Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Libro de Valine 55

Esperé pacientemente apoyado en el mostrador a que las dos mujeres recorrieran prácticamente toda la tienda mientras comentaban todos y cada uno de los productos que había en aquel local. Las veía charlar animadamente mientras olían algún jabón con forma de flor, de bola o de estrellas de diferentes colores. Algunos brillaban, otros teñían los dedos al tocarlos, algunos parecían incluso estar dotados de luz propia. Sin darme cuenta se nos había pasado la tarde. Miré por uno de los pequeños recuadros en los que se dividía el escaparate, las luces de las farolas de la calle estaban encendidas y el sol se había ocultado hacía ya un rato. Elivyän y Arhavir permanecían al otro lado de la tienda siguiendo con la mirada los movimientos de las muchachas mientras ellas recorrían incansables el pequeño local de un mostrador a otro sin prestarles la más mínima atención.
El sonido de la campanilla que anunciaba la llegada de algún posible cliente me hizo girar la mirada hacia la puerta de entrada. La muchacha rubia que habíamos visto por la mañana en la posada, acababa de cruzar el umbral. Se detuvo un momento mirándonos uno por uno, una amplia sonrisa asomo a sus labios y tras un gracioso gesto saludó en general a todos los presentes. Mientras se dirigía a la trastienda, desanudando su capa, pasó por delante de Elivyän y de nuevo le dedicó una amplia sonrisa. No pude evitar sonreír también al ver la cara del elfo. No me cabía la menor duda de que era un picaflor, pero estoy seguro de que la sonrisa de aquella joven le había robado el corazón. La muchacha siguió su camino hasta perderse tras la cortina, que de nuevo, con el entrechocar de sus cuentas, volvió a entonar mágicamente su dulce melodía. Un segundo después de que entrara la muchacha, se asomó la Kesaleshan y me hizo un gesto con la mano indicándome que la siguiera.
Después de atravesar la cortina, avanzamos por un pequeño y oscuro pasillo. La mujer caminaba delante de mí sin girarse ni articular palabra alguna. Había un par de puertas a los lados del pasillo que permanecían cerradas. Nos detuvimos delante de la última.         
-   Lemac te recibirá ahora –dijo mientras abría despacio la puerta del fondo.
-   Gracias –intenté sonar lo más solemne posible y la mujer inclinó ligeramente la cabeza en señal de aprobación, mientras la empujaba con suavidad.
En el centro de la estancia, sentado en una mesa redonda vestida con un faldón de tela gruesa en la que había una bandeja con un par de tazas con algún tipo de infusión humeante; el anciano limpiaba sus lentes con un pequeño paño blanco. Me saludó sin levantar la mirada.
-   Me alegra volver a verte, muchacho –la voz del anciano sonó relajada, consiguiendo que me sintiera más cómodo.
Me senté frente a él. Mientras esperaba a que terminara de limpiar sus pequeñas lentes miré a mi alrededor distraídamente. Una lámpara de aceite situada sobre un aparador de madera iluminaba el cuartito dándole un ambiente cálido y acogedor. Sobre el aparador, además, había una cesta no muy grande que contenía flores secas de diferentes tamaños y colores que perfuman el ambiente con un aroma agradable que no podría definir pero en el que sin duda predominaba el azahar y quizá también la vainilla. Sobre el aparador, colgando de la pared, un gran espejo enmarcado con la misma madera que el mueble, otorgaba una sensación de amplitud al pequeño cuartito.
El Cronista dio por terminada su tarea, se colocó las lentes y, tras ofrecerme una de las tazas, tomó la otra moviendo la cucharita de madera, removiendo su tisana con total parsimonia. Como si de un rito ancestral se tratara.
-   ¿En qué puedo ayudarte viajero?
Se inclinó y tomó una bolsa que había junto a su silla, supuse que se disponía a preparar sus cosas con la intención de tomar notas sobre nuestra conversación como hacían los cronistas que había conocido en otras ocasiones y esperé a que hubiera terminado. Pero para mi sorpresa, sacó una bolsita de cuero oscuro y una pipa. La llenó con el tabaco que había en la bolsita y procedió a encenderla sin prestarme atención, como si estuviera solo en aquella estancia. Le observé durante el proceso, no parecía el mismo hombre que había compartido la cena con nosotros, el mismo que habíamos conocido en el camino la noche anterior. Vestía una amplia túnica de seda marrón bordada con hilo de oro. Había recortado su larga melena y su barba que lucían impolutas. Dio varias chupadas a la pipa y exhaló una larga bocanada de humo. Centró su mirada en mis ojos y sentí que podía leer en mi mente como si de un libro se tratara. Me estremecí y una enigmática sonrisa asomó a sus finos y ajados labios rodeándolos con una miríada de pequeñas arrugas que se perdían en el espesor de su poblada barba.
-   Me preguntaba si podrías aclararme ciertas dudas –mi voz sonó vacilante y luché por mantener la compostura-; dudas que me asaltan y que no me dejan ni dormir.

-   No puedo marcar tu camino, Valine. Ya tienes todos los conocimiento que necesitas para tomar una decisión, lo que hagas de aquí en adelante tan solo depende de ti mismo.
La sangre se me congeló en las venas. ¿Cómo podía aquel anciano saber eso? Repasé mentalmente todo lo que habíamos hablado la noche anterior y estaba seguro de no haber comentado nada sobre el tema con él. Era imposible que pudiera haberlo imaginado siquiera. Le miré fijamente a los ojos.
-   ¿Cómo puedes saber eso? ¿Quién te lo ha contado?

-   En ocasiones, no es necesario que se cuenten las cosas. Tu alma habla a través de tus ojos –de nuevo esa sonrisa enigmática que me alteraba los nervios-. Ya conoces la historia y la mujer que te la conto es fiable al ciento por ciento. No debes dudar de su palabra.

-   No dudo –repuse rápidamente-. No se trata de eso. Tenía la esperanza… -me detuve un segundo para elegir bien mis palabras- Esperaba que pudieras ayudarme.

-   Nadie puede ayudarte Ekykilukyu –esas palabras en su boca sonaron a sentencia, y por un momento sentí que incluso me faltaba el aire-. Eres el elegido, solo tú puedes tomar las riendas del destino. Tu destino y el del mundo que conoces van ahora cogidos de la mano.
Me quedé pensativo por un momento. El anciano no apartó la mirada de mí ni un segundo, podía sentirla como si un par de brasas candentes recorrieran mi rostro escrutando cada uno de mis sentimientos que para ese momento eran algo más que caóticos. Por un lado no quería ni pensar en la posibilidad de tomar el control de mi propia vida y por otro… Sabía con total seguridad que no tenía más opciones, que a pesar de lo que dijeran la anciana o el mismísimo Cronista no estaba en mi mano decidir qué hacer con mi propia vida. Había nacido para asumir ese rol, era mi herencia; el Legado del Dragón.
-   Me han dicho que eres la persona con más conocimientos de todo el reino. La anciana no supo decirme qué fue de la muchacha. Dime Cronista, ¿sabes tú que fue de ella? ¿Tienes alguna idea de donde puede estar Nerva?
El Cronista me miró durante unos minutos que se me hicieron eternos. Parecía estar muy lejos, a pesar de estar sentado frente a mí. La espera me iba poniendo cada vez más nervioso y por fin levantó la mirada para fijarla en mis ojos.
-   No conozco esa respuesta, pero sí puedo ayudarte a encontrarla. Debes dirigirte hacia el norte y buscar la entrada al claro de la Diosa. Busca allí las respuestas a tus preguntas. Eres el Enviado, Ekykilukyu… Y sin duda la Dama Luna es la única que puede guiar tus pasos por el sendero más apropiado –hizo una pequeña pausa con la intención de darme un momento para asumir lo que acababa de decirme-. Supongo que esperabas otra respuesta, ésta ya te la habían dado.

-   ¿Puedo hacerte una última pregunta?

-   Adelante –dijo mientras asentía levemente con la cabeza.

-   ¿Por qué a la dueña de este local se la conoce por la Kesaleshan y qué significa esa palabra?

-   Eso son dos preguntas –su sonrisa volvió a aflorar a sus labios pero esta vez no me resulto enigmática sino más bien cómplice.

-   Kesaleshan es una palabra ancestral, una especie de título que en tu idioma viene a ser algo así como la hija del bosque. Nadie sabe de dónde salió Geneê, ni ella misma, aunque también es posible que la verdad sea que no desea contarlo –de nuevo esa sonrisa que me ponía los pelos de punta-. Un buen día, cuando aún no era más que una niña, apareció en una aldea de las tierras áridas del desierto. A pesar de su aspecto y de sus extrañas vestiduras, pues la chiquilla iba cubierta con pieles de animales nunca antes vistos por las tribus nómadas, aquellas gentes la acogieron y le dieron cobijo. Según la niña iba creciendo, los nómadas que la habían acogido empezaron a notar que la muchacha parecía capaz de entender e incluso de comunicarse con los animales, de la misma manera que era capaz de hacer florecer las flores más raras en mitad del desierto para más tarde convertirlas en brebajes, ungüentos y pociones capaces de curar heridas, sanar enfermedades o eliminar venenos –carraspeó un poco para aclararse la garganta, tomó un sorbo de su tisana y me miró. Su sonrisa se había borrado y su semblante parecía sereno-. Los ancianos de la tribu decidieron que no podía ser más que una hija del bosque y así comenzaron a llamarla Kesaleshan.
-   ¿Cómo vino a parar a esta ciudad?
-   La tribu nómada que acogió a Geneê pasaba una o dos veces al año por una ciudad del desierto llamada Ghimmeria, aprovechaban su estancia en la ciudad para comerciar y hacer acopio de los víveres o enseres que necesitaban reponer. En una de sus visitas la Kesaleshan fue requerida para atender a un muchacho recién llegado a la ciudad desde tierras lejanas. El viajero estaba muy grave, le había mordido una serpiente y ningún sanador de Ghimmeria había sido capaz de neutralizar el veneno. Ni que decir tiene que fue Geneê quien logró salvar su vida y de ahí nació una relación que más tarde se convirtió en matrimonio. Fue ese muchacho quien la trajo aquí.

-   ¿Dónde está él ahora?

-     Falleció hace algunos años, fue asaltado en el camino de Zilias, dejando a Geneê viuda con dos hijas pequeñas de las que cuidar, Alma y Nara. Y sumida en una profunda tristeza.
-   ¿Lo mataron?

-   Así es, pero esa es otra historia que ya te contaré en otro momento –inhaló profundamente de su pipa, soltando después el humo despacio-, ahora debo retirarme, retomaré mi camino con las primeras luces del alba.
Me levanté de la silla con la intención de abandonar la habitación cuando se abrió la puerta, la muchacha de la melena rubia y los ojos verdes se asomó sonriente.
-     Necesito una historia, tío Lemac –la voz de la chica sonaba alegre y cantarina, el anciano se volvió a mirarla y le devolvió la sonrisa-; tengo que cantar esta noche.

-     Pasa, Nara –la voz del Cronista sonó tierna y afable al dirigirse a la muchacha- Valine ya se iba. Ven pequeña, te contaré la historia de la princesa Theresa para que puedas ponerle música -Nara entró en la estancia y tomó asiento junto al viejo Cronista. Aproveché para despedirme y salir al pasillo. Me despedí de Geneê antes de abandonar la tienda.
Eolion, Elivyän y Arhavir me esperaban en la calle, la elfa había comprado media tienda, el aroma que desprendían los productos podía olerse a bastante distancia.  

jueves, 13 de octubre de 2011

Libro de Valine 54

Elivyän siguió a la muchacha hasta la calle mientras que terminábamos de desayunar. Me llamó la atención el apetito de Arhavir. Hasta ahora, nunca le había visto comer tanto. Tenía el plato rebosando comida que parecía no terminarse nunca, la ayudaba a pasar dando largos sorbos de su taza de leche de cabra. Eolion le miraba medio incrédula, sorprendida por la voracidad del muchacho. Cuando por fin el joven mago dio por terminada su comida, nos dirigimos hacia la calle donde nos esperaba el elfo. Eolion y yo nos miramos sonriendo al verle la cara. Había pasado ya un buen rato desde que la chica de los ojos verdes abandonara la posada y él seguía con la misma cara, la mirada perdida en algún punto del horizonte y la sonrisa bobalicona asomando tímidamente a sus labios.

-   Aquí está nuestro enamorado –dijo la elfa en tono burlón. Me miró y me guiñó el ojo sonriendo con malicia- ¿Vas a necesitar un cubo para las babas? ¿O tal vez haya suerte y tu ensimismamiento nos prive de tus comentarios ingeniosos?–se echó a reír. El ruido cantarín de la risa de Eolion molestó bastante a Elivyän.

-   ¿De qué hablas? Sólo estaba respirando un poco de aire puro, ahí dentro el ambiente estaba demasiado cargado

-   Claro, claro –replicó el joven mago-, ya sabemos a qué te refieres –las carcajadas de ambos le molestaron más si cabe e hizo un gesto amenazante con el puño delante de la cara del muchacho que salió corriendo sin parar de reír.

-   Como te acerques vas a probar mi ingenio, chaval –se giró hacia la elfa con cara de pocos amigos- ¿Y tú de que te ríes? -Como era de esperar Eolion no dejó de reír mientras le hacía gestos con las manos para convencerle de que pararía de hacerlo enseguida. No pude más que unirme a las risas de ambos, a lo que Elivyän sólo respondió encogiéndose de hombros-. Sois patéticos… -dijo, mientras aceleraba el paso.
Durante el resto de la mañana caminamos sin rumbo fijo por las calles de la ciudad, recorriendo comercios y comprando los enseres que debíamos reponer para continuar el viaje. La ciudad parecía un hervidero de personas. Recuerdo que pensé que tal vez se debería a que era día de mercado, pero lo cierto es que en Sartil-Null todos los días eran así. Aunque también era cierto que por aquellos días además, daba la casualidad de que se acercaba la onomástica del rey. Las gentes del pueblo y las que habían venido por ese motivo, se preparaban para la gran fiesta que se ofrecería en palacio. Monarcas y personalidades de reinos vecinos empezarían a llegar en pocos días, las calles se habían vestido de fiesta, habían sido engalanadas con farolillos de colores y guirnaldas de flores adornaban las farolas. Las familias más pudientes habían colgado de sus balconadas banderas con el distintivo de su familia o de la corona. Por el contrario, los menos favorecidos se habían limitado a colgar modestos banderines de diversos colores. Las banderas de la ciudad junto con las de los reinos vecinos invitados al evento ondeaban en las fachadas de todos los edificios oficiales. El bullicio, las risas, el ir y venir de las gentes de aquella ciudad, la llenaban de vida; pero también aumentaba el pillaje y en consecuencia aumentaba la vigilancia, los guardias de la ciudad paseaban en parejas entre la muchedumbre procurando evitar desde pequeños hurtos hasta grandes saqueos a los honrados comerciantes que trabajaban sin descanso durante aquella dekhana, la primera de Zadâchi[1], coloquialmente conocido como el mes de las flores.
A medio día llegamos a una pequeña plaza a la que se accedía a través de unos arcos de piedra que ejercían de vínculo entre las casas de ambos lados de la calle. En el centro una estatua de mármol blanco que representaba a una joven muy hermosa con los brazos extendidos hacia el cielo y su larga melena ondeando al viento. En un rincón de la pequeña plaza había un mesón que había colocado mesas en la calle, quizá por motivo de las celebraciones en las que estaba sumida la ciudad. Nos sentamos en una de las mesas que estaba pegando a la pared. Un rato después degustábamos un plato de keirmish, que era una especie de asado de venado, bastante especiado, con patatas asadas y verduras cocidas que acompañamos con unas buenas jarras de cerveza bien fría. El ambiente festivo de la ciudad nos había contagiado. Mientras saboreábamos nuestra comida, charlábamos, gastábamos bromas –o, en el caso de Elivyän, las aguantaba-… Vimos pasar al Cronista. Caminaba despacio, apoyándose en su báculo. Pasó frente a nosotros y entró en una pequeña tienda al otro lado de la plaza. Durante el resto de la comida permanecí atento a la puerta de aquel comercio; quería hablar con el Cronista de nuevo. Tal vez él podría aclararme el significado de mi sueño. Había oído decir en numerosas ocasiones que era un hombre sabio, quizá sólo por todo lo que había vivido, aunque también corría el rumor de que aquel hombre no era humano, se decía que provenía de otro plano. Lo cierto es que por el motivo que fuese, si había un hombre capaz de ayudarme, ése era Lemac, Cronista de Ritteller.
Una vez terminamos de comer nos dirigimos hacia la pequeña tienda del otro lado de la plaza. El local hacía esquina y tenía la entrada justo por la esquina haciendo chaflán, un cartel colgado junto a la puerta rezaba “Aromas de Ritteller”. En el escaparate cubierto en gran parte por una enredadera de hojas verdes y racimos de diminutas flores purpúreas, mostraba un cartel en el que pudimos leer: Pociones y Ungüentos. Al abrir la puerta una pequeña campanilla anunció nuestra llegada. No había nadie. Mis compañeros aprovecharon para husmear por la tienda. Estaba oscura, iluminada por algunas lámparas de aceite colocadas estratégicamente de manera que iluminaban los productos más caros dejando en penumbra los más económicos. Al fondo de la tienda había una pequeña puerta cubierta por una cortina de cuentas de cristal. Junto a la puerta un mostrador de madera en el que se repartían uniformemente algunas cestitas que contenían diferentes hiervas, tarros de cristal llenos de polvos de diversos colores y una pequeña romana con su juego de pesas. A los lados de la tienda, pegados a sus paredes expositores con las puertas de cristal, mostraban gran variedad de frasquitos de diferentes colores con sus correspondientes cartelitos que anunciaban lo que contenían: Poción desinfectante, ungüento calmante para la piel, ungüento para quemaduras, aceites esenciales, jabones naturales, etc. Nunca había visto tanta variedad, ni siquiera sabía que las plantas o las flores pudieran servir para fabricar tal cantidad de productos. Miré a mi alrededor; a pesar de que la tienda era bastante sombría su olor te hacía sentir cómodo. Se podía percibir un amplio abanico de fragancias, desde el especiado cardamomo al aroma más sutil de la bergamota. Mezclados con los aromas florales de las lilas, los jazmines, las flores de lavanda, el lirio, el limón, la manzanilla y un sinfín de pequeñas flores de diversos colores, no podría nombrarlas todas, porque algunas me eran desconocidas. Cogí una flor de una de las cestas, que parecía una borla formada por diminutas florecillas de color malva y me la acerqué a la nariz.

-   Es trébol rojo –la voz de una mujer sonó a mi espalda. Me giré hacia ella- Permite conservar el equilibrio psíquico. Ayuda a mantener la sangre fría en situaciones de crisis –me miró sonriendo y su rostro mostraba una total confianza en sí misma-, también es bueno para los trastornos en las mujeres de mediana edad –sus labios dibujaron una sonrisa burlona, solté la flor rápidamente y ella se giró hacia el mostrador ampliando su sonrisa ante mi reacción- ¿Puedo ayudaros en algo caballeros?

-   Buscábamos algunos brebajes, ungüentos, pociones o lo que podáis ofrecernos para paliar las molestias de un prolongado viaje.

-   Puedo ofreceros varios productos caballeros, mirad sin prisa y elegid lo que gustéis.

-   Hace ya un rato, vimos entrar aquí al Cronista. Decidme, buena mujer… ¿Está él en vuestra casa?

-   Está descansando –su gesto se volvió hosco por un momento, pero enseguida volvió a mostrar su enigmática sonrisa.

-   ¿Podríamos hablar con él cuando despierte?

-   El Cronista os recibirá a la caída del sol, es su costumbre cuando alguien viene pidiendo audiencia.

-   De acuerdo, en ese caso, volveremos al anochecer –procuré darle a mis palabras un tono tranquilizador, ella me miró a los ojos por un momento y luego asintió sin mediar palabra.

La cortina de cuentas volvió a producir un sonido agradable que más parecía una dulce melodía que un entrechocar de bolas de cristal. Me volví a mirar intrigado. En ése momento cruzaba el umbral de la puerta una muchacha de cabello oscuro, sin duda la hija de la dueña, pues el parecido era indiscutible. Llevaba su larga melena suelta, recogiendo tan solo algunos mechones trenzados con una cinta roja en la parte posterior de la cabeza. Poseía los ojos más grandes que recordara haber visto hasta aquel momento. Unos ojos almendrados que a la par de ser preciosos dejaban percibir una profunda tristeza en aquella joven. Llevaba una blusa blanca que dejaba al descubierto parte de sus hombros de piel morena y que ajustaba a su cuerpo con un corpiño del mismo paño que la falda, en color azul marino. Un cordón de cuero oscuro del que colgaba una media luna de nácar lucía en su escote como único adorno. Instintivamente miré hacia Elivyän, tanto el elfo como el joven mago miraban a la chica con la boca abierta. La muchacha les miró ofreciéndoles una sonrisa dulce y cautivadora, con ese pequeño gesto la chica los tenia a los dos comiendo de su mano. Si les hubiese pedido que se tiraran por un acantilado lo habrían hecho sin dudar un sólo segundo. He de reconocer que a pesar de todo, por mi mente también pasó fugaz una pizca de deseo.

-   Señorita –saludé con una leve inclinación de la cabeza. En ese momento centró su mirada en mí y sentí un escalofrió recorrerme el cuerpo.

-   Caballero –saludó imitando mi gesto y pasó junto a mí para dirigirse hacia Eolion que curioseaba entre los jabones, los perfumes y los ungüentos. Embelesada con las formas y los colores.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Libro de Valine 53

Me pasé la yema de los dedos, despacio, como esperando encontrar alguna herida. Me había parecido tan real que incluso después de llevar un rato despierto juraría que seguía doliendo.

El crujir de las ruedas de un carro contra el adoquinado llamó mi atención. Desde mi ventana podía contemplar una parte de la plaza e incluso una pequeña porción de la calle que ascendía hacia la parte alta de la ciudad. Era una calle ancha y bien iluminada, habíamos preguntado al posadero durante la cena hacia dónde conducía aquella. Nos llamó la atención que fuera la única que mantenía los faroles encendidos. Según el dueño de la posada, aquella calle llevaba directamente a la plaza central de TerarNull, barrio noble donde se hallaba el acceso al Palacio Real. Los faroles se mantenían encendidos durante toda la noche para facilitar la vigilancia de la guardia sobre todos aquellos transeúntes que se acercaran a la zona. Según nos contó, aquella zona albergaba también a la más rancia aristocracia de Ritteller. El Templo de Étyra, la Diosa protectora de la Magia, y el de Morphis, cuyo culto estaba dedicado a los placeres y el esparcimiento; La Torre del Arcano, que contaba entre sus dependencias con su propia escuela.
Además de algunos edificios gubernamentales como el alto tribunal, el ayuntamiento y el teatro. Contaba además con sus propios comercios en los que podías encontrar los más ricos y variados productos de todo el reino. La plaza central de TerarNull daba acceso al castillo mediante un puente levadizo. El castillo se hallaba situado en un promontorio rodeado de acantilados que imposibilitaban el acceso a la zona por otro camino. Su posición además, le otorgaba una situación privilegiada ya que dominaba una vasta extensión tanto tierra adentro como por el mar. En mitad de la gran plaza había una gran fuente en la que se alzaba majestuosa una estatua ecuestre del monarca. La plaza rodeada de comercios y jardines, daba acceso a seis calles adoquinadas e iluminadas de la misma manera que la calle principal, con majestuosas mansiones a ambos lados de la calzada.

Miré hacia el cielo que permanecía cubierto: hacía un rato que había parado de llover, pero aún se podía ver el resplandor de los rayos iluminando el cielo. Los truenos, sin embargo, cada vez sonaban más lejanos. Volví a la cama. Necesitaba dormir, pero la idea de volver a soñar con aquel mágico ser me desagradaba. Decidí centrar mi mente en otra cosa y me puse a repasar mentalmente todo lo que nos haría falta reponer para seguir nuestro camino. No sé en qué momento me quedé dormido, pero cuando me despertaron los golpes y las voces que Elivyän le propinaba a mi puerta, ya era de día.

- ¡Pasa! –Grité mientras me incorporaba. Elivyän empujó la puerta y entró en el dormitorio como un torbellino.
- Vamos, perezoso, estamos esperando abajo para desayunar y las tripas ya empiezan a quejarse –Soltó una risotada mientras se dejaba caer sobre el butacón.
- Empezad sin mí, sólo tomare un cuenco de leche tibia.
- Hay tocino, pan blanco recién hecho, mantequilla y miel, huevos y pasteles que hace la mesonera… ¿No se te abre el apetito?
- No, no tengo hambre. Desayunad vosotros para ir adelantando, no tardaré en bajar –
Elivyän se levantó y se dirigió hacia la puerta-. Por cierto, no dejéis las habitaciones, nos quedaremos una noche más –Elivyän asintió y salió cerrando la puerta tras de sí.

Mientras me vestía, intenté evitar el recuerdo del sueño que me había mantenido despierto gran parte de la noche. No fue fácil librarme de la sensación de desasosiego que me provocaba, pero conseguí centrarme en todas las cosas que nos quedaban por hacer antes de ponernos de nuevo en camino, no quería retrasar más la partida, por lo tanto, disponíamos de un solo día. Cerré la puerta de mi habitación y me dirigí al piso de abajo.

Entré en el comedor y busqué a mis amigos con la mirada. Me sorprendió que a una hora tan temprana la posada estuviera tan concurrida. Apenas había amanecido hacía un rato. Todas las mesas estaban ocupadas con viajeros que desayunaban como si de su última comida se tratara. Me fijé en un hombre bastante gordo que comía a dos carrillos, me recordó a los ratones cuando hinchan los mofletes reservando comida para más tarde. Estaba sentado en un rincón junto a una ventana entreabierta que daba a un patio oscuro por el que se accedía directamente a las cuadras. Detuve la mirada en una mesa en la que había una pareja de mediana edad, el hombre parecía concentrado en lo que quiera que tuviera en el cuenco, mientras que ella paseaba la mirada nerviosa de una mesa a otra como si estuviera buscando algún objeto preciado. Localicé a mis amigos en la esquina opuesta. Se habían sentado junto a una de las ventanas que daban a la calle. Estaba abierta, dejando entrar la brisa fresca de la mañana. Las nubes se habían disipado por completo dando paso a una soleada mañana de primavera.

Me senté junto a Eolion, que me pasó un cuenco y la jarra de leche tibia recién ordeñada. Ni siquiera me miró, estaba inmersa en la conversación que mantenían cuando me senté. Sin embargo me dio unas palmaditas en la mano a modo de saludo, supongo que fue su manera de darme los buenos días. Sonreí y me serví un poco de leche que fui bebiendo dando pequeños sorbos. Aproveché para observar con más detenimiento el local. La noche anterior me había parecido más lúgubre, quizá por el cansancio, quizá porque no estaba demasiado iluminado, no lo sé, pero lo cierto es que por la mañana parecía completamente distinto.
En una de las esquinas había una pequeña tarima a modo de escenario. A un lado de la tarima, casi pegado a la pared, un viejo clavecín de teclado sencillo bastante recargado. Había escuchado la noche pasada al dueño presumiendo de él. No dudaba de que fuera una obra de arte, pero para mí que soy profano en ese campo, no era más que un pequeño piano extremadamente adornado. A la derecha de la tarima estaba la barra que ocupaba todo el frontal de la estancia, calculé que tendría unos cuatro o cinco metros, o quizá algo más. Tras la barra, una puerta cubierta por una cortina hecha de cuentas de madera y cristal del tamaño de una oliva, daba acceso a la cocina. El resto del muro estaba cubierto con una estantería repleta de botellas y de diversos tipos de jarras y vasos. El resto del local estaba salpicado de mesas de gruesa madera, de bancos sin respaldo y de taburetes. Unas pocas lámparas de aceite repartidas sin orden por las paredes y una lámpara grande con forma de rueda de carro que colgaba del techo justo encima de una mesa de considerables dimensiones que se hallaba más o menos en el centro del local, y que en ese preciso momento estaba ocupada por un grupo de faranduleros que charlaban alegremente mientras desayunaban como si hiciera tiempo que no se llevaban nada caliente a la boca.

Eolion volvió a darme unos toques en la mano, esta vez para llamar mi atención. Me volví hacia ella y le sonreí mecánicamente. Ella me devolvió la sonrisa.

- ¿Estás bien? –Su sonrisa se borró dando paso a una expresión de preocupación- Pareces más cansado que anoche cuando te fuiste a dormir.
- No he dormido bien –Admití, sin intención de explayarme más, pero ella no estaba dispuesta a dejarlo así.
- ¿Por qué? ¿No estaba bien mullido tu colchón? ¿No habría chinches en tu cama, verdad? –Dijo, al tiempo que sus labios dibujaban una amplia sonrisa burlona.
- No, nada de eso –Aparté la mirada, no quería que viera en mis ojos que no tenía intención de contarle lo que me había perturbado- Me despertó la tormenta.
- ¿La tormenta? Apenas fueron unos truenos –Soltó una risita burlona- ¿No piensas decirme qué te preocupa?
- Quizá más tarde. Sinceramente, no me apetece hablar de ello en este momento.
- De acuerdo, pero quiero que tengas en cuenta que cuando lo consideres oportuno puedes acudir a mí, estaré aquí para escucharte –Me sonrió, le devolví la sonrisa y me llevé el cuenco a la boca. Apuré la leche que quedaba y me limpié la boca- ¿Nos vamos ya?

La puerta de la posada se abrió despacio, la luz del sol inundó gran parte del salón, mientras la silueta de una mujer se dibujaba a contraluz. La pesada puerta se fue cerrando lentamente según la figura avanzaba hacia la barra. Una vez que se hubo cerrado y el resplandor dejo de cegarnos, pudimos verla con claridad. Iba envuelta en una capa de paño de primera calidad en color carmesí, con un gesto de su mano dejo caer hacia atrás la capucha. Al pasar junto a la mesa, detuvo su mirada un segundo en Elivyän, le sonrió y saludo con una leve inclinación de la cabeza. Miré al elfo: Seguía embobado mirándola con la boca abierta. La muchacha se detuvo junto a la barra y con un movimiento elegante echó hacia detrás los bordes de la capa que quedó colgando por detrás de sus hombros. Mantenía una conversación relajada con el posadero cuando se acercó a ellos la esposa. La muchacha se giró hacia ella, debajo de la capa llevaba una camisa del mismo tono que dejaba sus hombros al aire, ceñía la camisa a su cuerpo con un corpiño de cuero negro. El pantalón, del mismo tejido, iba rematado a ambos lados con unas tiras de cuero que dejaban ver una línea de unos dos dedos de ancha de su pierna y se ajustaba a su cuerpo como su segunda piel; calzaba una botas de caña alta con algo de tacón, aun así era una chica menuda, pero esbelta. Al girarse hacia la posadera, su melena dorada como el trigo maduro, se liberó de la capa cayendo en grandes rizos por su espalda hasta más abajo de la cintura. Lo ahuecó distraídamente con la mano. En ese momento miré a Elivyän, su gesto había pasado de estar embobado a estar fascinado por la imagen de la muchacha. Le hizo gestos a la camarera para que se acercara.

- ¿Quién es? –Pregunto a la muchacha mientras señalaba con la cabeza hacia la chica.
- ¿La rubia? –Elivyän asintió sin dejar de mirarla- Es la hija menor de la Kesaleshan.
- ¿Qué es la Kesaleshan? –Preguntó con cara de asombro el elfo.
- No tengo ni idea señor, sólo sé que se la conoce por ese nombre. Si no desea nada más, volveré a mis quehaceres –Elivyän hizo un gesto con la mano y la muchacha siguió sirviendo las mesas.

Entretanto, la joven de la barra dio por concluida su conversación con los posaderos y se dirigió de nuevo hacia la salida. Al pasar a nuestro lado pude verle la cara con más detalle. Era una mujer muy joven, no contaría con más de dieciocho o diecinueve años. Tenía una cara angelical, y unos enormes ojos verdes con un halo dorado bordeando la pupila y una mirada llena de vitalidad. Lo cierto es que comprendí la mirada del bardo; no sólo la suya, la de todos los hombres que había en la posada en ese momento. La muchacha iluminaba el local con su propia luz.

sábado, 27 de agosto de 2011

Libro de Valine 52

Sentí un golpe a los pies de mi cama y abrí los ojos sobresaltado. Intenté incorporarme, pero estaba paralizado, no sé bien si por la sorpresa o por algún otro motivo. Era como si alguna fuerza me mantuviera pegado a las sábanas. A mis pies el viejo mago mantenía un gran libro abierto entre las manos. Parecía un libro bastante pesado. Con tapas de piel en las que pude ver algunas letras de color purpura, aunque no conseguí leer lo que había escrito. El anciano parecía pronunciar algo, aunque yo no podía oírle. Pasaba las hojas despacio sin parar de gesticular y sin apartar de mí su mirada. Mirada que por otra parte, parecía perdida; como si no pudiera verme. Intenté hablar, pero las palabras no salieron de mi boca. No puedo recordar cuanto tiempo permaneció a los pies de la cama, sólo recuerdo que pasado un rato, mi vista comenzó a nublarse hasta quedar en completa penumbra, no podía ver nada, tampoco escuchaba sus rezos o cánticos, o lo que quiera que fuera que estaba recitando. Pero podía escuchar con total nitidez el ruido que hacían los pergaminos cuando pasaba lentamente cada una de las páginas. Hice un último intento de incorporarme y hablar, preguntarle qué estaba haciendo allí, pero en lugar de eso pude sentir como si abandonara mi cuerpo para alzarme varios metros por encima de él. Segundos después volaba por encima de Sartil-Null, nunca había experimentado aquella sensación de total libertad. Sobrevolé los tejados de la gran ciudad para alejarme hacia el norte, hacia el pico Valthiê, el más alto de Ritteller. Conocido en todo el reino como el lugar donde todo empezó, donde hubo vida por primera vez cuando todo era oscuridad y donde según cantaban los bardos, se habían refugiado los últimos dragones. Según avanzaba hacia mi destino, me di cuenta de que desde aquella altura podía observar casi con detalle todo lo que había bajo mis pies. Los colores parecían más vivos, las flores que cubrían los campos parecían brillar con luz propia. Pude sentir también como la sangre me ardía avanzando por cada una de mis arterias. Fue entonces cuando me mire las manos, sabía que eran mis manos pero no podía reconocerlas, una luz broncínea emanaba de mi piel de tal manera que al mirarlas me parecía ver garras en lugar de manos. Durante el camino, al sobrevolar el cruce que conducía hacia las minas de Akhraban, vi a un grupo de personas que parecían discutir el camino a seguir, no podía creer que desde mi posición pudiera escucharlos como si estuviera con ellos. Tuve la sensación de avanzar tan solo unos metros, pero de repente el paisaje cambio, se volvió más escarpado, había llegado a la cordillera Trosenhofh. Probablemente era la cordillera más larga de todo el reino, prácticamente lo dividía en dos, separando así el norte del resto de las tierras de Ritteller. Avancé entre las nevadas montañas, esquivando los riscos más empinados. Miré hacia el nordeste y ahí estaba, alzándose majestuoso, Valthiê. Giré tan solo unos pocos centímetros para tomar el rumbo que me condujera directamente hacia ella. Tras uno de los picos que se alzaba entre la morada de los dragones y yo, había una pequeña meseta rodeada de abetos. El humo de una pequeña fogata se alzaba entre las copas de los pinos, descendí unos metros y sobrevolé haciendo círculos el lugar, me sorprendió comprobar que allí perdidos entre la nieve un grupo de monjes vestidos con túnicas negras, rodeaban un pequeño altar, parecían preparar algún tipo de ritual. Me acerqué un poco más, sobre el tabernáculo había tendida una mujer, vestida tan solo con una túnica blanca, su larga melena de rizos oscuros estaba extendida por la piedra como formando una corona. Uno de los monjes portaba una estaca de algún tipo de madera tan blanca que incluso relucía. Fue entonces cuando lo vi claro, iban a matar a una vampiresa. Un escalofrío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza, la melena de aquella mujer me hizo pensar en Drusila. Intenté posarme en aquel claro para detener la matanza, pero alguna extraña fuerza me obligaba a mantenerme en el aire. En ese momento la mujer abrió los ojos y me miró suplicante, segundos después tan solo era una silueta cenicienta sobre la nieve que cubría el retablo. Consternado por no haber podido impedir que la mataran, retomé el camino hacia la montaña sagrada. Me detuve en uno de los salientes de roca y proferí un bramido que cortó el silencio extendiéndose por toda la cordillera. Me quedé abatido por un momento. Cuando alcé la vista, a pocos metros de mí, estaban mis padres. Pero justo cuando iba a acercarme a ellos, de algún sitio que no pude concretar, salido de la nada, apareció un dragón de hueso; el mismo que veía durante mi infancia noche tras noche, las pesadillas que me acompañaron hasta que conocí a Dru. Mi padre, un poderoso dragón broncíneo intentaba proteger a mi madre tapándola con su cuerpo. Me lancé en picado contra el atacante pero antes de que pudiera alcanzarlos ya los había matado a los dos, sus cuerpos yacían ensangrentados. Sentí como la ira invadía todo mi ser. Decidido a acabar con la bestia me precipité contra ella exhalando mi aliento al tiempo que emitía un rugido estremecedor. Pero según me acercaba me asestó tal golpe que me lanzó directamente contra el suelo, dejándome aturdido. Cuando conseguí recuperarme del impacto y ponerme en pie, me quedé inmovilizado por la sorpresa. Ya no estaba tendido sobre la blanca y gélida nieve, de nuevo el paisaje había cambiado. Me encontraba derribado sobre una roca plana que sobresalía de la pared unos metros por encima del suelo, a mis pies sobre un suelo de roca ennegrecida y cuarteada que parecía formar islas sobre un torrente de lava candente, se alzaba una especie de pedestal a modo de plaza. Sobre él un grupo de grotescos demonios rodeaban a un ser mucho más grande que ellos. Era un ser de apariencia humana, sin embargo yo sabía que no lo era. Vestía con ropas oscuras en las que había bordadas algunas runas en tonos violáceos y plateados. A su derecha se hallaban dos mujeres, no pude reconocer a la más mayor pero la otra sin duda alguna era Selil. A su izquierda, rodeada también por aquellos pequeños demonios había una muchacha, cuando detuve mi mirada en ella pude escuchar su voz en mi interior: “Ayúdame Ekykilukyu, tu eres el Protector”. En ese momento el demonio de apariencia humana extendió los brazos y miró hacia el cielo, mientras lo hacía grito algo que no pude comprender. Sus manos comenzaron a iluminarse, parecían estar cargando algún tipo de energía. De repente se irguió, me miró directamente a los ojos; extendió sus manos hacia mí lanzándome un rayo que impacto contra mi pecho desplazándome varios metros hacia atrás. No podía respirar, un dolor agudo me atravesó el pecho como si una lanza bien afilada me hubiera partido en dos el corazón, solo pude escuchar un tremendo estruendo mientras caía.

Abrí los ojos sobresaltado, tenía el pelo empapado y el sudor perlaba mi frente. Respiré aliviado, -por suerte no ha sido más que una pesadilla-   me dije a mi mismo. Me incorporé en la cama, las velas se habían consumido por completo dejando el dormitorio en penumbras. Repentinamente un rayo ilumino cada rincón, seguido unos segundos después por un gran trueno que me hizo saltar de la cama sobrecogido aún por lo que acababa de soñar. Me acerqué a la ventana y la abrí de par en par, una corriente de aire fresco con olor a tierra mojada me acarició la cara, cerré los ojos e inspiré profundamente, me alivió sentir la suave brisa refrescándome la piel. Instintivamente llevé la mano al pecho, justo donde había impactado el rayo que en mi sueño acabaría con mi vida.

viernes, 29 de julio de 2011

Libro de Valine 51

Para cuando dimos con ella ya había oscurecido. Un cartelón de madera bastante deslucido por las inclemencias del tiempo en el que rezaba “Ulfberht” debajo de la silueta de una espada vikinga,  iluminado tan solo por una pequeña lámpara de aceite, anunciaba la ubicación de la posada. Desde la plaza podíamos escuchar la animación que reinaba dentro. Elivyän empujó la puerta. Dentro el ambiente estaba bastante cargado. El olor que desprendía el  humo de tabaco, mezclado con el de la comida e incluso el olor a transpiración, me desagradaron.  Pero tenía que reconocer que no éramos los más indicados para poner pegas teniendo en cuenta que nosotros mismos contribuiríamos a incrementar el hedor después de un viaje tan largo. Miré al elfo que avanzaba decidido hacia el mostrador en el que el posadero, un hombre bastante corpulento, charlaba animadamente con un par de parroquianos mientras les servía unas jarras de cerveza. Opté por dejar que Elivyän se encargara de las habitaciones y me dirigí hacia una de las mesas que estaban dispuestas para la cena. Eolion y Arhavir me siguieron, nos sentamos y esperamos a que el elfo se nos uniera.

-   ¿Vais a cenar? –Una voz aguda sonó a mi espalda.
-   ¿Es posible? –Pregunté al tiempo que me giraba.
-   Por supuesto, caballero –contestó sonriendo amablemente. Era una mujer de mediana edad bastante entrada en carnes. Llevaba el pelo recogido en un moño trenzado, un generoso escote que dejaba buena parte de su anatomía al descubierto; un corpiño anudado por delante que hacia juego con su falda en tonos oscuros y un mandil que cubría casi todo el contorno de su amplia cintura- ¿Acompañaréis la cena con vino o con cerveza?
-   Una frasca de vino y una jarra de agua para el muchacho –Arhavir hizo un amago de protesta, pero recapacitó a tiempo-. Trae también una hogaza de pan.

La mujer volvió a sonreír y se alejó hacia la barra sorteando las mesas con total maestría, parecía casi imposible que pudiera pasar entre ellas sin llegar siquiera a rozarlas. Supe más tarde que era la mujer del posadero. Elivyän se nos unió al mismo tiempo que la posadera nos servía una especie de potaje de alubias con arroz y tropezones de atún, que según nos dijo era el plato típico de la ciudad, la frasca de vino y la hogaza de pan crujiente. Aproveché la charla animada de mis compañeros de viaje para evadirme por un momento y, como solía pasarme en cuanto que conseguía desconectar de la realidad, mi corazón volaba hasta Drusila. Me pregunté que estaría haciendo ella en aquel momento. Si como yo, aprovecharía cualquier momento libre para evocar mi recuerdo o si por el contrario me habría olvidado apartándome de ella definitivamente. La idea me hizo estremecer, moví la cabeza intentando alejarla de mi mente. Pero Eolion ya lo había notado.

-   ¿Estás bien?
-   Sólo estoy cansado, necesito coger una cama y dormir doce horas seguidas –respondí con una media sonrisa intentando con ella que la elfa se quedara conforme.
-   No veo el momento de meterme entre las sábanas… bien acompañado –añadió Elivyän con una sonrisa pícara mientras con los ojos me hacía señas para que mirara hacia una joven que se sentaba en una mesa frente a él y que no había parado de sonreírle durante la cena. Le devolví la sonrisa.
-   Más vale que descanses, no quiero demorar la partida más de lo necesario. Mañana compraremos los víveres que nos sean necesarios y después partiremos hacia Assen –puso cara de fastidio y apuró el vino que le quedaba en el vaso.
-   En ese caso, me retiro a mis aposentos. Tomad –nos repartió a cada uno una llave de la que colgaba un pedacito de medara con un numero grabado a fuego-. Buenas noches.

Los demás aprovechamos para retirarnos también, la habitación que ocupaba Eolion estaba junto a la mía, las del elfo y el muchacho estaban situadas al final del pasillo, una frente a la otra. Esperé a que hubieran entrado en sus respectivos dormitorios y después entré también en el mío.

Me quedé parado junto a la puerta mirando la cama, tenía la sensación de que hacía años que no dormía en un colchón bien mullido. Aquella cama con sus sábanas estiradas sin una sola arruga era toda una tentación. Miré a mi alrededor, flanqueando la cama tan sólo dos mesitas gemelas de madera tachonada. En la pared, un par de cuartas por encima de las mesitas, dos apliques con velas eran toda la iluminación que poseía la estancia. En el suelo de madera una alfombra de piel de vaca bien curtida, un banco de madera junto a la pared y un pequeño armario frente a la cama. No era una alcoba lujosa, pero si confortable. Junto a la puerta de entrada, otra puerta daba acceso a un cuartito en el que había una tina de metal bruñido y un lavabo que me recordó al que había en casa de la anciana. Me senté en el banco y no había terminado de quitarme las botas cuando alguien tocó a la puerta.

-   Buenas noches caballero, ¿puedo pasar? -Era una chica de no más de veinte años. Iba cargada con un par de cubos de agua- Me envía Elivyän, mi señor –supongo que la aclaración vendría a consecuencia de mi cara de sorpresa.
-   Adelante –me hice a un lado y le dejé pasar.

Terminé de quitarme las botas mientras la chica llenaba la bañera. Tuvo que hacer varios viajes hasta que dio por concluida su tarea y se despidió deseándome dulces sueños. Me acerqué hasta la tina. El agua aún se movía suavemente como mecida por la brisa en una noche serena. Dejé caer la ropa al suelo y me deslicé dentro de la bañera hasta que el agua me rozó la barbilla. Cerré los ojos y aspiré el aroma de aquellas sales que la doncella había vertido en la bañera tiñendo el agua de un color azafranado y la espuma de un ámbar casi dorado. No sé si fue ese bálsamo o quizá la satisfacción que me estaba provocando el baño, pero lo cierto es que sin darme cuenta mi mente voló hasta  mi casa de Assen aquella noche en la que Vhala volvió de su cacería. Llegó a casa cubierta de sangre, tenía magulladuras y cortes poco profundos en los brazos y en los hombros, y un corte más profundo que le cruzaba la espalda de arriba abajo, desde la nuca hasta una de sus caderas.

-   ¿Qué te ha pasado? –Le pregunté mientras la seguía por los pasillos hasta el sótano, donde comenzó a quitarse la ropa ensangrentada.
-   No es asunto tuyo –contestó cortante.
-   Lo es mientras vivas en mi casa –me acerqué para ayudarla a desabrochar su vestido mientras esperaba una respuesta.
-   Es mejor que no lo sepas. De hecho, cuanto menos sepas sobre mí… mejor.
-   Déjate ya de rodeos, Vhala. He tenido mucha paciencia contigo. Necesito saber que está pasando y vas a contármelo todo –me miró sorprendida-, desde el principio. ¿Quién te atacó la noche en que te encontré malherida?

Se giró hacia mí, alzó una ceja mirándome retadora. Dejó deslizar su vestido hasta que quedó arrugado a sus pies y dio un paso hacia mí dejando atrás la ropa ensangrentada. La miré detenidamente y el deseo afloró a mi piel, pero me contuve. Pasé junto a ella y comencé a llenar la tina. Puse unos polvos que meses antes había comprado en el pueblo, según me dijo la sanadora servían para desinfectar las heridas. El agua se tiñó de un tono anaranjado, agité la mano sobre la superficie para que se mezclara bien con el agua.

-   Estoy esperando –me volví hacia ella y le tendí la mano. Una vez me la había cogido tiré de ella y la conduje hasta la bañera. Hizo un gesto de dolor al introducirse en ella.
-   Esto no era necesario, las heridas estarán curadas antes de que acabe de darme el baño, Valine.
-   No viene mal desinfectarlas de todas formas –acerqué una banqueta con el culo de cuero y me senté junto al baño- ¿Y bien?
-   De acuerdo. ¿Qué quieres saber? –Contestó malhumorada.
-   Todo. Empieza por contarme quién te dejó malherida y tirada en la cuneta. Fueron vampiros, ¿verdad?
-   Sí. Vampiros de otro clan. Para ser sincera, estoy sola.
-   ¿Qué implica exactamente esa afirmación?
-   Mataron al vampiro que me abrazó la misma noche en que desperté a esta nueva vida. Se supone que tu creador debe enseñarte a subsistir entre las criaturas de la noche… Ni siquiera tuve tiempo de enterarme a que clan pertenecía él. En este mundo si estás solo, no tienes posibilidades de sobrevivir.

Dio el baño por terminado y se levantó con la intención de abandonar la bañera. La miré un momento y, como había predicho, sus heridas estaban cerradas, aunque aún estaban ahí. Tomé una toalla y me acerqué. Ella extendió una de sus manos y tomó la mía tirando de mí hacia ella. Cuando quise darme cuenta, sus ágiles manos me habían despojado de la camisa y me acariciaba el pecho despacio. Deslizó suavemente la mano hacia mi cintura. Cerré los ojos. El agua me entró por la nariz, de un respingo me incorporé en la bañera, un poco más y me habría quedado dormido. Abandoné el cuartito tras secarme bien y me dejé caer en la cama. No recuerdo cuando me quedé dormido, pero diría que no habrían pasado más de dos o tres segundos.