalido, ya que mi mente no estaba clara para evitar ser descubierto por los paladines o los guardias que rondaban las noches del lugar. La verdad es que en ese momento y en el estado en el que me hallaba poco me importaba ser descubierto. Entré en el pueblo por los suburbios, las chamizos se apiñaban unos contra otros, la oscuridad y la bruma que se extendían por todos los rincones de aquel barrio me proporcionarían en cierto sentido el abrigo que necesitaba para pasar desapercibido. Me adentré por las callejuelas evitando pasar por debajo de las farolas, sin duda mi aspecto podría delatarme.

Me detuve ante la puerta del burdel; sabía que era una opción arriesgada, pero no tenía otra alternativa, era matar o morir cuando me fallaran las fuerzas para regresar al refugio que me ofrecía la casa de Emaleth, y el sol con sus cálidas caricias rozara mi piel para que se desvaneciera para siempre. Empujé la puerta, al abrirse una bocanada de aire viciado me golpeó el rostro, un olor nauseabundo mezcla de perfumes baratos que sin duda usaban las cortesanas, la traspiración de algunos lugareños y el humo de tabaco de pipa o de algún otro tipo de hierbas que los mortales se obstinaban en fumar… y sin lugar a dudas conocía a la persona que se las proporcionaba. Entré y me dirigí directamente a la dueña, era una mujer de mediana edad, entrada en carnes lo cual parecía complacerla, se había enfundado en un vestido de amplio escote que dejaba al descubierto gran parte de su anatomía. Se había colgado un camafeo a modo de gargantilla con una fina cinta de terciopelo negro alrededor del cuello. Mis ojos se clavaron en su cuello, podía escuchar con total nitidez el latido de su corazón, incluso la sangre que corría por sus venas. Me revolví nervioso con los coqueteos que aquella supuesta dama intentaba mantener conmigo, por fin se dio por vencida y me entregó la llave de uno de los dormitorios del piso superior. Giré sobre mis talones y me dirigí hacia la escalera sin pararme a mirar quien llenaba el salón aquella noche. El pasillo estaba oscuro, sin duda la mujer sabía como mantener la intimidad de sus clientes, se decía que era el salón más concurrido del reino. Miré la llave, un cordón de cuero trenzado la unía con una placa de madera en la que había un número grabado. Busqué la puerta que correspondía a ese número e introduje la llave en la cerradura, la puerta cedió, en el interior había una chica humana, no se giró a mirarme, tan sólo saludó sin volverse a mirar y me pidió que esperara un momento. Pero yo no podía esperar, un dolor profundo y desgarrador me consumía por dentro, salté sobre ella y bebí con ansia, en pocos minutos la había vaciado por completo. Dejé caer su cuerpo al suelo, había llegado el momento de decidir cómo me desharía del cuerpo sin levantar sospechas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 58.


La calesa tapizada en terciopelo granate llevaba las cortinas corridas; el interior se mantenía bastante oscuro, aún así no podía salir de mi asombro. Me dejé caer en uno de los asientos frente a la dama que ocupaba el carruaje. Ataviada con un elegante traje de terciopelo negro, un escote generoso que dejaba al descubierto sus hombros, mangas de murciélago acabadas en una diminuta puntilla negra, bordado en pedrería y falda de miriñaque adornada con cintas de raso negro otorgándole un porte de gran dama. Adornaba su pronunciado escote con una gargantilla de brillantes de la que colgaba un zafiro de considerable tamaño. Había recogido su hermosa melena rojiza en un moño, pero había dejado caer sobre un lado de la cara un mechón sin duda para cubrir la cicatriz que cortaba esa parte de su rostro. No daba crédito a lo que estaba viendo, estaba seguro de que K había muerto en el enfrentamiento con Selil, pero ahí estaba sentada ante mí y la visión que me proporcionaba era realmente increíble. Como era de suponer no había montado toda esa parafernalia sin una intención concreta, se dirigía al palacio bajo una falsa identidad, con la intención de desvalijar a todo incauto que cayera bajo el influjo de sus encantos.

- ¡Vaya, vaya! Kírsten, te hacía vagando por alguno de los nueve infiernos -sonreí con sarcasmo-, pero tienes más vidas que un gato.
- ¿Qué buscas en mi coche? Como debes suponer no eres bien recibido –se coloco el mechón que llevaba a modo de flequillo.
- Eres mi cena esta noche –una leve sonrisa iluminó su rostro.
- Supongo que hablaras en serio –sin cambiar el gesto, introdujo los dedos en la manga del vestido y tiro despacio de un estilete sin llegar a sacarlo del todo, capte la indirecta y sonreí abiertamente.
- Eres una mujer llena de sorpresas, tendremos que posponer esta cita, esta noche llevo prisa.


Salté del carruaje un tanto contrariado, mi alimento se alejaba a gran velocidad, pero la necesidad de alimentarme no había disminuido, por el contrario iba en aumento. Atravesé lo más rápido que pude el bosque, sorteando sin dificultad los árboles: olmos centenarios en su mayoría. Me detuve ante la casa, observé con detenimiento cada ventana, intentando averiguar si ella estaba dentro, pero nada parecía indicar que así fuera; por un momento deseé que estuviera el hombre que ahora se sentía dueño del corazón de mi vampiresa. Por un momento recreé en mi imaginación varias maneras de darle muerte, una amplia sonrisa asomó a mis labios, he de reconocer que habría sido un gran placer para mí acabar con su vida.

Atravesé la puerta de entrada con paso firme, la casa no había cambiado, parecía que el tiempo se había detenido en la noche que tomé mi capa y salí para no regresar en casi un siglo. Subí la escalera que conducía al segundo piso, avancé despacio por la galería acariciando cada uno de los recuerdos que acudían a mi mente en tropel, al fondo se hallaba la puerta de nuestra alcoba. Posé la mano en el picaporte, y en ese momento fui consciente de que hasta el pulso me temblaba ligeramente. Abrí la puerta despacio, el aroma al perfume dulzón que utilizaba Drusila me invadió hasta nublar mis sentidos, un pequeño bulto de ropa llamo mi atención: estaba en el suelo junto a la cama, era el camisón de Drusila. Lo recogí del suelo y lo dejé sobre la cama. Miré a mi alrededor, el dormitorio de Dru seguía siendo sin duda su refugio, seguía tal y como yo lo recordaba. Me acerqué a su mesilla y deposité allí la carta. Ya sólo me quedaba esperar la respuesta.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Premios al Blog

Muchas gracias Manu del blog “Mis cosas son tus cosas” por acordarte de nuevo de mi blog para concederle este premio. Aprovecho también para agradecerle a Vuelo de Hada del blog “En un Rinconcito” ya que en su momento no pude hacerlo, espero que no me lo tengas en cuenta, no he andado muy bien últimamente.


Estos premios no vienen con límite, ni con preguntas, ni nada de eso lo cual es un alivio porque cada premio que recibo me gustaría compartirlo con todos los que me seguís.

El premio de Manu sin embargo trae una pequeña historia que aunque no es obligatorio poner, voy a copiar tal como él la ha puesto porque me ha gustado mucho.




En la mitología nórdica, Valhalla es la fortaleza a la cual los guerreros o einherjar van al morir en combate. Se sitúa en el palacio de Odín en Asgard, donde los guerreros fallecidos son bienvenidos por Bragi y conducidos por las valquirias.

Se dice que hay lugar suficiente para todos los elegidos. Aquí, todos los días los guerreros muertos que asistirán a Odín en el Ragnarok, el conflicto final de los dioses con los gigantes, se preparan para la batalla en las llanuras de Asgard. Por la noche, retornan a Valhalla para disfrutar de banquetes de jabalíes acompañados de hidromiel.





Mis nominados sois (espero que no se me pase nadie), bueno en realidad sois todos los que deseeis retirarlo. Pero como suelo hacer voy a nombrar a unos cuantos.






viernes, 4 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 57.

Me miró directamente a los ojos, se retiró un mechón de pelo que le había caído sobre la cara al inclinarse hacia mí y continuó hablando pausada y solemne.

- Lo imagino Marcus, y respecto a eso sólo te pediré una cosa: no le hagas daño a Drusila, ya lo ha pasado bastante mal en tu ausencia. Casi tanto como sufrimos nosotros durante el proceso de transformación de Raven. Lo intentamos todo, pero no pudimos frenarlo; aún así jamás le abandonaré, entre los dos encontraremos el remedio o pereceremos en el intento.

Hizo un gesto de desagrado dando así por terminada la conversación. Se giró de nuevo hacia el cuervo sin dejar de acariciarlo, el animal permanecía inmóvil… sin duda disfrutaba de cada una de las caricias de esa gélida y delicada manita. Se alejó del cuervo y volvió a coger el violín, se acercó a las llamas del hogar y retomó su música por donde la había dejado. De nuevo los acordes de aquella triste melodía invadieron los rincones del caserón otorgándole un halo aún más misterioso.

Volví sobre mis pasos, atravesé la antesala y de nuevo el loro profirió sus estridentes gritos alertando de mi presencia a todo el que pudiera escucharle, pero en esta ocasión no me importó, incluso me paré un momento para oír las barbaridades que soltaba por el pico: una sonrisa se dibujó en mi rostro al tiempo que intentaba imaginar quien se las habría enseñado; en pocos segundos tuve claro que no podía ser otro que Tasadar. Empecé a subir la escalera cuando me di cuenta de que había anochecido, me llevé la mano al pecho para comprobar que la carta que le había escrito a Dru seguía en el bolsillo interior de mi levita. Me detuve un segundo dudando si sería o no el momento de acercarme a su casa, la sola idea de tenerla ante mí me alteraba hasta tal punto que el corazón habría saltado de mi pecho si aún pudiera latir. Giré tan bruscamente que me vi obligado a saltar de un golpe los peldaños que había subido, me encaminé hacia la puerta que daba acceso a la casa y salí a la calle. La luna se alzaba asomando tímidamente entre las copas de los árboles, su tenue luz apenas iluminaba el sendero. Atravesé el claro para adentrarme en el espeso bosque. La oscuridad me cubrió con su denso manto y las sensaciones que horas antes había despertado en mí aquel viejo bosque volvieron a invadirme. Me sentí fortalecido y capaz de enfrentar cara a cara todas y cada una de las dificultades a las que sin duda debería hacer frente para recuperar el amor de Drusila.

Estaba llegando al camino que partía de Assen hacia el norte, era un sendero concurrido ya que conducía directamente a Sartil-Null, ciudad que albergaba entre sus robustas murallas el Palacio Real. Los comerciantes de Assen solían recorrer aquella calzada durante las noches para llegar con las primeras luces del alba. Hacía ya varios días que no me alimentaba, a pesar de haber conseguido dominar en cierto modo el ansia, el dolor que me provocaba empezaba a ser intenso: necesitaba encontrar una víctima con bastante premura.

Me agazapé entre unos matorrales bastante altos, la complicidad de la luna era lo que necesitaba para no ser descubierto, permanecí inmóvil durante bastante rato, hasta que mi suerte cambió. Un lujoso carruaje se acercaba bastante veloz, era una calesa oscura, tirada por dos briosos corceles negros; sin duda alguien importante viajaba en su interior, pero para su desgracia yo podía ser más veloz que sus caballos. Esperé a que el carruaje estuviera a mi altura y salté sobre él, abrí la puerta y me colé en su interior a gran velocidad. Me quedé paralizado, no era posible lo que estaba contemplando.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Libro de Marcus - 56.


Se acercó a la chimenea, cogió las tenazas de hierro forjado, se acuclilló junto a la lumbre para colocar uno de los troncos que había caído hacia un lado consumiéndose sin llama, una vez que lo hubo colocado sobre los otros, dejó la herramienta a un lado y tomó entre sus manos un fuelle de maderas nobles y piel de oveja para azuzar el fuego. Siempre me llamó la atención el gusto obsesivo que tenía Emaleth con el fuego en el hogar. Comenzó a hablar sin volverse a mirarme, como si yo no estuviera allí y hablara con Raven. El cuervo se acercó hasta el filo del palo más cercano a ella, creo que realmente existía tal conexión entre ellos que el córvido sabia cuando la vampiresa hablaba con él.

-Tú y yo estamos malditos Raven, amigo mío… estamos condenados y no sólo a la eternidad.

Fue entonces cuando resolví formar parte de la conversación que sin duda Emaleth estaba evitando mantener conmigo. Me incorporé en el asiento apoyando los codos en las rodillas, mientras ella había dejado el fuelle a un lado del hogar y estaba acariciando al cuervo con el dorso de la mano, me miró fijamente esperando mi reacción. Esperé paciente a que estuviera preparada para contarme lo que estaba pasando, aunque en mi interior la curiosidad se iba haciendo cada vez más fuerte.

- Supongo que sabrás que hace ya casi un año desde que volví a despertar –hizo una pausa esperando mi respuesta.
- Lo sé, Valkiria me lo contó en alguna ocasión pero no me dio detalles, tan sólo que Selil te trajo de vuelta con magia negra –contesté mientras asentía con la cabeza. Me miró esbozando una sonrisa amarga.
- Así es, ella me trajo de regreso. Mentiría si te dijera que fui consciente de donde estaba o de lo que sentí mientras estuve allí –seguía acariciando al cuervo distraídamente mientras hablaba conmigo– pero de algo si estoy segura Marcus, tan segura como estoy de que tú y yo estamos hablando de ello ahora mismo. Hay algo dentro de mí, algo que según van pasando los días me controla cada vez más, algo que me consume –tiró de uno de sus guantes de encaje negro y me mostro el antebrazo; lo examiné con cuidado-. Al principio –prosiguió con su relato– tan sólo era una mancha, algo informe, borroso, una mancha que más que doler molestaba, pero poco a poco ha ido perfilándose, tomando forma… y según la mancha se va definiendo noto como el mal que me consume crece dentro de mí, toma fuerza en mi interior y día a día lo voy viendo más claro –giró la cara hacia el cuervo y le dedicó una sonrisa abatida–, este símbolo representa a un cuervo con las alas desplegadas, es aquél que se te llevó amigo mío –su melodiosa voz pareció quebrarse al pronunciar las últimas palabras.

Me quedé un tanto aturdido, no supe que decir ni que hacer en ese momento, sentía la necesidad de tranquilizarla, pero las palabras huyeron de mi boca, sólo pude mirarla perplejo. ¿Cómo era posible que Emaleth portara algo tan terrible en su interior? Algo que la consumía lentamente, ¿pero que podía ser? ¿Por qué Selil no lo había previsto? Tantas y tantas dudas me invadían en ese momento que no pude articular ni una sola palabra. Emaleth notó mi turbación y continuó hablando.

- Desde que ese cuervo apareció en mi muñeca he ido experimentando cosas cada vez más extrañas, cosas que nunca antes de El Despertar me habían sucedido. Lo he estado ignorando cuanto he podido, pero sé que, más bien temprano que tarde, tendré que afrontar la realidad. Tendré que marcharme… hasta que consiga averiguar qué es esto que porto, o al menos, consiga dominarlo. Lo entiendes, ¿verdad, Marcus? –me instó intentado que volviera a centrarme en la conversación y pudiera abandonar, al menos de momento, la conmoción que me había supuesto enterarme de aquella espantosa noticia.
- Vas a marcharte entonces –balbucí en un tono de voz que sonó un poco grotesco.
- Así es, he de hacerlo. Pero tú puedes quedarte en mi casa todo el tiempo que necesites, puedes disponer de mi casa como si fuera la tuya, toma –extendió la mano para ofrecerme la llave del caserón.
- Te lo agradezco Emaleth, supongo que sabes el motivo que me trae de vuelta –dije mientras la cogía.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Libro de Marcus - 55.

Empujé la puerta y ésta se abrió de par en par dando acceso a un habitáculo oscuro, en el suelo. En mitad de la habitación había dibujado un pentagrama en el centro del cual se hallaba un ataúd de madera de cerezo brillante, sobre la tapa tenia tallado un escudo que supuse que se trataba del emblema de su familia, el interior de seda abullonada en tono marfil y los herrajes de un metal dorado relucía como si fueran de oro. En cada punta del pentagrama suspendidos en el aire, unos cristales con talla de diamante emitían una tenue luz en tono verdoso, incluso juraría que emitían un leve tintineo apenas audible. En la pared del fondo de la habitación colgaba un tapiz con una escena de una audición de música, en el lado izquierdo del tapiz una muchacha tocando el violín mientras en el lado opuesto un grupo de tres o cuatro personas escuchaban embelesados. En el lado derecho de la estancia había una gran chimenea, por algún motivo a ella le gustaba el fuego, el chisporroteo y el crepitar de las llamas, me pregunté si por ese motivo estaría encendida también la chimenea de la antesala.

Parada ante el hogar con el violín en una de sus manos y el arco en la otra se hallaba Emaleth, sin duda era una mujer muy bella, su cabello negro como la noche caía lacio hasta la cintura y lo había adornado a un lado de la cabeza con una rosa negra que acentuaba más si cabe su belleza. En sus ojos verdes se reflejaban tonos naranjas que proyectaba el fuego de la chimenea otorgándoles un brillo mágico, pero a pesar de ello reflejaban una profunda tristeza, aunque para ser sincero no recordaba haber visto otra cosa que no fuera pesar en aquellos ojos. Llevaba puesto un corpiño de encaje con un amplio escote que dejaba al descubierto su mortecina piel y una falda de volantes que caían vaporosos hasta el suelo, adornaba sus manos con unos mitones de encaje negro haciendo juego con el resto de su atuendo. Me miró y una triste sonrisa se dibujó en sus finos labios, extendió la mano con la que sostenía el arco del violín y con un gesto de sus dedos me indicó que me acercara a ella.

Avancé unos pasos hacia ella, después de cerrar la puerta tras de mí. En ese momento me percaté de que a uno de los lados de la chimenea, en una percha para aves, había un cuervo que me observaba escrutando cada uno de mis movimientos. Emaleth miro hacia el pájaro siguiendo la trayectoria de mi mirada y luego se volvió de nuevo hacia mí.

- ¿Recuerdas a Raven, querido Marcus? Sin duda él si te recuerda a ti –una sonrisa sincera se dibujó en su hermoso rostro.
- Sí, lo recuerdo –mi voz se me antojó un tanto irónica, aunque nunca me gustó ese animal no había sido mi intención en ningún momento referirme a él con ironía.

Se dirigió hacia uno de los sillones que se situaban justo enfrente de la gran chimenea y soltó allí su violín, me miró fijamente a los ojos y me tendió la mano en un gesto amistoso. Me acerqué hasta ella y tomé su mano, la atraje con suavidad hacia mí y la besé en la frente. El pájaro se agitó, moviéndose nervioso de un lado a otro del palo, profiriendo ese graznido desagradable que emiten los cuervos. Señaló a uno de los sillones y con su voz melodiosa me invitó a sentarme. Solté su mano y me acomodé en uno de ellos. Clavé mi mirada en la suya y sin más preámbulos le pregunté ¿Qué está pasando Emaleth?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Libro de Marcus - 54.

Las horas se me hicieron interminables; seguía tendido sobre aquella cama con la estancia en penumbras, y aunque me sentía vacio y roto por dentro, no pude evitar rebuscar en lo más profundo de mi memoria los recuerdos de aquel día en el que Drusila despertó ante mí, abrazando su nueva forma de vida, si es que puede llamarse así.

Me hallaba perdido en mis recuerdos cuando escuché un violín, la música sonaba muy tenue. Me senté en la cama de un salto y agucé el oído intentado ubicar de donde procedía la melodía. Salté de la cama y me acerqué hasta la puerta, la abrí ligeramente y aún así el violín sonaba lejano. Sin duda Emaleth había vuelto pero ¿Cuándo? No habrían pasado más de seis horas desde que Tasadar me dejo entrar en el caserón, por lo tanto el sol aún se alzaría amenazador para cualquier vampiro.

Decidí que a pesar de la advertencia de Tasadar de que no anduviera por el caserón, había llegado el momento de salir de aquella estancia y aventurarme por aquellos oscuros pasillos con el fin de descubrir el motivo por el cual aquel vampiro me había mentido sobre el paradero de Emaleth. Salí a la galería, que como el resto de la casa se hallaba en penumbras, las luces de algunos candiles iluminaban tímidamente los largos corredores que dividían la casa en tres zonas bien diferenciadas. Llegué a la escalera y me detuve para comprobar que ningún ruido provenía del piso de abajo, al menos ningún ruido cerca de la escalera. Una vieja escalera de madera que si no fuera por la alfombra que la cubría sujeta con unas varillas doradas en cada ángulo de los escalones, habría crujido alertando a cualquiera de mi presencia, no podía permitir que me descubrieran hasta haber llegado a la melodiosa sintonía y a su hacedora. Bajé los escalones uno por uno, poniendo en ello todo el sigilo del que era capaz y por fin llegué al piso bajo: delante de mí, la puerta que daba acceso a la mansión se alzaba imponente como si de un enorme vigilante se tratara. La chimenea estaba encendida, me pregunté para qué la habrían encendido unos seres tan fríos como el hielo. A uno de los lados de esa chimenea había un loro, en el que no había reparado antes. El animal no hacía otra cosa que comer pipas, justo hasta el momento en que me vio, que cambio las pipas por unos gritos ensordecedores. Me paralicé al oír los gritos del dichoso pájaro, recorrí con la mirada la antesala buscando algún sitio donde ocultarme, cuando percibí casi por el rabillo del ojo una puerta oculta tras un biombo de madera labrada; aceleré el paso hasta aquella salida que para mi sorpresa no estaba cerrada con llave, empujé y la puerta cedió dócil sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Atravesé la puerta y la cerré tras de mí.

Aquella portilla daba acceso a una especie de túnel de piedra, las piedras rezumaban cierta humedad que otorgaba un olor peculiar a la estrecha galería que se extendía hasta perderse en la oscuridad. Avancé por el oscuro y húmedo pasillo hasta que este se abría en una especie de zaguán al que daban tres puertas. El sonido del violín se escuchaba nítido, provenía de detrás de una de ellas. Me acerqué, puse la mano sobre el pomo y dudé durante un rato si abrir o dar media vuelta y volver al dormitorio. Me dispuse a girar el pomo cuando de repente la hermosa melodía se detuvo, pude escuchar la voz de una mujer diciéndome: Pasa Marcus.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Premios al Blog

Quisiera agradecer a Miedoso y a Dama Blanca por acordarse de mi blog para hacerme entrega de estos premios, le pido disculpas por no haberlo posteado antes.

Miedoso decidió asustarme y la verdad es que me ha gustado su manera peculiar de hacerlo, os invito a pasar por su blog ㋛۞¤ ๋•★ ♣ ♠El Portal♠ ♣ ★๋•¤۞㋛ es un gran blog.
Gracias Miedoso.

El premio blog Fantasía me llega de otro gran blog Fábrica de Sueños de la mano de Dama Blanca que me sigue desde el principio, no sé si porque le gusta mi blog o porque es de mi familia, casi mejor no le pregunto xD.

Gracias Dama Blanca.


Este premio tiene sus reglas que son:

1-Mencionar y enlazar a quien lo concedió
2-Explicar de qué se trata el premio.
3-Elegir y enlazar cinco blogs para continuar el premio
4-Anotar las reglas.
5-El diseño y reglas del premio son inalterables.

El premio se trata del reconocimiento a esos blogs y temática que nos transportan a una sana fantasía que como dijo el escritor J.R.R Tolkien" La fantasía es una actividad humana natural, que no destruye ni ofende la razón; al contrario, cuando más aguda y clara es la razón más capaz será de producir buenas fantasías, lo cual es muy positivo e incluso irónico".

Por último quisiera añadir que me gustaría poder entregar este premio a todos los que me seguís, pero solo pueden ser cinco los elegidos, espero que nadie se lo tome a mal porque realmente lo tengo muy difícil para decidir. Esta vez le voy a pasar el testigo a:

- Maldoror - Melodías de Clavicordio

- John W. - POLIDORI

- Fher - La Liturgia de las Despedidas

- Miguel Angel - Doloralfa

- Voivoda Vlad Dracul - Drácula

Este premio me llego ayer, pero lo voy a incluir en esta entrada, ya que va de premios. Viene de Mis cosas son tus cosas, el blog de Manu. El premio se llama “El Blog más Chulo”, todos los blogs que he visitado tienen cosas chulas, así que me gustaría que lo tomarais como un homenaje, pero como me va a ser imposible nombraros a todos, nombrare a algunos y los demás por favor no lo toméis a mal, aunque vuestro blog no salga en la lista el premio es igualmente para vosotros también.


- Fábrica de Sueños

- Criaturas de la Noche...

- Las Palabras Insolentes

- Melodías Clavicórdicas

- Claro de Luna

- DESDE MI CEMENTERIO

- ● Mirror Of The Darkness ●

- POLIDORI

- PALABRAS AL ABISMO...

- La Liturgia de las Despedidas

- La dama de los vampiros

- DOLORALFA

- ㋛۞¤ ๋•★ ♣ ♠El Portal♠ ♣ ★๋•¤۞㋛

- El rincon de mari

- P É T A L O S D E N O C H E

- Testamento de un padre soltero

- Noelia Pensando

- STELLA

- El Susurrador de medianoche

- ACEPTARSE A UNO MISMO

- EL OSCURO Y POLVORIENTO DESVÁN DE MI MEMORIA

- REBELDE

- Déjá vu

- Mi Mundo Interior

- Vuelo de Hada

- Aurora Boreal

Para finalizar, recordaros que los que no estéis en esta lista, igualmente podéis recoger el premio si lo deseáis. Besitos a todos.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Libro de Marcus - 53.


Arrugué el pergamino con una mano mientras con la otra propinaba un puñetazo contra el escritorio, un dolor punzante me atravesó la mano subiendo por el brazo casi hasta el hombro al tiempo que escuché un chasquido; sin duda algo se había roto. Pero ni siquiera ese dolor pudo apartar de mi mente la angustia que me había provocado la carta de Drusila, de alguna manera me había partido en dos, me sentía despedazado, roto. No sé cuantas horas pasé sentado ante aquel escritorio con la cabeza entre las manos sumido en una profunda tristeza, en la desesperación más absoluta. No podía apartar de mi mente su hermoso rostro, sus ojos llenos de amor clavados en los míos, sonriendo eternamente. Una y otra vez me maldije a mi mismo por haberla abandonado cuando realmente hubiera dado mi vida por ella sin dudarlo un solo segundo de mi ya larga existencia.

No podía ni quería imaginar mi vida sin tenerla a mi lado, las ganas de seguir con mi existencia me abandonaban por momentos, llegando incluso a plantearme la posibilidad de salir al jardín y dejar que el sol acariciara mi rostro por última vez… acaricié esa idea durante bastante rato. Me acerqué a la ventana y corrí la gruesa cortina, en el horizonte se podía apreciar la claridad que apenas imperceptible iba tornando la oscuridad de la noche en una mañana que a pesar de amenazar con ser clara y soleada para mí era la más oscura y tenebrosa de toda mi vida.

Cerré las cortinas con tanta fuerza que la barra de madera que las sujetaba estuvo a punto de ceder y caer sobre mi cabeza. En ese momento el dolor y la desesperación dieron paso a la fortaleza que necesitaba para recuperar el amor de Drusila. No estaba dispuesto a abandonar la lucha, a quitarme de en medio y dejarle el camino libre a aquel semidragón, sin ofrecer la menor resistencia, como hubiera hecho un caballero que se sabe vencido. No era un caballero y no estaba dispuesto a perderla, no sin haber hablado antes con ella. Me acerqué al escritorio, tomé la pluma y extendí uno de los rollos de pergamino; comencé a escribir, tenía que medir las palabras porque sabía que de esas letras dependía mi futuro. Mojé la pluma en la tinta y dejé que mi corazón se encargara de hacer el resto, las palabras parecían brotar espontaneas de la pluma: A mi adorada Dru.

Guardé la carta en el bolsillo interior de mi levita y volví a dejarla sobre la chaise longue. Me dirigí hacia la cama y me dejé caer pesadamente en ella, tan sólo hacía un rato que había amanecido, me esperaba un día muy duro y muy largo. Tirado sobre aquel mullido colchón y con la vista fija en algún punto del techo, mi recuerdos decidieron afluir a mi mente. Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios al recordar el momento en el que por primera vez pude contemplar la sonrisa dulce de mi pequeña Drusila.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Libro de Marcus - 52.

La casa se hallaba en la más completa penumbra, ni siquiera podía observarse el tenue reflejo de algún candelabro. Me detuve ante los escalones del viejo porche y miré a mi alrededor con la esperanza de encontrar algún lugar donde guarecerme de los rayos del sol, que ya empezaba a teñir el cielo con sus tonos entre rosáceos y violetas, convirtiéndose en una clara amenaza. Subí los cuatro escalones y atravesé el soportal hasta situarme delante del portón, llamé varias veces golpeando la puerta con el aldabón que colgaba justo en medio, agucé el oído con la esperanza de oír pasos acercándose. Después de unos segundos que se me hicieron interminables, la puerta crujió ante mí, la silueta de un hombre enfundado en una especie de túnica negra apareció al otro lado del umbral. Sin duda se trataba de uno de los compañeros de la vampiresa. Me miró de arriba abajo, se apartó para dejarme libre el paso y con un gesto de su mano me invitó a entrar.

- ¿Puedo saber quién sois? –preguntó con voz solemne.
- Me llamo Marcus, soy un viejo amigo de Emaleth pasaba por a….
- Emaleth no está en este momento –me cortó tan bruscamente que no pude terminar la frase.
- ¿No sabéis si tardará en regresar? –contesté y, a pesar de intentar que no se notara, el tono de mi voz sonó contrariado por los modales de aquél vampiro.
- Suele tardar varios días en regresar, pero te prepararé una estancia donde puedas acomodarte hasta su regreso. Soy Tasadar – inclino la cabeza a modo de saludo.


Cerró la puerta tras de mí, dio tres vueltas de llave y me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. La entrada al caserón era muy amplia, una gran alfombra cubría casi la totalidad de la estancia. A pesar de que fuera de la casa no se divisaba luz alguna, dentro se respiraba un ambiente agradable y acogedor, iluminado por algunos candelabros de cuatro velas que titilaban alumbrando la antesala. Los muebles bastante aparatosos eran de algún tipo de madera tirando a rojiza, los tiradores labrados pendían de los cajones. Las finas porcelanas que sin duda habría colocado Emaleth sobre esos muebles denotaban un gusto exquisito. Atravesamos el salón y subimos al segundo piso por una de las escaleras laterales, seguí a Tasadar en silencio. Ya en el piso superior avanzamos por un pasillo hasta que nos detuvimos frente a una de las puertas. Me mostró la habitación y se retiró, no sin antes advertirme de que no se podía deambular por la casa. Ya en la alcoba miré a mi alrededor, estaba seguro de que este era el ala de la casa que pertenecía a Emaleth. Habíamos pasado por uno de los aposentos que tenia la puerta entreabierta y al mirar pude ver el violín que usaba ella cuando tenía necesidad de dar rienda suelta a su creatividad. Una gran cama de aspecto majestuoso con dosel y cortinajes en tonos ocres presidia la estancia. Me acerqué a una de las mesitas que había a los lados de la cama y prendí las velas del candelabro. En la pared de la izquierda se hallaba el escritorio, sobre él pude observar un tintero y a su lado una pluma de ave perfectamente afilada, algunos royos de pergamino y una barra de lacre. A la derecha un cheslón tapizado con la misma tela de que estaban hechos los cortinajes y el cobertor de la cama.

Me quité la levita, cogí la misiva que me había enviado Drusila y la dejé caer sobre la butaca con cuidado de que quedara suficientemente estirada para no arrugarse demasiado. Rompí el sello de lacre, pasé un rato dándole vueltas al pergamino sin atreverme a desenrollarlo, estaba casi seguro de que no me gustaría lo que iba a leer, aunque tenía la esperanza de que fuera una cita o incluso que me dijera que volviera a su lado para no separarnos nunca más. Saqué fuerzas de flaqueza y comencé a abrir la carta lentamente, las primeras palabras empezaron a asomar tímidamente; Mi querido Marcus. Una extraña ansiedad se apodero de mí, comencé a desenrollar el pergamino tan rápido que casi lo rompo, y fue entonces cuando la desesperación se dibujo en mi rostro, no podía creer lo que estaba leyendo.

Hace tiempo que te fuiste,
te arrancaron de mi pecho,
el vacio que dejaste
no lo llenarán mil besos.

Ni otros brazos que me oprimen
en abrazo placentero,
ni esa mirada tan tuya,
ni el susurro de un Te quiero.

Cuando me cubra la noche
con su manto de silencio,
buscaré desesperada
el recuerdo de tus besos.

Cuando el sabor de la muerte
envuelva todo mi cuerpo,
con mi último suspiro
volveré a decir Te quiero.





martes, 10 de noviembre de 2009

Libro de Marcus - 51.

Me miró durante un segundo y a pesar de que su hermoso rostro no reflejaba ningún tipo de sentimiento, en sus ojos brillaba una chispita de orgullo a consecuencia de la victoria sobre su oponente. Paseó la mirada por el local, hizo un gesto de desagrado provocado por los desperfectos ocasionados en el salón y se dirigió hacia la zona reservada. Giré sobre mis talones y aparte de un puntapié uno de los cuerpos que yacían sobre la gruesa alfombra, me encaminé hacia la salida, no tenía muy claro hacia dónde dirigirme, necesitaba encontrar algún sitio que me ofreciera la suficiente intimidad para abrir la misiva de Drusila.

Pensé en tomar una habitación en la posada, pero lo descarté casi de inmediato, no era un buen sitio ya que me vería obligado a pasar por delante del ayuntamiento, ahora custodiado por los Paladines; esos hombres parecían poseer un don especial para detectar a los vampiros. Me paré un segundo ante la puerta con la mano apoyada sobre el pomo, por un momento dudé si debería de quedarme junto a Selil esa noche, pero tuve la certeza de que la gente de K no volvería durante un tiempo, y desde luego mucho menos esa noche.

Giré el pomo y tiré de la puerta que se abrió sin ofrecer la más mínima resistencia, una bocanada de aire fresco inundó la entrada, no me había dado cuenta hasta ese momento de lo cargado que se hallaba el ambiente dentro del recinto, lo cierto es que lo agradecí. Salí al callejón, la antorcha que iluminaba el cartel con el nombre del garito se había apagado, la luna iluminaba tímidamente los callejones de los suburbios, las destartaladas casas adquirieron una imagen más ruinosa si cabe. En los arrabales raramente se podía llegar a ver el cielo dado que la bruma era demasiado espesa, pero aun así intuía que el sol no tardaría demasiado en salir. Tenía que decidir rápido donde dirigirme si no quería que me pillara sin haberme refugiado antes. Una imagen acudió a mi mente, una hermosa y dulce dama, que a pesar de ser una vampiresa era una mujer sensible dedicada a las artes y a la interpretación, Emaleth, mi querida y vieja amiga.

Recordé mientras caminaba por aquellas angostas callejas que Emaleth vivía en un viejo caserón no muy lejos de Assen, si apresuraba el paso me daría tiempo a llegar antes del amanecer. La última vez que la vi, me invitó a pasar unos días en su casa, recuerdo que vivía con otros dos vampiros que a mi juicio se rifaban sus favores. Si no recordaba mal uno de los vampiros que compartía la morada con ella se hacía llamar Tasadar, un arcano bastante antiguo, poseedor de una magia muy poderosa. Los hechiceros no sé realmente por qué motivo siempre me han producido cierto rechazo. En este caso, no sólo era rechazo, había llegado a mis oídos que admiraba a Drusila, motivo suficiente como para que me hiciera ponerme en guardia. Aceleré el paso y me encaminé hacia el caserón.

Abandoné los callejones de los suburbios para adentrarme en las calles de Assen que aún permanecían iluminadas por las farolas convenientemente situadas a poca distancia en ambos lados de la calle. Me encaminé hacia el sur, no estaba seguro de recordar el camino, pero sabía que en el camino que lleva hacia el sur había bastantes cuevas, en caso de no dar con la casa siempre podría refugiarme en alguna de ellas. Pasé por delante del templo, resultaba incluso chocante que el círculo de bancos situado en uno de sus laterales se encontrara completamente vacío, por algún extraño motivo se había convertido en el centro de reunión de la comunidad vampírica de Assen. Crucé el río por el viejo puente, tomé el camino que llevaba al bosque y me adentré en la espesura. Los árboles parecían apiñarse empeñados en no permitir el paso a los intrusos, la hojarasca de los viejos olmos se acumulaba bajo mis pies, el olor a tierra húmeda se mezclaba con el aroma de las jaras, el romero y los matorrales dispersos de lavanda, a lo lejos casi imperceptible podía oírse el correr tranquilo de las aguas de algún pequeño riachuelo. A esas horas cuando el amanecer comenzaba a despuntar, el bosque se despertaba en un sinfín de trinos, y pequeños ruidos que si bien podrían pasar desapercibidos por el oído de cualquier ser mortal, para nosotros eran bastante nítidos. El sendero se abrió en un gran claro y la silueta de un caserón grande y oscuro se dibujó ante mis ojos. Respiré aliviado: había encontrado la casa.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Libro de Marcus - 50.

Algunas de las personas que frecuentaban el lugar habían permanecido atentas a la disputa hasta ese momento, pero abandonaron el local a un gesto de Selil. K alzó una mano al frente y en ese momento sus súbditos tomaron posiciones estratégicas, rodeándonos. Estudié las posibilidades que teníamos partiendo desde la base de que Selil, de todas todas, iría a por K lo cual me obligaba a estar pendiente de los movimientos de Vildur, que sin duda atacaría a la vampiresa en defensa de su líder. La pelirroja torció el gesto cuando aquel hombre se desplomó ante sus ojos. Ambas mujeres se retaban con la mirada, aunque en el rostro de Selil seguía dibujada una sonrisa burlona.

- Aún estás a tiempo de devolverme el cargamento, Selil. Esto no tiene por qué acabar mal –sugirió K-, siempre hemos respetado los límites, no tenemos por qué saltárnoslos ahora.
- ¿Era eso una especie de chiste? –Selil arqueó una ceja y esbozó una media sonrisa.

El drow puso la mano sobre una daga que llevaba atada al muslo; decidí hacer como que no lo había visto, no quería ponerles sobre aviso… llegado el momento me convenía que no supiera que él sería mi principal objetivo. K paseaba la uña de su dedo índice por la cicatriz de su ojo. La tensión entre ambas crecía por momentos. Miré a Selil por el rabillo del ojo, mantenía su posición con los brazos cruzados, su mirada serena y su media sonrisa maliciosa. Pero sin embargo la conocía bien, intentaría con su pose altanera, amedrantar a la mujer que la observaba intentado descubrir alguna señal en su rostro que manifestara las intenciones de su oponente. Era obvio que no deseaba que el enfrentamiento se produjera dentro de su local. De la misma manera supe que no habría modo de parar lo que estaba a punto de dar comienzo. K debía de estar muy desesperada por la pérdida de aquel cargamento para enfrentarse a nosotros, a pesar de contar con un nutrido grupo de hombres armados hasta los dientes, ninguna de las armas que portaban podría considerarse una amenaza real contra un vampiro. Me pregunté si llevaría escondido algún as bajo la manga.

-Si no me entregas lo que por derecho me pertenece me veré obligada a recuperarlo por la fuerza, no es lo que deseo pero no me estás dando otra opción -K levantó la voz instando a Selil a cumplir sus deseos.
-No estoy dispuesta a hacer concesiones -en ese momento Selil empuñó su alabarda pasándola a tan solo unos centímetros del rostro de la pelirroja que instintivamente dio un salto hacia atrás armándose a su vez con sendos estoques.

En ese momento Vildur avanzó hacia Selil a grandes zancadas, le corté el paso asestándole un golpe en la mandíbula que le desestabilizó haciéndole caer al suelo, se incorporó de un salto y se encaró conmigo, había conseguido distraerle de su objetivo. Como había previsto, los demás hombres de K se dividieron, pude ver a Selil saltar sobre uno de ellos y beber su sangre hasta dejarlo inerte tendido sobre las alfombras que revestían el suelo del local. Los ojos de la vampiresa brillaban a consecuencia del frenesí provocado por la sangre humana, sus movimientos se tornaron más agiles y precisos, en cuestión de segundos acabó con la vida de varios de sus oponentes. Aprovechando el ataque de sus hombres K había modificado su posición e intentaba atacar a Selil por la espalda. Aprovechó un descuido para saltar sobre la vampiresa, pero mi mortal amiga parecía tener un sexto sentido, sin cambiar de posición hizo girar su alabarda en un movimiento circular alrededor de su cuerpo y la alabarda que parecía danzar en el aire paso rozando el cuerpo de la muchacha propinándole un corte de lado a lado del torso, K se desplomó sobre el piso sangrando abundantemente. El drow dejo de atacarme para correr a auxiliar a la mujer que en ese momento sólo emitía un quejido suave, su sangre había empapado la alfombra, se estaba muriendo. Él la levantó con sumo cuidado y salió del local con la mujer en los brazos, los forajidos que habían conseguido escapar de las manos de Selil le siguieron perdiéndose entre las sombras de la noche. Selil sonreía pletórica, me miró y se encogió de hombros.

-Alégrate querido Marcus, por suerte no seremos nosotros los que tengamos que limpiar todo esto -su risa resonó por todo el local, paso un dedo por el filo de la alabarda llevándoselo después a la boca.

viernes, 30 de octubre de 2009

Libro de Marcus - 49.

Conseguí a duras penas mantener la compostura, decidí que no era el momento de abrir la misiva y guardé el pergamino en el bolsillo interior de mi levita. Miré a Selil, observaba al tipo con el que un rato antes charlaba mostrándose sensual y provocadora, con un gesto de hastío dibujado en su rostro, sin duda sus negociaciones habían concluido. Dudé un momento entre acercarme a ellos o esperar a que aquel incauto terminara de molestarla, algo que sin duda podría costarle la vida. No había decidido aún qué hacer cuando la puerta del local se abrió con tal fuerza que golpeó contra la pared, instintivamente nos pusimos en guardia. Selil se lo quitó de en medio de un empujón, y éste cayó pesadamente al suelo provocando a su vez la caída de un par de banquetas contiguas. Segundos después la tenía a mi lado.

Un grupo de unos nueve individuos irrumpió estrepitosamente en la entrada del local, avancé unos pasos hasta el centro de una de las pistas de baile con Selil pegada a mí como una sombra, calculé las posibilidades que tendríamos de salir victoriosos en el caso de plantearse una contienda, sin duda aquel nutrido grupo de matones no tenía muchas posibilidades en un enfrentamiento contra dos vampiros –pensé- o quizá era lo que quería pensar en ese momento. El grupo se abrió en dos columnas, enfundada en una oscura capa, encapuchada y con el rostro cubierto avanzó con paso lento la silueta de una mujer menuda. En ese momento Selil adelantó unos pasos hacia ella adoptando en cada zancada una actitud amenazante. Las miradas de ambas mujeres se encontraron, el rostro de Selil permanecía inalterable, el de la otra mujer no pude verlo ya que tan solo mostraba sus ojos, que a pesar de ser muy hermosos, entre que poseían un tono tan claro que era difícil diferenciar el iris del resto, una cicatriz que surcaba su ceja izquierda en diagonal, rozándole el ojo y haciendo que éste se viera más rasgado que su gemelo, le conferían una mirada amenazante y cruel.

Fue entonces cuando pude reconocerla, se la conocía entre la calaña como K, era la cabecilla de una banda de salteadores que asolaban la región. Una mujer fría y calculadora que había pasado de ser una simple ratera de tres al cuarto a capitanear todo un ejército de asesinos despiadados. La tensión entre ambas mujeres iba creciendo por momentos, uno de los secuaces de K se acercó hasta ella situándose justo detrás, avancé hasta Selil quedándome un paso por detrás de ella. El elfo me lanzó una mirada amenazadora, sin duda se trataba de Vildur, un drow renegado y servil que hacía años que la seguía como un perro fiel. Me llamó la atención el hecho de que ambos lucieran una cicatriz parecida, su tez oscura de un gris ceniciento, su melena blanca y aquella mirada plena de crueldad y fiereza, le otorgaban un aspecto bastante perverso. Ante aquella mirada fruncí el ceño mostrando los colmillos en señal de clara hostilidad. No pareció intimidar demasiado al drow que pese a saberse inferior sin duda contaba con el apoyo de su cuadrilla.


- No recuerdo haberos invitado a esta fiesta… -Selil sonrió, cruzándose de brazos.


- Siento discrepar, querida… pero tienes algo que me pertenecía y a lo que no estoy dispuesta a renunciar –repuso la pelirroja en tono altivo.


- Cariño… puede que no lleve corona, pero yo soy la verdadera reina de todo esto. Todo lo que entra en el reino me pertenece legítimamente, a no ser que algún valiente ose discutírmelo… -Selil paseó la vista por todos los integrantes de la banda y esbozó una sonrisa, mostrando los colmillos- en cuyo caso tendría que estar dispuesto a rebatirlo con su propia vida. ¿Alguien quiere jugar?

K sonrió de medio lado y, a pesar de ser mortal, en un rápido movimiento se había agachado hasta extraer una daga que reposaba en el interior de su bota y se la lanzó, alcanzándole en el pecho. Hubo un momento de silencio. K amplió la sonrisa y todas las miradas se centraron en Selil… que irrumpió en una sonora carcajada mientras arrancaba la daga de su pecho.


- ¿Esto es lo mejor que sabes hacer, “querida”? –dijo, imitando su tono de voz.


Entonces, con la misma daga manchada de su propia sangre realizó un movimiento casi imperceptible y uno de los súbditos de K se desplomó en el suelo; la daga se había clavado en el centro del corazón.

martes, 27 de octubre de 2009

Libro de Marcus - 48.


No era extraño que Selil no tuviera a nadie apostado en la puerta de su local, dado que había adquirido cierta fama de despiadada, convirtiéndola en una mujer bastante temida en ciertos círculos de la sociedad de Assen, concretamente entre la clase de gente que frecuentaba estos lugares.

Empujé la puerta y ésta cedió sin ofrecer resistencia. La puerta se cerró tras de mí, tardé unos segundos en acomodar la vista a las luces que iluminaban el interior del aquel antro, había estado allí cientos de veces, aún así no dejaba de sorprenderme cada vez que volvía a traspasar el umbral. La entrada estaba iluminada tan sólo por luces de diferentes colores que se proyectaban desde el salón. Los muros de la entrada estaban decorados con unos símbolos que reconocí nada más verlos, una cobra enroscada en una rosa negra: el emblema del Oscuro. Había tapado las ventanas con gruesos cortinajes que impedían el paso de la menor claridad, avancé unos pasos para situarme a la entrada del salón.

Aquél sitio resultaba acogedor, a pesar de estar un tanto recargado, Selil le había conferido un estilo bastante peculiar. Dos pequeñas pistas de baile rodeadas de sofás con forma de media luna dividían el espacio en dos zonas claramente diferenciadas, el resto del suelo había sido cubierto por alfombras de distintos colores. Una estatua de Selil se hallaba ubicada justo en mitad del salón. Situados en algunos puntos estratégicos del recinto, unos incensarios humeaban incesantes despidiendo una fragancia ligera que inundaba el local con aromas a musgo de roble y lavanda, con ligeros toques de canela y nuez moscada.

Selil se hallaba al fondo, junto a la barra. Una sonrisa maliciosa se dibujaba en sus labios mientras charlaba animadamente con un hombre, sin duda ejercía su poder de seducción a favor de su negocio. Toda aquella parafernalia se había montado con la sola intención de dar salida a sus productos especiales, como gustaba llamarlos, que no eran otra cosa que bebidas exóticas traídas desde los puntos más recónditos del reino y algunos tipos de hierbas y polvos alucinógenos. Algunas bastante inofensivas que se añadían al tabaco de pipa, otras se tomaban en infusión. Éstas últimas podían incluso matarte si te pasabas en su justa medida. Decidí esperar a que acabaran las negociaciones para hablar con ella, me dirigí hacia la barra y me senté en uno de los taburetes, me volví distraído hacia las chicas que danzaban en la pista de baile, sus ropas apenas tapaban algunas partes de su cuerpo, sonreí al ver la cara de aquel monje que sentado en una pequeña mesa babeaba con la lujuria dibujada en sus ojos.

La puerta del local se abrió repentinamente, volví la mirada hacia la entrada en un acto reflejo, en ese momento cruzaba la puerta una misteriosa mujer envuelta en una capa de terciopelo negro, se quedo parada un instante, parecía buscar a alguien. Comenzó a caminar hacia mí con paso lento pero decidido, intente descubrir el rostro que se ocultaba bajo aquella capucha. Se detuvo ante mí, inclino la cabeza a modo de saludo y extendió la mano para entregarme un pergamino lacrado. Miré a la mujer esperando que dijera algo, pero se alejo sin decir una sola palabra. Me volví hacia Selil, por su expresión me di cuenta de que había reconocido a la mujer, su sonrisa se había borrado del rostro dando paso a un gesto de contrariedad. Miré el sobre, había escrita una sola palabra que me paralizó por completo durante unos segundos. Pasé la yema del dedo despacio por encima acariciando cada una de las letras, una tremenda inquietud se apoderó de mí al ver escrito: “Drusila”.

sábado, 24 de octubre de 2009

Libro de Marcus - 47.

Según pasaban las horas, que se me estaban haciendo interminables, me fui relajando, apoye la espalda contra la pared del barco y deje que los recuerdos que me oprimían el pecho emergieran de algún oscuro lugar en mi mente donde residían desde hacia tanto tiempo. Volví a los tiempos en los que mi única preocupación era contemplar la belleza serena de Dru, perderme en la profundidad de sus ojos de un azul intenso. Sentir que era mía, que nada en el mundo podría arrebatármela era una sensación casi irreal. No se han inventado las palabras que puedan expresar lo que sentía al besar sus labios, al estrecharla contra mi pecho en un abrazo que nos fundía convirtiéndonos en un solo ser.

Me sobresaltaron unos pasos que sonaron sobre mi cabeza sacándome repentinamente de mi abstracción, reaccioné instintivamente, de un salto me incorporé y adopté una posición de ataque, agucé el oído intentando reconocer de donde y a quien podrían pertenecer aquellas pisadas, espere cauto al abrigo de las sombras. Los pasos recorrían el pasillo de los camarotes deteniéndose de vez en cuando. Me acerque a la trampilla que daba acceso a la bodega con la esperanza de oír algún ruido, algo que me diera una pista de quien podría andar con total impunidad por el barco de Arien. Cuando escuché como los pasos se alejaban decidí que había llegado el momento de salir de allí y enfrentarme a quien quiera que fuera el dueño de aquellas pisadas.

Salí al corredor que comunicaba los camarotes con el pequeño salón, estaba vacío. Dudé por un momento si dirigirme hacia la alcoba donde había dejado a la muchacha semi-incosciente o cruzar la estancia y salir del barco. Mientras me decidía una de las puertas se abrió despacio y ante mis ojos apareció Arien, semidesnuda, con el cabello revuelto y la cara bastante pálida, me dedico una dulce sonrisa al pasar junto a mí, ni una sola palabra broto de sus dulces labios. Me di cuenta en ese momento de que había decidido borrar de su memoria los momentos que habíamos compartido unas horas antes. Decidido cruce el salón, para esa hora ya habia anochecido, la luna asomaba tímidamente entre los espesos nubarrones que cubrían gran parte del cielo. Me pregunte donde se encontraría Selil, una idea cruzo mi mente a la velocidad del rayo, ella tenía un garito en los suburbios, quizá se habría refugiado allí.

Atravesé el puerto, enfilé las estrechas calles que me conducirían directamente a los suburbios, Las calles de Assen se fueron tornado progresivamente en callejones oscuros y neblinosos, debido probablemente a la proximidad de las zonas más húmedas de la región. Pasé por delante de la prisión, esperaba encontrar un par de guardias apostados en la puerta, pero no fue así, sonreí ante la idea de que incluso a los aguerridos guardias les infundía respeto la noche en aquellos oscuros callejones. Tomé un callejón sin salida que se abría paso entre dos hileras de casas destartaladas que amenazaban con venirse abajo en cualquier momento, el garito se encontraba al otro lado del recodo. A pesar del sitio que Selil había elegido para ubicar su antro, había colocado un cartel al lado de la puerta, las luces de las antorchas dejaban distinguir claramente su nombre “OPIUM”.