Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Libro de Valine 11

La seguí por el sendero aminorando la marcha para no darle alcance, necesitaba un momento para asimilar lo que acababa de suceder. Me pregunté a mí mismo si aquella elfa de verdad estaría dispuesta a acompañarme en mi viaje y cuál sería el motivo que la impulsara a hacerlo. No la conocía de nada, mirándola caminar con sus pasitos cortos, casi como los de una niña, me costaba imaginarla como una hábil guerrera capaz de cercenar las cabezas de sus enemigos y sin embargo, viajaba sola, enfrentándose sin duda a gran cantidad de dificultades a lo largo de su camino, no solo las bestias, también los asaltantes y los ladrones que por desgracia cada vez se hacían más numerosos. Incluso había oído decir en Assen que se estaban agrupando en una especie de cofradía. Por suerte, nunca había llegado a toparme con más de dos o tres ladrones al mismo tiempo.

Llegamos al pueblo que bullía en un frenético ir y venir de los lugareños de un puesto a otro del mercado. Las mercancías más variadas, desde las más lujosas a las más imprescindibles, pasando por chucherías y baratijas sin utilidad alguna. Sedas, gasas, paños y todo tipo de telas, algunas incluso bordadas con pedrería. Miré al sastre que se afanaba en tomar las medidas de una mujer para pasar corriendo a otra. Sonreí al mirarle, un brillo lascivo asomaba a sus ojos, juraría que aquél viejo disfrutaba más tomando medidas que vendiendo sus ricas sedas. Los puestos de semillas se extendían a lo largo de la calle que conducía hasta los suburbios, los toldos de los puestos de diferentes colores adornaban la calle como si de una sierpe multicolor se tratara.

Caminamos despacio entre la gente hasta llegar a la plaza del ayuntamiento. Allí se habían instalado los puestos de los comerciantes más poderosos. Vigilados por los guardias, mostraban sus productos a los aldeanos más pudientes. Joyas, abalorios, perfumes exóticos y todo tipo de enseres traídos desde los puntos más distantes del reino. Los comerciantes anunciaban sus productos alzando la voz, intentado acallar al del puesto vecino vociferando aún más fuerte. Justo en frente del ayuntamiento se había instalado un vendedor ambulante de comida, tenia encendida una cocina de leña, el olor a la carne de venado cocinándose en las brasas se extendía por todo el mercado, sin duda era el puesto más concurrido. Nos acercamos hasta allí y nos sentamos en una de las mesas que quedaban disponibles.

Mientras Eolion acomodaba sus cosas entre la mesa y sus piernas, el camarero nos sirvió dos jarras de cerveza y dos raciones de carne. No pude esperar a que me trajeran el pan, no me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que el aroma de la comida me invadió por completo. Acabé con el guiso de carne antes de que la elfa hubiera terminado de dejar sus cosas en el suelo. Levantó la mirada del suelo y sonrió burlona mirando mi plato. Pedí una segunda ración que saboreé con más calma mientras charlaba con mi nueva compañera de viaje.

Contagiados por el ambiente que se respiraba en Assen los días de mercado nos relajamos, comimos mientras charlábamos compartiendo la comida y una conversación jovial… parecíamos un par de amigos de toda la vida. Eolion me habló de una anciana elfa. Según ella, esa mujer había vivido más que ningún otro ser de la comarca y probablemente del reino entero. Me dijo que quizá aquella mujer podría orientarme en mi búsqueda. Lo cierto es que dudaba de que una mujer elfa, por muy anciana que fuera, pudiera decirme algo sobre la matanza de mis padres, pero en este momento me hallaba en un punto muerto, no sabía por dónde ni de qué manera continuar mi búsqueda, ¿Qué podía perder por ir a verla? Sopesé las posibilidades en mi interior mientras Eolion hablaba animadamente. Haciendo gestos con las manos me contaba alguna de sus múltiples vivencias, yo sonreía de vez en cuando, no sé si ella se daría cuenta de que realmente no la escuchaba. No podía dejar de pensar en la posibilidad de que la anciana me pusiera en el camino de mi búsqueda, por un momento deseé que todo terminara, pero por otro lado me atemorizaba la idea de saber el motivo por el que habrían muerto mis padres y sobre todo de saber quién lo había hecho. No podría descansar hasta cobrarme su vida a cambio.

Necesitaba encontrar algunas respuestas, algunas incluso con urgencia: mi cuerpo había comenzado a cambiar, no era un cambio visible, pero yo lo notaba. Algunas escamas broncíneas habían cubierto una pequeña porción de mi cuello, a veces me subía la fiebre y la espalda me ardía como si me marcaran con hierros incandescentes. Al cabo de un par de días la fiebre cedía y el dolor desaparecía, pero en lo más profundo de mi ser sabía que estaba cambiando.

martes, 30 de marzo de 2010

Libro de Valine 10

Miré por encima de la elfa. Al final del camino se divisaba el linde del pueblo, era día de mercado y la algarabía de las gentes de Assen llegaban tenues hasta nosotros. Me sorprendió encontrar el camino al pueblo tan poco transitado. La elfa seguía ensimismada con lo que estaba haciendo, había extendido un lienzo oscuro sobre la piedra y estaba envolviendo los objetos con sumo cuidado, como si se tratara de algo realmente frágil. Dudé si decirle algo o seguir mi camino y ella pareció intuirlo. Metió el hatillo en su mochila y alzó la vista hacia mí.

- ¿Vas al mercado?
- Si, tenía intención de comprar víveres para el camino –conteste sin mirarla directamente, seguí mirando hacia el pueblo como si su conversación no me importara en absoluto; no entendía el motivo, pero esa elfa me hacia desconfiar.
- ¿Vas a emprender un viaje pronto o simplemente vas de cacería? –parecía intrigada. Dudé por un momento si debería decirle la verdad; en ese momento una sonrisa asomó a sus labios y el rostro de la elfa cambió por completo para convertirse en un rostro afable.
- Intento completar una búsqueda, aunque he de admitir que ando bastante perdido… no sé a dónde acudir ahora.
- Ya veo, una búsqueda importante para ti, supongo. ¿Buscas tus raíces? –la miré sorprendido, ¿Cómo podía ella saber cuál era mi búsqueda? Repasé mis palabras una por una buscando alguna que hubiera podido darle una pista, pero no. Había sido muy precavido, esa mujer no me inspiraba confianza.
- ¿Qué te hace suponer que busco mis raíces? –Inquirí, procurando que no descubriera que me había perturbado su pregunta.
- Bueno, antes o después todos las buscamos –sonrió. Se llevó un dedo a la sien-. Usar tanto la cabeza puede resultar peligroso en ocasiones, dependiendo del caso puedes incluso llegar a perderla… –soltó una carcajada– literalmente.

Le devolví la sonrisa y volví a mirar al camino, ella giró la cabeza hacia el pueblo. Un grupo de aldeanos venia hacia nosotros charlando alegremente con un carro pequeño rebosando de mercancías: en su mayor parte semillas y abonos. La elfa se giró de nuevo hacia mí. Me miró. Por su manera de hacerlo sospeché que estaba examinando mis posibilidades como compañero de viaje. Se puso en pie de un salto y dio unos pasos hacia el camino.

- Vamos, pongámonos en marcha –comenzó a andar con pasitos cortos pero ligeros. La seguí en cuanto fui capaz de reaccionar–, por cierto, mi nombre es Eolion.

viernes, 5 de marzo de 2010

Libro de Valine 9

Me giré y seguí caminando. Dejé la casa tras de mí y en ella a la mujer que desde hacía sólo unos días se había convertido en el centro de mi vida. Tenía la sensación de conocerla desde siempre, de haberla esperado cada segundo de mi existencia, incluso cuando aún era un niño pequeño. Los recuerdos de mi infancia volvieron a mi mente. Por algún motivo que no acababa de comprender, en el único sitio en el que conseguía evadirme por completo era en el jardín posterior de la hacienda. Quizá ese fue el motivo real que me llevó a comprar la vieja casona. Recordé el momento en el que me paré ante el pequeño jardín que había detrás de la casa. Me llamó la atención una especie de enrejado en una de las esquinas, fue entonces cuando me di cuenta de que la entrada estaba tapada por la espesa maleza, parecía la entrada a una cueva. Pensé que podría ser un buen sitio para instalar mi cubil. Me sorprendí al comprobar que era un trozo pequeño de terreno rodeado por paredes de piedra recubiertas de musgo, los líquenes proliferaban con total libertad por aquellas abruptas paredes. La espesa vegetación en estado salvaje cubría toda la zona, tapando los setos de flores que habían configurado el jardín. Me costó un gran esfuerzo devolverle a su estado, no quería que nadie supiera de su existencia con el fin de que no dejara de ser un lugar desconocido en el que refugiarme cuando necesitaba estar solo. La oscuridad y la humedad habían propiciado que el jardincillo se poblara de luciérnagas. Las hadas y los lamparcontes también habían encontrado allí su refugio confiriéndole un halo mágico al lugar.

Caminaba perdido en mis recuerdos cuando algo me llamó la atención, unos metros más adelante sentada sobre una piedra a un lado del camino había una mujer. Por sus ropas supe que se trataba de una guerrera, aminoré la marcha con la intención de darme tiempo para observarla, ella ni siquiera me miró, parecía no haberse dado cuenta de mi presencia, o simplemente pasaba de mí, lo que claramente demostraba lo segura que se sentía de sí misma. Por su estatura y su complexión supuse que se trataba de una mujer elfa, me pregunte qué haría sentada en aquel lugar. Me acerqué despacio hacia ella y saludé amablemente desde una distancia prudencial, giró la cabeza hacia mí inclinándola a modo de saludo. A pesar de que obviamente estaba de viaje su aspecto era impecable, llevaba la melena corta, no creo que llegara a rozarle los hombros, su pelo oscuro enmarcaba su pálida cara, sus orejas puntiagudas sobresalían ligeramente entre su pelo. Sus labios dibujaron una media sonrisa o eso me pareció, confiriéndole un brillo especial a sus ojos almendrados. Su gesto amable me dio confianza para acercarme.

- Buen día –incliné también mi cabeza devolviendo así el saludo.

- Saludos caballero –apartó la mirada de mí para volver a lo que estaba haciendo minutos antes.

Desde la distancia no había podido percibir que hacía la mujer, sólo pude apreciar que estaba sentada, más bien acuclillada sobre la piedra, parecía manipular algo. Miré las cosas que la elfa había extendido sobre la piedra. Su espada de doble hoja estaba apoyada junto a ella, preparada para atacar al más mínimo movimiento extraño.