Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

domingo, 24 de octubre de 2010

Libro de Valine 31

Ambos sabíamos que regresar era demasiado arriesgado, con el viento empujándonos por la espalda nos exponíamos a perder el control y caer por el acantilado. No nos quedaba otra opción, teníamos que seguir avanzando con el viento de cara, que arreciaba por momentos. Sabía que nuestras posibilidades de atravesar ese tramo eran escasas, pero no nos quedaba otra. Avanzamos como pudimos, la fuerza del viento nos empujaba con tanto ímpetu que se nos hacía casi imposible adelantar unos pasos. Unos metros más adelante, Elivyän empezó a hacerme gestos señalando hacia la pared de roca de la garganta. Nunca en toda mi vida llegué a pensar que me alegraría tanto de que existieran los elfos. Estoy seguro de que en ese momento y a pesar de que el viento que nos azotaba la cara con la arena y la gravilla que se soltaba del suelo, mis ojos brillaron de esperanza y emoción. Un momento antes prácticamente había llegado a asumir que se acercaba nuestro final, pero eso había cambiado en tan solo unos segundos. Una gruesa soga sujeta a la pared de piedra por argollas nos ofrecía la posibilidad de pasar ese estrecho tramo del camino con bastante seguridad.  Lo salvamos sujetos a la gruesa cuerda, braceando casi a tientas pues el viento se incrementaba por momentos. Unos metros más adelante encontramos la cueva de la que nos había hablado Selil, conseguimos llegar a duras penas cuando ya estábamos casi a punto de darnos por vencidos.

La entrada de la cueva no era más que una grieta de un metro de ancho, me aseguré de que Elivyän entrara y seguí sus pasos, estábamos realmente exhaustos, yo había perdido la noción del tiempo, mi mente se centraba tan solo en seguir respirando, el corazón se me salía por la boca, sentí como me temblaban las piernas y me senté en el suelo para evitar caer de bruces. Miré hacia el elfo que para ese momento yacía tendido sobre su mochila con los brazos estirados hacia los lados y los ojos cerrados, parecía respirar con dificultad, intenté preguntarle si estaba bien pero me faltaban las fuerzas hasta para articular palabra alguna. Imité la postura de mi compañero de viaje y me dejé caer hacia atrás intentando controlar la entrada de aire en mis pulmones. No sé cuánto tiempo pasamos tirados en la misma posición sin intentar siquiera mover un solo musculo. Cuando pude recuperar el aliento y empecé a sentir de nuevo mi cuerpo bajo cierto control, abrí ligeramente los ojos, busqué a Elivyän con la mirada, parecía respirar con normalidad, se había aovillado y dormía plácidamente, aunque aún colgaba la mochila de su espalda. Una vez que mi vista se había acostumbrado a la oscuridad de la cueva, me di cuenta de que era realmente grande. Estábamos tirados a la entrada, una especie de pasillo estrecho de apenas dos o tres metros. Justo detrás de nosotros se abría en una cámara abovedada bastante grande. En lo alto de la bóveda había un orificio por el que se filtraba la luz natural iluminado tenuemente la cueva. Los gigantescos cristales multicolores que cubrían las paredes  relucían reflejando colores intensos en algunas zonas y más apagados en otras. El techo de la cueva permanecía oscuro, sin embargo parecía un cielo estrellado, me pasé mucho rato observando aquellas constelaciones que se dibujaban en la bóveda hasta que me di cuenta de que se movían, no podía distinguir qué tipo de animal seria el que reflejaba esa luminiscencia, ni si era grande o pequeño, porque la distancia que me separaba de ellos era bastante considerable. De cualquier modo, me habría dado igual que se hubiese tratado del animal más feroz y sanguinario que la naturaleza hubiera creado, no había recuperado la fuerza necesaria para poder moverme. Me dejé vencer por el cansancio y volví a cerrar los ojos abandonándome de nuevo al sopor que inundaba mi cuerpo, inducido sin duda por el terrible esfuerzo que nos había provocado atravesar el risco con la tormenta azotándonos y vapuleándonos, como si de muñecos de trapo se tratara. A punto estaba de quedarme dormido cuando algo rozó mi cara, abrí los ojos sobresaltado, una maraña de lucecitas revoloteaba a mí alrededor. No podía moverme, tampoco estaba seguro de si debía hacerlo, por mi mente cruzó una idea tan veloz como el rayo, quizá si no me movía aquellas pequeñas lucecitas se apartarían de mí y me dejarían tranquilo. Pero no fue así, una de aquellas lucecitas se aparto del grupo y se poso en mi mano que descansaba en ese momento sobre mi pecho. Alce la mano con la intención de espantarla y fue entonces cuando pude contemplar fascinado que se trataba de un ser diminuto que brillaba con luz propia. Tan hermosa como minúscula me sonreía desde mi mano, la fui acercando despacio para no asustarla.

- ¿Quién eres pequeña? –susurre intentando sonreír.

- Somos las Ánjanas – me respondió con una voz suave y a la par sensual y misteriosa.