Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 7 de diciembre de 2010

Libro de Valine 32

Había oído hablar de las Ánjanas cuando era tan sólo un niño que no levantaba dos palmos del suelo, en las noches en la que se celebraba el Kyzhorn, la llegada de la primavera. Los monjes se reunían en el jardín de la abadía y encendían una hoguera, se asaban patatas, mazorcas de maíz, castañas y también algún tipo de carne o pescado, corría el vino sin mesura para todos, menos para mí, que no contaría con más de ocho años. Cuando consideraban que ya habían comido y bebido bastante, la noche se relajaba, dando paso a la sesión de cuentos y leyendas como gustaban llamar a las siguientes horas. Nos sentábamos alrededor de la hoguera y el más anciano nos contaba historias, historias misteriosas que sucedían o habían sucedido en todo el reino. Y entre ellas recuerdo que habló de las Ánjanas, o Hadas de la Luz. Fue la primera vez que oí hablar de las hadas. Según contaba aquel viejo monje, las ánjanas eran hadas guardianas, raras veces se dejaban ver y muy, muy pocas veces se ponían en contacto con los humanos. En ese momento me pregunté qué sería lo que guardaban estos hermosos y diminutos seres.

- Dime pequeña ¿Qué hacéis en esta cueva? ¿Por qué escondéis vuestra belleza? ¿Es esta vuestra morada? ¿Sois hadas guardianas?

Quise saber si era real la historia que había escuchado contar al monje, pero el hada no contestó, me miraba sonriendo como si no entendiera lo que le estaba preguntando. Fue entonces cuando escuché unas risitas que tintineaban como pequeñas campanillas. Giré la cabeza hacia el elfo que, aún dormido, lanzaba manotazos al aire mientras las pequeñas Ánjanas jugueteaban con su pelo. Centré de nuevo la mirada en la pequeña que reposaba sobre mi mano y como un vago recuerdo escuché la voz del viejo monje diciendo: “Las hadas sólo responden a preguntas concretas, cortas y bien estructuradas”. Intenté centrarme antes de formular de nuevo las preguntas que se agolpaban en mi garganta pugnando por salir una detrás de otra.

- ¿Sois las hadas de la luz?

- Lo somos –respondió sonriendo. Y esa sonrisa me cautivó por completo.

- ¿Es esta cueva vuestra morada?

- Así es –respondió levantando el vuelo ligeramente.

Pensé que le había molestado mi pregunta y sin darme cuenta mantuve la respiración hasta que me faltó el aire. Aspiré una gran bocanada y el hada comenzó a reír, le sonreí y seguí preguntado.

- ¿Por qué no vivís en el bosque?

- Somos las guardianas, no podemos abandonar esta cueva.

- ¿Las guardianas?

El hada no respondió a esa pregunta, obviamente ya la había contestado, era yo el que no había formulado bien la pregunta. Volví a mira hacia Elivyän, estaba despierto y protestando porque tenía la melena trenzada tan solo en la mitad que no tenia apoyada cuando estaba dormido, las hadas reían contemplando el fastidio que demostraba el elfo. Sonreí al verle tan ofuscado y volví a centrarme en la pequeña que para ese momento había volado de mi mano a una de mis rodillas y parecía hacer equilibrios para no caerse.

- ¿Qué protegéis en esta cueva?

- Más allá de la razón y la comprensión de los seres inferiores, nosotras las Ánjanas protegemos la entrada.

¿La entrada hacia dónde? En ese momento, tengo que reconocer, que la respuesta de la pequeña Ánjana me había desconcertado, eso sin mencionar que mi curiosidad se había disparado hasta límites insospechables. Por mi mente, en ese instante, pasaban preguntas a la velocidad del rayo, era incapaz de concentrarme en una sola. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad con la intención de serenarme y poder así asimilar la información que aquel diminuto ser acababa de proporcionarme.

La miré con curiosidad, me sonreía mirándome con sus grandes ojos de un tono dorado, que relucían como dos estrellas en mitad de la noche. En ese momento centré mi atención en ella. Sin duda lo que más me llamo la atención de aquellos pequeños seres que revoloteaban a nuestro alrededor era su gran parecido con las doncellas humanas o más bien con las doncellas elfas, ya que como ellas tenían las orejas puntiagudas. Dicen que su piel acostumbra a tomar los colores del entorno en el cual viven, y la piel de estas hadas que brillaban con luz propia variaba entre el azulado y el violáceo. Diría además que en sus largos cabellos, al igual que en sus alas, destellaban pequeñas motas doradas, de un tono, si no igual, muy parecido al del iris de sus ojos. Una intensa fragancia a lilas nos había rodeado, no había sido consciente hasta ese momento, pero sin duda ese aroma se desprendía de ellas. Eran unos seres extremadamente bellos.

domingo, 24 de octubre de 2010

Libro de Valine 31

Ambos sabíamos que regresar era demasiado arriesgado, con el viento empujándonos por la espalda nos exponíamos a perder el control y caer por el acantilado. No nos quedaba otra opción, teníamos que seguir avanzando con el viento de cara, que arreciaba por momentos. Sabía que nuestras posibilidades de atravesar ese tramo eran escasas, pero no nos quedaba otra. Avanzamos como pudimos, la fuerza del viento nos empujaba con tanto ímpetu que se nos hacía casi imposible adelantar unos pasos. Unos metros más adelante, Elivyän empezó a hacerme gestos señalando hacia la pared de roca de la garganta. Nunca en toda mi vida llegué a pensar que me alegraría tanto de que existieran los elfos. Estoy seguro de que en ese momento y a pesar de que el viento que nos azotaba la cara con la arena y la gravilla que se soltaba del suelo, mis ojos brillaron de esperanza y emoción. Un momento antes prácticamente había llegado a asumir que se acercaba nuestro final, pero eso había cambiado en tan solo unos segundos. Una gruesa soga sujeta a la pared de piedra por argollas nos ofrecía la posibilidad de pasar ese estrecho tramo del camino con bastante seguridad.  Lo salvamos sujetos a la gruesa cuerda, braceando casi a tientas pues el viento se incrementaba por momentos. Unos metros más adelante encontramos la cueva de la que nos había hablado Selil, conseguimos llegar a duras penas cuando ya estábamos casi a punto de darnos por vencidos.

La entrada de la cueva no era más que una grieta de un metro de ancho, me aseguré de que Elivyän entrara y seguí sus pasos, estábamos realmente exhaustos, yo había perdido la noción del tiempo, mi mente se centraba tan solo en seguir respirando, el corazón se me salía por la boca, sentí como me temblaban las piernas y me senté en el suelo para evitar caer de bruces. Miré hacia el elfo que para ese momento yacía tendido sobre su mochila con los brazos estirados hacia los lados y los ojos cerrados, parecía respirar con dificultad, intenté preguntarle si estaba bien pero me faltaban las fuerzas hasta para articular palabra alguna. Imité la postura de mi compañero de viaje y me dejé caer hacia atrás intentando controlar la entrada de aire en mis pulmones. No sé cuánto tiempo pasamos tirados en la misma posición sin intentar siquiera mover un solo musculo. Cuando pude recuperar el aliento y empecé a sentir de nuevo mi cuerpo bajo cierto control, abrí ligeramente los ojos, busqué a Elivyän con la mirada, parecía respirar con normalidad, se había aovillado y dormía plácidamente, aunque aún colgaba la mochila de su espalda. Una vez que mi vista se había acostumbrado a la oscuridad de la cueva, me di cuenta de que era realmente grande. Estábamos tirados a la entrada, una especie de pasillo estrecho de apenas dos o tres metros. Justo detrás de nosotros se abría en una cámara abovedada bastante grande. En lo alto de la bóveda había un orificio por el que se filtraba la luz natural iluminado tenuemente la cueva. Los gigantescos cristales multicolores que cubrían las paredes  relucían reflejando colores intensos en algunas zonas y más apagados en otras. El techo de la cueva permanecía oscuro, sin embargo parecía un cielo estrellado, me pasé mucho rato observando aquellas constelaciones que se dibujaban en la bóveda hasta que me di cuenta de que se movían, no podía distinguir qué tipo de animal seria el que reflejaba esa luminiscencia, ni si era grande o pequeño, porque la distancia que me separaba de ellos era bastante considerable. De cualquier modo, me habría dado igual que se hubiese tratado del animal más feroz y sanguinario que la naturaleza hubiera creado, no había recuperado la fuerza necesaria para poder moverme. Me dejé vencer por el cansancio y volví a cerrar los ojos abandonándome de nuevo al sopor que inundaba mi cuerpo, inducido sin duda por el terrible esfuerzo que nos había provocado atravesar el risco con la tormenta azotándonos y vapuleándonos, como si de muñecos de trapo se tratara. A punto estaba de quedarme dormido cuando algo rozó mi cara, abrí los ojos sobresaltado, una maraña de lucecitas revoloteaba a mí alrededor. No podía moverme, tampoco estaba seguro de si debía hacerlo, por mi mente cruzó una idea tan veloz como el rayo, quizá si no me movía aquellas pequeñas lucecitas se apartarían de mí y me dejarían tranquilo. Pero no fue así, una de aquellas lucecitas se aparto del grupo y se poso en mi mano que descansaba en ese momento sobre mi pecho. Alce la mano con la intención de espantarla y fue entonces cuando pude contemplar fascinado que se trataba de un ser diminuto que brillaba con luz propia. Tan hermosa como minúscula me sonreía desde mi mano, la fui acercando despacio para no asustarla.

- ¿Quién eres pequeña? –susurre intentando sonreír.

- Somos las Ánjanas – me respondió con una voz suave y a la par sensual y misteriosa.

martes, 31 de agosto de 2010

Libro de Valine 30

No me di cuenta de en qué momento mi cuerpo sucumbió ante el cansancio, para cuando volví a abrir los ojos comenzaba a amanecer. Unos pocos metros más allá se hallaba Elivyän, respiraba acompasadamente, aún dormía. Desde el sitio en el que había extendido mi jergón podía divisar tan sólo una pequeña fracción del firmamento, que en ese momento comenzaba a clarear tiñéndose de tonos que oscilaban entre violáceos y añiles. Aún quedaban algunas estrellas que parecían obcecarse en abandonar la oscuridad de la noche dando paso a la claridad de la mañana. Difuminados aun en la oscuridad podían intuirse algunos cúmulos que a mi parecer auguraban una gran tormenta. No conocía la garganta, no sabía si una tormenta en aquellas escarpadas paredes de roca podría resultar incluso mortal. Nunca había sido bueno para calcular ese tipo de cosas, como había visto hacer en numerosas ocasiones a uno de los monjes que me criaron que con solo mirar el cielo durante unos minutos sabía si la tormenta descargaría o no. Recuerdo que en ocasiones incluso le había visto predecir una tormenta cuando el cielo aún estaba completamente despejado.

Un trueno lejano me devolvió a la realidad de la cueva, no tenía intención de cortar el descanso del elfo, sin duda se lo merecía. Pero me preguntaba si no sería lo más sensato, al fin y al cabo él era un elfo. Supuestamente estaban familiarizados con la naturaleza y conocían los secretos que para los profanos ocultaba. Miré al elfo que roncaba a pleno pulmón, viéndole así no parecía entender mucho de nada, una sonrisa asomo a mis labios, ante esa especie de iluminación que acababa de sentir, decidí dejar que siguiera durmiendo un rato más.

Elivyän Ancaitar era un hombre joven y apuesto, no es que a mí me lo pareciera pero había oído a las chicas comentarlo en varias ocasiones. Era un hombre alto para ser un elfo, de piel extremadamente pálida, recuerdo que cuando le vi por primera vez incluso llegué a pensar que habría estado recluido, probablemente escondiéndose de algún marido celoso, la sola idea de imaginar al elfo descolgándose del balcón de una bella dama me hizo sonreír, realmente me costó contenerme para no romper a reír. Como la mayoría de los elfos había dejado crecer bastante su oscuro cabello, que solía llevar suelto, tan sólo trenzaba dos mechones a los lados de la cara. Sus ojos vivos e inteligentes brillaban especialmente cuando miraba a una mujer hermosa, incluso diría que en el color ambarino de sus ojos brillaban algunas chispitas doradas, provocadas con toda seguridad por su pasión por la belleza, a la que había dedicado además parte de su vida. Era un hombre bastante locuaz, dominaba el lenguaje a la perfección y sabía utilizarlo con total maestría, no solo para conseguir los favores de alguna dama desvalida, también componía bellas melodías e historias. Elivyän te atrapaba en sus historias sin que te dieras cuenta. En resumidas cuentas era un vividor, aunque en ocasiones le había visto perdido en sus pensamientos, con la mirada perdida en algún punto del horizonte. En esos momentos me pregunto si bajo toda esa fachada no se esconde un corazón enamorado.

De nuevo los truenos que ahora sonaban más cercanos me obligaron a volver a la realidad. Me incorporé en mi jergón hasta quedar sentado y llame a Elivyän zarandeando ligeramente su pierna. El elfo abrió los ojos confuso, tardo apenas unos segundos en centrarse y recordar donde estábamos. Se desperezó estirando los brazos al tiempo que se le abría la boca y luego me miró sonriendo.

- ¿Has dormido algo?

Asentí como respuesta y volví a mirar hacia el cielo, el sol no había salido aun, aunque dudaba que se dejara ver esa mañana. Las nubes se habían tornado en oscuros nubarrones cerrados que amenazaban con descargar una gran tormenta.

- Date prisa en recoger, me gustaría llegar hasta la cueva que según Selil hay más arriba antes de que descargue la tormenta. Aquí no parece que vayamos a estar seguros.

Nos pusimos en pie de un salto, recogimos lo más aprisa que pudimos y un momento más tarde volvíamos a estar en camino. El viento arreciaba azotándonos la cara con la tierra que se arremolinaba ante nosotros dependiendo de la dirección del viento. El camino se estrechaba unos metros más adelante, trate de decírselo a Elivyän pero el sonido del viento era tan fuerte que apenas podíamos entendernos. Aunque estaba seguro de que él también se había dado cuenta.

martes, 27 de julio de 2010

Libro de Valine 29

Tardamos tan sólo unos minutos en llegar hasta donde nos esperaba Elivyän, que había preparado ya a Eolion para el viaje, envolviendo su cuerpo en una de sus mantas; sin duda el elfo había elegido la mejor pero aún así no pasaba de ser un trozo de tela de lana bastante ajado. El animal se detuvo agarrándose con sus enormes garras a las piedras del risco. Bajé de un salto y me acerqué a ellos mientras que Selil esperaba sin abandonar su montura.

- ¿Cómo esta?

- No quisiera ser pesimista amigo, pero no tiene buena pinta. Está muy mal, ha perdido mucha sangre.

Miré al elfo que a su vez me miraba con un gesto de preocupación dibujado en su rostro.

- Ya veo que lo habéis conseguido –dijo mientras señalaba al grifo con un gesto de su cabeza.

- Podría decir que sólo la he acompañado, el merito es todo suyo. Ésta mujer no deja de sorprenderme –sonreí, o más bien intenté hacerlo, porque mis labios se torcieron en una mueca de disgusto. Me sentía responsable de la vida de Eolion. Si bien era cierto que ella había venido conmigo por propia voluntad, también yo podía haberla persuadido… aunque en ese momento no tenía la menor idea de lo que nos depararía éste viaje. La tomé en brazos con toda la suavidad y el cuidado que pude y se la entregué a Selil, ella acomodó a Eolion en su regazo y la afianzó con uno de sus brazos y levantó la mirada hacia mí.

- Nos veremos en Telvêrnïa.

Asentí mientras observaba cómo manejaba al glifo con tan solo un leve movimiento de sus piernas. Me quedé mirándolas hasta que se perdieron en el horizonte. En ese momento sentí la mano de Elivyän que me golpeaba amigablemente el hombro.

- No te preocupes, Selil conseguirá llegar a tiempo.

Le sonreí con la mirada triste y asentí.

- Pongámonos en camino, estoy deseando llegar a esa ciudad elfa -me liberé de la mano del elfo y me acerqué hasta las bolsas.

- Ahora sólo somos dos, tendremos que hacer una selección. No podemos cargar con todo esto.

Recogimos lo que podíamos cargar y nos pusimos en camino de nuevo, anduvimos durante horas sin cruzar una sola palabra. Caminábamos abstraídos en nuestros propios pensamientos, no sé qué pasaría por la cabeza del elfo, pero yo aproveché el silencio para volver a evocar las horas que había vivido con Drusila antes de mi partida. Más que un deseo era una necesidad, me sentía como si una mano invisible y gigante me oprimiera con fuerza, casi me faltaba la respiración. No había notado que se nos había echado la noche encima hasta que Elivyän me devolvió a la realidad.

- Creo que deberíamos acampar –su voz me sonó irreal, probablemente tendría la garganta seca después de tantas horas sin articular palabra y sin habernos detenido ni siquiera para beber.

- Tienes razón; llevamos muchas horas caminando.

Unos metros más adelante se abría una boca en la piedra dando acceso a una pequeña cueva. Dejamos las bolsas a un lado y nos acomodamos como pudimos, dispuestos a pasar la noche. No habrían pasado más de tres minutos cuando escuché al elfo respirar acompasadamente. No me había dado cuenta de lo cansados que estábamos hasta que me había tumbado sobre la manta que tenía extendida en el suelo a modo de lecho. Crucé las manos bajo la nuca y fijé la mirada en algún punto del techo de la cueva. Estaba tan cansado que me costó conciliar el sueño. Allí tumbado en silencio, arropado por la oscuridad, me sentía tan cansado y tan desvalido como probablemente se sintiera Vhala aquella noche en la que la ofrecí mi sangre. Cerré los ojos dispuesto a abandonarme a mis recuerdos, esperando que ellos me condujeran al descanso tan deseado.

Vhala era una hermosa mujer… más que bonita, enigmática. Supongo que fue eso lo que me atrajo de ella, aparte de la manera en que la encontré y a pesar de haber pasado algunos años juntos, siempre estuve seguro de no llegar a conocerla. Mantenía un muro invisible entre ambos, sin llegar a mostrarse tal y como era. Nunca llegué a saber cómo había llegado a formar parte de las criaturas de la noche, ni tampoco quién la había convertido. Era sumamente reservada, en numerosas ocasiones la sorprendía observándome fijamente. Aún después de tanto tiempo, no sé si sería porque sentía curiosidad o porque estaba estudiando la forma de saltar sobre mí sin darme la oportunidad de defenderme.

Sonreí sin abrir los ojos. El viento que azotaba la garganta se colaba en la pequeña cueva como una suave brisa; para ese momento estaba completamente relajado y el sueño empezaba a hacer mella en mis sentidos.

miércoles, 16 de junio de 2010

Libro de Valine 28

Elivyän se había dedicado a limpiar las heridas de Eolion, sobre todo un profundo corte en la parte trasera de la cabeza. Había improvisado un vendaje con un jirón de su camisa; supongo que bien apretado había conseguido parar, al menos de momento, la hemorragia. Realmente no sé bien cómo lo hizo, pero consiguió que la herida dejara de sangrar o al menos que lo hiciera más despacio. Acomodó la cabeza de la elfa sobre una de las bolsas y saltó a mi lado empuñando su arco. Mientras que nosotros gritábamos dando saltos y agitando las manos sobre nuestras cabezas con el fin de llamar la tención de los grifos, Selil volvió a trepar hasta el saliente de roca, obviamente pensaba emplear la misma táctica que había utilizado para acabar con el grifo anterior, pero ahora era diferente. Me pregunté que habría planeado esa mujer para hacerse con el control del animal.

El grifo más joven se lanzó en picado contra nosotros; o bien no vio a Selil o pasó de ella para atacarnos directamente a nosotros. Elivyän cargó el arco y lanzó una de sus flechas que impacto en el grifo atravesando una de sus poderosas garras. El animal lanzó un grito agudo, se desvió hacia un saliente en las rocas de la pared opuesta del acantilado y se entretuvo durante un rato intentando deshacerse de la flecha. El alfa lanzó un par de gritos estridentes llamando a su compañero, pero el otro estaba demasiado ocupado intentando sin éxito desprender la flecha de su pata. Dio un par de vueltas más sobrevolándonos y se lanzó en picado. El elfo lo esperaba con el arco tensado. Me preparé para asestar un golpe con mi espada en cuanto lo tuviera a tiro. La vampiresa permanecía inmóvil en el saliente de la roca, de no haber sabido que se encontraba allí ni siquiera me habría dado cuenta de su presencia. En su descenso el grifo se acercó al saliente y Selil saltó sobre él como lo hubiera hecho un depredador que acecha a su presa. El grifo intentó zafarse de ella con algunos movimientos bruscos, pero parecía que la elfa se hubiera fundido a su espalda. Mientras el animal luchaba por quitársela de encima ella se afianzó a su cuello asestándole puñaladas con su pequeña daga.

Volaba derecho hacia nosotros, intentando una y otra vez enganchar a Selil con el pico. Se hallaba a pocos metros de nosotros, Elivyän lanzó una de sus flechas que se clavó en el pecho del animal que intentó esquivarnos, pero no calculó bien la distancia y pasó casi rozándonos. Aproveché la oportunidad para descargar un golpe con mi espada que impacto en una de sus patas traseras, el animal giró sobre sí mismo y arremetió de nuevo contra nosotros, en ese momento Selil le clavó la daga en uno de los ojos, ya sin la visión de ese ojo pareció perder el control y comenzó a precipitarse hacia el abismo. Selil no se soltó de su cuello y comenzó a caer también. Le grité que saltara, pero ella estaba como en trance, el frenesí que provoca la sangre en los vampiros. A pesar de ser sangre de un animal creo que a ella le estaba afectando en ese momento. Oímos los gritos del grifo cada vez más apagados y más lejanos. Elivyän y yo nos quedamos inmóviles y en silencio durante un rato, intentado escuchar algún sonido que nos dijera que Selil había saltado a tiempo, pero no fue así. Un momento después pudimos escuchar como el cuerpo del grifo se estrellaba contra, probablemente, el suelo.

Me senté despacio, completamente abatido, aún no podía creer que hubiéramos perdido a Selil. Miré hacia Eolion, seguía inconsciente, sus heridas parecían haber dejado de sangrar. Yo no era un entendido en curas y ese tipo de cosas, pero sabía que se debatía entre la vida y la muerte, y al caer la vampiresa habían aumentado considerablemente sus posibilidades de perecer antes de llegar a Telvêrnia.

- ¿Qué vamos a hacer ahora? –me preguntó el elfo sin levantar la vista del suelo, tan abatido como lo estaba yo.

- No lo sé. ¿Crees que Eolion lo conseguirá sin Selil?

- No, no lo creo. Esa maldita mujer no nos dijo cuál era su plan, ¿cómo pensaba llegar a la ciudad más deprisa? –me preguntó sin poner mucho entusiasmo.

- Creo que la idea era utilizar al grifo como transporte.

- ¿En serio? –esta vez levantó la cabeza para mirarme- Pues como no pensara vampirizarlo no lo entiendo, porque las puñaladas que le daba no eran precisamente convincentes –soltó una risilla torciendo la boca.

- Tienes razón –en ese momento nos echamos a reír los dos, creo que era una risa mas de desesperación que de otra cosa- Sssh… ¿has oído eso?

Estaba seguro de haber oído algo, hubiera jurado que se trataba de rocas desprendiéndose, pero no podía estar seguro. Intenté poner más atención. Le hice un gesto al elfo tocándome la oreja para indicarle que prestara atención. Me acuclillé y tomé la espada. Suponía que habíamos acabado con los grifos, pero no podía estar seguro de que no hubiera más, muchos más. Elivyän se agazapó junto a Eolion, puso la mano sobre su frente y luego me miró con cara de preocupación. En ese momento escuchamos un ruido y la cabeza del grifo cayó entre nosotros, que saltamos hacia atrás sobresaltados. Un segundo después la mano de Selil asomó sujetándose al borde de la piedra. Corrimos hacia ella para ayudarla a subir, pero antes de que hubiéramos llegado había subido de un salto y se hallaba parada ante nosotros con los brazos en jarras y una expresión de superioridad asomando a su rostro.

- ¿Selil? –pregunté para convencerme a mí mismo de que no era una especie de visión, una mala pasada de mi subconsciente.

- ¿Acaso esperabais a alguien más?

- No esperábamos a nadie –contestó Elivyän haciendo especial énfasis al pronunciar “nadie”.

- Si, lo suponía… ya estoy muerta, no lo olvidéis –afirmó con tono sarcástico-. Necesitábamos la cabeza, sin ella no conseguiremos nuestro transporte.

- ¿Cuál es tu plan? No entiendo que te propones hacer con esa cabeza –miré hacia ella, le faltaba uno de los ojos, tenía el pico abierto y las plumas ensangrentadas, de hecho aún chorreaba sangre.

- Este trofeo –dijo mientras cogía la cabeza del suelo- nos valdrá para persuadir a los demás grifos de que no nos ataquen. Además, yo he matado a su dominante, ahora yo soy el alfa –el elfo y yo nos miramos sin llegar a entender a donde quería llegar-. Alguien tendrá que quedarse con Eolion mientras conseguimos llegar hasta los nidos.

- ¿Los nidos? ¿De qué estás hablando? ¿Te has vuelto loca? –preguntó Elivyän casi gritando.

- No te preocupes princesita, tú te quedarás aquí cuidando de ella –señaló a la elfa-, iremos nosotros.

El elfo hizo intención de protestar pero creo que ya había dejado por imposible la disputa con Selil, no cabía ninguna duda de que no la podía ni ver, claro que indiscutiblemente el sentimiento era recíproco.

Limpiamos como pudimos nuestras ropas, con un trapo húmedo nos quitamos la sangre de la cara y de las manos y nos pusimos en camino. Los nidos no estaban demasiado lejos, probablemente los grifos nos habían atacado al acercarnos a la zona donde anidaban sus hembras; defendían sus crías. Según nos íbamos acercando el olor se iba haciendo más insoportable, para Selil era más sencillo, simplemente dejo de respirar. Los gritos de los polluelos llamando a sus progenitores resultaban más estridentes incluso que los que habíamos oído un rato antes durante la batalla. Algunos grifos sobrevolaban en círculos, las hembras se hallaban junto a los nidos, custodiando los huevos y los pollos que habían eclosionado ya. Selil había clavado la cabeza ensangrentada en el pico de su alabarda y avanzaba con paso firme hacia los nidos, yo la seguía despacio unos pasos por detrás con la espada en la mano, no tenía tanta confianza como ella en que funcionara su artimaña.

Los animales que sobrevolaban los nidos comenzaron a bajar hasta casi rozar nuestras cabezas, miraban con curiosidad la cabeza del grifo muerto. Los gritos de las hembras cesaron y para mi sorpresa siguieron limpiando y abrigando a sus pollos como si no estuviéramos. Avanzamos unos pasos más, en ese momento escuchamos un grito agudo sobre nuestras cabezas. Un grifo se había acercado a nosotros peligrosamente, me agaché instintivamente cuando lo vi avanzar en picado hacia nosotros, pero nos sobrepasó y aterrizó tan sólo a un par de metros de Selil. Era distinto a los demás, sus plumas variaban entre el blanco y el plata, sus ojos eran tan claros que parecían blancos y nos miraba amenazador. Selil siguió avanzando hacia él balanceando ligeramente la alabarda, la sangre salpico la cara del grifo que profirió un grito atronador. Selil estiró su mano hacia él, en ese momento el animal agachó la cabeza y se fue tumbando poco a poco, no podía creer lo que estaba viendo. Lo había conseguido.

jueves, 10 de junio de 2010

Libro de Valine 27

Miré hacia donde estaba Selil, que esperaba en posición de ataque una nueva pasada del grifo. Elivyän había tirado de Eolion hacia un hueco en la piedra y se mantenía en pie delante de ella, protegiendo a la elfa. Miré de nuevo hacia el cielo, los gritos estridentes de los grifos se escuchaban cada vez más cerca, la vampiresa me hizo un gesto con la mano señalando hacia la parte norte de la garganta y con los dedos de la mano me hizo saber que venían al menos cinco. El elfo cargó su arco y se dispuso a disparar sus flechas contra el alfa que se acercaba encabezando el grupo de grifos.

- ¡Tírale a las alas! –le grité.

- ¡No, a los ojos! –grito Selil.

- ¡No me presionéis! –chilló el elfo, haciendo aspavientos con el arco.

En ese momento Eolion se situó junto al elfo y le dio una palmadita en la espalda para tranquilizarlo, Elivyän la miró de reojo, tensó el arco y comenzó a canturrear mientras soltaba su primera flecha que salió disparada del arco, pero el grifo aún estaba demasiado lejos; la flecha se perdió en la oscuridad sin llegar a impactar. Uno de los grifos se tiró en picado hacia Selil, que lo esperaba inmóvil con su alabarda apoyada en la roca. Segundos antes de que llegara hasta nosotros, levanto su alabarda que se clavó sin dificultad en el pecho del grifo, ella aprovechó la potencia del descenso para impulsar la alabarda que abrió en canal al animal empapándonos de sangre y vísceras. La vampiresa soltó una carcajada y se pasó la lengua por los labios saboreando la sangre que lograba alcanzar, mientras Eolion intentaba limpiar su ropa con las manos haciendo muecas de asco, el elfo gimoteaba porque la sangre había arruinado sus ropajes. Limpié como pude la sangre de mis ojos y busqué en el horizonte la aproximación de los otros grifos que se habían dispersado por un momento y volvían a reagruparse.

A pesar de lo que esperábamos, el dominante se rezagaba y no atacaba en cabeza, con sus gritos parecía controlar el resto del grupo. Elivyän desenfundó su espada, Eolion hacía filigranas con la suya y mientras le hacíamos frente al grifo más cercano, pude ver por el rabillo del ojo como Selil ascendía trepando por la pared rocosa. En ese momento el animal lanzó un picotazo contra el elfo, Eolion le asestó un golpe con su espada hiriéndolo en la pata evitando así que le alcanzara, el animal se revolvió contra ella y la enganchó con una de sus garras. Intentamos por todos los medios que la soltara, di un salto y clavé mi espada en su vientre, el animal lanzó a la chica contra las piedras, Eolion gritó de dolor al chocar y cayó al suelo sin sentido. Elivyän se acercó hasta ella y me hizo un gesto negando con la cabeza. No me dio tiempo a fijarme en nada más, me lancé contra el animal con un ataque de rabia y finalmente conseguí clavarle la espada en el pecho, el grifo comenzó a caer haciendo círculos. En ese momento me di cuenta de que otro animal se acercaba peligrosamente, no tenía tiempo de reaccionar, estaba a punto de arrollarme cuando de repente vi saltar a Selil sobre él. Cayó de rodillas sobre el animal y éste, alertado, giró sobre sí mismo; la vampiresa, con un movimiento ágil, extrajo una daga de su bota y la incrustó en uno de los ojos del animal, retorciéndola más por placer que por necesidad, antes de arrancárselo. Aprovechando el desconcierto del animal descendió hasta quedar de pie sobre su lomo –viéndola, mantener el equilibrio a lomos del animal parecía sencillo, obviamente sólo lo era para ella- y realizó un ataque de torbellino haciendo girar la alabarda en torno a ella. La sangre del animal salió disparada a la misma velocidad que ella había girado impactando contra nuestros cuerpos, haciendo que nos tambaleáramos. Cuando fui capaz de centrarme de nuevo en ella, la tenia junto a mí en el camino, el grifo al que había sesgado las alas se precipitaba hacia el abismo, provocando un gran estruendo al rebotar contra las afiladas rocas. Sin duda si ella no le había matado, lo habría hecho la caída.

La miré, estaba pletórica, la lucha hacía hervir su sangre. No apartaba la vista del oscuro cielo esperando el siguiente ataque.

- ¿Cómo está Eolion? –me preguntó sin volverse a mirarme.

- No he podido comprobarlo.

Elivyän se acercó hasta Eolion, seguía tendida en el suelo sin moverse. Volvió a negar con la cabeza. Selil hizo una breve mueca ante el gesto del elfo pero rápidamente recupero su semblante habitual, como si realmente no sintiese nada.

- Nos queda lo más complicado, ahora es cuando se pone interesante –se giró hacia Elivyän ladeando la cabeza con un brillo de burla en sus ojos- me sorprende que sigas con vida ¿vas a hacer que pierda mi apuesta?

- ¿Vas a hacer que pierda mi apuesta? –respondió el elfo imitando en tono de burla la voz de Selil.

- ¡Mira qué graciosa la señorita gimoteos! –imitando la voz del elfo- me has manchado la ropa de sangre buahhh, me has salvado la vida pero me has puesto pringando mi vestidito de princesita... –resopló- elfos.

El elfo la dejó por imposible y se centró en examinar las heridas de Eolion. Selil y yo volvimos la mirada hacia los grifos que parecían estar trazando un plan de ataque sobrevolándonos en círculos.

- Escuchadme –dijo Selil-, probablemente hayan alertado a los demás y estarán esperando refuerzos, así que para salir con vida necesitamos una vía rápida. Tengo un plan, pero tenéis que distraer al otro mientras me ocupo del alfa. ¿Crees que la muñequita de porcelana podrá hacerlo? Si ves que te retrasa acaba con él, me jodería perder una bolsa de oro.

- Dejadlo ya, ya tendréis tiempo de discutir si conseguimos salir de esta –dije mientras hacia un gesto al elfo que se había puesto en pie dispuesto a replicarle- ¿Cuál es tu plan Selil?

- Si queréis que la elfa sobreviva necesitamos un medio de transporte. Acabaré con el alfa y me haré con su cabeza, con un poco de suerte y viendo la suerte que han corrido los demás, el resto de grifos no se atreverán a enfrentarse a nosotros. No os ofendáis pero vuestra fuerza es insuficiente. Sera mejor que yo me encargue y vosotros… bueno, haced lo que podáis, no tengo mucha esperanza. Y ahora si los niños han entendido el plan, podéis empezar a llamar su atención.

martes, 8 de junio de 2010

Libro de Valine 26

No tardamos demasiado en llegar, una vez allí soltamos los bultos y nos relajamos durante un rato. Nos comimos la última fruta que habíamos recogido en el valle mientras comentábamos como había ido hasta ese momento el viaje. Elivyän aprovechó el descanso para acercarse a Eolion, Selil se apartó un poco del grupo y se sentó en la entrada con la mirada perdida en algún punto de la oscuridad infranqueable, o al menos lo era para mí. Aproveché para recostarme, con la espalda apoyada en la piedra cerré los ojos con la intención de dejar la mente en blanco, no quería pasar el rato que nos habíamos tomado de descanso dándole vueltas a lo que nos quedaba por afrontar. Pero a pesar de que lo intenté me fue imposible, seguía sintiendo los ojos de aquella presencia clavados en mi nuca. Esa sensación me llevo de nuevo a la noche en la que llevé a la vampiresa a mi cubil, después de lanzarme todas aquellas preguntas clavó su mirada en la mía y un escalofrió recorrió todo mi cuerpo. Por un lado sabía que tenía que responder a todas sus preguntas y al mismo tiempo hacer que la mujer se sintiera a salvo conmigo, hacerla comprender que no deseaba hacerle ningún daño. Me fui acercando despacio a ella mientras le hablaba con el tono más cálido y tranquilizador que fui capaz de ofrecer. Según me iba acercando la vampiresa se iba tensando, me detenía y la ofrecía una de mis sonrisas más seductoras. Por fin conseguí llegar hasta ella sin que saltara sobre mí, tampoco era que me asustara esa posibilidad, sabía que no me costaría demasiado librarme de ella, pero no era lo que yo quería. Me intrigaba lo que le había pasado, me resultaba bastante extraño que le hubieran dejado en aquel estado, ¿quién podría haberle hecho algo así? Sin duda tenía que haber sido otro vampiro. Un mortal no la habría dejado con vida, habría rematado su faena. Un vampiro tendría la fuerza suficiente para dejarla mal herida, pero ¿por qué, qué habría hecho aquella mujer para merecer tan brutal paliza?

Un golpe seco me forzó a abrir los ojos buscando la causa y en ese momento una sonrisa asomó a mis labios, Eolion había empujado a Elivyän, que había perdido el equilibrio y había caído contra los bultos. Ella hacía gestos con la cara demostrando así que el elfo la sacaba de sus casillas y él parecía divertido, tumbado sobre las bolsas se reía sin parar mientras le tendía la mano como pidiéndole ayuda para levantarse y cada vez que lo hacia ella le daba un manotazo, a lo que él respondía con sonoras carcajadas. No me había dado cuenta de que Selil no estaba. La busqué con la mirada. Se había situado unos metros más adelante, arropada completamente por la oscuridad de la noche. No había movido un solo músculo, parecía una estatua tallada en la misma roca, incluso diría que se había unido a la piedra. Me distraje de nuevo con la pelea juguetona de la pareja y antes de que me diera cuenta Selil estaba pegada a mí, nunca podría acostumbrarme a la velocidad con que se mueven los vampiros. Me tomó de la mano y tiro de mí hasta una especie de ventana que se abría en la roca, con un gesto de la cabeza señalo hacia los bordes de las inmensas paredes de piedra que nos rodeaban, miré intentando ver algo pero la noche estaba demasiado oscura.

- ¿Qué has visto, Selil?

- ¿No los ves? –me miró como sorprendida, entrecerré ligeramente los ojos, intentado con ese gesto ver algo más.

- No, no veo nada… aunque puedo sentirlos… ¿cuántos son?

- He contado cinco, pero creo que puede haber más.

- ¿Cinco? –la miré con cara de preocupación. Giró de nuevo la vista hacia el oscuro filo y sonrió

- Esto va a ser interesante –afirmó sin cambiar el gesto de su cara.

Me volví hacia Eolion y Elivyän que para ese momento ya habían dejado de pelear y nos miraban con la misma cara de preocupación que debía de tener yo mismo. La única que parecía disfrutar con el encuentro que estaba a punto de suceder era la vampiresa, como siempre, segura de sí misma. En ese momento la envidié, los monjes me enseñaron a controlar mis emociones, pero a pesar de lo que pudiera parecer no sentía la misma seguridad de la que gozaba Selil.

- ¿Por qué no nos han atacado ya? –preguntó susurrando Elivyän- ¿A qué esperan?

- A que bajemos la guardia –respondió Selil sin inmutarse-. Esperan el momento preciso; son animales muy listos –se giró hacia el grupo-. Escuchadme, suelen atacar en manada, entre ellos habrá un macho dominante, centraos en él, si cae el alfa los demás huirán, no volverán a atacar hasta que uno de ellos tome el mando, eso les llevara algún tiempo y habremos ganado la batalla. Para cuando se reagrupen ya habremos salido de la garganta.

- ¿Cómo reconoceremos al dominante? –fue Eolion la que preguntó en ese momento.

- Suelen ser algo más grandes y con toda seguridad encabezará el ataque –contestó la vampiresa sin inmutarse-. Lo más importante es que no os confiéis, manteneos alerta y guardaos las espaldas unos a otros, cuando llegue el momento no os preocupéis de la seguridad de los otros, sed egoístas y mirar por vosotros mismos, aprovecharán cualquier descuido para daros muerte.

- ¿Algún punto débil? –quería saber si de verdad teníamos alguna posibilidad contra aquellos animales, hasta ese momento me había negado a mi mismo la posibilidad de que existieran, pero creo que lo hacía porque no quería afrontar la idea de que pudieran atacarnos y en parte también por llevarle la contraria a las chicas.

- No, no hay puntos débiles. Pero como cualquier animal, y más los voladores, necesitan ver con total claridad; si les dañáis los ojos tendréis más posibilidades de sobrevivir. Y tranquilos, si os hieren de muerte, siempre puedo ofreceros la vida eterna –soltó una risilla burlona que al elfo no pareció hacerle ninguna gracia. Sonreí también mirando a Eolion que me devolvió la sonrisa, parecía disfrutar con el malestar de Elivyän-. Y lo más importante… -añadió Selil con media sonrisa burlona- apuestas. Apuesto una bolsa de oro a que el elfo tropieza y se empala él mismo antes de que llegue el enemigo –soltó una sonora carcajada, Eolion y yo nos echamos a reír mientras que el bardo protestaba airadamente.

Nos pusimos en camino de nuevo, dejamos en aquel lugar las cosas que consideramos que no nos hacían falta realmente, con el fin de ir más ligeros y así disponer de mayor libertad de movimiento.

Selil iba delante abriendo camino. Yo me situé al final cerrando el grupo. Sopesé nuestras posibilidades según avanzábamos en completo silencio. Sin duda nuestra mejor baza era Selil, no sólo por su velocidad de ataque, también por su pericia como guerrera y por sus instintos asesinos. Era además una maestra en el arte de la guerra y dominaba con total maestría su alabarda, incluso podría considerarse como una prolongación de su propio brazo. Eolion había aprendido de Selil y sin duda se había convertido en una de sus mejores alumnas, cuando empuñaba su espada de doble hoja el arma parecía danzar entre sus manos liviana como las plumas de un ganso, parecía cobrar vida y ponerse al servicio de su menuda dueña. Sin embargo, nunca había visto a Elivyän empuñar su arma, no sabía hasta qué punto llegaría la pericia de ese bardo en el manejo de las armas, confiaba en que fuera bueno con el arco. Era un elfo y como tal su destreza con el arco era algo que se les suponía innato. Por mi parte, contaba con la fuerza que poco a poco iba creciendo dentro de mí, los cambios que mi cuerpo estaba experimentando aun eran imperceptibles para los demás, pero yo me iba sintiendo cada día un poco mas fuerte. Algunas escamas habían comenzado a cubrir esporádicamente ciertas partes de mi cuerpo, que ardía como si en lugar de sangre corriera lava por mis venas, haciendo que la temperatura de mi cuerpo ascendiera en varios grados. Esos cambios, aunque no puedo negar que eran dolorosos, iban fortaleciéndome cada vez más.

Selil se detuvo de repente y nos hizo un gesto indicándonos que desenfundáramos nuestras armas. Mientras sacaba mi espada del cinto miré al grupo: el elfo llevaba el arco en la mano desde que abandonamos el refugio improvisado en la entrada de la roca, las chicas ya habían sacado sus armas cuando algo sobrevoló nuestras cabezas haciendo que perdiéramos el equilibrio. Eolion estuvo a punto de caer al suelo, pero por suerte Elivyän le sujetó a tiempo. En ese instante fui consciente de a lo que nos enfrentábamos. En ese preciso momento supe que la pelea sería muy dura y que probablemente no todos llegaríamos a entrar en Telvêrnia.

miércoles, 2 de junio de 2010

Libro de Valine 25


Se quedó pensativo por un momento para finalmente reconocer que aparte del relato que le había contado su padre cuando era un crío, nunca había oído de nadie que los hubiera visto y mucho menos que los hubiera visto él personalmente. La idea de que los grifos tan sólo fueran una leyenda me tranquilizó bastante. El camino de la garganta ya era bastante peligroso por sí solo. En cierto modo me sentía responsable del grupo que me acompañaba. Quitando al bardo, que había emprendido el camino por su propia voluntad, las dos mujeres probablemente seguirían en Assen si no se hubieran topado conmigo. Miré hacia la entrada de la cueva: el sol se había escondido entre las montañas, aún no había anochecido del todo, pero no faltaban más que algunos minutos. Las chicas ya habían comenzado a recoger sus cosas. Volví a mira a Elivyän que parecía ausente y le di un toque en la pierna para llamar su atención.

- Prepárate, está anocheciendo.

Nos pusimos de pie y guardamos rápidamente nuestras cosas. No quería demorar la salida, ya que no sabía si más adelante habría donde refugiarse de nuevo y el viaje con Selil nos obligaba a detenernos en cuanto empezaba a amanecer. Aunque me quedaba la tranquilidad de que la vampiresa había recorrido ya en numerosas ocasiones la garganta, y estaba seguro de que conocería todos y cada uno de los rincones en los que guarecerse.

Minutos después, abandonamos la cueva y comenzamos a subir. El camino parecía más escabroso durante la noche. Quitando la vampiresa, que podía ver con total claridad en la oscuridad, los demás tendríamos que poner toda nuestra atención en no tropezar y caer al barranco. Aquellas escarpadas paredes parecían no terminar nunca y el camino remontaba serpenteando por la piedra cada vez más alto. La maleza, que ofrecía cierta seguridad, nos abandonó unos metros más adelante. Ahora el sendero no era otra cosa que piedras y polvo. Selil abría la marcha, conocía el camino mejor que ninguno. También Eolion había recorrido aquel sendero en varias ocasiones, pero nunca sola. Elivyän y yo cerrábamos la marcha, no me gustaba quedarme atrás pero tenía que reconocer que en esta ocasión ella tenía razón: era la más indicada.

Caminábamos en silencio, concentrados en no resbalar o tropezar con alguna piedra. Hacía ya bastante rato que habíamos dejado atrás la seguridad de la cueva. Me di cuenta de que la vampiresa miraba una y otra vez hacia el cielo, también lo hacía Eolion de cuando en cuando. No habían intercambiado una sola palabra entre ellas desde que salimos, tan sólo el bardo canturreaba algo entre dientes, pero en esta ocasión también estaba callado. Intenté afinar el oído al mismo tiempo que oteé el cielo. No había escuchado nada, ni tampoco se veía sombra alguna, pero sin embargo creo que los cuatro sentíamos que había algo más en aquella garganta, algo que nos estaba vigilando desde hacía ya mucho rato. Eolion se rezagó un poco aminorando la marcha. Aceleré el paso hasta que me situé a su lado.

- Unos metros más adelante el camino se ensancha formando una especie de puente escavado en la piedra, podemos aprovechar y descansar un rato –me miró por el rabillo del ojo, me di cuenta de que intentaba ocultarme algo.

- De acuerdo, descansaremos un rato, no sabemos que nos espera ahí delante.

- ¿Lo has notado tú también? No quería alarmar a nadie, por eso no te he comentado nada.

- ¿Qué crees que puede ser? ¿Grifos?

- No lo sé. Podrían ser grifos, pero también podría ser cualquier otra cosa, no sabría decirte –sonrió de medio lado y me pregunto con tono irónico- ¿No eras tú el que no creía que existieran los grifos?

- Me cuesta creer en algo que nunca he visto -le devolví la sonrisa-, pero lo cierto es que no descarto la posibilidad de que nos los encontremos. Ésta garganta es conocida por el peligro que entraña atravesarla, hasta ahora no hemos estado realmente en peligro.

- Tienes razón, he pasado por ésta garganta en varias ocasiones y aunque he de reconocer que nunca vi grifos, pude sentir que había algo ahí que nos observaba… igual que ahora. No sé si serán grifos o no y tampoco sé si deberíamos alegrarnos de que no lo fueran.

Asentí sin mirarla. Era cierto, lo había sentido igual que ellas, algo nos acechaba y con toda seguridad no lo hacía por simple curiosidad. Me pregunté por qué no nos habían atacado aún, quizá esperaban a que bajáramos la guardia o tal vez sólo esperaban a que estuviéramos más cansados. Había sido una buena idea por parte de Eolion que paráramos a descansar, podríamos aprovechar también para comer algo y reponer fuerzas. Nos iban a hacer falta.

viernes, 28 de mayo de 2010

Libro de Valine 24

Volví a mi rincón sonriendo aún con las ocurrencias de Selil. Lo decía bromeando, pero estaba seguro de que no dejaría escapar la oportunidad de morderme si se le presentaba la menor oportunidad. Me senté y dispuse ante mí los kukris con la intención de afilarlos, no terminaba de creerme que hubiera grifos en la garganta pero toda precaución sería poca incluso sin la presencia de aquellos poderosos animales. Elivyän se había acercado hasta mí y se había sentado en frente, medio recostado de lado y apoyado sobre una de sus manos, parecía mirar atentamente mis manos concentrado en los cuidados que le estaba dedicando a mis kukris, pero realmente tenia la mirada fija en un punto y su mente vagando por vete tú a saber qué sitios. Lo cierto es que despertó mi curiosidad.

- ¿Ocurre algo? –levantó la cara para mirarme. En ese momento me di cuenta de que algo le preocupaba realmente- ¿Te encuentras bien?

- Estaba pensando en el camino que nos queda por recorrer, ¿has oído hablar de los grifos?

- Si, algo he oído, pero sinceramente no creo que haya grifos en la garganta. ¿Acaso tú has visto alguno?

- Pues si tengo que ser sincero contigo Valine, si los he visto no lo recuerdo. Me sacaron de Telvêrnia. Realmente no soy de allí, nací en una aldea muy cerca de la ciudad. Mis padres tuvieron que salir de las tierras élficas cuando yo tan sólo era un bebé. Problemas familiares –torció el gesto y supe que no deseaba hablar sobre ese tema, no insistí porque a mí tampoco me habría gustado hablar de cosas tan personales con un desconocido.

- ¿Fue así como llegaste a Assen?

- En cierto modo sí, aunque antes de establecernos en Assen vivimos en muchos otros lugares, en algunos pueblos los elfos no son precisamente bien recibidos. Pero dejemos a un lado mis orígenes y centrémonos en el tema –sus labios esbozaron una sonrisa casi imperceptible-… no puedo decir que haya visto grifos con mis propios ojos, pero siempre escuché a mi padre relatar su aventura al cruzar la garganta con mi madre y un bebé de apenas unas semanas. Se recreaba especialmente en su lucha con un grifo, nos lo contaba con todo lujo de detalles. Recuerdo que mis hermanos y yo lo escuchábamos con los ojos como platos y la boca abierta, era la historia más fantástica que jamás habíamos oído.

Mientras me hablaba se había ido irguiendo hasta quedar sentado con las piernas cruzadas, había tomado uno de mis kukris y lo acariciaba pasando la yema de los dedos por su hoja despacio, como si de una mujer se tratara.

- ¿Qué sabes de los grifos?

- Mira, no sé si lo que he oído será cierto, pero en fin… te contaré todo lo que sé. Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, en los bosques que rodean Telvêrnia, habitaba una ninfa muy hermosa. Melia (así se hacía llamar) era una joven alegre y vital, muy inteligente y de mente rápida e ingeniosa. Cualquier animal del bosque que coincidiera con ella se acercaba para ser acariciado por sus manos, era tal su empatía que hasta los animales más esquivos o más fieros buscaban sus caricias; dicen que se hacía acompañar por dos: un águila de considerables proporciones y una leona. Un buen día la ninfa comenzó a palidecer, el brillo de sus ojos se fue apagando poco a poco… la leona se convirtió en su cuidadora y apenas se apartaba de ella para comer. El águila se convirtió en sus ojos que cada día estaban más apagados. Melia se moría, la pena y la apatía la consumían y sus fieles compañeros no sabían que podían hacer por ella. Hasta que el águila y la leona tuvieron la feliz idea de unirse y engendrar una cría, una única cría que dejarían al cuidado de la ninfa, obligándola así a reaccionar. Después de que naciera su único vástago, el águila y la leona desaparecieron dejando a Melia al cuidado del bebé. La dulce ninfa pareció recuperarse milagrosamente. Dedicó todo su esfuerzo a sacar adelante a la cría y le dio un nombre… la llamo Grifo.

- ¿Eso es lo que sabes de los grifos? ¿Una leyenda?

- No te impacientes Valine, aun no he terminado y te aseguro que viene al caso lo que te estoy contando, es importante que sepas los orígenes de los grifos.

- Más vale que tengas razón… –protesté contrariado. La historia de la ninfa era bonita para contársela un niño mientras se queda dormido, pero yo ya estaba bastante crecidito para ese tipo de cuentos. Arqueé una ceja- de acuerdo, sigue.

- Vale, vale -soltó una risita entre dientes que me exasperó y siguió contándome la historia- ¿Por dónde iba…? Melia crió al grifo con mucho amor. Tanto lo amaba que le consentía todos los caprichos y aún así el animal era dócil y la seguía allá donde ella fuera. Con el paso del tiempo se convirtió en un ser majestuoso: su parte superior era la de un águila gigante, con plumas doradas, un afilado pico y poderosas garras; la parte inferior era la de un león, con pelaje dorado, musculosas patas y cola. Llegó a medir más de tres metros. Se alimentaba de carne de caballo, era su alimento más preciado. Un buen día mientras el grifo había salido en busca de su sustento, la ninfa fue atacada. Unos hombres que habían salido a cazar la hirieron por accidente. Melia consiguió escapar y llegar hasta el nido. Los hombres la buscaron con la intención de curarla y fueron a dar con ella justo en el mismo momento que el grifo llegaba al nido. Escaparon por los pelos. El grifo volvió al nido, pero la ninfa estaba falleciendo. La tapó con sus alas y pasó así muchos días, tantos que la ninfa había incluso desaparecido. Mientras estuvo abatido con las alas extendidas sobre su nido, en su corazón se iba fraguando el odio y el rencor contra los hombres, que a partir de ese momento pasaron a ser su enemigo predilecto, matando y alimentándose del corazón de todos los hombres que se cruzaron en su camino. Se cree que Melia le dio una pareja al grifo justo antes de morir.

Dio por concluido su relato y se quedó callado mirándome, esperando mi reacción ante la increíble historia que acababa de contarme.

- Solo te ha faltado ponerle música amigo –sonreí, los bardos siempre con sus leyendas, sus canciones y sus gestas, pero no me había aclarado nada de lo que deseaba saber-. Bonita historia, pero dime… ¿alguna vez has encontrado a alguien que los haya visto?

martes, 25 de mayo de 2010

Libro de Valine 23

Me quedé durante unos minutos observando el paisaje, para cuando entré en la cueva Eolion y Elivyän ya se habían acomodado sin mediar palabra alguna, tan sólo podía escuchar de vez en cuando a la elfa protestar entre dientes, mientras que nuestro nuevo compañero sonreía burlón sin prestarle ninguna atención. Busqué a Selil con la mirada, pero no había rastro alguno de la vampiresa. Me pregunté que habría sido de ella, por un momento en mi mente la vi convertida en polvo bajo los rayos abrasadores del sol, idea que deseché rápidamente: sin duda sabía cuidarse sola.

Reparé entonces en la cueva. Nunca había visto una parecida: sus paredes de algún mineral oscuro, casi negro, rezumaban humedad hasta tal punto que incluso se había formado una pequeña poza en la entrada de la cueva. En algunos puntos de sus paredes el agua había llegado a pulir la piedra, que parecía haberse convertido en un espejo oscuro salpicado de puntos plateados. Una vez que mi vista se hubo acostumbrado a la penumbra, pude observar que al fondo de la cueva había una entrada que se bifurcaba en dos direcciones, ambas oscuras como boca de lobo. A mi derecha se había instalado Eolion que parecía haber parado de protestar y se concentraba ahora en tirar las tabas, ya la había visto en otras ocasiones, pero he de reconocer que siempre que la veía hacerlo sentía la implacable necesidad de preguntar para qué lo hacía. Un poco más hacia la izquierda en una elevación de piedra, Elivyän había acomodado su equipo y rebuscaba algo entre los bultos. Decidí acomodarme en el lado contrario de la cueva, en ese momento no deseaba compañía, necesitaba descansar algo ya que llevaba muchas horas sin dormir y aunque realmente no había notado el cansancio hasta ese momento, sentía que me empezaban a fallar las fuerzas. Acomodé mis bártulos y me tendí aprovechando una de mis bolsas para apoyar la cabeza, ni siquiera recuerdo cuando me quede dormido.

No sé cuantas horas habrían pasado desde que cerré los ojos, desperté sobresaltado y me puse en pie de un salto. Los elfos giraron bruscamente la cabeza sin duda sobresaltados también por mi manera de despertar. ¿Qué ha sonado? Me sorprendí a mi mismo con la pregunta, sin duda era eso lo que me había sacado de mi sueño, un golpe seco y hasta juraría que había oído pisadas. Los elfos se miraron y casi al mismo tiempo me contestaron: no hemos oído nada. No era posible que lo hubiera soñado, estaba seguro de haber oído pasos, me llevé el dedo a la boca para indicarles que guardaran silencio y agucé el oído: no se oía más que el ruido que hacia el agua al caer sobre la poza. Miré hacia la entrada de la cueva, un resplandor azulado se filtraba a través de la corriente de agua de la cascada, parecía que todo estaba en calma. ¿No ha vuelto Selil? Pregunte mirando a la elfa.

- No, no ha vuelto, es raro dijo que esperaría aquí. -en ese momento una voz sonó, una voz familiar a la par que seductora y profunda.

- ¿Me echabais de menos? –preguntó mientras se dirigía directamente con paso lento pero firme hacia nuestro nuevo compañero. Al llegar a su altura se detuvo ante él, pasando su lengua lentamente por sus labios que dibujaban una sonrisa perversa. – ¿Me habéis traído un regalo?

- No, no, no, de regalos nada –protesto el elfo con una sonrisa burlona.

La verdad es que me sorprendió. No sabía si realmente era un insensato o como era de esperar no tenía la menor idea de la naturaleza de Selil. El caso es que a ella pareció complacerle el carácter alegre y despreocupado de Elivyän, o quizá tan sólo se tratara de que estaba recién alimentada. En sus ojos que hacía unas horas eran de malva apagado y oscuro, ahora brillaba una chispa de color escarlata. Me alegró el hecho de no tener que preocuparme por la salud de nuestro despreocupado amigo por el momento.

- ¿Cómo has tardado tanto?

Selil ni siquiera me miró, no apartaba los ojos de Elivyän. Se había acercado tanto a él que apenas podía diferenciar donde acababa uno y comenzaba el otro, aspiraba profundamente como si estuviera oliendo la flor más rara que jamás hubiera visto. En el rostro del elfo seguía dibujada la misma sonrisa, pero ahora además había tomado con una de sus manos la cintura de la vampiresa, ajeno completamente a los colmillos de ella que se acercaban peligrosamente a su yugular.

- Me costó encontrar mi alimento, estas tierras no ofrecen muchas posibilidades. Aún así llevo horas esperando, me aburría y me adentré en la cueva, buscaba algún indicio.

- ¿Indicio de qué?

- De grifos, ¿de qué iba a ser?

- ¿Grifos? Suponía que estarían en la garganta.

Se echó a reír y se apartó del elfo bruscamente, dando uno pasos hacia mí sin dejar de sonreír, pero ahora su sonrisa era de condescendencia.

- Sigues sin creer en que existan… bueno, ya queda poco para que salgas de tu error, sólo debería preocuparte no acabar siendo el alimento de un montón de polluelos, ¿no te gustaría más servir de alimento a una mujer hermosa? Yo no te haría daño… piénsalo Valine.

Reí abiertamente y con ganas. Me gustaba aquella mujer, no sólo era muy bella, también y a pesar de ser una vampiresa poseía un humor con su puntito entre macabro y burlón que me agradaba.

- Ni lo sueñes querida Selil, mi sangre ya tiene dueña.

- Pues es una lástima dragón.

Se giró sobre sus talones y se dirigió hacia donde estaba Eolion. Se dejó caer junto a ella sin quitarle los ojos de encima al elfo, en esta ocasión le observaba con atención, supongo que sopesaba las posibilidades que tendría Elivyän de superar la aventura. Esperé que pasara su examen, porque de otro modo era más que probable que hubiera decidido alimentarse de él.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Libro de Valine 22

Sólo tardamos unos segundos en girarnos, pero el tiempo pareció correr más lento. Durante esa fracción de segundo sólo deseé que se tratara de un animal pequeño, no sólo porque no tenía ganas de pelear, sino porque además nos vendría bien para llevarnos un bocado caliente a la boca. Aunque sabía por el ruido que había hecho con sus pisadas que se trataba de algo más grande.

Manteníamos cada musculo de nuestros cuerpos en tensión, medio agazapados, esperando que apareciera entre los altos matojos que crecían al borde del lago y que nos habían ocultado hasta ese momento, para caer sobre él al mismo tiempo. Según me habían contado las chicas por el camino, los grifos eran animales crueles y enormes, doblaban incluso el tamaño de un caballo y su enemigo natural era el hombre, por el que sentían una aversión innata. Era un animal que reunía los caracteres físicos del león y del águila, era fuerte y ágil, poseía además una vista muy aguda. Su poderoso pico podía partir un hombre en dos sin mucho esfuerzo. Poseía enormes garras con las que podría incluso aferrar el cuerpo de animales de cualquier tamaño y transportarlo por el aire hasta su nido para dárselo de alimento a sus crías. En ese momento lo que menos me apetecía era convertirme en la comida de un puñado de pequeños grifos. Seguíamos con la mirada fija en el punto de donde provenían los ruidos, en ese momento creo que incluso manteníamos hasta la respiración. Los matojos se abrieron, no quiero imaginar cuál sería mi cara en ese momento, sólo recuerdo que miré a Eolion por el rabillo del ojo y su cara era de completo asombro, el magnífico animal que esperábamos que apareciera se había transformado y ante nosotros sólo había un elfo. Un elfo que nos miraba con una sonrisa burlona dibujada en su cara. Hubiera jurado que le faltaba un minuto para echarse a reír estrepitosamente al ver las caras que se nos habían quedado. Me fui relajando, aparté las manos de los kukris y le hice un gesto a la elfa para que se relajara.

- ¿Quién eres? –pregunté con tono severo y cara de pocos amigos.

- Saludos viajeros –contestó sin borrar su sonrisa burlona del rostro-. Mi nombre es Elivyän Ancaitar –dijo mientras ejecutaba una reverencia exagerada –, llevo un rato observándoos y me preguntaba si os dirigís hacia Telvêrnia y si podría acompañaros. Llegar hasta el valle no ha sido demasiado complicado, pero seguir adelante solo… en fin, no deseo visitar a los ancestros todavía.

Lo pensé por un momento, por un lado me habría gustado darle una paliza y borrar así la sonrisa de su cara, pero por otro lado no nos vendría mal otro acompañante masculino, en ocasiones era bastante duro viajar solo con dos mujeres. Terminamos de recoger nuestras cosas, Eolion maldecía entre dientes, sin duda estaba en desacuerdo con mi decisión, por algún motivo le desagradaba la presencia del elfo, atravesamos la campiña  y nos pusimos en camino hacia la poza donde nos esperaba Selil.

El camino ascendía por la pared rocosa, protegido por la maleza en uno de sus lados. Pegando a la pared crecían espesas enredaderas salpicadas de flores algunas pequeñas, otras más grandes con forma de campanas de distintos tonos que oscilaban entre el azul y el malva, no parecía tan peligroso como el que acabábamos de dejar atrás. Pero sabía que a pesar de la belleza que ofrecía el paisaje, ante nosotros se alzaban amenazadoras las Alelonnas y su temible garganta. Ése sería nuestro siguiente reto, sólo esperaba que no fuera el último.

Tardamos aproximadamente una hora en llegar a la poza, como la había llamado en varias ocasiones Eolion. Era un saliente en la roca de la montaña, el agua del río con el paso del tiempo había ido erosionando la piedra formándose así una pequeña piscina natural. Las enredaderas habían llegado también hasta allí cubriendo gran parte de la roca, cubriendo incluso una parte de la entrada a la cueva, ya que la otra la cubría el agua de la cascada. Desde allí podía divisarse prácticamente todo el valle y la entrada a la garganta que, a esas horas, cuando el sol se hallaba en su punto álgido, ofrecía un aspecto realmente impresionante.

sábado, 15 de mayo de 2010

Libro de Valine 21

Habíamos pasado la última hora caminando en silencio. Hacía ya un rato que Selil había acelerado el paso hasta el punto de que dejamos de verla; imaginé que iría en busca de alimento. Según íbamos avanzando, el entorno se volvía más denso, la humedad flotaba en el ambiente e incluso volvíamos a contemplar algún matojo amarillento. Podíamos sentir el olor a tierra húmeda y el sonido apagado del cauce de un río. Nos acercábamos a la garganta. Miré a Eolion que escudriñaba el cielo con cara de pocos amigos. Instintivamente alcé la vista al cielo que aún se mantenía bastante oscuro. Me pregunté si de verdad la elfa buscaría algún grifo surcando el cielo nocturno o por el contrario simplemente trataba de orientarse.

Volví a mirar al frente: por un momento la imagen que empezaba a mostrarse con las primeras luces del alba me sobrecogió. Me paré en seco. Eolion tardó unos segundos en darse cuenta, anduvo unos pasos más y se detuvo girándose a mirarme. No sé cuál sería mi expresión en ese momento, pero imaginé por la sonrisa que se dibujo en el rostro de la elfa que debía de ser una mezcla entre fascinación e incredulidad. El desfiladero se abría en una especie de valle al abrigo de las Alelonna. La vegetación cubría el suelo alfombrándolo de un verde brillante adornado de florecillas pequeñas de distintos colores, los árboles se alzaban majestuosos, algunos plagados de frutas, otros tocando el suelo con sus ramas. Justo ante nosotros el rio Tinâwïen abría una profunda garganta de abrumadoras paredes de más de 2800 metros, partiendo en dos la gigantesca montaña y cayendo en cascada sobre un saliente donde se había formado una piscina natural y volviendo a caer sobre el lecho de un lago que abarcaba gran parte del valle perdiéndose en una boca en la piedra por donde, supuse, seguiría corriendo subterráneo, al menos durante un trecho. En las orillas del lago había crecido gran variedad de plantas y de arbustos, tan sólo en una de sus orillas se había formado una pequeña playa de arena fina y blanca. El sol comenzaba a salir asomándose entre las abruptas montañas, iluminando tenuemente el valle, las sombras que proyectaban los árboles, la oscuridad mezclándose con la luz del alba, el leve rocío que cubría las hojas de las plantas reflejando los primeros rayos del sol le conferían un porte mágico. Miré a Eolion que sonreía mirando el horizonte, anduve unos pasos hasta ella y la tome de la cintura tirando despacio de ella para que volviera a caminar. En pocos minutos pisábamos la hierba fresca, sonreí complacido. Nunca habría podido imaginar un lugar tan bello al final de un camino seco y árido plagado de polvo.

Nos encaminamos hacia la pequeña playa. Al llegar dejé mis cosas sobre la hierba, me descalcé y me acerqué al lago. Sus aguas eran tan cristalinas que podía ver cada detalle del fondo, las piedrecitas de un blanco puro parecían incluso brillar. En ese momento habría dado con gusto mi vida por darme un baño, pero sólo me mojé los pies. Miré a Eolion, estaba parada justo donde acababa la hierba y comenzaba la arena, miraba a su alrededor como buscando algo.

- Eolion –intenté llamar su atención–, ¿no te acercas?
- No, está demasiado fría para mí. Si deseas bañarte será mejor que esperes a que lleguemos a la poza.
- ¿No vamos a esperar a Selil aquí? -la idea de abandonar tan rápidamente el valle no me agradaba, ya me había hecho a la idea de pasar parte del día relajado en aquel vergel.
- No, ella nos espera en una cueva que hay junto a la poza, aun nos queda un buen trecho, aunque veas desde aquí la poza el camino hasta allí es un poco complicado y nos llevara un rato llegar.

Fruncí el ceño contrariado, me senté sobre la hierba y comencé a ponerme las botas con toda la pereza del mundo. Mientras, ella se había acercado a uno de los árboles y había cortado uno de los frutos que venía preparando por el camino. Se acercó hasta mí y se acuclilló a mi lado. Había partido la fruta por la mitad y dejó los dos trozos sobre la hierba. Miré la fruta sorprendido, nunca había visto ningún fruto  parecido, por fuera era lisa y suave, de un color anaranjado brillante, sin embargo por dentro su carne era de un color rojizo y desprendía un aroma dulzón.

- Podíamos haber pescado algo –protesté- ¿No te apetece comer caliente? –ni siquiera levantó la mirada de la fruta.
- Ya habrá tiempo para eso.

Habíamos terminado de comer y estábamos recogiendo nuestras cosas cuando un ruido detrás de nosotros nos sobresaltó. Nos volvimos de un salto casi al tiempo, no esperábamos compañía, por lo tanto, aquel ruido no podía ser otra cosa que un animal.

lunes, 10 de mayo de 2010

Libro de Valine 20

A pesar de lo que pudieran pensar las dos mujeres, no había conseguido conciliar el sueño ni siquiera un momento. No sólo me estaban pasando demasiadas cosas en tan poco tiempo, además la presencia de Selil en nuestro pequeño grupo me inquietaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Recogí mis cosas y salí de la cueva, decidí esperarlas fuera mientras recogían sus enseres y los últimos rayos del sol se escondían en el horizonte. Ante mi se extendía el bosque y tras de mí se alzaba una pared de granito. Supuse que nos adentraríamos de nuevo en el bosque cuando me di cuenta de que junto a la pared serpenteaba un pequeño sendero que se perdía en un recodo de la piedra. Anduve unos pasos hasta llegar al recodo y fue entonces cuando me di cuenta de que a partir de ese momento nuestro camino se complicaría bastante.

El sendero ascendía zigzagueante, flanqueado por la pared de piedra a uno de sus lados y por la espesura del bosque al otro, hasta adentrarse en un profundo y angosto desfiladero. No había pisado nunca estas tierras, pero estaba seguro de que nos hallábamos ante las montañas Alelonna a partir de aquí entrabamos en tierras élficas. Tendríamos que atravesar el desfiladero y a partir de ahí no tenía la menor idea de lo que nos esperaba. Miré hacia el cielo siguiendo la pared de piedra, y como era de esperar entre las ramas de los árboles que casi pegaban contra las paredes del risco apenas se podía divisar algunos trocitos pequeños. Había anochecido ya y las primeras estrellas comenzaban a titilar salpicadas por el manto negro de un cielo nocturno sin luna. Giré la cabeza hacia la cueva, en ese momento las mujeres salían charlando animadamente. Volví a mirar hacia el camino y me pregunté si aquellas mujeres estarían tan acostumbradas a cruzar aquel desfiladero o simplemente eran las dos elfas más insensatas que había conocido el reino. Sonreí para mis adentros y las instigué para que caminaran un poco más rápido. Sólo podíamos avanzar durante la noche y dudaba que en el pasaje que se abría ante nosotros encontráramos muchos sitios donde resguardarnos del abrasador astro durante el día.

Para cuando llegó la media noche ya habíamos recorrido un buen trecho del escabroso camino, siempre ascendiendo entre aquellas moles de piedra. Hacía rato que habíamos dejado la vegetación atrás, ni árboles, ni arbustos, ni hierba verde… sólo piedras y más piedras.

- ¿Se acabarán alguna vez éstas piedras? –fue más un pensamiento en voz alta que una pregunta, pero ambas se giraron hacia mí con el mismo gesto de burla dibujado en sus rostros.
- ¿Ya estás cansado? –la voz de Eolion me sonó un poco a burla- No te quejes, porque no hemos hecho nada más que empezar.
- Si aún nos falta lo mejor –las dos mujeres cruzaron una mirada de complicidad.
- ¿Qué es lo mejor? –pregunté, sin estar muy seguro de querer saberlo, y mi voz reflejó mi estado de ánimo.

Selil soltó una risotada mientras Eolion tan sólo sonreía benevolente, como si yo fuera un chiquillo asustado.

- La garganta de los Grifos –sentenció la vampiresa, enfatizando cada una de sus palabras para darle mayor solemnidad al nombre del accidente geográfico– ¿Supongo que sabes lo que son los Grifos verdad?

Asentí sin pronunciar palabra. Había oído hablar de los Grifos, pero siempre había pensado que no eran más que cuentos para asustar a los niños… aunque parecían tan felices pensando que habían conseguido impresionarme, que las dejé continuar creyéndolo.

Selil se adelantó unos metros al tiempo que Eolion aminoraba la marcha hasta quedarse a mi altura; le dediqué una sonrisa de cortesía y seguí caminando a su lado. Me di cuenta de que la elfa me miraba de reojo, supuse que me observaba con la intención de descubrir en mi rostro algún gesto de preocupación o temor. Obviamente no fue así. No me preocupaban los Grifos, ni siquiera estaba seguro de su existencia, pero en cierto modo sí estaba preocupado, había oído hablar de la garganta de los Grifos y no precisamente bien. Según se decía era una senda peligrosa escavada en la piedra, apenas se podía acceder por ella de uno en uno y en algunos tramos incluso era complicado para una sola persona… y ahí estaba yo con dos mujeres a punto de cruzar una de las gargantas más peligrosas de todo el reino.