Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 7 de diciembre de 2010

Libro de Valine 32

Había oído hablar de las Ánjanas cuando era tan sólo un niño que no levantaba dos palmos del suelo, en las noches en la que se celebraba el Kyzhorn, la llegada de la primavera. Los monjes se reunían en el jardín de la abadía y encendían una hoguera, se asaban patatas, mazorcas de maíz, castañas y también algún tipo de carne o pescado, corría el vino sin mesura para todos, menos para mí, que no contaría con más de ocho años. Cuando consideraban que ya habían comido y bebido bastante, la noche se relajaba, dando paso a la sesión de cuentos y leyendas como gustaban llamar a las siguientes horas. Nos sentábamos alrededor de la hoguera y el más anciano nos contaba historias, historias misteriosas que sucedían o habían sucedido en todo el reino. Y entre ellas recuerdo que habló de las Ánjanas, o Hadas de la Luz. Fue la primera vez que oí hablar de las hadas. Según contaba aquel viejo monje, las ánjanas eran hadas guardianas, raras veces se dejaban ver y muy, muy pocas veces se ponían en contacto con los humanos. En ese momento me pregunté qué sería lo que guardaban estos hermosos y diminutos seres.

- Dime pequeña ¿Qué hacéis en esta cueva? ¿Por qué escondéis vuestra belleza? ¿Es esta vuestra morada? ¿Sois hadas guardianas?

Quise saber si era real la historia que había escuchado contar al monje, pero el hada no contestó, me miraba sonriendo como si no entendiera lo que le estaba preguntando. Fue entonces cuando escuché unas risitas que tintineaban como pequeñas campanillas. Giré la cabeza hacia el elfo que, aún dormido, lanzaba manotazos al aire mientras las pequeñas Ánjanas jugueteaban con su pelo. Centré de nuevo la mirada en la pequeña que reposaba sobre mi mano y como un vago recuerdo escuché la voz del viejo monje diciendo: “Las hadas sólo responden a preguntas concretas, cortas y bien estructuradas”. Intenté centrarme antes de formular de nuevo las preguntas que se agolpaban en mi garganta pugnando por salir una detrás de otra.

- ¿Sois las hadas de la luz?

- Lo somos –respondió sonriendo. Y esa sonrisa me cautivó por completo.

- ¿Es esta cueva vuestra morada?

- Así es –respondió levantando el vuelo ligeramente.

Pensé que le había molestado mi pregunta y sin darme cuenta mantuve la respiración hasta que me faltó el aire. Aspiré una gran bocanada y el hada comenzó a reír, le sonreí y seguí preguntado.

- ¿Por qué no vivís en el bosque?

- Somos las guardianas, no podemos abandonar esta cueva.

- ¿Las guardianas?

El hada no respondió a esa pregunta, obviamente ya la había contestado, era yo el que no había formulado bien la pregunta. Volví a mira hacia Elivyän, estaba despierto y protestando porque tenía la melena trenzada tan solo en la mitad que no tenia apoyada cuando estaba dormido, las hadas reían contemplando el fastidio que demostraba el elfo. Sonreí al verle tan ofuscado y volví a centrarme en la pequeña que para ese momento había volado de mi mano a una de mis rodillas y parecía hacer equilibrios para no caerse.

- ¿Qué protegéis en esta cueva?

- Más allá de la razón y la comprensión de los seres inferiores, nosotras las Ánjanas protegemos la entrada.

¿La entrada hacia dónde? En ese momento, tengo que reconocer, que la respuesta de la pequeña Ánjana me había desconcertado, eso sin mencionar que mi curiosidad se había disparado hasta límites insospechables. Por mi mente, en ese instante, pasaban preguntas a la velocidad del rayo, era incapaz de concentrarme en una sola. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad con la intención de serenarme y poder así asimilar la información que aquel diminuto ser acababa de proporcionarme.

La miré con curiosidad, me sonreía mirándome con sus grandes ojos de un tono dorado, que relucían como dos estrellas en mitad de la noche. En ese momento centré mi atención en ella. Sin duda lo que más me llamo la atención de aquellos pequeños seres que revoloteaban a nuestro alrededor era su gran parecido con las doncellas humanas o más bien con las doncellas elfas, ya que como ellas tenían las orejas puntiagudas. Dicen que su piel acostumbra a tomar los colores del entorno en el cual viven, y la piel de estas hadas que brillaban con luz propia variaba entre el azulado y el violáceo. Diría además que en sus largos cabellos, al igual que en sus alas, destellaban pequeñas motas doradas, de un tono, si no igual, muy parecido al del iris de sus ojos. Una intensa fragancia a lilas nos había rodeado, no había sido consciente hasta ese momento, pero sin duda ese aroma se desprendía de ellas. Eran unos seres extremadamente bellos.