Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 31 de agosto de 2010

Libro de Valine 30

No me di cuenta de en qué momento mi cuerpo sucumbió ante el cansancio, para cuando volví a abrir los ojos comenzaba a amanecer. Unos pocos metros más allá se hallaba Elivyän, respiraba acompasadamente, aún dormía. Desde el sitio en el que había extendido mi jergón podía divisar tan sólo una pequeña fracción del firmamento, que en ese momento comenzaba a clarear tiñéndose de tonos que oscilaban entre violáceos y añiles. Aún quedaban algunas estrellas que parecían obcecarse en abandonar la oscuridad de la noche dando paso a la claridad de la mañana. Difuminados aun en la oscuridad podían intuirse algunos cúmulos que a mi parecer auguraban una gran tormenta. No conocía la garganta, no sabía si una tormenta en aquellas escarpadas paredes de roca podría resultar incluso mortal. Nunca había sido bueno para calcular ese tipo de cosas, como había visto hacer en numerosas ocasiones a uno de los monjes que me criaron que con solo mirar el cielo durante unos minutos sabía si la tormenta descargaría o no. Recuerdo que en ocasiones incluso le había visto predecir una tormenta cuando el cielo aún estaba completamente despejado.

Un trueno lejano me devolvió a la realidad de la cueva, no tenía intención de cortar el descanso del elfo, sin duda se lo merecía. Pero me preguntaba si no sería lo más sensato, al fin y al cabo él era un elfo. Supuestamente estaban familiarizados con la naturaleza y conocían los secretos que para los profanos ocultaba. Miré al elfo que roncaba a pleno pulmón, viéndole así no parecía entender mucho de nada, una sonrisa asomo a mis labios, ante esa especie de iluminación que acababa de sentir, decidí dejar que siguiera durmiendo un rato más.

Elivyän Ancaitar era un hombre joven y apuesto, no es que a mí me lo pareciera pero había oído a las chicas comentarlo en varias ocasiones. Era un hombre alto para ser un elfo, de piel extremadamente pálida, recuerdo que cuando le vi por primera vez incluso llegué a pensar que habría estado recluido, probablemente escondiéndose de algún marido celoso, la sola idea de imaginar al elfo descolgándose del balcón de una bella dama me hizo sonreír, realmente me costó contenerme para no romper a reír. Como la mayoría de los elfos había dejado crecer bastante su oscuro cabello, que solía llevar suelto, tan sólo trenzaba dos mechones a los lados de la cara. Sus ojos vivos e inteligentes brillaban especialmente cuando miraba a una mujer hermosa, incluso diría que en el color ambarino de sus ojos brillaban algunas chispitas doradas, provocadas con toda seguridad por su pasión por la belleza, a la que había dedicado además parte de su vida. Era un hombre bastante locuaz, dominaba el lenguaje a la perfección y sabía utilizarlo con total maestría, no solo para conseguir los favores de alguna dama desvalida, también componía bellas melodías e historias. Elivyän te atrapaba en sus historias sin que te dieras cuenta. En resumidas cuentas era un vividor, aunque en ocasiones le había visto perdido en sus pensamientos, con la mirada perdida en algún punto del horizonte. En esos momentos me pregunto si bajo toda esa fachada no se esconde un corazón enamorado.

De nuevo los truenos que ahora sonaban más cercanos me obligaron a volver a la realidad. Me incorporé en mi jergón hasta quedar sentado y llame a Elivyän zarandeando ligeramente su pierna. El elfo abrió los ojos confuso, tardo apenas unos segundos en centrarse y recordar donde estábamos. Se desperezó estirando los brazos al tiempo que se le abría la boca y luego me miró sonriendo.

- ¿Has dormido algo?

Asentí como respuesta y volví a mirar hacia el cielo, el sol no había salido aun, aunque dudaba que se dejara ver esa mañana. Las nubes se habían tornado en oscuros nubarrones cerrados que amenazaban con descargar una gran tormenta.

- Date prisa en recoger, me gustaría llegar hasta la cueva que según Selil hay más arriba antes de que descargue la tormenta. Aquí no parece que vayamos a estar seguros.

Nos pusimos en pie de un salto, recogimos lo más aprisa que pudimos y un momento más tarde volvíamos a estar en camino. El viento arreciaba azotándonos la cara con la tierra que se arremolinaba ante nosotros dependiendo de la dirección del viento. El camino se estrechaba unos metros más adelante, trate de decírselo a Elivyän pero el sonido del viento era tan fuerte que apenas podíamos entendernos. Aunque estaba seguro de que él también se había dado cuenta.