Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

viernes, 28 de mayo de 2010

Libro de Valine 24

Volví a mi rincón sonriendo aún con las ocurrencias de Selil. Lo decía bromeando, pero estaba seguro de que no dejaría escapar la oportunidad de morderme si se le presentaba la menor oportunidad. Me senté y dispuse ante mí los kukris con la intención de afilarlos, no terminaba de creerme que hubiera grifos en la garganta pero toda precaución sería poca incluso sin la presencia de aquellos poderosos animales. Elivyän se había acercado hasta mí y se había sentado en frente, medio recostado de lado y apoyado sobre una de sus manos, parecía mirar atentamente mis manos concentrado en los cuidados que le estaba dedicando a mis kukris, pero realmente tenia la mirada fija en un punto y su mente vagando por vete tú a saber qué sitios. Lo cierto es que despertó mi curiosidad.

- ¿Ocurre algo? –levantó la cara para mirarme. En ese momento me di cuenta de que algo le preocupaba realmente- ¿Te encuentras bien?

- Estaba pensando en el camino que nos queda por recorrer, ¿has oído hablar de los grifos?

- Si, algo he oído, pero sinceramente no creo que haya grifos en la garganta. ¿Acaso tú has visto alguno?

- Pues si tengo que ser sincero contigo Valine, si los he visto no lo recuerdo. Me sacaron de Telvêrnia. Realmente no soy de allí, nací en una aldea muy cerca de la ciudad. Mis padres tuvieron que salir de las tierras élficas cuando yo tan sólo era un bebé. Problemas familiares –torció el gesto y supe que no deseaba hablar sobre ese tema, no insistí porque a mí tampoco me habría gustado hablar de cosas tan personales con un desconocido.

- ¿Fue así como llegaste a Assen?

- En cierto modo sí, aunque antes de establecernos en Assen vivimos en muchos otros lugares, en algunos pueblos los elfos no son precisamente bien recibidos. Pero dejemos a un lado mis orígenes y centrémonos en el tema –sus labios esbozaron una sonrisa casi imperceptible-… no puedo decir que haya visto grifos con mis propios ojos, pero siempre escuché a mi padre relatar su aventura al cruzar la garganta con mi madre y un bebé de apenas unas semanas. Se recreaba especialmente en su lucha con un grifo, nos lo contaba con todo lujo de detalles. Recuerdo que mis hermanos y yo lo escuchábamos con los ojos como platos y la boca abierta, era la historia más fantástica que jamás habíamos oído.

Mientras me hablaba se había ido irguiendo hasta quedar sentado con las piernas cruzadas, había tomado uno de mis kukris y lo acariciaba pasando la yema de los dedos por su hoja despacio, como si de una mujer se tratara.

- ¿Qué sabes de los grifos?

- Mira, no sé si lo que he oído será cierto, pero en fin… te contaré todo lo que sé. Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, en los bosques que rodean Telvêrnia, habitaba una ninfa muy hermosa. Melia (así se hacía llamar) era una joven alegre y vital, muy inteligente y de mente rápida e ingeniosa. Cualquier animal del bosque que coincidiera con ella se acercaba para ser acariciado por sus manos, era tal su empatía que hasta los animales más esquivos o más fieros buscaban sus caricias; dicen que se hacía acompañar por dos: un águila de considerables proporciones y una leona. Un buen día la ninfa comenzó a palidecer, el brillo de sus ojos se fue apagando poco a poco… la leona se convirtió en su cuidadora y apenas se apartaba de ella para comer. El águila se convirtió en sus ojos que cada día estaban más apagados. Melia se moría, la pena y la apatía la consumían y sus fieles compañeros no sabían que podían hacer por ella. Hasta que el águila y la leona tuvieron la feliz idea de unirse y engendrar una cría, una única cría que dejarían al cuidado de la ninfa, obligándola así a reaccionar. Después de que naciera su único vástago, el águila y la leona desaparecieron dejando a Melia al cuidado del bebé. La dulce ninfa pareció recuperarse milagrosamente. Dedicó todo su esfuerzo a sacar adelante a la cría y le dio un nombre… la llamo Grifo.

- ¿Eso es lo que sabes de los grifos? ¿Una leyenda?

- No te impacientes Valine, aun no he terminado y te aseguro que viene al caso lo que te estoy contando, es importante que sepas los orígenes de los grifos.

- Más vale que tengas razón… –protesté contrariado. La historia de la ninfa era bonita para contársela un niño mientras se queda dormido, pero yo ya estaba bastante crecidito para ese tipo de cuentos. Arqueé una ceja- de acuerdo, sigue.

- Vale, vale -soltó una risita entre dientes que me exasperó y siguió contándome la historia- ¿Por dónde iba…? Melia crió al grifo con mucho amor. Tanto lo amaba que le consentía todos los caprichos y aún así el animal era dócil y la seguía allá donde ella fuera. Con el paso del tiempo se convirtió en un ser majestuoso: su parte superior era la de un águila gigante, con plumas doradas, un afilado pico y poderosas garras; la parte inferior era la de un león, con pelaje dorado, musculosas patas y cola. Llegó a medir más de tres metros. Se alimentaba de carne de caballo, era su alimento más preciado. Un buen día mientras el grifo había salido en busca de su sustento, la ninfa fue atacada. Unos hombres que habían salido a cazar la hirieron por accidente. Melia consiguió escapar y llegar hasta el nido. Los hombres la buscaron con la intención de curarla y fueron a dar con ella justo en el mismo momento que el grifo llegaba al nido. Escaparon por los pelos. El grifo volvió al nido, pero la ninfa estaba falleciendo. La tapó con sus alas y pasó así muchos días, tantos que la ninfa había incluso desaparecido. Mientras estuvo abatido con las alas extendidas sobre su nido, en su corazón se iba fraguando el odio y el rencor contra los hombres, que a partir de ese momento pasaron a ser su enemigo predilecto, matando y alimentándose del corazón de todos los hombres que se cruzaron en su camino. Se cree que Melia le dio una pareja al grifo justo antes de morir.

Dio por concluido su relato y se quedó callado mirándome, esperando mi reacción ante la increíble historia que acababa de contarme.

- Solo te ha faltado ponerle música amigo –sonreí, los bardos siempre con sus leyendas, sus canciones y sus gestas, pero no me había aclarado nada de lo que deseaba saber-. Bonita historia, pero dime… ¿alguna vez has encontrado a alguien que los haya visto?

martes, 25 de mayo de 2010

Libro de Valine 23

Me quedé durante unos minutos observando el paisaje, para cuando entré en la cueva Eolion y Elivyän ya se habían acomodado sin mediar palabra alguna, tan sólo podía escuchar de vez en cuando a la elfa protestar entre dientes, mientras que nuestro nuevo compañero sonreía burlón sin prestarle ninguna atención. Busqué a Selil con la mirada, pero no había rastro alguno de la vampiresa. Me pregunté que habría sido de ella, por un momento en mi mente la vi convertida en polvo bajo los rayos abrasadores del sol, idea que deseché rápidamente: sin duda sabía cuidarse sola.

Reparé entonces en la cueva. Nunca había visto una parecida: sus paredes de algún mineral oscuro, casi negro, rezumaban humedad hasta tal punto que incluso se había formado una pequeña poza en la entrada de la cueva. En algunos puntos de sus paredes el agua había llegado a pulir la piedra, que parecía haberse convertido en un espejo oscuro salpicado de puntos plateados. Una vez que mi vista se hubo acostumbrado a la penumbra, pude observar que al fondo de la cueva había una entrada que se bifurcaba en dos direcciones, ambas oscuras como boca de lobo. A mi derecha se había instalado Eolion que parecía haber parado de protestar y se concentraba ahora en tirar las tabas, ya la había visto en otras ocasiones, pero he de reconocer que siempre que la veía hacerlo sentía la implacable necesidad de preguntar para qué lo hacía. Un poco más hacia la izquierda en una elevación de piedra, Elivyän había acomodado su equipo y rebuscaba algo entre los bultos. Decidí acomodarme en el lado contrario de la cueva, en ese momento no deseaba compañía, necesitaba descansar algo ya que llevaba muchas horas sin dormir y aunque realmente no había notado el cansancio hasta ese momento, sentía que me empezaban a fallar las fuerzas. Acomodé mis bártulos y me tendí aprovechando una de mis bolsas para apoyar la cabeza, ni siquiera recuerdo cuando me quede dormido.

No sé cuantas horas habrían pasado desde que cerré los ojos, desperté sobresaltado y me puse en pie de un salto. Los elfos giraron bruscamente la cabeza sin duda sobresaltados también por mi manera de despertar. ¿Qué ha sonado? Me sorprendí a mi mismo con la pregunta, sin duda era eso lo que me había sacado de mi sueño, un golpe seco y hasta juraría que había oído pisadas. Los elfos se miraron y casi al mismo tiempo me contestaron: no hemos oído nada. No era posible que lo hubiera soñado, estaba seguro de haber oído pasos, me llevé el dedo a la boca para indicarles que guardaran silencio y agucé el oído: no se oía más que el ruido que hacia el agua al caer sobre la poza. Miré hacia la entrada de la cueva, un resplandor azulado se filtraba a través de la corriente de agua de la cascada, parecía que todo estaba en calma. ¿No ha vuelto Selil? Pregunte mirando a la elfa.

- No, no ha vuelto, es raro dijo que esperaría aquí. -en ese momento una voz sonó, una voz familiar a la par que seductora y profunda.

- ¿Me echabais de menos? –preguntó mientras se dirigía directamente con paso lento pero firme hacia nuestro nuevo compañero. Al llegar a su altura se detuvo ante él, pasando su lengua lentamente por sus labios que dibujaban una sonrisa perversa. – ¿Me habéis traído un regalo?

- No, no, no, de regalos nada –protesto el elfo con una sonrisa burlona.

La verdad es que me sorprendió. No sabía si realmente era un insensato o como era de esperar no tenía la menor idea de la naturaleza de Selil. El caso es que a ella pareció complacerle el carácter alegre y despreocupado de Elivyän, o quizá tan sólo se tratara de que estaba recién alimentada. En sus ojos que hacía unas horas eran de malva apagado y oscuro, ahora brillaba una chispa de color escarlata. Me alegró el hecho de no tener que preocuparme por la salud de nuestro despreocupado amigo por el momento.

- ¿Cómo has tardado tanto?

Selil ni siquiera me miró, no apartaba los ojos de Elivyän. Se había acercado tanto a él que apenas podía diferenciar donde acababa uno y comenzaba el otro, aspiraba profundamente como si estuviera oliendo la flor más rara que jamás hubiera visto. En el rostro del elfo seguía dibujada la misma sonrisa, pero ahora además había tomado con una de sus manos la cintura de la vampiresa, ajeno completamente a los colmillos de ella que se acercaban peligrosamente a su yugular.

- Me costó encontrar mi alimento, estas tierras no ofrecen muchas posibilidades. Aún así llevo horas esperando, me aburría y me adentré en la cueva, buscaba algún indicio.

- ¿Indicio de qué?

- De grifos, ¿de qué iba a ser?

- ¿Grifos? Suponía que estarían en la garganta.

Se echó a reír y se apartó del elfo bruscamente, dando uno pasos hacia mí sin dejar de sonreír, pero ahora su sonrisa era de condescendencia.

- Sigues sin creer en que existan… bueno, ya queda poco para que salgas de tu error, sólo debería preocuparte no acabar siendo el alimento de un montón de polluelos, ¿no te gustaría más servir de alimento a una mujer hermosa? Yo no te haría daño… piénsalo Valine.

Reí abiertamente y con ganas. Me gustaba aquella mujer, no sólo era muy bella, también y a pesar de ser una vampiresa poseía un humor con su puntito entre macabro y burlón que me agradaba.

- Ni lo sueñes querida Selil, mi sangre ya tiene dueña.

- Pues es una lástima dragón.

Se giró sobre sus talones y se dirigió hacia donde estaba Eolion. Se dejó caer junto a ella sin quitarle los ojos de encima al elfo, en esta ocasión le observaba con atención, supongo que sopesaba las posibilidades que tendría Elivyän de superar la aventura. Esperé que pasara su examen, porque de otro modo era más que probable que hubiera decidido alimentarse de él.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Libro de Valine 22

Sólo tardamos unos segundos en girarnos, pero el tiempo pareció correr más lento. Durante esa fracción de segundo sólo deseé que se tratara de un animal pequeño, no sólo porque no tenía ganas de pelear, sino porque además nos vendría bien para llevarnos un bocado caliente a la boca. Aunque sabía por el ruido que había hecho con sus pisadas que se trataba de algo más grande.

Manteníamos cada musculo de nuestros cuerpos en tensión, medio agazapados, esperando que apareciera entre los altos matojos que crecían al borde del lago y que nos habían ocultado hasta ese momento, para caer sobre él al mismo tiempo. Según me habían contado las chicas por el camino, los grifos eran animales crueles y enormes, doblaban incluso el tamaño de un caballo y su enemigo natural era el hombre, por el que sentían una aversión innata. Era un animal que reunía los caracteres físicos del león y del águila, era fuerte y ágil, poseía además una vista muy aguda. Su poderoso pico podía partir un hombre en dos sin mucho esfuerzo. Poseía enormes garras con las que podría incluso aferrar el cuerpo de animales de cualquier tamaño y transportarlo por el aire hasta su nido para dárselo de alimento a sus crías. En ese momento lo que menos me apetecía era convertirme en la comida de un puñado de pequeños grifos. Seguíamos con la mirada fija en el punto de donde provenían los ruidos, en ese momento creo que incluso manteníamos hasta la respiración. Los matojos se abrieron, no quiero imaginar cuál sería mi cara en ese momento, sólo recuerdo que miré a Eolion por el rabillo del ojo y su cara era de completo asombro, el magnífico animal que esperábamos que apareciera se había transformado y ante nosotros sólo había un elfo. Un elfo que nos miraba con una sonrisa burlona dibujada en su cara. Hubiera jurado que le faltaba un minuto para echarse a reír estrepitosamente al ver las caras que se nos habían quedado. Me fui relajando, aparté las manos de los kukris y le hice un gesto a la elfa para que se relajara.

- ¿Quién eres? –pregunté con tono severo y cara de pocos amigos.

- Saludos viajeros –contestó sin borrar su sonrisa burlona del rostro-. Mi nombre es Elivyän Ancaitar –dijo mientras ejecutaba una reverencia exagerada –, llevo un rato observándoos y me preguntaba si os dirigís hacia Telvêrnia y si podría acompañaros. Llegar hasta el valle no ha sido demasiado complicado, pero seguir adelante solo… en fin, no deseo visitar a los ancestros todavía.

Lo pensé por un momento, por un lado me habría gustado darle una paliza y borrar así la sonrisa de su cara, pero por otro lado no nos vendría mal otro acompañante masculino, en ocasiones era bastante duro viajar solo con dos mujeres. Terminamos de recoger nuestras cosas, Eolion maldecía entre dientes, sin duda estaba en desacuerdo con mi decisión, por algún motivo le desagradaba la presencia del elfo, atravesamos la campiña  y nos pusimos en camino hacia la poza donde nos esperaba Selil.

El camino ascendía por la pared rocosa, protegido por la maleza en uno de sus lados. Pegando a la pared crecían espesas enredaderas salpicadas de flores algunas pequeñas, otras más grandes con forma de campanas de distintos tonos que oscilaban entre el azul y el malva, no parecía tan peligroso como el que acabábamos de dejar atrás. Pero sabía que a pesar de la belleza que ofrecía el paisaje, ante nosotros se alzaban amenazadoras las Alelonnas y su temible garganta. Ése sería nuestro siguiente reto, sólo esperaba que no fuera el último.

Tardamos aproximadamente una hora en llegar a la poza, como la había llamado en varias ocasiones Eolion. Era un saliente en la roca de la montaña, el agua del río con el paso del tiempo había ido erosionando la piedra formándose así una pequeña piscina natural. Las enredaderas habían llegado también hasta allí cubriendo gran parte de la roca, cubriendo incluso una parte de la entrada a la cueva, ya que la otra la cubría el agua de la cascada. Desde allí podía divisarse prácticamente todo el valle y la entrada a la garganta que, a esas horas, cuando el sol se hallaba en su punto álgido, ofrecía un aspecto realmente impresionante.

sábado, 15 de mayo de 2010

Libro de Valine 21

Habíamos pasado la última hora caminando en silencio. Hacía ya un rato que Selil había acelerado el paso hasta el punto de que dejamos de verla; imaginé que iría en busca de alimento. Según íbamos avanzando, el entorno se volvía más denso, la humedad flotaba en el ambiente e incluso volvíamos a contemplar algún matojo amarillento. Podíamos sentir el olor a tierra húmeda y el sonido apagado del cauce de un río. Nos acercábamos a la garganta. Miré a Eolion que escudriñaba el cielo con cara de pocos amigos. Instintivamente alcé la vista al cielo que aún se mantenía bastante oscuro. Me pregunté si de verdad la elfa buscaría algún grifo surcando el cielo nocturno o por el contrario simplemente trataba de orientarse.

Volví a mirar al frente: por un momento la imagen que empezaba a mostrarse con las primeras luces del alba me sobrecogió. Me paré en seco. Eolion tardó unos segundos en darse cuenta, anduvo unos pasos más y se detuvo girándose a mirarme. No sé cuál sería mi expresión en ese momento, pero imaginé por la sonrisa que se dibujo en el rostro de la elfa que debía de ser una mezcla entre fascinación e incredulidad. El desfiladero se abría en una especie de valle al abrigo de las Alelonna. La vegetación cubría el suelo alfombrándolo de un verde brillante adornado de florecillas pequeñas de distintos colores, los árboles se alzaban majestuosos, algunos plagados de frutas, otros tocando el suelo con sus ramas. Justo ante nosotros el rio Tinâwïen abría una profunda garganta de abrumadoras paredes de más de 2800 metros, partiendo en dos la gigantesca montaña y cayendo en cascada sobre un saliente donde se había formado una piscina natural y volviendo a caer sobre el lecho de un lago que abarcaba gran parte del valle perdiéndose en una boca en la piedra por donde, supuse, seguiría corriendo subterráneo, al menos durante un trecho. En las orillas del lago había crecido gran variedad de plantas y de arbustos, tan sólo en una de sus orillas se había formado una pequeña playa de arena fina y blanca. El sol comenzaba a salir asomándose entre las abruptas montañas, iluminando tenuemente el valle, las sombras que proyectaban los árboles, la oscuridad mezclándose con la luz del alba, el leve rocío que cubría las hojas de las plantas reflejando los primeros rayos del sol le conferían un porte mágico. Miré a Eolion que sonreía mirando el horizonte, anduve unos pasos hasta ella y la tome de la cintura tirando despacio de ella para que volviera a caminar. En pocos minutos pisábamos la hierba fresca, sonreí complacido. Nunca habría podido imaginar un lugar tan bello al final de un camino seco y árido plagado de polvo.

Nos encaminamos hacia la pequeña playa. Al llegar dejé mis cosas sobre la hierba, me descalcé y me acerqué al lago. Sus aguas eran tan cristalinas que podía ver cada detalle del fondo, las piedrecitas de un blanco puro parecían incluso brillar. En ese momento habría dado con gusto mi vida por darme un baño, pero sólo me mojé los pies. Miré a Eolion, estaba parada justo donde acababa la hierba y comenzaba la arena, miraba a su alrededor como buscando algo.

- Eolion –intenté llamar su atención–, ¿no te acercas?
- No, está demasiado fría para mí. Si deseas bañarte será mejor que esperes a que lleguemos a la poza.
- ¿No vamos a esperar a Selil aquí? -la idea de abandonar tan rápidamente el valle no me agradaba, ya me había hecho a la idea de pasar parte del día relajado en aquel vergel.
- No, ella nos espera en una cueva que hay junto a la poza, aun nos queda un buen trecho, aunque veas desde aquí la poza el camino hasta allí es un poco complicado y nos llevara un rato llegar.

Fruncí el ceño contrariado, me senté sobre la hierba y comencé a ponerme las botas con toda la pereza del mundo. Mientras, ella se había acercado a uno de los árboles y había cortado uno de los frutos que venía preparando por el camino. Se acercó hasta mí y se acuclilló a mi lado. Había partido la fruta por la mitad y dejó los dos trozos sobre la hierba. Miré la fruta sorprendido, nunca había visto ningún fruto  parecido, por fuera era lisa y suave, de un color anaranjado brillante, sin embargo por dentro su carne era de un color rojizo y desprendía un aroma dulzón.

- Podíamos haber pescado algo –protesté- ¿No te apetece comer caliente? –ni siquiera levantó la mirada de la fruta.
- Ya habrá tiempo para eso.

Habíamos terminado de comer y estábamos recogiendo nuestras cosas cuando un ruido detrás de nosotros nos sobresaltó. Nos volvimos de un salto casi al tiempo, no esperábamos compañía, por lo tanto, aquel ruido no podía ser otra cosa que un animal.

lunes, 10 de mayo de 2010

Libro de Valine 20

A pesar de lo que pudieran pensar las dos mujeres, no había conseguido conciliar el sueño ni siquiera un momento. No sólo me estaban pasando demasiadas cosas en tan poco tiempo, además la presencia de Selil en nuestro pequeño grupo me inquietaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Recogí mis cosas y salí de la cueva, decidí esperarlas fuera mientras recogían sus enseres y los últimos rayos del sol se escondían en el horizonte. Ante mi se extendía el bosque y tras de mí se alzaba una pared de granito. Supuse que nos adentraríamos de nuevo en el bosque cuando me di cuenta de que junto a la pared serpenteaba un pequeño sendero que se perdía en un recodo de la piedra. Anduve unos pasos hasta llegar al recodo y fue entonces cuando me di cuenta de que a partir de ese momento nuestro camino se complicaría bastante.

El sendero ascendía zigzagueante, flanqueado por la pared de piedra a uno de sus lados y por la espesura del bosque al otro, hasta adentrarse en un profundo y angosto desfiladero. No había pisado nunca estas tierras, pero estaba seguro de que nos hallábamos ante las montañas Alelonna a partir de aquí entrabamos en tierras élficas. Tendríamos que atravesar el desfiladero y a partir de ahí no tenía la menor idea de lo que nos esperaba. Miré hacia el cielo siguiendo la pared de piedra, y como era de esperar entre las ramas de los árboles que casi pegaban contra las paredes del risco apenas se podía divisar algunos trocitos pequeños. Había anochecido ya y las primeras estrellas comenzaban a titilar salpicadas por el manto negro de un cielo nocturno sin luna. Giré la cabeza hacia la cueva, en ese momento las mujeres salían charlando animadamente. Volví a mirar hacia el camino y me pregunté si aquellas mujeres estarían tan acostumbradas a cruzar aquel desfiladero o simplemente eran las dos elfas más insensatas que había conocido el reino. Sonreí para mis adentros y las instigué para que caminaran un poco más rápido. Sólo podíamos avanzar durante la noche y dudaba que en el pasaje que se abría ante nosotros encontráramos muchos sitios donde resguardarnos del abrasador astro durante el día.

Para cuando llegó la media noche ya habíamos recorrido un buen trecho del escabroso camino, siempre ascendiendo entre aquellas moles de piedra. Hacía rato que habíamos dejado la vegetación atrás, ni árboles, ni arbustos, ni hierba verde… sólo piedras y más piedras.

- ¿Se acabarán alguna vez éstas piedras? –fue más un pensamiento en voz alta que una pregunta, pero ambas se giraron hacia mí con el mismo gesto de burla dibujado en sus rostros.
- ¿Ya estás cansado? –la voz de Eolion me sonó un poco a burla- No te quejes, porque no hemos hecho nada más que empezar.
- Si aún nos falta lo mejor –las dos mujeres cruzaron una mirada de complicidad.
- ¿Qué es lo mejor? –pregunté, sin estar muy seguro de querer saberlo, y mi voz reflejó mi estado de ánimo.

Selil soltó una risotada mientras Eolion tan sólo sonreía benevolente, como si yo fuera un chiquillo asustado.

- La garganta de los Grifos –sentenció la vampiresa, enfatizando cada una de sus palabras para darle mayor solemnidad al nombre del accidente geográfico– ¿Supongo que sabes lo que son los Grifos verdad?

Asentí sin pronunciar palabra. Había oído hablar de los Grifos, pero siempre había pensado que no eran más que cuentos para asustar a los niños… aunque parecían tan felices pensando que habían conseguido impresionarme, que las dejé continuar creyéndolo.

Selil se adelantó unos metros al tiempo que Eolion aminoraba la marcha hasta quedarse a mi altura; le dediqué una sonrisa de cortesía y seguí caminando a su lado. Me di cuenta de que la elfa me miraba de reojo, supuse que me observaba con la intención de descubrir en mi rostro algún gesto de preocupación o temor. Obviamente no fue así. No me preocupaban los Grifos, ni siquiera estaba seguro de su existencia, pero en cierto modo sí estaba preocupado, había oído hablar de la garganta de los Grifos y no precisamente bien. Según se decía era una senda peligrosa escavada en la piedra, apenas se podía acceder por ella de uno en uno y en algunos tramos incluso era complicado para una sola persona… y ahí estaba yo con dos mujeres a punto de cruzar una de las gargantas más peligrosas de todo el reino.

sábado, 8 de mayo de 2010

Libro de Valine 19

La cueva no era demasiado grande, al fondo hacía una pequeña curva y se abría en un minúsculo habitáculo pero lo suficientemente grande como para que Selil pudiera resguardarse. Miré a mi alrededor buscando un sitio donde acoplar mis enseres y donde poder descansar un rato con el fin de recuperar fuerzas, pues aún nos quedaba un largo camino y, no lo había notado hasta ese momento, pero estaba realmente cansado. Las paredes de la cueva rezumaban humedad, que con el paso del tiempo había ido formando estalactitas, estalagmitas y columnas de diferentes colores y brillos. Me fijé en una especie de entrada que se había formado en los muros de roca y me dirigí hacia allí acomodando mis cosas en el hueco. Me tranquilizaba el hecho de que las dos mujeres se hubieran resguardado en el interior de la cueva. Desde mi posición divisaba la entrada y al mismo tiempo una de las columnas de un tono celeste y brillante me ocultaba de posibles intrusos.

Saqué de mi mochila una manta, la extendí en el suelo y me recosté sobre ella apoyando la cabeza en mi mochila. No tenía intención de dormirme. Estaba seguro de que aquella cueva era sin duda alguna la guarida de un oso, en uno de los rincones quedaban aún restos de comida, y el olor era inconfundible, en cualquier momento podría regresar y no creo que le agradara demasiado encontrar su madriguera ocupada.

Cerré los ojos. La presencia de Selil me hizo evocar de nuevo el recuerdo de aquella desconfiada vampiresa a la que salvé la vida. Ya había decidido esperar a que fuera confiando en mí, pero habían pasado varios días y no habíamos avanzado nada. Días atrás, con la intención de que se diera cuenta de que sólo quería ayudarla, entré en el dormitorio que había ocupado desde que la llevé a mi casa. Seguía agazapada en la misma posición que la había dejado, incluso podría asegurar que no había movido ni un solo músculo. Me acerqué despacio con las manos extendidas y las palmas hacia arriba, susurrando palabras tranquilizadoras. Según me iba acercando ella se iba tensando, poniéndose en posición de ataque o quizá de defensa. Me detuve y extendí mi mano hacia ella. Pareció dudar durante un rato, pero finalmente tomó mi mano. Le sonreí y tiré de ella hacia la puerta, había esperado a que se hiciera de noche, no quería correr el riesgo de pasar por alguna de las dependencias de la casa que no estuviera protegida del sol. La conduje asida a mi mano hasta el sótano de la casa donde yo mismo había instalado mi cubil. Había acondicionado la estancia como si de una cueva se tratara: mandé tapiar las ventanas, cubrir las paredes con grandes rocas y el suelo con losas de granito… también había cubierto algunas zonas con pajas; en mitad de la sala instalé un lecho hecho de paja y pieles de oso. Pareció gustarle, pues se soltó de mi mano y se acercó cautelosa al lecho. Acarició las pieles despacio, rodeó el tálamo y se detuvo de manera que quedaba frente a mí.

- ¿Quién eres? ¿Por qué me salvaste la vida? Sabes lo que soy ¿Por qué me diste a beber de tu propia sangre?

La mire desconcertado, no esperaba que me hablara, parecía haber salido de su estado semicatatónico al entrar en el cubil. Me mantuve en el sitio donde me había parado al entrar, no quería minar la poca confianza que iba adquiriendo. Intenté que mi voz sonara afable y tranquilizadora.

- Me llamo Valine, Valine Kelter. Son muchas preguntas –sonreí-, pero intentaré contestarte a todas.

Ella comenzó a relajarse. Se sentó sobre el lecho abrazándose las piernas por las rodillas, con una de sus manos se retiro un mechón de su oscura melena que le tapaba parte del rostro.

- No supe que eras una vampiresa hasta que busque ayuda para intentar curarte. Fue la sanadora de Assen la que reconoció tu naturaleza nada más verte.

No apartaba la mirada de mí, podía notar como escudriñaba cada uno de mis gestos, de mis movimientos, por leves que fueran. Sin duda me estaba estudiando.

- Me preguntas por qué te salve la vida, créeme, yo también me lo he preguntado muchas veces desde esa noche… aún así, intentaré explicártelo de una forma coherente.

En ese momento sentí un golpe en el muslo. Abrí los ojos. Selil me había dado una patada en la pierna con la intención de despertarme.

- Ya creí que te habías muerto –soltó una carcajada sonora-. Llevas ahí dormido más de diez horas. Prepárate… no tardaremos en ponernos en marcha.

jueves, 6 de mayo de 2010

Libro de Valine 18

Se detuvo ante mí sin apartarse un sólo centímetro, extendió una de sus manos y la posó sobre mi pecho. En ese momento no entendí porque lo hacía, pero más tarde comprendí que lo que hizo fue sentir los latidos de mi corazón que en ese preciso momento latía bastante acelerado. Alzó la vista para mirarme a los ojos y a sus labios asomó una sonrisa sarcástica que me permitió ver con total nitidez sus afilados colmillos. Dio unos pasos hacia Eolion y se apartó de mí con paso lento y total templanza, tan segura de sí misma que daba pavor. Me sentí pequeño ante aquella mujer, aún sabiendo que en ese momento me protegía la compañía de Eolion. Supe sin lugar a dudas que de no haber sido así, aquella hubiera sido mi última noche. Al menos, la última como mortal.

- ¿Vais hacia tierras élficas?
- Así es, vamos en busca de la anciana –hizo un gesto señalándome con la cabeza mientras que la otra mujer giró levemente la cabeza para mirarme.
- ¿Para qué buscas a la anciana? –me preguntó directamente y he de reconocer que me pilló desprevenido, no esperaba que se dirigiera a mí. Su voz me sonó melodiosa y suave, sensual y atrayente, parecía envolverte con cada una de sus palabras, una voz que invitaba a abandonarse a los deseo de aquella dama, a seguirla sumiso hasta donde ella quisiera llevarte. Chasqueó la lengua impaciente por mi tardanza y ese sonido me sacó del trance.
- Busco información. Eolion me ha dicho que al ser tan anciana quizá podría ayudarme.
- Me uniré a vosotros en este viaje –aseveró sin apartar su mirada de la mía. No me dio la opción de replicar, pero debió notar mi expresión de desconfianza; su voz cambió tomando un cariz un tanto burlón-. Tranquilo, cariño… no me alimento de mis compañeros de viaje.

Se giró hacia Eolion de nuevo y ambas mujeres se enfrascaron en la típica conversación que se suele tener cuando hace tiempo que no ves a un viejo amigo. Me dediqué a seguirlas en silencio unos pasos por detrás, me preguntaba cómo era posible que tan solo unas horas antes estuviera dispuesto para emprender mi búsqueda en solitario y en pocas horas me viera acompañado por dos mujeres tan hermosas como letales.

Inmerso en mis pensamientos, no me había dado cuenta de que llevábamos horas caminando. El bosque había cambiado de aspecto: a pesar de seguir siendo bastante espeso, daba la sensación de que los arboles habían decidido separarse unos de otros dejando lugar a que otras plantas pudieran beneficiarse de los rayos del sol, que para ese momento comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados. Nos habíamos desviado del sendero y caminábamos entre los troncos leñosos de aquellos gigantescos árboles que no parecían tener fin. El rocío había humedecido las hojas de los helechos, de las jaras y de las pocas flores silvestres que asomaban tímidamente entre la espesura. El sonido del bosque también había cambiado con las primeras luces del alba.

Eolion giró la cabeza hacia mí, mirándome por encima del hombro. Me hizo un gesto con la mano y ambas comenzaron a correr en la misma dirección. Tardé unos segundos en reaccionar, no sabía que las había motivado a salir a la carrera tan inesperadamente, tampoco había percibido ningún sonido extraño. Unos metros más adelante el terreno se hizo más escarpado. Entre las rocas, y casi cubierta por la maleza, se ocultaba la entrada de una pequeña cueva. Al mirarla comprendí las prisas de las mujeres: amanecía y nuestra nueva compañera era una vampiresa.