Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

jueves, 29 de abril de 2010

Libro de Valine 17

Estaba demasiado débil para buscar su alimento. Sopesé la posibilidad de entregársela a los suyos, pero dudaba de que sobreviviera si esperaba a la noche para trasladarla hasta el cementerio, ni siquiera sabía si la encontrarían a tiempo sus propios amigos. Por otro lado cabía la posibilidad de conseguirle una víctima, pero ni siquiera me planteé la posibilidad de cazar para ella. Quizá la sangre de algún animal grande le daría la fuerza suficiente como para aguantar hasta que el sol se ocultara. En ese momento dejó de retorcerse. Ya no tenía fuerza para moverse, mantenía los ojos muy abiertos con la mirada completamente perdida, me dio la sensación de que tenia la mandíbula encajada… se estaba muriendo. Me acerqué a ella despacio, con precaución, no sabía cómo podría reaccionar en ese estado. Acerqué la mano a su boca, pero no reaccionó. Eché mi mano al cinto, tomé uno de mis kukris y me di un corte profundo en la palma de la mano. La sangre comenzó a brotar, noté como corría despacio por mi mano, escurriéndose hacia la muñeca. Acerqué la mano a su boca, abrí y cerré varias veces la mano para que sangrara más abundantemente. Unas gotas de mi sangre humedecieron sus labios resecos, la vampiresa pareció cobrar vida. Centró la mirada en la sangre y antes de que pudiera reaccionar la tenía enganchada a mi mano como un bebé al pecho de su madre. Cerré los ojos, notaba mi sangre correr más deprisa con cada uno de sus sorbos. Tenía que calcular el momento de apartarla. Necesitaba tomar fuerzas, pero no estaba dispuesto a morir por ella. Me vi obligado a empujarla. Cayó hacia atrás y se levantó de un salto quedando agazapada junto al aparador que había al fondo del dormitorio. Saqué un pañuelo y envolví mi mano con él. A pesar de ser un corte profundo había dejado de sangrar, probablemente sellado por la saliva de la vampiresa. Esperé pacientemente a que se calmara. Cuando lo hubo hecho intenté dialogar con ella, pero a pesar de haberle salvado la vida se mostraba desconfiada y bastante asustada. No quise forzar la situación y decidí esperar a ganarme su confianza.

Caminaba inmerso en mis recuerdos cuando de repente Eolion me sacó de mi abstracción, se detuvo mientras me hacia un gesto con la mano para que también yo me detuviera. Llevé las manos a la empuñadura de mis kukris, realmente no había escuchado nada extraño, pero me fiaba de la chica. La miré, estaba en tensión con su espada de dos hojas sujeta con fuerza; esperaba a que algo asomara de entre la espesura. Me acerqué a ella sin hacer ruido y cuando me encontraba tan sólo a un par de pasos me dirigí a ella susurrando.

- ¿Qué has oído?

- Ssssssssh, alguien nos viene siguiendo desde hace ya un buen rato.

- ¿Alguien? ¿No crees que pueda ser un animal?

- No, si fuera un animal ya habría atacado.

En ese momento escuchamos unos pasos justo delante de nosotros. De la oscura espesura surgió una sombra. Miré a Eolion por el rabillo del ojo y me sorprendió comprobar que se había relajado, incluso diría que una media sonrisa asomaba a sus labios. Entrecerré los ojos intentado aclarar las formas de la figura que avanzaba hacia nosotros con paso firme. Sin duda era una mujer, lo que en cierto modo me alivió un poco. Venía sola y por el gesto de tranquilidad de Eolion se conocían.

- ¡Selil! No sabes cuánto me alegro de verte –sonrió mientras inclinaba ligeramente la cabeza.

- Eolion -la elfa, que para ese momento ya había llegado hasta nosotros, inclinó la cabeza también, devolviendo el saludo. después me miró de arriba abajo con una actitud desafiante en su mirada.

- Nos sigues desde hace rato, ¿por qué te has mantenido oculta?

Eolion no le quitó los ojos de encima. La otra mujer me rodeaba, observándome a un palmo de distancia. Podía sentir su aliento gélido sombre mi piel y en ese momento lo vi claro: Selil era una vampiresa.

Un montón de dudas me asaltaron en ese momento. ¿Por qué Selil había ayudado a Eolion cuando ésta llegó a Assen? ¿Por qué no la había mordido hasta desangrarla por completo? ¿Acaso Selil habría encontrado otra manera de alimentarse? Y en ese caso, ¿por qué la temían tanto en Assen? ¿Podría ayudar a Drusila?

lunes, 26 de abril de 2010

Libro de Valine 16

No habíamos cruzado ni una sola palabra desde que abandonamos el claro, Eolion parecía concentrada en todos y cada uno de los sonidos que provenían de la espesura del bosque. No parecía estar tensa, por lo que supuse que los diversos sonidos que llegaban apagados hasta nosotros eran los habituales de un bosque durante las horas de la noche. Lo cierto es que tampoco me preocupaba demasiado, esa noche me sentía capaz de acabar yo solo con todo un ejército de asaltantes o con un grupo no muy numeroso de vampiros. Quizá fue la compañía de la elfa, o tal vez la oscuridad que nos rodeaba… no sé realmente qué fue lo que me motivó ese estado de ánimo. La observé durante mucho rato, a pesar de estar alerta se la veía caminar relajada.

Aproveché su silencio para evocar los recuerdos vividos la noche anterior en mis aposentos. Por un momento pude volver a sentir el cuerpo de Drusila entre mis brazos, su gélida piel calmaba el calor de la mía ofreciéndome cierto alivio. Sus manos acariciando mi cuerpo, las mías explorando el suyo como si quisiera grabar en mi mente cada rincón de su cuerpo para poder recordarla con total nitidez en momentos como este. Me preguntaba que estaría haciendo en ese momento, ¿dónde estaría? La había dejado en mi hacienda, pero estaba seguro de que habría regresado a la seguridad de su hogar, a las paredes que la mantenían a salvo durante las horas en las que el sol asoma por el horizonte. Aunque tal vez a esas horas se hallara buscando su sustento, ese era un tema que prefería evitar, no quería ver a la mujer que amaba como a una asesina cruel. 

Conocía bien a los vampiros, los había tratado en numerosas ocasiones durante el tiempo que viví con una de ellos. Fue al principio, unos días después de llegar a Assen, cuando se cruzó en mi camino esa mujer una noche en la que como tantas otras caminaba solo por el bosque que circundaba mi hacienda, cerca de la cueva donde tiempo después conocí a Drusila.  En aquel momento no imaginé que se tratara de una criatura de la noche, tan solo vi una mujer desvalida tirada a un lado del camino con las vestiduras rasgadas y cubierta de sangre. Aceleré el paso para acercarme a ella, la sangre que cubría sus ropas y su rostro no era suya, pero aun así la mujer se debatía entre la vida y la muerte. Al tomarla entre mis brazos roce su rostro con los labios, un frío estremecedor me recorrió el cuerpo. Me acerqué hasta el río que corría tranquilamente unos metros hacia el interior del bosque y le mojé la cara con la intención de que recobrara el conocimiento. La mujer abrió ligeramente los ojos, tenía la mirada apagada y perdida, no conseguía centrar la mirada en ningún punto. Le pregunté qué había pasado, ¿quién la había atacado hasta dejarla en tan lamentable estado? Ella sólo balbuceó algunas palabras que no pude entender. Aún ahora no sé qué me impulsó a llevármela a casa, supongo que el mal estado en el que se encontraba. Pasaban los días y la mujer en lugar de recuperarse empeoraba por momentos. Se retorcía de dolor, sus gemidos lastimeros se podían escuchar por toda la hacienda. No sabía qué hacer con ella y busqué ayuda. Fue entonces cuando supe de su verdadera naturaleza, la curandera de Assen salió corriendo despavorida mientras susurraba algún tipo de plegaria. La di alcance en el portón del jardín. Me miró con el pánico dibujado en su rostro, una sola palabra salió de sus labios: “Vampiro”.

Me quedé paralizado por un momento, esa palabra retumbaba en mi mente como una cruel sentencia: vampiro. ¿Estaba ayudando a un vampiro? ¿Quería salvarle la vida a una de las criaturas más letales sobre la tierra? ¿Debería dejarla seguir sufriendo esos terribles dolores? ¿Y si lo hacía no estaría siendo tan cruel como ella? Me hallaba ante un terrible dilema, debía decidir y debía hacerlo con bastante premura, ya que la vida de aquella chica estaba a punto de apagarse entre terribles dolores. Subí la escalera mientras mantenía una dura batalla conmigo mismo. Entré en el dormitorio y me acerqué hasta la cama. La observé con cautela: la sanadora tenía razón. Era un vampiro, y sin duda ese profundo dolor no era otra cosa que hambre.

viernes, 23 de abril de 2010

Libro de Valine 15

- La observé durante un rato. Siempre me he preguntado si ella notó que lo hacía, pero es una de esas cosas que no llegas a preguntar nunca. Quizá no le importaba en absoluto, ya que todas las miradas se centraban en ella, lo cual no era de extrañar ya que, además de ser muy bella, resultaba bastante misteriosa. Aunque pensándolo bien, tal vez sólo lo era para mí, supongo que para el resto de los clientes y a juzgar por el miedo que sentían, era una mujer muy popular. No pidió nada, se limitó a ocupar una mesa y sentarse a esperar como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, sin prisa. Al cabo de un rato entraron en el local dos guerreros, ataviados con sus relucientes armaduras, los yelmos bajo el brazo y las espadas enfundadas. Si hasta ese momento la misteriosa dama había gozado de toda mi atención ahora con más motivo.

Hizo una pausa, no sé si para descansar o si esperaba que yo hiciera alguna pregunta, pero lo cierto era que su historia me seducía y no deseaba que mis preguntas la apartaran de lo que estaba contando. Con un gesto de la cara la animé a seguir hablando. Sonrió complacida.

- Saludaron con una inclinación de la cabeza y tomaron asiento. Desde mi oscuro rincón no podía escuchar lo que hablaban… pero según pude observar, uno de ellos era un oficial de alto rango, y fue con ese con el que ella mantuvo la conversación casi todo el tiempo. Aproveché el momento para observar con detenimiento a los guerreros. Eran dos jóvenes apuestos, iban ataviados con sendas armaduras de algún metal plateado que relucía como la misma luna. Los remaches de la gola, los cordales y las grebas parecían de oro pulido y en la tarja el mismo emblema: un puño cerrado que sostenía un báculo del cual salían dos rayos. Un escalofrío recorrió mi espalda, eran sin duda los Uruk-Mussúm.

- Los guerreros de los que me hablaste ¿Qué querían esos hombres de La Dama?

- Más tarde supe por ella misma que también formaba parte de la cofradía. Como ya te he dicho fue de su mano, bajo su tutela, como entré a formar parte de los guerreros de Mussúm.

- Continúa, por favor.

- Bien, esperé paciente a que los guerreros abandonaran el local. La mujer tomó su capa y se la echó por encima de los hombros, abrochando el único botón que se hallaba sobre su hombro derecho y salió del local con su paso majestuoso. Los lugareños parecieron respirar tranquilos tras las salida de la mujer. Dejé sobre la mesa mis últimas monedas y salí tras la mujer casi corriendo, no quería perderla de vista sin haber hablado antes con ella; era la última oportunidad que se me presentaba de entrar a formar parte de esa comunidad y no podía dejar que se me escapara. La alcancé unos metros más adelante, se detuvo y sin girarse hacia mí me preguntó quién era y por qué la seguía. Hablamos durante un rato mientras caminábamos hacia el templo y unos metros antes de llegar se detuvo. Fue entonces cuando me miró a los ojos. Sus pupilas enmarcadas por un extraño iris de un tono malva se clavaron en mí y sin alterar uno solo de los músculos de su rostro me dijo que debíamos separarnos antes de llegar al templo. Después me aseguró que volveríamos a vernos. Estuve segura de que sería así, no dudé de su palabra ni un solo segundo.

- Entonces, ¿volviste a verla?

- Por supuesto, nuestros encuentros se sucedieron hasta que llegamos a convertirnos en buenas amigas. Aunque siempre se mantuvo entre nosotras el respeto que le debes a tu mentor. Selil, que así se llama la dama, me enseño todo lo que sé sobre el arte de la guerra. Es una guerrera mítica, la mejor entre todos los guerreros del reino. Respetada por los que la conocen y temida por todos.

- ¿Quién era ella?

Sonrió y en ese momento supe con total seguridad que me dejaría con la incógnita. Se pasó la mano despacio por la tripa y me preguntó si sentía hambre. Estaba seguro de que no me serviría de nada insistir, así que opté por asentir con la cabeza. Sacó su arco, colocó una flecha en él sin tensar la cuerda y se alejó en busca de algo de caza. Mientras esperaba, decidí encender una hoguera para que el rescoldo estuviera listo cuando Eolion regresara con la caza. Fue en ese momento cuando reparé en la zona en la que habíamos pasado la mayor parte de la tarde. Era un claro al lado del camino, estábamos rodeados de bosque y tan sólo el sendero que serpenteaba entre los arboles rompía la monotonía del paisaje que ofrecían los troncos. No me había dado cuenta hasta ese momento de que el sonido del bosque había cambiado: de los trinos de los pájaros y los ruidos de pisadas sobre la maleza que cubría el suelo de algún que otro animalillo curioso, había dado paso a los sonidos de la noche. El olor a tierra húmeda mezclado con las jaras inundó mis sentidos. No muy lejos se podía escuchar el ulular de un búho. Prendí el fuego con algo de madera que recogí sin alejarme demasiado de nuestro improvisado campamento. Cuando las llamas estaban comenzando a calmarse apareció Eolion, con un par de perdices clavadas aún en las flechas. Pasamos un rato animado, cenando y hablando de lo que nos podría deparar el viaje… y cuando hubimos terminado, después de levantar el campamento, volvimos al camino. En ese momento no tuve dudas de que junto a esa elfa tendría posibilidades de dar con mi destino.

domingo, 18 de abril de 2010

Libro de Valine 14

Negué con la cabeza. Se levantó despacio, tiró de su mochila y rebuscó dentro. Sacó unas tabas oscurecidas por el uso y el tiempo, las tiró al suelo sin mirarme, como si yo no estuviera allí. Las miró fijamente durante un rato y después volvió a recogerlas. La observé en silencio, no entendía para qué utilizaba esos huesos pero tampoco quería preguntar y que la conversación tomara otros cauces. Levantó la mirada hacia mí y siguió hablando.

- Un buen día, cuando aún el sol no había despuntado, tomé mis enseres más necesarios.  Abandoné mi tierra y a mi gente y me puse en camino. No voy a negar que el viaje fue más duro de lo que esperaba, pero pasado un tiempo que se me hizo interminable llegué a las puertas de Assen. Había oído hablar de ese pueblo cientos de veces, era por todos conocido que allí se asentaba la orden de guerreros más poderosa del reino, la que abastecía directamente los mandos de la guardia del Rey. Y desde que apenas era una adolescente ese había sido mi sueño. Sabía que para una elfa sería más que complicado, casi imposible, llegar a comandar alguna de sus guarniciones, pero era un reto que deseaba cumplir. Reto que aún no he conseguido –una sonrisa amarga asomó a sus labios.

Se detuvo un momento, no había dejado de jugar con las tabas que sostenía en su mano mientras hablábamos. Sacó una bolsita de terciopelo negro con algunas letras élficas bordadas en plata y guardó dentro las tabas. Me pregunté que significarían aquellas letras, solo eran tres la primera parecía una i con tres puntos, la segunda era claramente una m y la tercera parecía una d coronada con tres puntos. Estuve tentado de preguntarle pero decidí esperar, no era la primera vez que veía a la elfa usar esas tabas, le preguntaría la próxima vez que lo hiciera.

- Los comienzos en Assen fueron duros. Me costó bastante adaptarme y tampoco disponía de medios para mantener mucho tiempo mi habitación en la posada. Como bien sabes Assen está rodeada de bosques, bosques espesos y salvajes que ofrecen a un elfo la posibilidad de pasar desapercibido, pero también están poblados de criaturas que ansían beber de tu sangre, por lo tanto no era conveniente adentrarse en los bosques después de caer la noche.

Asentí. Mientras la escuchaba no pude evitar que mi mente volara junto a Drusila, no quería imaginar su parte más oscura, no quería imaginarla alimentándose, sacudí la cabeza en un intento de alejar de mi esos pensamientos.

- Una noche en la que me hallaba en la posada cenando lo que buenamente pude pagar con mis últimas monedas, que no era más que un cuenco de gachas y un vaso de vino. Yo estaba sentada en un rincón, comiendo despacio. Había tomado la decisión de emprender el camino de regreso antes de que saliera el sol. De repente la puerta se abrió de golpe, una mujer atravesó el umbral y se detuvo observando a todos los que había presentes con una mirada que por algún motivo te helaba la sangre. Los clientes del bar, que habían enmudecido, empezaron a susurrar entre ellos. La mujer dio unos pasos hacia el posadero y le preguntó algo. Desde mi posición no podía escuchar lo que hablaban pero podía percibir el miedo que ella despertaba en toda aquella gente. Se sentó en una mesa frente a mí, sin duda esperaba a alguien. Aproveché para observarla con detenimiento intentando averiguar que podía ser lo que despertaba tanto pánico en los lugareños.

Se detuvo un momento y volvió a sacar la cantimplora, mientras bebía unos tragos me fije en ella. Era una mujer muy bonita, aunque sus maneras no llegaban a ser del todo femeninas, sin duda se sentía más como un guerrero.

viernes, 16 de abril de 2010

Libro de Valine 13

Pronunció su nombre como si se tratara de una sentencia, otorgándole a su voz un tono solemne. Hacía ya un rato que habíamos dejado atrás el pueblo. La distancia parecía haberla relajado, aunque la preocupación no se había borrado de su rostro. La pausa que había mantenido después de pronunciar el nombre de la misteriosa mujer de la plaza había conseguido despertar mi curiosidad. La sujeté por el brazo y la obligué a detenerse.

- Termina de hablar mujer –inquirí con tono severo procurando que mi voz le resultara lo suficientemente autoritaria como para que terminara con la intriga.

Se soltó dando un pequeño tirón del brazo, miró a su alrededor y por encima de mi hombro, giró despacio sobre sus talones y comenzó a caminar despacio mientras se dirigía a mí sin apartar la mirada del camino.

- La conocí hace mucho tiempo, nuestras familias siempre estuvieron enfrentadas. No me preguntes el motivo porque no lo sé, sencillamente crecí evitándola.

Por algún motivo que, o bien realmente no sabía, o no quería contarme, Eolion y Camil eran rivales. Pero eso ya lo sabía. No hacía falta ser muy astuto para darse cuenta. Fruncí el ceño en señal de disgusto, pero no me dio tiempo a protestar.

- No sé qué estaría tramando, si es eso lo que te tiene intrigado, pero si sé que la presencia de esa mujer en la plaza no puede traer nada bueno y menos si está acompañada por Selil.

- ¿Selil? No me di cuenta de que estuviera acompañada.

- Selil estaba situada al lado contrario de la plaza. Esas dos mujeres son peligrosas cuando están solas, juntas son letales. Y a pesar de que daría mi vida por Selil, ella es muy amiga de Camil. Diría que comparten más que una simple amistad.

Me miró y una sonrisa picara asomó a sus labios, supongo que adivinó por mi expresión cual sería la siguiente pregunta, porque no me dio tiempo a formularla.

- No es lo que estas pensando

Rompió a reír con esa risa contagiosa que la caracterizaba, por lo que muy a mi pesar, ya que no deseaba restarle seriedad a la conversación, también a mis labios asomó una tímida sonrisa.

- Conocí a Selil cuando tan sólo era una recién llegada a estas tierras. Yo buscaba una posición entre los guerreros de la comarca y ella me introdujo en la asociación. Me presentó ante el consejo de los Uruk-Mussúm y apoyó mi petición de entrar a formar parte de la cofradía.

Hizo una pausa esperando probablemente a que yo preguntara algo, pero yo quería saberlo todo. Cerró los ojos y torció la boca, era evidente que no era una conversación que deseara mantener, pero no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad, probablemente no volvería a hablarme del tema si no lo abordaba en ese momento.

- Me remontaré un poco en mi historia para que entiendas el motivo que me trajo hasta estas tierras. Soy la mayor de tres hermanas, mi padre deseaba tener un varón, pero sus deseos no se vieron cumplidos y los dioses no le favorecieron con el nacimiento de un hijo. Fui educada en las artes de la guerra como habría correspondido al primogénito, he de reconocer que no me disgustaba la decisión de mi padre. Nunca me vi como una matrona rodeada de pequeños tirando de mis faldas. Entré a formar parte del ejército y llegue a ser una de sus capitanes más jóvenes. Llegó un momento en que el entrenamiento se me quedaba pequeño… yo quería mas. Quería ser uno de los mejores guerreros, quería incluso llegar a comandar las tropas del Reino y para eso necesitaba ampliar mis horizontes.

Se detuvo y busco en su bolsa, saco una pequeña cantimplora de metal recubierta de algún tipo de cuero oscuro. Dio un trago y me la ofreció, negué con la cabeza. La cerró y volvió a meterla en su mochila. Buscó con la mirada, había unos árboles unos metros más adelante, se dirigió hacia ellos y yo la seguí. La verdad es que hacía bastante calor para continuar el viaje, sin duda era mejor esperar a que el sol se ocultara para continuar nuestro camino.

Dejó caer su bolsa junto al tronco del árbol, se tumbó apoyando la cabeza en ella y cerró los ojos. Me senté a su lado, no tenía intención de concluir la conversación de esa manera. Abrió ligeramente uno de sus ojos y me miró por el rabillo haciendo una mueca de disgusto. Se giró hacia mí quedando recostada sobre su costado. Mientras arrancaba distraída la hierba levantó la mirada hacia mí.

- ¿No es suficiente verdad?

sábado, 10 de abril de 2010

Libro de Valine 12

Miré a la elfa, parecía que algo había llamado su atención. Torcí la cabeza siguiendo la dirección de su mirada. Había interrumpido su diálogo para concentrarse en mirar a una mujer que se había detenido al otro lado de la plaza. La observé un momento, sin duda era una mujer de su raza y por la forma de reaccionar de Eolion supuse que se conocían, pero que no debían ser precisamente buenas amigas.

- ¿La conoces? -pregunté mientras señalaba a la mujer con un gesto de la cabeza.

Asintió sin apartar la mirada de ella, que seguía apoyada en uno de los arcos de los soportales que rodeaban la plaza. No parecía ir armada y a simple vista tampoco parecía peligrosa, pero sin embargo mi acompañante tenía en tensión cada uno de sus músculos. Parecía preparada para entrar en combate en cualquier momento.

La otra mujer seguía en el mismo lugar, no podía verle la cara ya que llevaba echada la capucha de la capa que cubría su cara por completo. Sólo algunos mechones de su larga cabellera rojiza asomaban por uno de los lados de la capucha. Me sorprendió bastante que una mujer que se cubría sin embargo vistiera de un color bastante llamativo, su ropa era de color granate, tan sólo algún adorno en negro en sitios muy puntuales rompían la armonía de color de sus ropajes. Me pregunté si sería una especie de hábito o de uniforme de alguna congregación o de algún clan de la zona.

Eolion se levantó de un salto y puso unas monedas de oro sobre la mesa mientras buscaba al dueño con la mirada entre la muchedumbre. Cuando lo hubo localizado le hizo un gesto con la mano, bajó la mirada hacia mí y sin más explicaciones me dijo –En marcha, tenemos que salir de aquí ahora mismo –no entendía nada, pero había decidido confiar en ella y así lo hice. Cogí mis enseres tan rápido como pude y la seguí esquivando a los lugareños. Mi curiosidad iba creciendo a medida que nos alejábamos de la plaza. ¿Quién sería aquella misteriosa mujer? Y ¿Por qué motivo había puesto en guardia a mi nueva compañera de viaje? Aceleré el paso para no perderla de vista, parecía casi imposible que pudiera andar tan rápido, tanto que me costaba seguirla. Cuando consideró que nos habíamos alejado bastante, comenzó a aminorar la marcha, la alcancé en un par de zancadas y me puse a su altura.

- ¿Vas a contarme a que ha venido esto? ¿Quién era esa mujer de la plaza?

Me miró sorprendida, supongo que no había reparado hasta ese momento en que me había dado cuenta de lo nerviosa que la había puesto la presencia de esa mujer en la plaza y de que a consecuencia de eso había salido del puesto de comida precipitadamente. Volvió a mirarme, como dudando de si debía contármelo o sencillamente cambiar de tema. Supongo que pensó que yo no dejaría que las cosas se quedaran así: suspiró profundamente y giró de nuevo la mirada hacia el camino…

- Se llama Camil… Camil de Symbelmont.