Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

jueves, 31 de diciembre de 2009

El Legado del Dragón - Libro de Valine

Me incorporé de un respingo y abrí los ojos, con la respiración entrecortada y el sudor perlando mi frente. No era más que otra pesadilla -me dije a mí mismo-. Intenté tranquilizarme y respiré hondo, me dejé caer de nuevo sobre la cama pesadamente, no tenía ninguna gana de moverme, la verdad es que no había nada en mi triste vida que me impulsara a seguir adelante, de nuevo esos pensamientos lúgubres que me invitaban a abandonarme, morir resultaría demasiado fácil, demasiado tentador, tanto como para dejarme seducir y entregarme a su dulce abrazo, ese era mi destino y acudiría a su encuentro en cuanto hubiera terminado con lo que debía hacer.

Me levanté trabajosamente, angustiado aun por esa pesadilla recurrente que parecía no querer alejarse de mí por muchos años que viviera, una y otra vez, todas las noches desde que los monjes me encontraron cuando era apenas un niño vagando desnudo por las calles de Joba y me acogieron en la abadía, ella volvía a mí noche tras noche, como un amante que se cuela en tu alcoba aprovechando la oscuridad y el abrigo que proyectan las sombras. Sumiéndome en una profunda tristeza.

Sacudí la cabeza intentado con ese gesto sacar de ella las imágenes que aun revolotean sin darme tregua, me veía a mi mismo vagando desnudo por las calles heladas de Joba, muerto de frio y de miedo, abrazando mi cuerpo con mis manitas en un intento vano de calentarme, quería gritar, rugir, pero el miedo me atenazaba y me ahogaba, no podía gritar, no podía llorar, solo ante mis ojos una y otra vez imágenes de dos dragones ensangrentados en el frio suelo de una cueva, y un dragón de huesos practicando una especie de ritual sobre sus cuerpos muertos, oía el llanto de un niño escondido, mi propio llanto, y sabía con certeza que esos dragones tendidos en el frio suelo no eran otros que mis propios padres, en ese angustioso momento me despierto, sollozando y sin respuestas.

Todos los días al despertar me hago el mismo juramento, vengare la muerte inútil y sin sentido de mis padres y después me reuniré con ellos. He vivido buscando respuestas, desde que soy un hombre he buscado la razón de mi forma humana, ni siquiera sé como llegue a adoptar esta forma, quizá mis padres en un intento de protegerme, eso indica que ellos sabrían que estábamos en peligro, sabían que iban a morir y quisieron protegerme, pero ¿Por qué? Esa pregunta vuelve a mi mente una y mil veces.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 61



Miré hacia la casa, sentí que la determinación con la que había acudido a casa de Drusila se disipaba por momentos, en ese instante tuve la certeza de que si no hacía que mis piernas me obedecieran y comenzaran a caminar no podría hacerlo, no llegaría hasta la vivienda que parecía alejarse más y más en el horizonte. Saqué fuerzas de flaqueza y comencé a caminar, al principio con pasos cortos y lentos, pero según iba avanzando se convirtieron en zancadas y la velocidad aumentó considerablemente. Miré hacia la ventana de Drusila, la cortina se balanceaba ligeramente, la idea de que fuera ella revoloteó juguetona por mi mente: me agradaba la idea de pensar que me estaba esperando, una idea que se disipó a la misma velocidad que había surgido. Antes de que pudiera darme cuenta estaba tocando a la puerta con el gran aldabón que colgaba de ella; minutos más tarde la puerta se abrió. Ante mi apareció la vieja Nana, la nodriza de Drusila, la había cuidado desde que nació ya que su madre murió alumbrándola, y hacía falta una mujer que se hiciera cargo de cuidar a la niña. Nana me reconoció de inmediato, una sonrisa asomó a su viejo y ajado rostro al tiempo que me saludó inclinando la cabeza a modo de reverencia –Bienvenido a casa Sire –su voz me sonó familiar y en cierto modo me hizo recobrar parte de la confianza que había perdido. Pasé el dorso de mi mano por su cara y sonreí haciéndole ver que no era necesario que me acompañara a los aposentos de su señora.


Cuando la vieja se hubo retirado, me dirigí hacia la escalera. Empecé a subir despacio, los recuerdos se agolpaban en mi mente golpeándome con fuerza, todo lo que sentía y había sentido desde que conocí a Drusila se confabulaba contra mí sumiéndome en una total consternación según iba a avanzando hacia mi destino: la sola idea de que me rechazara me llenaba de amargura. Me detuve al llegar al rellano; el pasillo se extendía hacia ambos lados. Frente a mí, sobre el aparador, seguía el cuadro de Drusila: en él iba vestida como el día en que la vi por primera vez. Recuperé aquél cuadro de la casa de su padre cuando este falleció y desde entonces había estado colgado allí. Giré hacia su dormitorio, al final del pasillo, toqué un par de veces a la puerta y la abrí sin esperar respuesta. Atravesé el umbral y me detuve conteniendo la respiración… allí estaba ella, parada ante mí; dudé por un momento de si era real o tan sólo una materialización de lo que deseaba ver.


La observé sin articular una sola palabra, se había puesto un vestido azul marino que contrastaba con su piel extremadamente blanca, un zafiro en forma de lágrima colgaba de su cuello; esa gargantilla se la había regalado en nuestro primer aniversario. Se había recogido el pelo, pero aún así caía en cascada sobre su espalda… algunos mechones rozaban sus hombros, no sé de donde saqué las fuerzas para contener el enorme deseo de tomarla entre mis brazos. Esbocé una sonrisa y mis labios sólo pudieron balbucir algunas palabras –estás preciosa, Dru –la emoción que me embargaba no me dejó seguir hablando. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Me sobresalté al notar que perdía el equilibrio y se llevaba una de sus manitas a la frente… en ese momento salté hacia ella y la recogí justo en el momento en que le fallaban las piernas. La cogí en brazos y ella apoyó la cabeza en mi hombro; el aroma avainillado de su perfume me inundó por completo, incliné ligeramente el rostro y la besé el pelo sin que ella pudiera notarlo. La deposité con sumo cuidado sobre la cama, acaricié su melena y retrocedí unos pasos. Para ese momento había recuperado por completo la seguridad en mí mismo, me dirigí a ella con el tono de voz más dulce que pude –Cuando te sientas con fuerzas tenemos que hablar, amor mío –no podía apartar la mirada de su rostro, intentado percibir el mas mínimo cambio en él, pero Drusila permaneció hermética, tan sólo levanto hacia mí la mirada, en sus ojos sólo pude ver la tristeza que la embargaba.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Gracias Dama Blanca

Esta entrada se la voy a dedicar a la Dama Blanca, no sólo para agradecerle el detalle de entregarme este premio, que me hace mucha ilusión ya que ha sido creado para conmemorar su entrada numero 100, también porque le debo a ella y a que se puso incluso pesada insistiendo en que publicara la historia de Marcus y Drusila, la creación de este blog.

Además de ser una de las mejores escritoras que tenemos entre los bloggers, y de merecerse que le dedique una entrada, es de mi familia. Os recomiendo pasar por su blog “Fábrica de Sueños”, aunque creo que la mayoría ya lo conoceréis. Gracias Dama.



Este premio, como todos los que me dejan repartir, quiero compartirlo con todos los que me seguís y leéis mi blog. Gracias a todos y Feliz Navidad.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 60

Sopesé varias posibilidades y llegué a la conclusión de que la mejor manera de deshacerme del cuerpo de la chica era sacándolo del burdel. Miré a mi alrededor: todo estaba en orden, nada dentro de aquella habitación hacía sospechar lo que acababa de ocurrir hacia tan sólo un momento, había sido tan rápido que la muchacha no había tenido tiempo de reaccionar ni siquiera para luchar por su vida. Tomé el cuerpo entre mis brazos y salté por la ventana. Avancé sigiloso por los callejones, los suburbios no eran una zona precisamente concurrida y a esas horas de la madrugada ni las ratas eran tan osadas como para atreverse si quiera a pasar de un lado a otro de la calle. Me dirigí hacia el norte, en aquella zona los arrabales parecían fundirse con el mar, las viejas viviendas que lindaban con los acantilados parecía que fueran a precipitarse contra las rocas en cualquier momento, ese sería el destino de aquel cuerpo, para cuando lo recuperaran las olas habrían cumplido con su cometido y sería casi imposible deducir a quien pertenecían los restos.

Despuntaba el alba cuando atravesé el umbral del portón de entrada de la solitaria casa de Emaleth, esperaba que se hallara sumida en la oscuridad pero para mi sorpresa no fue así. La antesala estaba iluminada con candelabros de cuatro velas situados en puntos estratégicos que iluminaban la sala, el loro que en esta ocasión parecía que me hubiera reconocido me miró por un segundo y siguió comiendo sus pipas como si no me hubiera visto. La leña ardía en el hogar dibujado figuras extrañas, desprendiendo un calor que en aquella casa no sería reconfortante para nadie. Y la música de Emaleth, esa música de suaves acordes que inundaba todos los rincones de aquella mansión. No quise perturbar su aislamiento y me dirigí directamente a mi alcoba.

Había pasado los últimos días entre aquellas cuatro paredes perdido en mis recuerdos, hacía bastante tiempo no me había parado a pensar en los acontecimientos que habían tenido lugar desde que decidí abandonar Assen hacía ya demasiados años, uno a uno volvieron a mi memoria, algunos para atravesarme como dagas punzantes mi gélido corazón. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que la música había cesado, desde hacia un par de días la casa se mantenía en completo silencio. Había llegado la hora de enfrentar mi destino.


No recuerdo ni cómo ni en qué momento tomé mi levita y emprendí el camino hacia la casa de Drusila pero allí estaba, parado en el sendero que daba acceso a la mansión. Desde allí miré la casa que se alzaba majestuosa al final del camino. Por un segundo volvió a mi memoria aquél día de primavera en el que parado en el mismo sitio le mostré a Drusila la nueva casa, el camino ascendía hasta ella flanqueado por dos filas de naranjos en flor. El olor dulzón del azahar impregnaba cada rincón del jardín, la luna acariciaba con su luz mortecina las copas de los árboles, que se mecían levemente con la cálida brisa que corría aquella noche. Ante mí seguía la misma vereda, aunque en esta ocasión el jardín se había teñido de tonos que oscilaban entre el ocre y el dorado, las hojas habían abandonado las ramas de los árboles y se arremolinaban en algunos rincones empujadas por el viento.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Gracias Pedro.

Llevaba tiempo queriendo dedicarle una entrada en mi blog a un gran POETA al que considero no solo un buen amigo, sino alguien que ya forma parte de mi familia, que supo llegar hasta mi corazón, no solo con sus preciosas poesías también con su manera de ser. Una maravillosa persona.

Me refiero a mi poeta cubano Pedro, que desde su paradisiaca isla nos regala cada día sus hermosas poesías y sus sentimientos con palabras tan bonitas que se convierten en nuestros propios sentimientos.

Os recomiendo a todos que visitéis su isla, será una visita inolvidable. Pasaros por Pedro’s Island su blog, lleno de colorido y de emociones plasmadas en los versos más bellos.



Este premio no puedo repartirlo, Pedro ha implementado sus propias normas y será él mismo el que reparta los premios una vez al mes.

martes, 15 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 59.

Volví sobre mis pasos hasta salir de la casa, no me había vuelto a acordar de la necesidad de alimentarme durante el tiempo que había estado dentro, pero al sentir la suave brisa procedente del bosque que acarició mi rostro volví a la realidad, necesitaba saciar mi sed, me urgía encontrar una víctima, sentía como la bestia se iba apoderando de mí; el ansia me consumía. Atravesé el bosque lo más aprisa que pude, en mi mente se había fijado una única idea: matar.

Según me iba acercando a Assen la necesidad me iba dominando, para cuando llegue al límite del pueblo prácticamente no era dueño de mis actos, esa situación me dejaba desvalido, ya que mi mente no estaba clara para evitar ser descubierto por los paladines o los guardias que rondaban las noches del lugar. La verdad es que en ese momento y en el estado en el que me hallaba poco me importaba ser descubierto. Entré en el pueblo por los suburbios, las chamizos se apiñaban unos contra otros, la oscuridad y la bruma que se extendían por todos los rincones de aquel barrio me proporcionarían en cierto sentido el abrigo que necesitaba para pasar desapercibido. Me adentré por las callejuelas evitando pasar por debajo de las farolas, sin duda mi aspecto podría delatarme.

Me detuve ante la puerta del burdel; sabía que era una opción arriesgada, pero no tenía otra alternativa, era matar o morir cuando me fallaran las fuerzas para regresar al refugio que me ofrecía la casa de Emaleth, y el sol con sus cálidas caricias rozara mi piel para que se desvaneciera para siempre. Empujé la puerta, al abrirse una bocanada de aire viciado me golpeó el rostro, un olor nauseabundo mezcla de perfumes baratos que sin duda usaban las cortesanas, la traspiración de algunos lugareños y el humo de tabaco de pipa o de algún otro tipo de hierbas que los mortales se obstinaban en fumar… y sin lugar a dudas conocía a la persona que se las proporcionaba. Entré y me dirigí directamente a la dueña, era una mujer de mediana edad, entrada en carnes lo cual parecía complacerla, se había enfundado en un vestido de amplio escote que dejaba al descubierto gran parte de su anatomía. Se había colgado un camafeo a modo de gargantilla con una fina cinta de terciopelo negro alrededor del cuello. Mis ojos se clavaron en su cuello, podía escuchar con total nitidez el latido de su corazón, incluso la sangre que corría por sus venas. Me revolví nervioso con los coqueteos que aquella supuesta dama intentaba mantener conmigo, por fin se dio por vencida y me entregó la llave de uno de los dormitorios del piso superior. Giré sobre mis talones y me dirigí hacia la escalera sin pararme a mirar quien llenaba el salón aquella noche. El pasillo estaba oscuro, sin duda la mujer sabía como mantener la intimidad de sus clientes, se decía que era el salón más concurrido del reino. Miré la llave, un cordón de cuero trenzado la unía con una placa de madera en la que había un número grabado. Busqué la puerta que correspondía a ese número e introduje la llave en la cerradura, la puerta cedió, en el interior había una chica humana, no se giró a mirarme, tan sólo saludó sin volverse a mirar y me pidió que esperara un momento. Pero yo no podía esperar, un dolor profundo y desgarrador me consumía por dentro, salté sobre ella y bebí con ansia, en pocos minutos la había vaciado por completo. Dejé caer su cuerpo al suelo, había llegado el momento de decidir cómo me desharía del cuerpo sin levantar sospechas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 58.


La calesa tapizada en terciopelo granate llevaba las cortinas corridas; el interior se mantenía bastante oscuro, aún así no podía salir de mi asombro. Me dejé caer en uno de los asientos frente a la dama que ocupaba el carruaje. Ataviada con un elegante traje de terciopelo negro, un escote generoso que dejaba al descubierto sus hombros, mangas de murciélago acabadas en una diminuta puntilla negra, bordado en pedrería y falda de miriñaque adornada con cintas de raso negro otorgándole un porte de gran dama. Adornaba su pronunciado escote con una gargantilla de brillantes de la que colgaba un zafiro de considerable tamaño. Había recogido su hermosa melena rojiza en un moño, pero había dejado caer sobre un lado de la cara un mechón sin duda para cubrir la cicatriz que cortaba esa parte de su rostro. No daba crédito a lo que estaba viendo, estaba seguro de que K había muerto en el enfrentamiento con Selil, pero ahí estaba sentada ante mí y la visión que me proporcionaba era realmente increíble. Como era de suponer no había montado toda esa parafernalia sin una intención concreta, se dirigía al palacio bajo una falsa identidad, con la intención de desvalijar a todo incauto que cayera bajo el influjo de sus encantos.

- ¡Vaya, vaya! Kírsten, te hacía vagando por alguno de los nueve infiernos -sonreí con sarcasmo-, pero tienes más vidas que un gato.
- ¿Qué buscas en mi coche? Como debes suponer no eres bien recibido –se coloco el mechón que llevaba a modo de flequillo.
- Eres mi cena esta noche –una leve sonrisa iluminó su rostro.
- Supongo que hablaras en serio –sin cambiar el gesto, introdujo los dedos en la manga del vestido y tiro despacio de un estilete sin llegar a sacarlo del todo, capte la indirecta y sonreí abiertamente.
- Eres una mujer llena de sorpresas, tendremos que posponer esta cita, esta noche llevo prisa.


Salté del carruaje un tanto contrariado, mi alimento se alejaba a gran velocidad, pero la necesidad de alimentarme no había disminuido, por el contrario iba en aumento. Atravesé lo más rápido que pude el bosque, sorteando sin dificultad los árboles: olmos centenarios en su mayoría. Me detuve ante la casa, observé con detenimiento cada ventana, intentando averiguar si ella estaba dentro, pero nada parecía indicar que así fuera; por un momento deseé que estuviera el hombre que ahora se sentía dueño del corazón de mi vampiresa. Por un momento recreé en mi imaginación varias maneras de darle muerte, una amplia sonrisa asomó a mis labios, he de reconocer que habría sido un gran placer para mí acabar con su vida.

Atravesé la puerta de entrada con paso firme, la casa no había cambiado, parecía que el tiempo se había detenido en la noche que tomé mi capa y salí para no regresar en casi un siglo. Subí la escalera que conducía al segundo piso, avancé despacio por la galería acariciando cada uno de los recuerdos que acudían a mi mente en tropel, al fondo se hallaba la puerta de nuestra alcoba. Posé la mano en el picaporte, y en ese momento fui consciente de que hasta el pulso me temblaba ligeramente. Abrí la puerta despacio, el aroma al perfume dulzón que utilizaba Drusila me invadió hasta nublar mis sentidos, un pequeño bulto de ropa llamo mi atención: estaba en el suelo junto a la cama, era el camisón de Drusila. Lo recogí del suelo y lo dejé sobre la cama. Miré a mi alrededor, el dormitorio de Dru seguía siendo sin duda su refugio, seguía tal y como yo lo recordaba. Me acerqué a su mesilla y deposité allí la carta. Ya sólo me quedaba esperar la respuesta.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Premios al Blog

Muchas gracias Manu del blog “Mis cosas son tus cosas” por acordarte de nuevo de mi blog para concederle este premio. Aprovecho también para agradecerle a Vuelo de Hada del blog “En un Rinconcito” ya que en su momento no pude hacerlo, espero que no me lo tengas en cuenta, no he andado muy bien últimamente.


Estos premios no vienen con límite, ni con preguntas, ni nada de eso lo cual es un alivio porque cada premio que recibo me gustaría compartirlo con todos los que me seguís.

El premio de Manu sin embargo trae una pequeña historia que aunque no es obligatorio poner, voy a copiar tal como él la ha puesto porque me ha gustado mucho.




En la mitología nórdica, Valhalla es la fortaleza a la cual los guerreros o einherjar van al morir en combate. Se sitúa en el palacio de Odín en Asgard, donde los guerreros fallecidos son bienvenidos por Bragi y conducidos por las valquirias.

Se dice que hay lugar suficiente para todos los elegidos. Aquí, todos los días los guerreros muertos que asistirán a Odín en el Ragnarok, el conflicto final de los dioses con los gigantes, se preparan para la batalla en las llanuras de Asgard. Por la noche, retornan a Valhalla para disfrutar de banquetes de jabalíes acompañados de hidromiel.





Mis nominados sois (espero que no se me pase nadie), bueno en realidad sois todos los que deseeis retirarlo. Pero como suelo hacer voy a nombrar a unos cuantos.






viernes, 4 de diciembre de 2009

Libro de Marcus - 57.

Me miró directamente a los ojos, se retiró un mechón de pelo que le había caído sobre la cara al inclinarse hacia mí y continuó hablando pausada y solemne.

- Lo imagino Marcus, y respecto a eso sólo te pediré una cosa: no le hagas daño a Drusila, ya lo ha pasado bastante mal en tu ausencia. Casi tanto como sufrimos nosotros durante el proceso de transformación de Raven. Lo intentamos todo, pero no pudimos frenarlo; aún así jamás le abandonaré, entre los dos encontraremos el remedio o pereceremos en el intento.

Hizo un gesto de desagrado dando así por terminada la conversación. Se giró de nuevo hacia el cuervo sin dejar de acariciarlo, el animal permanecía inmóvil… sin duda disfrutaba de cada una de las caricias de esa gélida y delicada manita. Se alejó del cuervo y volvió a coger el violín, se acercó a las llamas del hogar y retomó su música por donde la había dejado. De nuevo los acordes de aquella triste melodía invadieron los rincones del caserón otorgándole un halo aún más misterioso.

Volví sobre mis pasos, atravesé la antesala y de nuevo el loro profirió sus estridentes gritos alertando de mi presencia a todo el que pudiera escucharle, pero en esta ocasión no me importó, incluso me paré un momento para oír las barbaridades que soltaba por el pico: una sonrisa se dibujó en mi rostro al tiempo que intentaba imaginar quien se las habría enseñado; en pocos segundos tuve claro que no podía ser otro que Tasadar. Empecé a subir la escalera cuando me di cuenta de que había anochecido, me llevé la mano al pecho para comprobar que la carta que le había escrito a Dru seguía en el bolsillo interior de mi levita. Me detuve un segundo dudando si sería o no el momento de acercarme a su casa, la sola idea de tenerla ante mí me alteraba hasta tal punto que el corazón habría saltado de mi pecho si aún pudiera latir. Giré tan bruscamente que me vi obligado a saltar de un golpe los peldaños que había subido, me encaminé hacia la puerta que daba acceso a la casa y salí a la calle. La luna se alzaba asomando tímidamente entre las copas de los árboles, su tenue luz apenas iluminaba el sendero. Atravesé el claro para adentrarme en el espeso bosque. La oscuridad me cubrió con su denso manto y las sensaciones que horas antes había despertado en mí aquel viejo bosque volvieron a invadirme. Me sentí fortalecido y capaz de enfrentar cara a cara todas y cada una de las dificultades a las que sin duda debería hacer frente para recuperar el amor de Drusila.

Estaba llegando al camino que partía de Assen hacia el norte, era un sendero concurrido ya que conducía directamente a Sartil-Null, ciudad que albergaba entre sus robustas murallas el Palacio Real. Los comerciantes de Assen solían recorrer aquella calzada durante las noches para llegar con las primeras luces del alba. Hacía ya varios días que no me alimentaba, a pesar de haber conseguido dominar en cierto modo el ansia, el dolor que me provocaba empezaba a ser intenso: necesitaba encontrar una víctima con bastante premura.

Me agazapé entre unos matorrales bastante altos, la complicidad de la luna era lo que necesitaba para no ser descubierto, permanecí inmóvil durante bastante rato, hasta que mi suerte cambió. Un lujoso carruaje se acercaba bastante veloz, era una calesa oscura, tirada por dos briosos corceles negros; sin duda alguien importante viajaba en su interior, pero para su desgracia yo podía ser más veloz que sus caballos. Esperé a que el carruaje estuviera a mi altura y salté sobre él, abrí la puerta y me colé en su interior a gran velocidad. Me quedé paralizado, no era posible lo que estaba contemplando.