Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 30 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 9.

Veronique se mostró complaciente, en sus ojos centellaba un brillo rojizo, como un rubí en una mina de carbón, en cuanto se convenció de que ella había pasado a ser la líder de aquel clan, sus intenciones cambiarón, recostada a mi lado, sus manos comenzaron a explorar mi cuerpo con la maestría que le concedía su larga existencia. Dejé que mi cuerpo tomara la iniciativa y me rendí a los placeres que ella me ofrecía.

Desde que me separe de Drusila no había vuelto a besar unos labios, no había vuelto a acariciar una piel suave y tersa, mi cuerpo reacciono como un resorte, cuando quise darme cuenta, mis manos recorrían ágiles y ansiosas los rincones mas profundos de su ser, mis labios recorrían su cuerpo colmándola de besos apasionados, el deseo de poseer a esa hermosa mujer era el único pensamiento que llenaba mi mente.

La hice mía durante el resto de esa larga noche, al amanecer nuestros cuerpos yacían desnudos uno junto al otro, con la mirada perdida en algún punto, me di cuenta de que no me dejaría sin mas, ella ya había decidido quien ocuparía el lugar de Daris. La mire de soslayo, esperando que no se diera cuenta, sonreía satisfecha, sus ojos brillaban con mas intensidad si cabe, giro su rostro hacia mi y musito sin perder la sonrisa – Empieza nuestro momento, querido mío –

Desde ese instante mi mente comenzó a trabajar desenfrenada, no había sido una buena idea quedarme aquella noche, debí haber imaginado lo que vendría después de la conversación, pero estaba exhausto, la euforia de haber dado muerte a mi enemigo me nublo la mente, dejándome así, indefenso ante las armas de una mujer hermosa.
Pasé mucho rato observándola, en la completa convicción de que ella estaba inmersa en sus propias divagaciones. Veronique era realmente hermosa, menuda y delgada, elegante a la par que seductora, su larga melena rojiza enmarcaba una cara de líneas suaves, sus ojos esmeralda con ese chisporroteo del color de la sangre que se adivinaba tan solo, le conferían una belleza un tanto exótica. Sabedora de su potencial, Veronique sabia como utilizar sus encantos para encandilar a un hombre.

Alargue la mano y rocé suavemente su pecho desnudo, una sonrisa se dibujo en sus labios carnosos, acaricié sus pechos pasando suavemente la yema de los dedos por sus pezones, en ese momento ella se giro hacia mi, - ¿No estas satisfecho querido? – Sonreí y sin proferir palabra me incliné sobre ella para besarla, mis manos volvieron a recorrer sus curvas, esta vez con tranquilidad, despacio y casi sin rozarla, noté como su cuerpo respondía a mis caricias, aproveché el momento para susurrarle al oído – Sabes que no me quedare contigo verdad preciosa? – Para ese momento sus manos exploraban con deseo mi cuerpo, sus labios dibujaron una amplia sonrisa y con un salto ágil la tuve sobre mi cuerpo en cuestión de segundos, susurrando me dijo – No hablaremos de eso ahora - selló mi boca con la suya sin darme tiempo a prorrumpir ninguna queja.

sábado, 28 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 8.

Los años que pase separado de Drusila se me hicieron interminables, fueron los años mas duros y dolorosos de toda mi larga existencia. Las dudas y los temores invadían implacables todo mi ser. No podía dejar de pensar en el dolor que Drusila estaría sintiendo al creerme muerto, ni podía dejar de pensar en la posibilidad de que ella cayera en otros brazos, esa idea me enloquecía cada vez que rondaba por mi mente. Muchas veces estuve tentado de volver a su lado, pero la cordura me freno afortunadamente.

Los primeros años no hice otra cosa que huir y esconderme, hasta que un buen día decidí que ya no me escondería mas. Habían pasado para entonces demasiados años, la idea de perder a Dru para siempre me infundió valor y me llevo a enfrentar a mis perseguidores.

Los años que había pasado escondido entre las sombras, me dedique a prepararme para la batalla a la que habría de enfrentarme tarde o temprano, y todo ese tiempo por fin había dado sus frutos. El tiempo que viví en el monasterio, me sirvió para aprender de los monjes los métodos mas letales de lucha, los cuales perfeccione durante este tiempo. Dedique tiempo a la meditación aprendiendo así a dominar las artes de ocultación.

Calcule que ya estaba preparado para enfrentarme a la familia que me había perseguido durante tanto tiempo, y la mejor manera de acabar con esa persecución era ir directamente al líder. Pase varios meses planeando concienzudamente mi ataque, asegurándome de que todos los cabos estuvieran atados. Y por fin había llegado el momento tan deseado y a la vez tan temido.

Sabia que Daris no estaría solo pero si conseguía darle muerte, sus vástagos pasarían a servirme a mi. Esa idea no me agradaba, pero conocía bien a Veronique, una vampiresa ambiciosa que estaría encantada de pasar a ser la líder de la familia. No tuve problemas en entrar en la casa de Daris, no en vano antes de conocer a Drusila, Veronique me había proporcionado noches llenas de pasión.

Me escurrí como un reptil entre las sombras, mis pies apenas tocaban el suelo. Al fondo del corredor se hallaba la sala de estar, divise una tenue luz que escapaba por debajo de la puerta, se oían apagadas varias voces, entre ellas fuerte y autoritaria pude distinguir la de Daris, espere agazapado hasta que uno tras otro fueron abandonando la estancia. Cuando supuse que Daris estaría solo avance entre las sombras y me colé en la habitación.

Como había imaginado Daris se encontraba solo en ese momento, el cuerpo de una chica yacía a sus pies inmóvil, el recostado entre cojines mantenía los ojos semicerrados en una especie de trance provocado por el placer que proporciona la sangre de una virgen. Me acerque sigilosamente, ni siquiera le dio tiempo a imaginar lo que se le venia encima, alce mi espada y con un golpe certero separe su cabeza del cuerpo.

Proferí una alarido de victoria que pudo escucharse por todo el caserón, y como había supuesto en pocos segundos la estancia se lleno de vampiros jóvenes que me miraban extasiados, en una mezcla de admiración y respeto, al momento irrumpió en la sala Veronique Arnauld, una sonrisa seductora se dibujaba en su rostro, con un gesto de su mano se deshizo de los vástagos, que abandonaron la sala dejándonos solos.

Hablamos durante mucho rato, la conversación que al principio era algo tensa, se fue haciendo mas amistosa a medida que iba comprendiendo que ella pasaría a ser la nueva líder. Me quede a dormir en su casa, no era mi intención pero ella no estaba dispuesta a dejarme ir sin celebrar nuestra victoria.

viernes, 27 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 7.

Tardó un par de días en recobrar el conocimiento, se despertó asustada, sin comprender bien que le habría pasado, no me separé de su lado un solo segundo, ansiaba estar junto a ella cuando renaciera, ser lo primero que vieran sus ojos al despertar.

Abrió los ojos y miró a su alrededor, luego reparó en mi, me miro con sus enormes ojos como una gacela asustada. – No temas amor mío – mis palabras sonaron apaciguadoras y en su rostro se dibujo la sonrisa mas bella que jamás había contemplado.

Los años que pasé junto a ella fueron los mas felices de mi larga existencia, los sentimientos que Dru despertaba en mi no podía compararse con nada que hubiera sentido antes. El amor que sentí por Alissa, parecía un simple capricho al lado de lo que ahora sentía por Dru.

La tenia a mi lado siempre que podía, no quería apartarme de ella por temor a que pudiera sucederle algo, ahora se que es una mujer fuerte, pero yo la veía como algo delicado, una muñequita de porcelana, a la que hay que proteger para que no se rompa, porque en el caso de que algo le pasára a ella, mi corazón se rompería en miles de pedazos.

Un día Dru se despertó alterada, intranquila, había soñado que algo me pasaría, no era la primera vez que tenia sueños premonitorios y dió por sentado que este era uno de esos sueños. Anduvo nerviosa todo el día, intenté tranquilizarla en vano, cuando llego la hora de salir a cazar, me pidió casi sollozando que no saliera esa noche. No hice caso, la tranquilicé como pude, tome mi capa y salí como solía hacer, en busca de alimento.

La sorpresa llego más tarde, cuando me hallaba en el callejón donde solía acudir para acechar a mis presas. Esa noche me esperaban, esa noche yo seria la presa. Los esbirros de la familia que me había declarado la caza de sangre me esperaban escondidos entre las sombras, casi imperceptibles. Quizás alertado por el sueño de Dru, o tal vez por pura intuición, esa noche entre en el callejón lo más sigilosamente que pude.

Cuando quisieron darse cuenta ya les había saltado encima y con la precisión de un maestro relojero, clave mis colmillos en sus cuellos antes de darles tiempo a reaccionar. En pocos minutos los dos yacían en mitad de la calle desangrados. Sabia que solo había ganado un asalto pero que la guerra continuaría, volverían una y otra vez, en ese momento una idea terrible cruzo mi cabeza, no podía volver a casa, eso pondría en peligro a Dru. Sería mejor que ella pensara que yo había muerto, alejarme de ella, y así alejar también el peligro.

Miré a mi alrededor, el callejón oscuro y sucio estaba desierto, al fondo divise los restos de lo que había sido una hoguera, me acerque y recogí las cenizas con un cartón. Me acerque de nuevo a los esbirros y rocié el suelo con las cenizas simulando la figura de un cuerpo, manche la capa que llevaba con algo de sangre y la chamusqué, dejándola tirada en el suelo junto a las cenizas. Simulé mi muerte y después desaparecí.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 6.

Salí a la terraza, los jóvenes lugareños se agolpaban por estar junto a ella, intentando en vano que ella les dedicara una dulce sonrisa o con suerte un baile, pero no fue así. Me quedé en la terraza contemplando la luna, que esa noche brillaba para mí.

Clavé mis ojos en la hermosa luna intentando apartar de mí el perfume de su sangre, ese olor que me invadía noche tras noche durante los últimos años, que despertaba en mí el deseo más profundo de hacerla mía. Su sangre cantaba para mí una hermosa melodía, esa melodía que encendía mis más bajos instintos a la vez que provocaba sentimientos tan profundos que ni yo mismo alcanzaba a comprender.

Sentí su mirada, y giré veloz la cara hacia ella, se sonrojó y bajó la vista al suelo, en ese breve instante en el que apartó de mí su dulce mirada, comprendí que había llegado el momento de acercarme a ella. Me moví a la velocidad del rayo para no dar lugar a que ningún otro muchacho llegara antes que yo. Levantó el rostro con un gesto de sorpresa, sonreí y tendí la mano invitándola a bailar, ella no lo dudó un solo segundo, tomó mi mano y me siguió hasta el centro de la sala.

Rodeé su cintura con mi brazo y con la mano abierta sobre su espalda atraje su cuerpo hacia mí, manteniéndola pegada a mi pecho sin mucho esfuerzo; apoyé la mejilla contra la suya y le susurré al oído con las más dulces palabras todo lo que sentía por ella. El amor que en silencio le profesé, le conté como cada noche velé su sueño desde su ventana sin atreverme a cruzar la fina línea que nos separaba, por miedo de hacerla daño.

Con mi cara apoyada contra la suya desvelé mi más íntimo secreto, aterrado ante la posibilidad de que se asustara y saliera corriendo, pero lejos de eso ella clavó su cautivadora mirada en mis ojos y me dedicó una dulce sonrisa llena de amor.

Tomé su mano y la saqué de la casa, pasé mi mano sobre sus hombros y la apreté contra mí mientras la conduje hasta uno de los rincones más oscuro y alejado de la fiesta. En la intimidad que nos proporcionaban las sombras y la lejanía de la mansión, nos entregamos a la pasión de los besos contenidos durante los últimos años en los que tan solo pude soñarla.

La colmé de suaves caricias, mis manos ágiles se deslizaron sobre su piel, explorando con la yema de los dedos cada rincón de su cuerpo. La oí gemir suavemente y ese sonido placentero encendió mi pasión como nunca antes la había sentido. Tomé su cara con ambas manos, y poco a poco me acerqué a sus labios abiertos, húmedos, cálidos, temblorosos a la espera del beso que nos fundiera en un mismo ser, apreté el abrazo sujetándola con fuerza y bajé mis labios por su cuello, hasta hundir en él con suavidad los colmillos.

En una mezcla de dolor y del placer más intenso, Drusila se quedó sin fuerza entre mis brazos, con agilidad me di un corte en la muñeca y acercándola a su boca la forcé a beber mi sangre, en ese momento supe que era mía, mi mujer, mi compañera, mi esposa, mi amor para toda la eternidad.

martes, 24 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 5.

Los años siguientes se me hicieron eternos, mis días transcurrían entre el amor, la desesperación y los celos, las noches mucho mas llevaderas, las pasaba agazapado junto a los cristales de su dormitorio velando su sueño.

Ya entrada la primavera de 1270, por casualidad llego a mis manos una invitación para la fiesta de compromiso de una muchacha de la localidad, hija de un viejo conocido de mi familia. En un principio, decidí que no acudiría a la fiesta. Pero mas tarde supe que a esa fiesta asistiría Drusila.

Cambié mis planes, saque mis ropas de gala, y dispuse lo necesario para acudir a esa fiesta con la intención de darme a conocer a esa preciosa joven en la que se había convertido Drusila.

No podía retrasar más el momento, Drusila en estos tres años había pasado de ser una dulce y preciosa niña, a ser la joven mas hermosas de cuantas había conocido en mi larga existencia. Los jóvenes pretendientes hacían cola a la puerta de su casa, el amargo sabor de los celos no se disipaba de mi boca, y no podía soportar la idea de que ella se enamorara sin haberme conocido.

Llego la noche de la fiesta, me atavié con mis mejores galas, pase horas acicalándome con la intención de ser el más apuesto que vieran sus lindos ojos. En cuanto la tarde dio paso al crepúsculo tome el camino de la casa de Dana, estaba a unos 4 kilómetros al norte de la ciudad, apresurando el paso tardaría unos diez minutos.

Llegue a la mansión de los primeros, eso me dio ventaja para estudiar el salón y valorar cuales eran los rincones privilegiados para que ella me viera, o para poder observarla con total impunidad. La vi entrar desde un rincón, en ese momento yo conversaba con una dama bastante entrada en años y en carnes, que me hacia proposiciones deshonestas mientras me miraba con sus ojillos lascivos.

Era una autentica visión, lucia un vestido que se ajustaba a su cuerpo dibujando sus curvas perfectas, abriéndose en un volante que arrastraba en una pequeña cola, en su pecho una gargantilla de esmeraldas adornaban su generoso escote. Su melena negra caía por su espalda en grandes rizos, y sus enormes ojos azules brillaban con las luces de la fiesta. Una sonrisa cautivadora adornaba su pálida cara, haciendo de ella la joven más hermosa que jamás había contemplado.

lunes, 23 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 4.

La observe desde mi escondrijo hasta que la vi desaparecer al girar en una esquina al fondo de la calle. Pasé el resto del día evocando cada segundo que la había tenido delante, recreándome en los detalles en los que el breve instante que había pasado parada frente al ventanuco, me había dado tiempo a asimilar.

Calculé que rondaría los 17, era tan hermosa que hasta las flores palidecían a su paso, su piel extremadamente pálida, sus cabellos oscuros y sus lindos ojos azules, le proporcionaban una belleza sobrehumana, digna de la más hermosa de las diosas.

Al caer la noche salí de mi escondrijo, y después de buscar mi sustento, me dedique plenamente a rastrear a esa preciosa niña, puse todos mis sentidos al servicio de mi búsqueda, pude seguir sin mucha dificultad el olor penetrante y seductor de su sangre.

Vague por innumerables calles hasta llegar a una vieja y lúgubre mansión, como casi todas las de aquella oscura calle, iluminada por viejas farolas que alumbraban tenuemente el contorno mas cercano. Serian las 3 de la madrugada cuando me pare frente a una de las ventanas, mire escudriñando la oscuridad y supe con seguridad que aquella era la ventana de su dormitorio.

Con movimientos ágiles trepé hasta el tejadillo al que se asomaba el ventanal y desde allí tras los cristales, pude observarla a placer. Dormía envuelta en una camisón de gasa claro, tapada con los ropajes que colgaban a los lados del lecho solo dejaba al descubierto parte de su torso, y uno de sus brazos, su hermosa melena se extendía revuelta por los almohadones.

Pasé las siguientes tres o cuatro horas mirándola embrujado por su belleza, supe durante esa noche que ya jamás podría vivir sin ella, de la misma manera que supe que jamás seria mía. No podía, no quería arrebatarle la vida a un ser tan maravillosamente hermoso.

Verla allí en su lecho, ajena a todo el mal que se escondía en tras los cristales de su dormitorio, decidí protegerla, amarla en silencio. Si no llegaba a conocerla estaría segura lejos de mi. No podría entrar en su casa, si no era invitado. Mantendría alejado al monstruo y dejaría que velase por su bien el amor que su candidez había despertado. Esa parte de mi que yacía inerte en lo mas profundo de mi ser desde la muerte de Alissa.

domingo, 22 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 3.

Tarde bastante tiempo en comprender lo que me estaba pasando. No volví a ver a Ross ni a mi familia, tampoco pude volver a la abadía, por el contrario me dedique a transitar de un sitio para otro sumido en la desesperación y la profunda angustia que me provocaba la muerte de mi dulce Alissa. A medida que pasaba el tiempo iba perfeccionando mis dotes de seductor. Me convertí en un ser capaz de atraer a cualquier mujer que deseara esclavizándola con la mirada, convertirla en un ser carente de toda voluntad, con un único pensamiento centrado en su mente, entregarse y sucumbir a mis deseos.

Sin embargo, la verdadera seducción que ejerce un vampiro, el éxtasis pleno, mezcla de dolor y de pasión, mas allá de cualquier orgasmo, el placer mas sublime, es el momento del abrazo, la mordedura en el suave cuello de una mujer entregada, desinhibida, sin ofrecer resistencia y con el único deseo de ser poseída. Durante siglos me entregue con total dedicación al deleite de los placeres carnales.

Pasaron los años, me había convertido en uno de los seres mas letales de la noche. Uno de los clanes mas antiguos declaro una caza de sangre contra mi, molestos sin duda, por mi creciente popularidad. Había llegado el momento de abandonar la ciudad que me vio nacer y ampliar mis horizontes.

Corría el año 1267 cuando llegue a una hermosa ciudad. Mis correrías me habían llevado de un sitio a otro, sin llegar a quedarme demasiado tiempo, unas veces tenia que salir huyendo perseguido por hombres armados hasta los dientes y otras por hastío o aburrimiento. La oscuridad de la noche fue mi cómplice, paseé por sus callejones en busca de algún sustento, y de un sitio donde resguardarme al llegar la madrugada.

Llevaba horas andando cuando me fije en un local, en una calle a las afueras, tenia tapiadas las ventanas, obviamente estaba desocupado, con gran agilidad forcé la entrada. Estaba amaneciendo cuando corrí, las gruesas cortinas ajadas que cubrían el único ventanuco que no estaba tapiado. No se cuanto tiempo estuve tirado sobre aquel raido colchón.

Escuche unas voces acercarse, me acerque movido por la curiosidad y oculto tras las cortinas del ventanuco, vi venir a dos hermosas jóvenes, hablaban animadamente, sus risas inundaban toda la calle. Se pararon justo delante del pequeño local, me situé en un ángulo en el que podía verlas con mas claridad.

En ese momento se giro para mirar al fondo de la calle, era la joven más hermosa que jamás en mi larga existencia había contemplado. Llevaba un traje blanco, ceñía su cintura con un lazo de terciopelo azul marino, la amplia falda dejaba adivinar sus largas piernas. Su cabello negro como la misma noche caía por su espalda hasta la cintura. Poseía unos enormes ojos de un azul cristalino, sus labios sensuales me provocaron sentimientos de lujuria.

Esa dulce dama de cabello oscuro y mirada tierna, despertó en mi sentimientos que creía imposibles para las criaturas de la noche. Se me habría desbocado el corazón si aun me latiera. Sonrió y en ese momento me cautivo para toda la eternidad. Pensé para mi: “Serás mía pequeña.”

sábado, 21 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 2.

Cuando recobre el sentido, la sangre me hervía en las venas, me sorprendió llevar puesta otra ropa distinta a la de la noche anterior, o quizás había pasado mas de una noche sin conocimiento, había perdido mucha sangre y me sentía bastante débil. Mire a mi alrededor, no me podía creer donde estaba, me rodeaban las tumbas de mis antepasados, las reconocí porque había jugado muchas veces de niño en este mausoleo.

Supuse que Ross me habría llevado a casa de mis padres al encontrarme moribundo, en aquel callejón oscuro y mugriento. Pero eso no explicaba porque me había dejado en el Mausoleo. Era obvio que había curado mis heridas, de lo contrario a esas horas ya estaría muerto y aun así me dejo solo en aquel lugar inesperado.

Levante la camisa blanca de volantes que me habían puesto, para mirarme la herida. Entre sorprendido e incrédulo, pude comprobar que la herida se había cerrado por completo dejando una cicatriz casi imperceptible. Mi buen amigo debía de haber acudido a algún clérigo, no era posible una curación tan rápida, a no ser que se hubiera usado magia.

Decidí esperar al regreso su para que me informara sobre la suerte que había corrido de mi amada Alissa. No podía apartar de mi mente el momento en que giré la cabeza hacia atrás para mirarla y la vi tendida sobre el lecho en un charco de sangre con la mirada perdida y un gesto horrible, la muerte se dibujaba en su rostro angelical.

No se cuantas horas pase esperando a Ross, pero no vino, al principio pensé que tal vez no iría a visitarme a diario, puesto que mi herida ya se había curado. Deseche esa idea de inmediato, Ross no me dejaría a mi suerte tantas horas estando inconsciente. Me dirigí a la salida del mausoleo con paso vacilante por la debilidad que consumía mi cuerpo.

Algo se revolvía en mi interior, algo que en ese momento no pude comprender, un dolor extraño me agarrotaba las tripas, la boca me sabia metálica, mi piel morena estaba pálida, mortecina. Abrí el portón sin ningún esfuerzo, como si hubiera sido fabricado de caña en lugar del hierro forjado de que estaba hecha.

La antesala se hallaba llena de coronas y crespones negros, me sobresalte a verlo, ¿quien habría fallecido en mi ausencia?, desesperado pensé en mis padres, tome apresuradamente una de las cintas que colgaba de una corona de rosas rojas. La sangre se me congelo en las venas, cuando comprobé que esas coronas eran para mi.

jueves, 19 de marzo de 2009

Dominus Nocte

Mi nombre es Marcus Sneyders III. Vine al mundo en el seno de una familia noble, corría el año 1103 según el calendario de los elfos, De esto hace ya 567 años.

Por aquel entonces mi padre comandaba las tropas al servicio de su Majestad, fui educado en la fe y en las creencias de mis padres, pero fui un rebelde desde mi más tierna infancia, convirtiéndome en un joven de carácter alegre y despreocupado.

Dedique los años de mi juventud al placer. Las mujeres, el juego y el alcohol se sucedían en mi vida noche tras noche. Mi padre en un esfuerzo vano de intentar que entrara en razón, me envió a un monasterio. Pase allí varios años, aprendiendo supuestamente sus costumbres, aunque mi vida como monje no vario excesivamente de la que tenia fuera del convento.

Conocí a Ross, otro joven que como yo estaba allí obligado por su padre, al caer la noche salíamos por un hueco que había en el muro trasero de la abadía y nos dirigíamos al pueblo mas cercano, disfrutábamos de las más hermosas mujeres y degustábamos los mejores licores, regresando al amanecer sin que nadie nos echara el falta.

Las mujeres caían rendidas por mis encantos, aunque este mal que yo lo diga. Era un joven muy apuesto, de modales exquisitos gracias al empeño que puso mi madre en ello. Solía llevar la melena negra recogida en una coleta, mis ojos grandes y azules, de un azul muy pálido contrastaban con mi piel morena. Mi nariz recta y mis labios finos como los de mi madre, realmente me parecía mucho a ella, pero mis rasgos algo mas duros.

Una noche conocí a una joven dama que iba de camino a su casa con su sirvienta, me ofrecí caballeroso a acompañarla a lo que ella asintió gustosa. Por el camino me deshice en halagos, la corteje y ella respondía con sonrisas insinuantes. Pasamos la noche juntos, colmando de placer nuestros cuerpos y sin darme cuenta, el cazador fue cazado.

Durante meses la visité en su casa las noches en que su marido estaba de viaje por negocios, las demás noches en las que la sabia en los brazos de otro, me volvía loco de desesperación y de celos.

Una de aquellas noches en las que era mía, su marido irrumpió estrepitosamente en la recamara con el arma desenvainada corrió hacia la cama, de un salto me levante del lecho e intente alcanzar mi arma pero cuando me volví ella ya estaba herida de muerte, me quede paralizado por el dolor y en ese momento note como el frío acero atravesaba mi costado produciéndome un dolor insoportable.

Me eche la mano a la herida, cogí la ropa como pude y salí dando traspiés, pensé que me seguiría para darme muerte, pero al mirar por un momento hacia atrás, pude verle arrodillado junto al lecho, con la cara hundida en el vientre de ella, que yacía inmóvil, con los ojo abiertos y un horrible gesto de agonía.

Al llegar al callejón, detrás de la casa de mi amada, me detuve para vestirme, la herida sangraba abundantemente. Me puse torpemente la ropa, la cabeza me giraba, me fallaban las fuerzas, caí a plomo contra el suelo, las tinieblas empezaron a nublarme la vista pensé que había llegado la hora.

No se de donde salió, una sombra surgió de repente a mi lado, susurro algo que no pude entender debilitado posiblemente por la perdida de sangre, solo puedo recordad que después de hablarme se inclino hacia mi, y perdí el conocimiento.