Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 27 de julio de 2010

Libro de Valine 29

Tardamos tan sólo unos minutos en llegar hasta donde nos esperaba Elivyän, que había preparado ya a Eolion para el viaje, envolviendo su cuerpo en una de sus mantas; sin duda el elfo había elegido la mejor pero aún así no pasaba de ser un trozo de tela de lana bastante ajado. El animal se detuvo agarrándose con sus enormes garras a las piedras del risco. Bajé de un salto y me acerqué a ellos mientras que Selil esperaba sin abandonar su montura.

- ¿Cómo esta?

- No quisiera ser pesimista amigo, pero no tiene buena pinta. Está muy mal, ha perdido mucha sangre.

Miré al elfo que a su vez me miraba con un gesto de preocupación dibujado en su rostro.

- Ya veo que lo habéis conseguido –dijo mientras señalaba al grifo con un gesto de su cabeza.

- Podría decir que sólo la he acompañado, el merito es todo suyo. Ésta mujer no deja de sorprenderme –sonreí, o más bien intenté hacerlo, porque mis labios se torcieron en una mueca de disgusto. Me sentía responsable de la vida de Eolion. Si bien era cierto que ella había venido conmigo por propia voluntad, también yo podía haberla persuadido… aunque en ese momento no tenía la menor idea de lo que nos depararía éste viaje. La tomé en brazos con toda la suavidad y el cuidado que pude y se la entregué a Selil, ella acomodó a Eolion en su regazo y la afianzó con uno de sus brazos y levantó la mirada hacia mí.

- Nos veremos en Telvêrnïa.

Asentí mientras observaba cómo manejaba al glifo con tan solo un leve movimiento de sus piernas. Me quedé mirándolas hasta que se perdieron en el horizonte. En ese momento sentí la mano de Elivyän que me golpeaba amigablemente el hombro.

- No te preocupes, Selil conseguirá llegar a tiempo.

Le sonreí con la mirada triste y asentí.

- Pongámonos en camino, estoy deseando llegar a esa ciudad elfa -me liberé de la mano del elfo y me acerqué hasta las bolsas.

- Ahora sólo somos dos, tendremos que hacer una selección. No podemos cargar con todo esto.

Recogimos lo que podíamos cargar y nos pusimos en camino de nuevo, anduvimos durante horas sin cruzar una sola palabra. Caminábamos abstraídos en nuestros propios pensamientos, no sé qué pasaría por la cabeza del elfo, pero yo aproveché el silencio para volver a evocar las horas que había vivido con Drusila antes de mi partida. Más que un deseo era una necesidad, me sentía como si una mano invisible y gigante me oprimiera con fuerza, casi me faltaba la respiración. No había notado que se nos había echado la noche encima hasta que Elivyän me devolvió a la realidad.

- Creo que deberíamos acampar –su voz me sonó irreal, probablemente tendría la garganta seca después de tantas horas sin articular palabra y sin habernos detenido ni siquiera para beber.

- Tienes razón; llevamos muchas horas caminando.

Unos metros más adelante se abría una boca en la piedra dando acceso a una pequeña cueva. Dejamos las bolsas a un lado y nos acomodamos como pudimos, dispuestos a pasar la noche. No habrían pasado más de tres minutos cuando escuché al elfo respirar acompasadamente. No me había dado cuenta de lo cansados que estábamos hasta que me había tumbado sobre la manta que tenía extendida en el suelo a modo de lecho. Crucé las manos bajo la nuca y fijé la mirada en algún punto del techo de la cueva. Estaba tan cansado que me costó conciliar el sueño. Allí tumbado en silencio, arropado por la oscuridad, me sentía tan cansado y tan desvalido como probablemente se sintiera Vhala aquella noche en la que la ofrecí mi sangre. Cerré los ojos dispuesto a abandonarme a mis recuerdos, esperando que ellos me condujeran al descanso tan deseado.

Vhala era una hermosa mujer… más que bonita, enigmática. Supongo que fue eso lo que me atrajo de ella, aparte de la manera en que la encontré y a pesar de haber pasado algunos años juntos, siempre estuve seguro de no llegar a conocerla. Mantenía un muro invisible entre ambos, sin llegar a mostrarse tal y como era. Nunca llegué a saber cómo había llegado a formar parte de las criaturas de la noche, ni tampoco quién la había convertido. Era sumamente reservada, en numerosas ocasiones la sorprendía observándome fijamente. Aún después de tanto tiempo, no sé si sería porque sentía curiosidad o porque estaba estudiando la forma de saltar sobre mí sin darme la oportunidad de defenderme.

Sonreí sin abrir los ojos. El viento que azotaba la garganta se colaba en la pequeña cueva como una suave brisa; para ese momento estaba completamente relajado y el sueño empezaba a hacer mella en mis sentidos.