Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

miércoles, 16 de junio de 2010

Libro de Valine 28

Elivyän se había dedicado a limpiar las heridas de Eolion, sobre todo un profundo corte en la parte trasera de la cabeza. Había improvisado un vendaje con un jirón de su camisa; supongo que bien apretado había conseguido parar, al menos de momento, la hemorragia. Realmente no sé bien cómo lo hizo, pero consiguió que la herida dejara de sangrar o al menos que lo hiciera más despacio. Acomodó la cabeza de la elfa sobre una de las bolsas y saltó a mi lado empuñando su arco. Mientras que nosotros gritábamos dando saltos y agitando las manos sobre nuestras cabezas con el fin de llamar la tención de los grifos, Selil volvió a trepar hasta el saliente de roca, obviamente pensaba emplear la misma táctica que había utilizado para acabar con el grifo anterior, pero ahora era diferente. Me pregunté que habría planeado esa mujer para hacerse con el control del animal.

El grifo más joven se lanzó en picado contra nosotros; o bien no vio a Selil o pasó de ella para atacarnos directamente a nosotros. Elivyän cargó el arco y lanzó una de sus flechas que impacto en el grifo atravesando una de sus poderosas garras. El animal lanzó un grito agudo, se desvió hacia un saliente en las rocas de la pared opuesta del acantilado y se entretuvo durante un rato intentando deshacerse de la flecha. El alfa lanzó un par de gritos estridentes llamando a su compañero, pero el otro estaba demasiado ocupado intentando sin éxito desprender la flecha de su pata. Dio un par de vueltas más sobrevolándonos y se lanzó en picado. El elfo lo esperaba con el arco tensado. Me preparé para asestar un golpe con mi espada en cuanto lo tuviera a tiro. La vampiresa permanecía inmóvil en el saliente de la roca, de no haber sabido que se encontraba allí ni siquiera me habría dado cuenta de su presencia. En su descenso el grifo se acercó al saliente y Selil saltó sobre él como lo hubiera hecho un depredador que acecha a su presa. El grifo intentó zafarse de ella con algunos movimientos bruscos, pero parecía que la elfa se hubiera fundido a su espalda. Mientras el animal luchaba por quitársela de encima ella se afianzó a su cuello asestándole puñaladas con su pequeña daga.

Volaba derecho hacia nosotros, intentando una y otra vez enganchar a Selil con el pico. Se hallaba a pocos metros de nosotros, Elivyän lanzó una de sus flechas que se clavó en el pecho del animal que intentó esquivarnos, pero no calculó bien la distancia y pasó casi rozándonos. Aproveché la oportunidad para descargar un golpe con mi espada que impacto en una de sus patas traseras, el animal giró sobre sí mismo y arremetió de nuevo contra nosotros, en ese momento Selil le clavó la daga en uno de los ojos, ya sin la visión de ese ojo pareció perder el control y comenzó a precipitarse hacia el abismo. Selil no se soltó de su cuello y comenzó a caer también. Le grité que saltara, pero ella estaba como en trance, el frenesí que provoca la sangre en los vampiros. A pesar de ser sangre de un animal creo que a ella le estaba afectando en ese momento. Oímos los gritos del grifo cada vez más apagados y más lejanos. Elivyän y yo nos quedamos inmóviles y en silencio durante un rato, intentado escuchar algún sonido que nos dijera que Selil había saltado a tiempo, pero no fue así. Un momento después pudimos escuchar como el cuerpo del grifo se estrellaba contra, probablemente, el suelo.

Me senté despacio, completamente abatido, aún no podía creer que hubiéramos perdido a Selil. Miré hacia Eolion, seguía inconsciente, sus heridas parecían haber dejado de sangrar. Yo no era un entendido en curas y ese tipo de cosas, pero sabía que se debatía entre la vida y la muerte, y al caer la vampiresa habían aumentado considerablemente sus posibilidades de perecer antes de llegar a Telvêrnia.

- ¿Qué vamos a hacer ahora? –me preguntó el elfo sin levantar la vista del suelo, tan abatido como lo estaba yo.

- No lo sé. ¿Crees que Eolion lo conseguirá sin Selil?

- No, no lo creo. Esa maldita mujer no nos dijo cuál era su plan, ¿cómo pensaba llegar a la ciudad más deprisa? –me preguntó sin poner mucho entusiasmo.

- Creo que la idea era utilizar al grifo como transporte.

- ¿En serio? –esta vez levantó la cabeza para mirarme- Pues como no pensara vampirizarlo no lo entiendo, porque las puñaladas que le daba no eran precisamente convincentes –soltó una risilla torciendo la boca.

- Tienes razón –en ese momento nos echamos a reír los dos, creo que era una risa mas de desesperación que de otra cosa- Sssh… ¿has oído eso?

Estaba seguro de haber oído algo, hubiera jurado que se trataba de rocas desprendiéndose, pero no podía estar seguro. Intenté poner más atención. Le hice un gesto al elfo tocándome la oreja para indicarle que prestara atención. Me acuclillé y tomé la espada. Suponía que habíamos acabado con los grifos, pero no podía estar seguro de que no hubiera más, muchos más. Elivyän se agazapó junto a Eolion, puso la mano sobre su frente y luego me miró con cara de preocupación. En ese momento escuchamos un ruido y la cabeza del grifo cayó entre nosotros, que saltamos hacia atrás sobresaltados. Un segundo después la mano de Selil asomó sujetándose al borde de la piedra. Corrimos hacia ella para ayudarla a subir, pero antes de que hubiéramos llegado había subido de un salto y se hallaba parada ante nosotros con los brazos en jarras y una expresión de superioridad asomando a su rostro.

- ¿Selil? –pregunté para convencerme a mí mismo de que no era una especie de visión, una mala pasada de mi subconsciente.

- ¿Acaso esperabais a alguien más?

- No esperábamos a nadie –contestó Elivyän haciendo especial énfasis al pronunciar “nadie”.

- Si, lo suponía… ya estoy muerta, no lo olvidéis –afirmó con tono sarcástico-. Necesitábamos la cabeza, sin ella no conseguiremos nuestro transporte.

- ¿Cuál es tu plan? No entiendo que te propones hacer con esa cabeza –miré hacia ella, le faltaba uno de los ojos, tenía el pico abierto y las plumas ensangrentadas, de hecho aún chorreaba sangre.

- Este trofeo –dijo mientras cogía la cabeza del suelo- nos valdrá para persuadir a los demás grifos de que no nos ataquen. Además, yo he matado a su dominante, ahora yo soy el alfa –el elfo y yo nos miramos sin llegar a entender a donde quería llegar-. Alguien tendrá que quedarse con Eolion mientras conseguimos llegar hasta los nidos.

- ¿Los nidos? ¿De qué estás hablando? ¿Te has vuelto loca? –preguntó Elivyän casi gritando.

- No te preocupes princesita, tú te quedarás aquí cuidando de ella –señaló a la elfa-, iremos nosotros.

El elfo hizo intención de protestar pero creo que ya había dejado por imposible la disputa con Selil, no cabía ninguna duda de que no la podía ni ver, claro que indiscutiblemente el sentimiento era recíproco.

Limpiamos como pudimos nuestras ropas, con un trapo húmedo nos quitamos la sangre de la cara y de las manos y nos pusimos en camino. Los nidos no estaban demasiado lejos, probablemente los grifos nos habían atacado al acercarnos a la zona donde anidaban sus hembras; defendían sus crías. Según nos íbamos acercando el olor se iba haciendo más insoportable, para Selil era más sencillo, simplemente dejo de respirar. Los gritos de los polluelos llamando a sus progenitores resultaban más estridentes incluso que los que habíamos oído un rato antes durante la batalla. Algunos grifos sobrevolaban en círculos, las hembras se hallaban junto a los nidos, custodiando los huevos y los pollos que habían eclosionado ya. Selil había clavado la cabeza ensangrentada en el pico de su alabarda y avanzaba con paso firme hacia los nidos, yo la seguía despacio unos pasos por detrás con la espada en la mano, no tenía tanta confianza como ella en que funcionara su artimaña.

Los animales que sobrevolaban los nidos comenzaron a bajar hasta casi rozar nuestras cabezas, miraban con curiosidad la cabeza del grifo muerto. Los gritos de las hembras cesaron y para mi sorpresa siguieron limpiando y abrigando a sus pollos como si no estuviéramos. Avanzamos unos pasos más, en ese momento escuchamos un grito agudo sobre nuestras cabezas. Un grifo se había acercado a nosotros peligrosamente, me agaché instintivamente cuando lo vi avanzar en picado hacia nosotros, pero nos sobrepasó y aterrizó tan sólo a un par de metros de Selil. Era distinto a los demás, sus plumas variaban entre el blanco y el plata, sus ojos eran tan claros que parecían blancos y nos miraba amenazador. Selil siguió avanzando hacia él balanceando ligeramente la alabarda, la sangre salpico la cara del grifo que profirió un grito atronador. Selil estiró su mano hacia él, en ese momento el animal agachó la cabeza y se fue tumbando poco a poco, no podía creer lo que estaba viendo. Lo había conseguido.

jueves, 10 de junio de 2010

Libro de Valine 27

Miré hacia donde estaba Selil, que esperaba en posición de ataque una nueva pasada del grifo. Elivyän había tirado de Eolion hacia un hueco en la piedra y se mantenía en pie delante de ella, protegiendo a la elfa. Miré de nuevo hacia el cielo, los gritos estridentes de los grifos se escuchaban cada vez más cerca, la vampiresa me hizo un gesto con la mano señalando hacia la parte norte de la garganta y con los dedos de la mano me hizo saber que venían al menos cinco. El elfo cargó su arco y se dispuso a disparar sus flechas contra el alfa que se acercaba encabezando el grupo de grifos.

- ¡Tírale a las alas! –le grité.

- ¡No, a los ojos! –grito Selil.

- ¡No me presionéis! –chilló el elfo, haciendo aspavientos con el arco.

En ese momento Eolion se situó junto al elfo y le dio una palmadita en la espalda para tranquilizarlo, Elivyän la miró de reojo, tensó el arco y comenzó a canturrear mientras soltaba su primera flecha que salió disparada del arco, pero el grifo aún estaba demasiado lejos; la flecha se perdió en la oscuridad sin llegar a impactar. Uno de los grifos se tiró en picado hacia Selil, que lo esperaba inmóvil con su alabarda apoyada en la roca. Segundos antes de que llegara hasta nosotros, levanto su alabarda que se clavó sin dificultad en el pecho del grifo, ella aprovechó la potencia del descenso para impulsar la alabarda que abrió en canal al animal empapándonos de sangre y vísceras. La vampiresa soltó una carcajada y se pasó la lengua por los labios saboreando la sangre que lograba alcanzar, mientras Eolion intentaba limpiar su ropa con las manos haciendo muecas de asco, el elfo gimoteaba porque la sangre había arruinado sus ropajes. Limpié como pude la sangre de mis ojos y busqué en el horizonte la aproximación de los otros grifos que se habían dispersado por un momento y volvían a reagruparse.

A pesar de lo que esperábamos, el dominante se rezagaba y no atacaba en cabeza, con sus gritos parecía controlar el resto del grupo. Elivyän desenfundó su espada, Eolion hacía filigranas con la suya y mientras le hacíamos frente al grifo más cercano, pude ver por el rabillo del ojo como Selil ascendía trepando por la pared rocosa. En ese momento el animal lanzó un picotazo contra el elfo, Eolion le asestó un golpe con su espada hiriéndolo en la pata evitando así que le alcanzara, el animal se revolvió contra ella y la enganchó con una de sus garras. Intentamos por todos los medios que la soltara, di un salto y clavé mi espada en su vientre, el animal lanzó a la chica contra las piedras, Eolion gritó de dolor al chocar y cayó al suelo sin sentido. Elivyän se acercó hasta ella y me hizo un gesto negando con la cabeza. No me dio tiempo a fijarme en nada más, me lancé contra el animal con un ataque de rabia y finalmente conseguí clavarle la espada en el pecho, el grifo comenzó a caer haciendo círculos. En ese momento me di cuenta de que otro animal se acercaba peligrosamente, no tenía tiempo de reaccionar, estaba a punto de arrollarme cuando de repente vi saltar a Selil sobre él. Cayó de rodillas sobre el animal y éste, alertado, giró sobre sí mismo; la vampiresa, con un movimiento ágil, extrajo una daga de su bota y la incrustó en uno de los ojos del animal, retorciéndola más por placer que por necesidad, antes de arrancárselo. Aprovechando el desconcierto del animal descendió hasta quedar de pie sobre su lomo –viéndola, mantener el equilibrio a lomos del animal parecía sencillo, obviamente sólo lo era para ella- y realizó un ataque de torbellino haciendo girar la alabarda en torno a ella. La sangre del animal salió disparada a la misma velocidad que ella había girado impactando contra nuestros cuerpos, haciendo que nos tambaleáramos. Cuando fui capaz de centrarme de nuevo en ella, la tenia junto a mí en el camino, el grifo al que había sesgado las alas se precipitaba hacia el abismo, provocando un gran estruendo al rebotar contra las afiladas rocas. Sin duda si ella no le había matado, lo habría hecho la caída.

La miré, estaba pletórica, la lucha hacía hervir su sangre. No apartaba la vista del oscuro cielo esperando el siguiente ataque.

- ¿Cómo está Eolion? –me preguntó sin volverse a mirarme.

- No he podido comprobarlo.

Elivyän se acercó hasta Eolion, seguía tendida en el suelo sin moverse. Volvió a negar con la cabeza. Selil hizo una breve mueca ante el gesto del elfo pero rápidamente recupero su semblante habitual, como si realmente no sintiese nada.

- Nos queda lo más complicado, ahora es cuando se pone interesante –se giró hacia Elivyän ladeando la cabeza con un brillo de burla en sus ojos- me sorprende que sigas con vida ¿vas a hacer que pierda mi apuesta?

- ¿Vas a hacer que pierda mi apuesta? –respondió el elfo imitando en tono de burla la voz de Selil.

- ¡Mira qué graciosa la señorita gimoteos! –imitando la voz del elfo- me has manchado la ropa de sangre buahhh, me has salvado la vida pero me has puesto pringando mi vestidito de princesita... –resopló- elfos.

El elfo la dejó por imposible y se centró en examinar las heridas de Eolion. Selil y yo volvimos la mirada hacia los grifos que parecían estar trazando un plan de ataque sobrevolándonos en círculos.

- Escuchadme –dijo Selil-, probablemente hayan alertado a los demás y estarán esperando refuerzos, así que para salir con vida necesitamos una vía rápida. Tengo un plan, pero tenéis que distraer al otro mientras me ocupo del alfa. ¿Crees que la muñequita de porcelana podrá hacerlo? Si ves que te retrasa acaba con él, me jodería perder una bolsa de oro.

- Dejadlo ya, ya tendréis tiempo de discutir si conseguimos salir de esta –dije mientras hacia un gesto al elfo que se había puesto en pie dispuesto a replicarle- ¿Cuál es tu plan Selil?

- Si queréis que la elfa sobreviva necesitamos un medio de transporte. Acabaré con el alfa y me haré con su cabeza, con un poco de suerte y viendo la suerte que han corrido los demás, el resto de grifos no se atreverán a enfrentarse a nosotros. No os ofendáis pero vuestra fuerza es insuficiente. Sera mejor que yo me encargue y vosotros… bueno, haced lo que podáis, no tengo mucha esperanza. Y ahora si los niños han entendido el plan, podéis empezar a llamar su atención.

martes, 8 de junio de 2010

Libro de Valine 26

No tardamos demasiado en llegar, una vez allí soltamos los bultos y nos relajamos durante un rato. Nos comimos la última fruta que habíamos recogido en el valle mientras comentábamos como había ido hasta ese momento el viaje. Elivyän aprovechó el descanso para acercarse a Eolion, Selil se apartó un poco del grupo y se sentó en la entrada con la mirada perdida en algún punto de la oscuridad infranqueable, o al menos lo era para mí. Aproveché para recostarme, con la espalda apoyada en la piedra cerré los ojos con la intención de dejar la mente en blanco, no quería pasar el rato que nos habíamos tomado de descanso dándole vueltas a lo que nos quedaba por afrontar. Pero a pesar de que lo intenté me fue imposible, seguía sintiendo los ojos de aquella presencia clavados en mi nuca. Esa sensación me llevo de nuevo a la noche en la que llevé a la vampiresa a mi cubil, después de lanzarme todas aquellas preguntas clavó su mirada en la mía y un escalofrió recorrió todo mi cuerpo. Por un lado sabía que tenía que responder a todas sus preguntas y al mismo tiempo hacer que la mujer se sintiera a salvo conmigo, hacerla comprender que no deseaba hacerle ningún daño. Me fui acercando despacio a ella mientras le hablaba con el tono más cálido y tranquilizador que fui capaz de ofrecer. Según me iba acercando la vampiresa se iba tensando, me detenía y la ofrecía una de mis sonrisas más seductoras. Por fin conseguí llegar hasta ella sin que saltara sobre mí, tampoco era que me asustara esa posibilidad, sabía que no me costaría demasiado librarme de ella, pero no era lo que yo quería. Me intrigaba lo que le había pasado, me resultaba bastante extraño que le hubieran dejado en aquel estado, ¿quién podría haberle hecho algo así? Sin duda tenía que haber sido otro vampiro. Un mortal no la habría dejado con vida, habría rematado su faena. Un vampiro tendría la fuerza suficiente para dejarla mal herida, pero ¿por qué, qué habría hecho aquella mujer para merecer tan brutal paliza?

Un golpe seco me forzó a abrir los ojos buscando la causa y en ese momento una sonrisa asomó a mis labios, Eolion había empujado a Elivyän, que había perdido el equilibrio y había caído contra los bultos. Ella hacía gestos con la cara demostrando así que el elfo la sacaba de sus casillas y él parecía divertido, tumbado sobre las bolsas se reía sin parar mientras le tendía la mano como pidiéndole ayuda para levantarse y cada vez que lo hacia ella le daba un manotazo, a lo que él respondía con sonoras carcajadas. No me había dado cuenta de que Selil no estaba. La busqué con la mirada. Se había situado unos metros más adelante, arropada completamente por la oscuridad de la noche. No había movido un solo músculo, parecía una estatua tallada en la misma roca, incluso diría que se había unido a la piedra. Me distraje de nuevo con la pelea juguetona de la pareja y antes de que me diera cuenta Selil estaba pegada a mí, nunca podría acostumbrarme a la velocidad con que se mueven los vampiros. Me tomó de la mano y tiro de mí hasta una especie de ventana que se abría en la roca, con un gesto de la cabeza señalo hacia los bordes de las inmensas paredes de piedra que nos rodeaban, miré intentando ver algo pero la noche estaba demasiado oscura.

- ¿Qué has visto, Selil?

- ¿No los ves? –me miró como sorprendida, entrecerré ligeramente los ojos, intentado con ese gesto ver algo más.

- No, no veo nada… aunque puedo sentirlos… ¿cuántos son?

- He contado cinco, pero creo que puede haber más.

- ¿Cinco? –la miré con cara de preocupación. Giró de nuevo la vista hacia el oscuro filo y sonrió

- Esto va a ser interesante –afirmó sin cambiar el gesto de su cara.

Me volví hacia Eolion y Elivyän que para ese momento ya habían dejado de pelear y nos miraban con la misma cara de preocupación que debía de tener yo mismo. La única que parecía disfrutar con el encuentro que estaba a punto de suceder era la vampiresa, como siempre, segura de sí misma. En ese momento la envidié, los monjes me enseñaron a controlar mis emociones, pero a pesar de lo que pudiera parecer no sentía la misma seguridad de la que gozaba Selil.

- ¿Por qué no nos han atacado ya? –preguntó susurrando Elivyän- ¿A qué esperan?

- A que bajemos la guardia –respondió Selil sin inmutarse-. Esperan el momento preciso; son animales muy listos –se giró hacia el grupo-. Escuchadme, suelen atacar en manada, entre ellos habrá un macho dominante, centraos en él, si cae el alfa los demás huirán, no volverán a atacar hasta que uno de ellos tome el mando, eso les llevara algún tiempo y habremos ganado la batalla. Para cuando se reagrupen ya habremos salido de la garganta.

- ¿Cómo reconoceremos al dominante? –fue Eolion la que preguntó en ese momento.

- Suelen ser algo más grandes y con toda seguridad encabezará el ataque –contestó la vampiresa sin inmutarse-. Lo más importante es que no os confiéis, manteneos alerta y guardaos las espaldas unos a otros, cuando llegue el momento no os preocupéis de la seguridad de los otros, sed egoístas y mirar por vosotros mismos, aprovecharán cualquier descuido para daros muerte.

- ¿Algún punto débil? –quería saber si de verdad teníamos alguna posibilidad contra aquellos animales, hasta ese momento me había negado a mi mismo la posibilidad de que existieran, pero creo que lo hacía porque no quería afrontar la idea de que pudieran atacarnos y en parte también por llevarle la contraria a las chicas.

- No, no hay puntos débiles. Pero como cualquier animal, y más los voladores, necesitan ver con total claridad; si les dañáis los ojos tendréis más posibilidades de sobrevivir. Y tranquilos, si os hieren de muerte, siempre puedo ofreceros la vida eterna –soltó una risilla burlona que al elfo no pareció hacerle ninguna gracia. Sonreí también mirando a Eolion que me devolvió la sonrisa, parecía disfrutar con el malestar de Elivyän-. Y lo más importante… -añadió Selil con media sonrisa burlona- apuestas. Apuesto una bolsa de oro a que el elfo tropieza y se empala él mismo antes de que llegue el enemigo –soltó una sonora carcajada, Eolion y yo nos echamos a reír mientras que el bardo protestaba airadamente.

Nos pusimos en camino de nuevo, dejamos en aquel lugar las cosas que consideramos que no nos hacían falta realmente, con el fin de ir más ligeros y así disponer de mayor libertad de movimiento.

Selil iba delante abriendo camino. Yo me situé al final cerrando el grupo. Sopesé nuestras posibilidades según avanzábamos en completo silencio. Sin duda nuestra mejor baza era Selil, no sólo por su velocidad de ataque, también por su pericia como guerrera y por sus instintos asesinos. Era además una maestra en el arte de la guerra y dominaba con total maestría su alabarda, incluso podría considerarse como una prolongación de su propio brazo. Eolion había aprendido de Selil y sin duda se había convertido en una de sus mejores alumnas, cuando empuñaba su espada de doble hoja el arma parecía danzar entre sus manos liviana como las plumas de un ganso, parecía cobrar vida y ponerse al servicio de su menuda dueña. Sin embargo, nunca había visto a Elivyän empuñar su arma, no sabía hasta qué punto llegaría la pericia de ese bardo en el manejo de las armas, confiaba en que fuera bueno con el arco. Era un elfo y como tal su destreza con el arco era algo que se les suponía innato. Por mi parte, contaba con la fuerza que poco a poco iba creciendo dentro de mí, los cambios que mi cuerpo estaba experimentando aun eran imperceptibles para los demás, pero yo me iba sintiendo cada día un poco mas fuerte. Algunas escamas habían comenzado a cubrir esporádicamente ciertas partes de mi cuerpo, que ardía como si en lugar de sangre corriera lava por mis venas, haciendo que la temperatura de mi cuerpo ascendiera en varios grados. Esos cambios, aunque no puedo negar que eran dolorosos, iban fortaleciéndome cada vez más.

Selil se detuvo de repente y nos hizo un gesto indicándonos que desenfundáramos nuestras armas. Mientras sacaba mi espada del cinto miré al grupo: el elfo llevaba el arco en la mano desde que abandonamos el refugio improvisado en la entrada de la roca, las chicas ya habían sacado sus armas cuando algo sobrevoló nuestras cabezas haciendo que perdiéramos el equilibrio. Eolion estuvo a punto de caer al suelo, pero por suerte Elivyän le sujetó a tiempo. En ese instante fui consciente de a lo que nos enfrentábamos. En ese preciso momento supe que la pelea sería muy dura y que probablemente no todos llegaríamos a entrar en Telvêrnia.

miércoles, 2 de junio de 2010

Libro de Valine 25


Se quedó pensativo por un momento para finalmente reconocer que aparte del relato que le había contado su padre cuando era un crío, nunca había oído de nadie que los hubiera visto y mucho menos que los hubiera visto él personalmente. La idea de que los grifos tan sólo fueran una leyenda me tranquilizó bastante. El camino de la garganta ya era bastante peligroso por sí solo. En cierto modo me sentía responsable del grupo que me acompañaba. Quitando al bardo, que había emprendido el camino por su propia voluntad, las dos mujeres probablemente seguirían en Assen si no se hubieran topado conmigo. Miré hacia la entrada de la cueva: el sol se había escondido entre las montañas, aún no había anochecido del todo, pero no faltaban más que algunos minutos. Las chicas ya habían comenzado a recoger sus cosas. Volví a mira a Elivyän que parecía ausente y le di un toque en la pierna para llamar su atención.

- Prepárate, está anocheciendo.

Nos pusimos de pie y guardamos rápidamente nuestras cosas. No quería demorar la salida, ya que no sabía si más adelante habría donde refugiarse de nuevo y el viaje con Selil nos obligaba a detenernos en cuanto empezaba a amanecer. Aunque me quedaba la tranquilidad de que la vampiresa había recorrido ya en numerosas ocasiones la garganta, y estaba seguro de que conocería todos y cada uno de los rincones en los que guarecerse.

Minutos después, abandonamos la cueva y comenzamos a subir. El camino parecía más escabroso durante la noche. Quitando la vampiresa, que podía ver con total claridad en la oscuridad, los demás tendríamos que poner toda nuestra atención en no tropezar y caer al barranco. Aquellas escarpadas paredes parecían no terminar nunca y el camino remontaba serpenteando por la piedra cada vez más alto. La maleza, que ofrecía cierta seguridad, nos abandonó unos metros más adelante. Ahora el sendero no era otra cosa que piedras y polvo. Selil abría la marcha, conocía el camino mejor que ninguno. También Eolion había recorrido aquel sendero en varias ocasiones, pero nunca sola. Elivyän y yo cerrábamos la marcha, no me gustaba quedarme atrás pero tenía que reconocer que en esta ocasión ella tenía razón: era la más indicada.

Caminábamos en silencio, concentrados en no resbalar o tropezar con alguna piedra. Hacía ya bastante rato que habíamos dejado atrás la seguridad de la cueva. Me di cuenta de que la vampiresa miraba una y otra vez hacia el cielo, también lo hacía Eolion de cuando en cuando. No habían intercambiado una sola palabra entre ellas desde que salimos, tan sólo el bardo canturreaba algo entre dientes, pero en esta ocasión también estaba callado. Intenté afinar el oído al mismo tiempo que oteé el cielo. No había escuchado nada, ni tampoco se veía sombra alguna, pero sin embargo creo que los cuatro sentíamos que había algo más en aquella garganta, algo que nos estaba vigilando desde hacía ya mucho rato. Eolion se rezagó un poco aminorando la marcha. Aceleré el paso hasta que me situé a su lado.

- Unos metros más adelante el camino se ensancha formando una especie de puente escavado en la piedra, podemos aprovechar y descansar un rato –me miró por el rabillo del ojo, me di cuenta de que intentaba ocultarme algo.

- De acuerdo, descansaremos un rato, no sabemos que nos espera ahí delante.

- ¿Lo has notado tú también? No quería alarmar a nadie, por eso no te he comentado nada.

- ¿Qué crees que puede ser? ¿Grifos?

- No lo sé. Podrían ser grifos, pero también podría ser cualquier otra cosa, no sabría decirte –sonrió de medio lado y me pregunto con tono irónico- ¿No eras tú el que no creía que existieran los grifos?

- Me cuesta creer en algo que nunca he visto -le devolví la sonrisa-, pero lo cierto es que no descarto la posibilidad de que nos los encontremos. Ésta garganta es conocida por el peligro que entraña atravesarla, hasta ahora no hemos estado realmente en peligro.

- Tienes razón, he pasado por ésta garganta en varias ocasiones y aunque he de reconocer que nunca vi grifos, pude sentir que había algo ahí que nos observaba… igual que ahora. No sé si serán grifos o no y tampoco sé si deberíamos alegrarnos de que no lo fueran.

Asentí sin mirarla. Era cierto, lo había sentido igual que ellas, algo nos acechaba y con toda seguridad no lo hacía por simple curiosidad. Me pregunté por qué no nos habían atacado aún, quizá esperaban a que bajáramos la guardia o tal vez sólo esperaban a que estuviéramos más cansados. Había sido una buena idea por parte de Eolion que paráramos a descansar, podríamos aprovechar también para comer algo y reponer fuerzas. Nos iban a hacer falta.