Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 23 de febrero de 2010

Libro de Valine 8

Una vez que hube terminado de arreglarme con ropa de viaje, tomé mis enseres y me dispuse a salir. Drusila aún seguía perdida en sus recuerdos, con la mirada fija en algún punto y sin mover un solo músculo, como una estatua preciosa que otea el horizonte.

Salí de la casa y tomé el camino que conduce al pueblo, me giré por última vez antes de perder de vista la vieja hacienda. El sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados, surgiendo tímidamente entre las nubes con sus primeros rayos. Miré hacia la balaustrada, pero ella ya no estaba allí. Sabía que no la encontraría asomada, pero aún así algo dentro de mí me hizo girarme y buscarla en todas las ventanas y en todos los balcones de la fachada principal.

Miré detenidamente la Hacienda, había comprado esa casa años atrás cuando decidí quedarme en Assen. Estaba en un estado un tanto ruinoso, pero me gustó. La casa era grande, demasiado quizá para una sola persona, pero en lo más íntimo de mi ser albergaba la esperanza de poblarla con mi propia descendencia. Además estaba dotada un amplio sótano, bastante oscuro, en el que había instalado mi cubículo. A pesar de tener mi dormitorio en ocasiones sentía la necesidad absoluta de pasar la noche en el nido, quizá porque me hacía sentir más cerca de mis verdaderos orígenes. También en esa zona se hallaban las dependencias de los criados. Por supuesto yo no tenía servidumbre, destiné esos habitáculos a otros menesteres.

En la planta principal, al reformar la casa, decidí unir algunos aposentos y convertirlos en una gran biblioteca de la que me siento realmente orgulloso y en la que he pasado innumerables horas perdido entre la fantasía, la historia, las leyendas y todo lo que esa colección de libros que he ido acumulando durante mis largos viajes desea contarme. También amplié el comedor, no era pequeño pero tampoco grande, realmente no sé que me impulsó a hacerlo, ya que soy un hombre más bien solitario y que además no conozco a demasiada gente en este pequeño pueblo, quizá el hecho de haberme criado entre los monjes del monasterio me acostumbró a esas enormes habitaciones destinadas a la comunidad en la que me movía como uno más de ellos. La cocina era bastante amplia, mantuve el tamaño y tan sólo tuve que adecentarla ya que había sido usada como cuadra para las mulas.

La amplia escalinata que se abría al fondo de la entrada a la casona daba paso al nivel superior; un gran recibidor facilitaba el acceso a las dos alas de la casa, a la derecha instalé mis aposentos. Una antesala a modo de salón en el que me refugiaba en mis largas noches de soledad; la decoración era austera: un amplio sillón de orejas frente a la gran chimenea, una mesita junto al sillón con un candelabro de tres brazos, un aparador junto a la pared en el que siempre había una bandeja con una licorera y unos vasos, una alfombra cubriendo el suelo de barro de la estancia y poco más. Una puerta pequeña disimulada a uno de los lados del aparador daba acceso al vestidor, una habitación más bien alargada con los armarios roperos dispuestos a ambos lados y separados entre sí por unos biombos gemelos que compré a un viejo artesano de Sartil Null, biombos de tres hojas de madera de ébano cincelada con incrustaciones de palo de rosa y de nácar, entre ellos un pequeño diván y una mesita en la que había una caja de tabaco haciendo juego con las mamparas, una gruesa alfombra de lana cubría el suelo. Frente a la puerta de entrada a la antesala una puerta doble daba paso al dormitorio. Una gran cama labrada presidía el aposento, flanqueada por sendas mesitas ataviadas con faldones que hacían juego con el cobertor de la cama y los gruesos cortinajes que cubrían las ventanas. A la derecha, la salida a la terraza, un arco de piedra daba paso a una puerta doble a ambos lados de la puerta se habían tallado en la piedra dos hendiduras a modo de asientos, era ahí donde se había quedado Drusila sentada mirando algún punto del horizonte, aunque estoy seguro de que realmente lo que ella miraba residía en lo más profundo de su alma.

viernes, 12 de febrero de 2010

Libro de Valine 7

Me miró fijamente a los ojos, esperando quizá mi aprobación, pero me sentía incapaz de articular una sola palabra. Pareció darse cuenta del estado en el que me encontraba. Extendió una de sus pequeñas y delicadas manos para posarla con suavidad sobre mi rostro. El gélido contacto pareció devolverme algo de mi aplomo… a sus labios asomo una débil sonrisa que como ya era habitual no llego a dibujarse en sus ojos. De sus labios tan sólo salieron susurrantes unas palabras que me desconcertaron por completo: Mi dulce Valine.

No sé de dónde saqué las fuerzas, ni sé aún qué fue lo que me empujó a reaccionar de aquella manera, pero en ese momento sólo quería mantenerla a mi lado al precio que fuera. Sujeté a Drusila por los brazos tan fuerte que de haber sido cualquier otra mujer sin duda se habría quejado. Saqué fuerzas de flaqueza y comencé a hablarla como si realmente fuera dueño de mis propios actos.

- No puedo seguir así Drusila, yo te amo, pero me está matando esta incertidumbre. Necesito saber cuál será tu postura en esta situación, si has decidido abandonarme dímelo ahora, o por todos los dioses, dime que me amas y sigue a mi lado.

Por un momento sentí que las fuerzas me abandonaban, que no sería capaz de mantener la compostura ante ella, pero no fue así, me mantuve más sereno de lo que lo había hecho en toda mi vida. No esperé su respuesta, la atraje hacia mí y la abracé apretándola contra mi pecho. Se mantuvo unos segundos rígida como una estatua de hielo pero poco a poco se fue relajando entre mis brazos. Incliné un poco la cabeza apoyando la mejilla contra su pelo, sentí sus manos rodearme por la cintura y sonreí complacido.

Permanecimos unos minutos en completo silencio. Drusila se apartó ligeramente de mi pecho para mirarme, entonces susurró con una voz casi inaudible: Tendrás que dejarme espacio, ¿lo comprendes verdad? Asentí sin articular una palabra y la atraje de nuevo hacia mí, no quería que dejara de sentir el calor de mi cuerpo, ni de escuchar mi corazón que palpitaba desbocado por ella.

Al cabo de un rato la aparté con suavidad pero, sin llegar a soltarla. Tomé su mano y la conduje hasta el sillón que se hallaba en uno de los rincones de mi alcoba. Junto al sillón había una mesita pequeña con un candelabro de tres brazos y un viejo libro que solía leer en las noches que no conseguía conciliar el sueño. Después de que se hubo acomodado comencé a decirle:

- He de partir, Drusila, pero necesito tener la tranquilidad de saber que estarás aquí cuando regrese. Es importante para mí, sabes que estoy buscando a los asesinos de mis padres.

- Estaré, puedes ir tranquilo. Te doy mi palabra.

Asentí con un gesto de la cabeza y me encaminé hacia el armario para elegir la ropa de viaje. Mientras trataba de decidirme me giré varias veces para mirarla, sentada tal y como la había dejado permanecía seria, con la mirada perdida en algún punto del camino que se divisaba por la ventana. Me pregunté que estaría pasando por su cabeza en ese momento. Con un gesto de mi cabeza deseché esa idea, no quería saber lo que estaba pensando, en el fondo me espantaba la idea de que pudiera estar pensando en abandonarme.

martes, 2 de febrero de 2010

Libro de Valine 6

No había amanecido aún cuando desperté. Busqué a tientas su cuerpo pero no estaba. Me incorporé sobresaltado y pude ver su silueta recortada por la claridad que ofrecía la luz de la luna, parecía absorta en sus pensamientos, aunque algo me decía que estaba inquieta. Volví a recostarme mirando hacia ella. La observé en silencio sin atreverme a articular palabra alguna, no quería perturbar ese momento que se me antojaba mágico. La tenue luz de la luna reflejada en su oscura melena rizada, que caía libremente hasta su cintura… su cuerpo perfecto cubierto tan sólo por la camisa de la que me había despojado la noche anterior. Apoyada en la pared junto al ventanal parecía disfrutar del dulce aroma de los naranjos en flor que entraba por la ventana. Por un momento dudé de si estaría despierto o por el contrario seguía sumido en un dulce sueño, un sueño al que quería aferrarme, grabarlo a fuego en mi memoria y en ese momento me hice una promesa, no permitiría bajo ningún concepto que nada le hiciera daño, nada ni nadie, no permitiría que esa mujer que miraba abstraída por mi ventana sintiera un solo ápice de tristeza o de dolor durante el resto de su vida. Daría mi vida por ella si fuera preciso.

Miró hacia la cama, cerré los ojos y tras cerciorarse de que aun dormía salió a la terraza. Caminaba con tal sigilo que parecía no rozar el suelo. La escuché pasear de un lado a otro durante un rato. Dejé de oírla y agucé el oído… pero fue en vano, sus pasos habían cesado. Supuse que se habría sentado en uno de los butacones que había la terraza. Me levanté despacio procurando no hacer demasiado ruido, no sabía qué era lo que la preocupaba, lo que la mantenía inquieta, pero no deseaba perturbar su silencio.

Me acerqué hasta la puerta de la balconada, se había recostado en uno de los sillones. Parecía más pequeña, sus ojos brillaban a la trémula luz de la luna, sin duda la noche la acariciaba resaltando más si cabe su belleza. Giró la cara hacia mí y me dedicó una dulce sonrisa, una sonrisa que no iluminó sus ojos. Me aproximé despacio y me senté a su lado, tomé una de sus manos y la acaricié despacio.

- ¿Qué ocurre, Drusila? ¿Qué te preocupa?

Me miró a los ojos, extendió la mano para acariciar mi mejilla y me habló en tono solemne.

- Mi dulce Valine, he pensado mucho en ti… en nosotros, esta noche.

No sabía si quería seguir escuchando, esas palabras y ese tono de voz me hicieron ponerme en guardia. Sabía que intentaba decirme algo que no iba a gustarme. Me sonrió como si pudiera leer mis pensamientos, como si supiera de mis temores.

- No quiero hacerte daño. Hay algo en mí que no puedo controlar, algo maligno… ya lo sabes.

Intenté protestar, pero me silenció poniendo la yema de su dedo sobre mis labios.

- Pocos saben el dolor que siente un vampiro cuando le acosa el ansia de sangre, cuando la bestia surge de nuestro interior convirtiéndonos en asesinos fríos y letales; tengo miedo de no poder controlarlo y hacerte daño. Lo mejor sería que me alejara de ti.

No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Quería protestar, decir algo, pero el nudo que se me había hecho en la garganta no me dejaba. Sentí que el alma se me partía, que las fuerzas me abandonaban. No podía ni parpadear, los ojos se me llenaron de lágrimas. No quería -ni podía- imaginar mi vida sin ella.