Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 31 de mayo de 2011

Libro de Valine 43

La mañana transcurrió tranquila. De cuando en cuando escuchaba los pasitos de la anciana que iban de un lado a otro de la casa, pero no llegó a entrar en el dormitorio. Había decidido no moverme de la cama. Aún estaba abrumado por la información y sólo deseaba poder evadirme por unas horas de la que hacía tan solo un día se había convertido en la realidad más sobrecogedora que jamás hubiera imaginado. Era consciente de que cuando estuviera recuperado tendría que tomar la decisión más difícil que se me había planteado hasta ese momento en mi vida. Inconscientemente quería retrasar el momento todo lo posible. De nuevo tomé la vía de escape más efectiva: Drusila. Sin embargo, ésta vez no pude concentrarme solo en ella. La historia de Nerva me llevó a recordar el día en que encontré a Vhala moribunda. Me pregunté si estaría en aquellas condiciones debido a la guerra entre clanes vampíricos. Quizá la pillaron desprevenida y sola. Y en ese caso, ¿por qué no la mataron? ¿Por qué la dejaron con vida? Tal vez la dieron por muerta, o quizá algo o alguien les había interrumpido. Una idea repentina cruzó mi mente. Fui yo, mi presencia en aquel momento evitó que la mataran. Ahora estaba seguro, después de tanto tiempo me sentí aliviado. ¿Qué habría sido de ella? ¿Seguiría con vida? A pesar de todo lo que sucedió entre nosotros esperaba que estuviera bien. Sin darme cuenta volví a la noche en la que descubrí mi cubículo amueblado por ella.


Me quede perplejo, recorrí con la mirada cada rincón. No podía creerlo, cada detalle me mostraba a una Vhala diferente a lo que yo pensaba de ella. Algo pareció moverse en uno de los rincones más oscuros. Afiné la vista y, efectivamente, había algo al fondo, donde la luz apenas llegaba para iluminar la zona. ¿Quién anda ahí? Pregunté sin esperar que hubiera respuesta, y por supuesto no la hubo. Recuerdo que pensé que sería una rata. Me acerqué lo más sigilosamente posible, volvió a moverse y di un par de pasos hacia atrás. Aguardé durante unos segundos a que la rata abandonara su escondrijo, pero cuál sería mi sorpresa cuando me acerqué despacio y me di cuenta de que lo que se escondía allí no era una simple rata. Vhala dio un paso hacia mí cubierta de sangre. Instintivamente busqué heridas en su cuerpo, después de una rápida mirada supe que la sangre no era suya. Le tendí la mano y ella, tras titubear un momento, la tomó sumisa. Un escalofrió me recorrió la columna al sentir el tacto de su gélida mano. Alcé la mirada hasta encontrarme con la suya. Me miraba con recelo pero, por alguna razón, había cedido a la desconfianza y estaba dispuesta a seguirme. Tiré suavemente de ella y la conduje hasta el cuarto de baño. Me disponía a salir con la intención de dejarle intimidad para que se aseara cuando me di cuenta de que se había quitado la ropa. El agua tibia recorría su cuerpo arrastrando la sangre y tiñendo la tina de rojo. No quería mirarla, pero me sentía incapaz de apartar la mirada de su cuerpo. Extendió lo brazos, invitándome a compartir la ducha. Sabía que si cedía me colocaría en una posición arriesgada. Luché contra mis instintos y he de reconocer a mi pesar que perdí la batalla. No recuerdo cómo, ni en qué momento, pero segundos después estaba con ella, mis manos recorrían su cuerpo a pesar de que mi conciencia no paraba de repetir una y otra vez “no lo hagas, no lo hagas…”. Aquella fue la primera vez que la hice mía.

El pomo de la puerta giro despacio. Cerré los ojos y acompase la respiración. Quería que la anciana me dejara seguir con mis recuerdos, pero aquella mujercita nunca tenía en cuenta lo que yo estuviera haciendo. Realmente se me había pasado el tiempo más rápido de lo que pensaba.

- Levanta, Valine. Hoy vienen tus amigos a comer contigo.

¿A qué amigos se referiría? Si no sabía ni donde estaba, ¿cómo iba a tener amigos allí? Además yo era un hombre solitario, no había vuelto a tener amigos desde que salí de la abadía y dejé atrás al único que realmente podría haber llamado amigo, Kady, mi gato. Obedecí, me senté en el borde de la cama. Mientras me ponía los pantalones, ella me peinaba el cabello. Me puse la camisa limpia y me cale las botas. Me sorprendí a mí mismo cuando me puse en pie, una sola mañana en la cama no era suficiente para que me encontrara tan recuperado de repente. Pensé que quizá la dulce viejita era en realidad una bruja malvada que me alimentaba con alguna doble intención, una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro.

- Me alegra verte de tan buen humor –sonrió también, aunque en el fondo me pareció que me había leído el pensamiento por la forma en que me miraba mientras lo hacía.

- ¿A qué amigos te refieres?

- ¡Oh! Es una sorpresa, siempre tan impaciente –volvió a sonreír y abandonó la alcoba sin cerrar la puerta.


La miré mientras se alejaba, no me había dado cuenta de lo pequeñita que era hasta que la había tenido parada a mi lado. La seguí por el pequeño corredor al que daban cuatro puertas además de la de salida. Una era de mi dormitorio. Justo en frente había otra que supuse que sería el suyo, ya que la que quedaba entre ambas. Estaba entreabierta y podía ver una bañera con patas de la que colgaba una pequeña toalla; el lavabo de madera de haya, con un espejo y una pequeña balda en la que había varios frasquitos de cristal y un cepillo para el pelo. Sobre la tabla que sostenía la palangana y la jarra de loza había también un jabonero con una pastilla de varios colores. A un lado del mueble, colgando de una barrita de madera, otra toalla un poco más grande, y más abajo en otra balda, un cubo de metal blanco lleno de agua. Una jarapa multicolor cubría parte del suelo justo delante de la bañera. Un poco más alejada había otra puerta, la anciana la había dejado abierta. Según me iba acercando me llegó el olor del guiso que se iba extendiendo por toda la casa. Me detuve al entrar en aquel cuarto. A mi derecha estaba el hogar encendido, y sobre el fuego apoyada en unas trébedes, un guiso de carne con patatas bullía dentro de una olla de barro. Pegando con el hogar había un horno de leña en el que se estaba cociendo el pan. Frente a mí una alacena de madera de cedro. La anciana había cubierto las vitrinas de la parte superior con unas cortinas interiores que dejaban adivinar los platos y los vasos de madera y de barro. Sobre la tabla había un cesto de mimbre con los restos del pan del día anterior, una fuente de barro con frutas variadas, una jarra de loza y un par de botellas de buen vino. A ambos lados de la alacena, colgaban sartenes y cazos de cobre de diferentes tamaños. En la pared de la izquierda, centrado con relación al resto del cuarto, había un sofá que parecía estar hecho con trozos de tronco y tapizado de algún tipo de piel bastante ajada. A un lado del sofá, una mesita de la misma madera soportaba el peso de un candil bastante grande y en el suelo junto a la pata del sofá una cesta con labores. En el centro de la estancia había una mesa rodeada por seis sillas. La mesa estaba preparada para cuatro comensales, platos, vasos, cubiertos, una jarra con agua y otra de vino, una ensalada de berros situada justo en el centro y a su alrededor había colocado platitos con queso de cabra, olivas, tocino frito, patatas asadas, un cuenco con alubias y otro con remolacha. En la esquina más cercana a la puerta había un pequeño telar del que colgaba un tapiz sin terminar. Entré hasta el centro y ella me indicó con la mano la silla que presidia la mesa.


Elivyän fue el primero en llegar, he de reconocer que me caía bien y que llenaba la estancia su carácter alegre y despreocupado. Entró como un torbellino, gastando bromas, canturreando, haciéndole la corte a la anciana a la que colmó de besos, para después tomar asiento a mi lado. Estuvimos un rato charlando de trivialidades. El elfo nos contaba sus corredurías amorosas exagerando considerablemente las situaciones en las que se había visto envuelto. La anciana reía cada una de sus locuras como si de un niño travieso se tratara, cuando se abrió de nuevo la puerta. A contra luz solo pude distinguir una figura femenina, no muy alta pero esbelta y bien formada, sin duda era una elfa. La mujer avanzo un par de pasos y la luz del hogar iluminó su rostro. No podía creer lo que estaba viendo. El corazón me dio un vuelco y comenzó a latir al doble de su velocidad hasta el punto que llegué a pensar que se me saldría del pecho. Me levanté como impulsado por un resorte y me acerqué a ella. Acaricié su rostro mirándola a los ojos, me ofreció una de sus mejores sonrisas y en ese momento nos fundimos en un abrazo. No podía dejar de acariciar su pelo mientras la oprimía contra mi pecho.

- ¿Cómo estás, pequeña? –Susurré con apenas un hilo de voz.

- No tan bien como tú –Bromeó mientras se soltaba de mi abrazo. En ese momento le lancé una mirada de reproche a Elivyän que sonreía divertido.

- No te imaginas cuántas veces he soñado con darte un abrazo, Eolion; temía que no hubiéramos llegado a tiempo de salvarte.

- Gracias a los Dioses y a vosotros, no fue así.

Pasé mi mano por su hombro y la llevé hacia la mesa donde nos esperaba el elfo que ya había empezado a dar buena cuenta del queso de cabra. Durante la comida hablamos de diversos temas. A lo largo de la conversación salió el tema de Selil. Me informaron de que nada más dejar a Eolion en manos de los sanadores partió rumbo a Assen y más tarde supieron que después de reunir a su grupo se puso en camino hacia el norte requerida por algún viejo amigo. La velada se alargó hasta el anochecer. La anciana insistió en que se quedaran a cenar, pero ambos se negaron, ya que tenían que regresar hasta el pueblo y el camino era largo. Nos quedamos de nuevo solos, me sentía bien por primera vez desde que había despertado en aquella casa. Volver a ver a Eolion y sobre todo verla recuperada me había insuflado energía, me sentía incluso capaz de regresar a Assen. La idea de volver a casa se estaba convirtiendo ya en una obsesión. No, realmente era una necesidad cada vez más acuciante.

- Abuela, ¿vas a seguir contándome?

- Suponía que estarías cansado, pero si te encuentras con fuerza y te apetece…

- Estoy un poco cansado, pero no podría dormir en este estado. Estoy feliz.

- Bien, entonces vamos a ello –se sentó a mi lado junto al sofá mientras se secaba las manos en el mandil- No recuerdo por donde me había quedado…

- Nos quedamos en la parte en la que Nerva entraba en razón y dejaba de ver a Friéderic.

- Cierto, cierto. Nerva dejó de ver al joven vampiro y durante un tiempo su relación con su padre se consolidó más si cabe. Un buen día los servicios de todos los guerreros del reino fueron requeridos, ya que la capital y en concreto el palacio Real estaban siendo atacado y se necesitaban refuerzos. El destacamento al que pertenecían Beneric y Tolur partió hacia el norte y Nerva se quedó sola en Assen. Poco tiempo después, la muchachita fue informada de que Beneric había perdido la vida en la batalla, había entregado su vida como un auténtico héroe defendiendo a su monarca. Tolur acompañó los restos de su amigo hasta Assen y se encargó de todo lo relacionado con el sepelio. Durante ese tiempo, la joven Nerva no soltó una sola lágrima. Se encerró en sí misma, evitando incluso hablar con el enano. La noche en que los restos de Beneric fueron entregados a la tierra se mostró especialmente abatida, al volver a casa se encerró en su dormitorio y dicen que lloró hasta caer rendida. Lo cierto es que a la mañana siguiente, cuando Tolur fue a buscarla, ella se había ido. La buscaron hasta que al anochecer la encontraron en el cementerio, sentada junto a la tumba de su padre. Desde aquel momento, no pasaba un solo día en el que Nerva dejara de visitar el cementerio. Y fue allí donde retomo el contacto con Friéderic.

- Maldito vampiro –gruñí fastidiado.

- El enano no estaba dispuesto a consentir que volvieran a relacionarse y optó por acompañarla al cementerio todos los días cuando comenzaba a oscurecer. Pero la chica pronto se cansó de la compañía. Ella no quería reconocerlo, y de hecho nunca lo hizo, pero sin darse cuenta se había ido enamorando de Friéderic.

- ¿Enamorando? ¿Pero qué estás diciendo abuela?

domingo, 29 de mayo de 2011

Libro de Valine 42

Intenté conciliar el sueño, pero me fue imposible: toda la información que me había dado la anciana se amontonaba en mi cabeza pugnando por salir, empeñada en no dejarme dormir. Cerré los ojos, me giré hacia un lado, metí la mano bajo la almohada y con los pies ahuequé un poco las sabanas. Era imposible, por más que lo intentaba no podía evitar imaginar a la niña, los dragones, el mal primigenio engendrando a su hijo. ¿Qué habría sido de ese niño? Realmente no me importaba lo que hubiera sido de él. En el fondo deseaba que todo fuera una cruel pesadilla, que cuando abriera los ojos por la mañana todo se quedara en un mal sueño. Evoqué el recuerdo de Drusila la noche antes de mi partida. Sentada junto a la puerta de la terraza, a contraluz, se dibujaba su perfil; recuerdo que en ese momento me embargó una sensación entre cálida y dolorosa. No sé el motivo, ya que sabía que ella era una mujer fuerte, pero Dru despertaba en mí una absoluta necesidad de protegerla. Cuando volviera a casa la tomaría entre mis brazos y, sencillamente, me quedaría así durante horas, tumbado junto a ella con su cuerpo entre mis brazos, aferrándola contra mi pecho. Una sonrisa brotó de mis labios. Volví a cerrar los ojos y poco a poco me fui quedando dormido.

Me despertó el olor a pan y a café recién hechos. Había dormido de un tirón a pesar de las pesadillas que me habían asaltado durante la noche y, aun así, no me apetecía lo mas mínimo levantarme y afrontar otro día que, sin duda, me traería más quebraderos de cabeza. Oí los pasos de la anciana acercarse y cerré los ojos con la esperanza de que al verme dormir no me despertara. La puerta crujió ligeramente al abrirse y la anciana entró cargada con la bandeja del desayuno: pan tierno, lonchas de tocino, huevos revueltos, una taza de café humeante y un zumo de color ámbar bastante espeso. No me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que sentí el olor de la comida. La boca se me hizo agua y sentí que las tripas iban a comenzar a rugir en cualquier momento.

- Buenos días muchacho, ¿cómo te encuentras esta mañana?

Dejó la bandeja sobre la mesita, se acercó a la ventana y corrió la pequeña cortina dejando entrar la luz; por la claridad supuse que ya estaba bien entrada la mañana. Me incorporé hasta quedar sentado. Se acercó de nuevo y, tras extender la servilleta sobre mis piernas, me entregó la bandeja. La observé mientras lo hacía; se había convertido ya en todo un ritual. Sonreí y me dispuse a dar buena cuenta de las viandas que me había preparado. Como ya era habitual, acercó la mecedora y se sentó a mirarme mientras comía aunque, más que comer, devoraba. Creo que disfrutaba viéndome comer, era una manera de comprobar que su esfuerzo valía la pena.

- No sé si quiero escuchar el resto, abuela –ni siquiera levanté la vista para mirarla, esperaba que ella respondiera algo pero se quedó callada-. Toda mi vida me he dedicado a proteger al más débil, en esta ocasión quiero ser… necesito ser egoísta. No puedo alejarme de la mujer a la que amo. No me veo capaz de darle la espalda para ir en busca de Nerva.

Me escuchó en silencio. Yo esperaba algún reproche, pero no fue así: se limitó a mirarme sin cambiar el gesto. Luego, se impulsó con los pies y comenzó a mecerse lentamente.

- ¿No vas a decir nada?

- Es tu decisión –respondió mientras negaba con la cabeza.

- No es justo que se me pida ese sacrificio, la amo profundamente.

- Tú decides, muchacho. Nadie puede forzarte a seguir tu destino.

- De acuerdo –dije con la intención de zanjar el tema. Sabía que nadie podría forzarme a seguir un camino que yo no había elegido y que, de hecho, no elegiría nunca-. Sin embargo, me gustaría que continuaras contándome. Quiero conocer el resto del relato.

- ¿Estás seguro?

- Lo estoy

- Muy bien, continuaré entonces. Déjame pensar… ¿Estás preparado? –asentí- Pues bien, prosigo. Hacía tiempo que para Beneric se había hecho complicado cuidar de Nerva. La pequeña estaba a punto de cumplir los doce años y no se fiaba de dejarla sola cuando se veía obligado a viajar fuera de los límites de Assen. Hacía ya un tiempo que un maese enano llamado Tolur se le había unido en el cuidado de la niña. Y fue él precisamente quien se dio cuenta de que la chiquilla había hecho amistad con un joven recién llegado. Beneric se mostró molesto con esa amistad y prohibió a Nerva que siguiera frecuentándolo. No solo por ser un recién llegado del que no sabía nada, también porque el muchacho rondaría los veintitantos. La diferencia de edad era notable. Ella no protesto, pero tampoco dejó de verlo. Se encontraban a escondidas en los lugares más insospechados, donde a su padre o a Tolur no se les ocurriera buscarlos. Rondaban muy a menudo por las inmediaciones del cementerio. Nerva comenzó a cambiar, ya no era la niña alegre y juguetona, se había convertido en una adolescente difícil para aquellos dos hombres. No sabían cómo afrontar el problema y, después de mucho meditar, decidieron buscar a la madre; quizá hablar con ella les haría bien a todos. Indagaron acudiendo a visionarios, a arcanos poderosos capaces de vislumbrar el futuro o de adentrarse en el pasado. Acudieron a los más sabios del reino… pero ninguno pudo ayudarles. Regresaron a Assen desesperanzados y abatidos por el fracaso. Pero el camino era largo y la noche se les echó encima. Tanto Beneric como Tolur estaban preocupados ante la posibilidad de tener que hacer noche en el camino. Eran hombres rudos acostumbrados a esos menesteres, pero nunca habían viajado con una muchachita. En esas cavilaciones andaban cuando en un recodo del camino dieron con un templo. Al ver a la niña tan cansada decidieron pedir cobijo. El templo estaba dedicado al culto de la Dama Luna, sus sacerdotisas les ofrecieron cobijo y sustento. Aquella noche la luna brillaba mostrando su cara más brillante, una luna que incluso parecía más grande que de costumbre. Después de dejar a Nerva acomodada, Beneric y Tolur decidieron salir al jardín a fumar una última pipa. El jardín del templo se hallaba en la parte trasera, no era muy grande pero tampoco pequeño. En el centro había un estanque rodeado de rosales en flor, en mitad del estanque se alzaba majestuosa una estatua de la Dama Luna y el reflejo plateado se reflejaba en sus aguas. Al fondo estaba separado por una pequeña tapia de piedra en la que habían proliferado los líquenes y el musgo. El resto del jardín se dividía con caminos cubiertos por baldosas de barro cocido y todos ellos confluían en el centro rodeando el estanque. El perfume de las rosas se mezclaba con los jazmines y las madreselvas que cubrían casi por completo las tapias exteriores.

- ¿Tiene importancia cómo era el jardín?

- Realmente no -se echó a reír a carcajadas-. Vale, vale, no meteré florituras.

- Entonces se fumaron la pipa, supongo que se irían a dormir –repliqué con el gesto torcido mientras ella se secaba un par de lagrimillas que se le habían escapado al reír.

- Fumando en silencio estaban cuando algo llamó su atención. La luna comenzó a brillar más fuerte, incluso tuvieron la sensación de que se acercaba a ellos. Una brisa suave les acarició el rostro y para cuando quisieron darse cuenta la silueta de una mujer se materializó ante los ojos asombrados de ambos guerreros. El enano se frotó los ojos varias veces, pero la figura seguía ahí, inmóvil. La dama les sonreía con dulzura. Sus cabellos plateados caían a lo largo de su espalda y hacia delante cubriéndole los senos. Como único atuendo llevaba una túnica blanca con un cordón anudado en la cintura. Sus ojos eran tan claros que parecían no poseer color alguno. Fue el enano Tolur el que reaccionó primero: se acercó e hizo una reverencia exagerada a modo de saludo. La Dama le tendió la mano –Levanta Tolur-. El enano obedeció al instante y se puso en pie. La Dama Luna habló con Tolur, al que otorgó el sobrenombre de Hijo de la Luna. Les avisó de que el muchacho con el que andaba Nerva era un vampiro de la familia de Artanis, y les aconsejó que no la dejaran sola ni un momento: Nerva podría ser la salvadora, pero también la destructora. Les dijo también que el destino la había puesto en sus manos porque eran hombres buenos, y que era responsabilidad de ellos conseguir que la niña no se desviara del camino que tenía marcado. Después de hablar con ellos simplemente desapareció.

- ¿Era la madre de Nerva?

- Así es, ella era su madre. Dicen que antes de irse se acercó y la besó en la frente y que, mientras lo hacía, una lágrima cayó sobre las sabanas cristalizándose al instante. Esa lágrima cuelga del cuello de Nerva desde entonces.

- ¿Nerva siguió viendo al vampiro?

- Regresaron a casa –sonrió-. Durante un tiempo Nerva no volvió a encontrarse con él, volvió a frecuentar a sus amigos. Friéderic, el joven vampiro, siguió intentando contactar con ella durante un tiempo, pero después desapareció, probablemente sumido en el enfrentamiento entre clanes.

- Pues menos mal –respiré aliviado mientras ella sonreía.

Se levantó de la mecedora, se sacudió la falda con ambas manos y tomó la bandeja con los restos del desayuno. Se giró hacia mí y me preguntó si pensaba salir a la terraza a disfrutar un poco del sol. Negué con la cabeza recostándome de lado, no dijo nada, se volvió a girar y se alejó con rumbo a la cocina.

lunes, 23 de mayo de 2011

Libro de Valine 41

Me quedé abrumado por la noticia. Crucé los brazos sobre la mesa y apoyé la frente en ellos. No sé cuánto tiempo pasé en esa postura, dándole vueltas en mi cabeza. La anciana esperó paciente mientras apuraba el resto de la infusión. Cuando hubo terminado dejó la taza sobre la mesa y me miró directamente, pasó la mano por mi cabeza intentando consolarme con ese gesto. Yo no me moví.

- Entiendo que lo tomes así. No sólo es algo que no esperabas, es además una gran responsabilidad. Todo el peso del mundo ha recaído sobre tus hombros, Valine.

Aún tardé un rato en reaccionar. No podía creerlo por más que lo intentaba. Me concentré en dejar fuera a Drusila, pero no podía. Lo único que podía hacer ahora era luchar conmigo mismo ante el dilema que se me presentaba. Por un lado estaba mi conciencia diciéndome que aquella era una responsabilidad sagrada. Y por otro mi corazón, recordándome dolorosamente que probablemente no sería compatible con el amor de mi vida. Había buscado con ahínco la causa de la muerte de mis padres, pero había sido mucho más importante encontrarla a ella.

- Dime, anciana… ¿Qué fue de la niña?

Me miró fijamente a los ojos, sopesando si estaba o no preparado para seguir escuchando la historia.

- De acuerdo, te lo contaré cuando estés listo para afrontarlo. Creo que estás demasiado desolado en este momento como para proseguir con el relato. Ten en cuenta que sobre lo que voy a contarte tendrás que tomar una decisión que será crucial, tanto para tu vida como para la del resto de los mortales.

- Puedo aguantarlo. Cuéntame.

- Está bien. Aguarda un momento.

Se levantó de la mesa y se acercó a mí. Me asió del brazo y tiró para que me levantara. –Vamos, deberías estar descansando- Obedecí a la anciana, me levante sin decir nada y me deje llevar hasta el dormitorio. Me sentí roto, vacío y enfermo. En ese momento tomé una decisión importante. No haría nada sin haber visto primero a Drusila. La anciana me ayudo a meterme en la cama y, como de costumbre, se acomodó en la mecedora junto a mí.

- Comenzaré desde el principio. Como ya te había dicho, Nerva vino al mundo el mismo día que tú. Fue arrebatada de los brazos de su madre a los pocos minutos de nacer y se encomendó a su nodriza que la entregara al cuidado de una sacerdotisa que por aquel entonces vivía en Assen y era probablemente la única que podría protegerla de todos los males que sin duda la asediarían a lo largo de su vida. De camino al pueblo, la nodriza fue asaltada por un grupo de seguidores de Akh’nash’vagma. Malherida y moribunda, consiguió llegar. Al entrar en el pueblo, tan sólo encontró a un guerrero. Aquel hombre se acercó al verla en tan mal estado y ella le entregó a la niña, intento ponerle sobre aviso, pero murió antes de poder decirle que se la entregara a la sacerdotisa. Beneric, ese era su nombre, era un hombre rudo, versado en el arte de la guerra. No podía hacerse cargo de una criatura recién nacida y por ese motivo se dedicó a buscar una familia que pudiera acogerla. Pero en aquel entonces, Assen era más una aldea de gente humilde que un pueblo y no encontraba a nadie que quisiera esa carga. Con el tiempo se fue encariñando con la niña, hasta el punto de que ya ninguna familia le parecía buena. Como imaginarás, Beneric se hizo cargo de ella. La prohijó y le dio su apellido. Sin saberlo, la nodriza le ofreció a la niña la mejor tapadera posible. Durante los años que siguieron, las fuerzas del mal se afanaron buscando el paradero de Nerva, pero a nadie se le ocurrió pensar que la estuviera criando un hombre sin ningún tipo de conocimiento mágico.

Escuché a la anciana con atención, aunque me era imposible quitarme de la cabeza a mi niña. No podía dejar de verla mirándome con sus ojitos tristes cuando le contara lo que la vieja mujer acababa de decirme. No quería ni imaginar la posibilidad de que saliera de mi vida, no podría vivir sin tenerla a mi lado aun cuando estaba lejos. Sabía que me amaba y que llegaría el momento de compartirlo todo, cada segundo de nuestra vida.

- Sigue abuela, no estoy cansado.

- En los años siguientes, Beneric fue educando a Nerva en el camino del bien. Nerva era aparentemente una niña normal, traviesa y alegre. El orgullo de su padre adoptivo que se ayudó de los amigos que vivían cerca de él para criarla un poco entre todos. Mientras, vivían ajenos al peligroso enemigo, que la buscaba sin descanso. Has de tener en cuenta que en el interior de la niña reinaban tanto el bien como el mal, y según la educación que se le diera podría llegar a ser buena o mala. Y no olvides también del gran poder que se le había concedido. Ese poder iba aumentando conforme la niña iba creciendo.

Se quedó callada por un momento, con la mirada perdida en el horizonte, supuse que haciendo memoria. Quizá intentando recordar la historia sin saltarse ningún punto importante.

- Las fuerzas del mal, como te he dicho, la buscaban con la intención de convertirla en una poderosa aliada. Las fuerzas del bien también la buscaban intentando evitar que pudiese caer en manos equivocadas. Y mientras, Nerva seguía creciendo bajo la protección de Beneric y en general todo el pueblo de Assen, al que la pequeña se fue ganando con su manera de ser abierta y cordial.

- ¿Cuándo hablas de las fuerzas del mal, a qué te refieres?

- Diferentes tipos de criaturas poblaron la tierra, pero sin duda las más peligrosas fueron los vampiros. Criaturas letales no solo por su habilidad para matar sino también porque en ellos todo está preparado para atraer a la víctima. Su olor, su voz, todo.

- No todos los vampiros son  criaturas malvadas abuela.

Me miró y torció el gesto.

- A pesar del sentimiento que anida en tu corazón, todas y cada una de esas criaturas son de maligna naturaleza. Cuando el ansia de sangre se apodera de ellos no pueden controlarse, llegando incluso a dolerles físicamente si no se alimentan. Y todos sabemos de qué se alimentan –se quedó callada un momento-. Como te iba diciendo, los vampiros se multiplicaron peligrosamente. Dos poderosos clanes vampíricos se asentaron cerca de Assen. La familia de Artanis y la de Khendra mantenían una relación tirante de continuos desafíos, sin llegar a enfrentarse directamente. La disputa entre ambas familias no sólo se debía a la intención de proclamar Assen como su coto de caza, sino a que, por alguna razón que nunca llegué a saber, Khendra sabía que Nerva vivía en aquella zona. La intención de la vampiresa de hacerse con la niña le nubló tanto el sentido que la llevó incluso a declarar una guerra entre los dos clanes.

- ¿Qué tiene eso que ver con Nerva?

- Espera, no seas impaciente. Es necesario que conozcas también lo que acontecía durante ese tiempo en la tierra.

- De acuerdo, continúa.

- ¿Por dónde iba…? Me cortas y pierdo el hilo, mi cabeza ya no es lo que era –protestó mientras negaba con la cabeza-. Como te iba diciendo, una guerra abierta se declaró entre ambos clanes. Tanto Khendra como Artanis enviaron a sus descendientes en busca de la niña. He de decir, para ser justa, que los hijos de Artanis no eran tan despiadados como los vástagos de Khendra. Con el tiempo la vampiresa fue retada por una de sus hijas que se reveló contra su mandato dándole muerte y convirtiéndose así en su sucesora. No por ello cesaron las hostilidades, todo lo contrario; sigue siendo una pugna que ha perdurado hasta nuestros días. Durante todo este tiempo, las bajas en ambos clanes han sido numerosas pero, pese a todo, los vampiros siguen proliferando.

- ¿Dieron con la niña?

- No, parecía que el destino protegía a la pequeña. Cada vez que uno de los dos clanes se acercaba peligrosamente a la pista del paradero de la niña, el otro atacaba desviando la atención hacia el enfrentamiento. También por aquel entonces una plaga comenzó a difundirse por entre las gentes de las aldeas cercanas. Nunca se supo donde comenzó el brote o quien se dedicó a propagarlo, pero de la noche a la mañana la licantropía se hizo un hueco entre las ya numerosas criaturas de la oscuridad.

- ¿licantropía? He oído hablar de los licántropos, pero jamás pensé que fueran algo más que una leyenda –¿También había licántropos en esta historia? ¿No será que la anciana ha perdido el norte? Me pregunté a mí mismo.

- Sí, hijo, sí. No sólo existen, yo diría que incluso su existencia está directamente relacionada con la de los vampiros. Por algo son enemigos naturales.

Se levantó de la mecedora con un gesto de dolor, como ya venía siendo habitual. Se inclinó sobre mi cama para remeter las sabanas hasta dejarme inmóvil, como hacía cada noche. Me dio una palmadita en la mano cariñosamente y se dispuso a abandonar el dormitorio.

- Ahora descansa, Valine. Mañana seguiremos, si es que eres capaz de conciliar el sueño; tienes mala cara, aún no estás recuperado.

Dicho esto, se giró sobre sí misma y abandonó la alcoba con paso lento e inseguro.

martes, 17 de mayo de 2011

Libro de Valine 40

Me disgustó sorprenderme a mí mismo pensando en ella, aunque tengo que reconocer que durante un tiempo Vhala fue una parte de mi vida. No llegué a amarla, pero llegamos a estar muy unidos y a compartir lecho en numerosas ocasiones. Volví a la noche en la que la vi salir de la casa sin girarse a mirarme, sabía que iba de caza y la idea de no haber hecho nada para detenerla me turbaba. Estuve mucho rato sentado en la oscuridad en la entrada de mi casa, intentando apartar de mí la sensación de culpa. Algún inocente moriría aquella noche porque no había sido capaz de quitarle la vida a uno de los depredadores más mortíferos que existía. En mi desesperación me levanté y me dirigí hacia el sótano, no había vuelto a bajar desde que Vhala se había instalado allí. Según avanzaba por el pasillo, una sensación de desasosiego se iba apoderando de mí.

Al fondo del pasillo había dos puertas, la del cubículo y otra que daba a una habitación que había destinado como trastero cuando reformé la casa. Aquella puerta estaba cerrada con una cadena y un candado grueso. No tenía intención de volver a utilizar aquellos muebles, ni siquiera sabía dónde habría echado la llave. Me sorprendió comprobar que el candado estaba forzado, no había nada de valor en aquella estancia. Pero más me sorprendió comprobar donde habían ido a parar aquellos muebles.

Me quedé parado junto a la puerta. Vhala había recopilado algunos muebles, alfombras, tapices y algunos enseres más y había ido redecorando el cubículo. Había colocado una mesa con un par de sillas e incluso un jarrón de porcelana en el que había depositado una rosa blanca. Sobre el lecho había un colchón de lana cubierto por una cortina que había quitado del salón un par de años atrás y sobre las cortinas la piel de oso que había cubriendo el tálamo. Al otro lado del cubil, frente a la mesa, había colocado un butacón de orejas que había cubierto también con una cortina de brocado, con bordados en plata que hacían que el sillón pareciera incluso confortable. Lo cierto es que después pasamos mucho tiempo acomodados en aquella poltrona. Había colgado también un par de tapices con motivos florales tapando las humedades que rezumaban por las paredes. Y por último había colocado junto al lecho una mesita de noche en la que había uno de mis libros abierto a la mitad, y un candelabro de tres brazos que había echado en falta del comedor. Me sorprendió comprobar que a Vhala le pudiera interesar la lectura, hasta ese momento la había visto como a un animal salvaje, brutal, con una idea fija en su mente: la sangre.

La anciana apareció de nuevo en el porche cargando con un par de cuencos, dos vasos, un par de cucharas y una hogaza de pan blanco. Hice intención de levantarme pero me pidió enérgicamente que me quedara sentado. Obedecí sin rechistar, ya sabía que protestar no serviría de nada con aquella mujer. La ayudé a extender el mantelito, ella dispuso la mesa y volvió en busca del guiso, que desprendía un aroma que te hacia la boca agua. Sirvió un par de cazadas en mi cuenco y luego hizo lo propio con el suyo. Se sentó frente a mí y con la cuchara en la mano me hizo un gesto indicándome que empezara a comer.

- Ten cuidado, viene de la lumbre.

Durante la comida no hablamos demasiado, se limitó a sonreírme de cuando en cuando. Por mi parte, me pasé todo el tiempo intentando abordar la conversación que teníamos a medias, pero tampoco quería forzarla. En ese momento no me di cuenta, pero ahora y después de darle muchas vueltas, creo que ella sabía de mi interés por el tema y en cierto modo disfrutaba haciéndome desear que continuara con su relato. Al finalizar la comida y con los cacharros ya recogidos, tomó asiento de nuevo a mi lado y me acerco una de las tazas de tisana humeante.

- Tienes buen color, tenías razón, la brisa del mar y el solecito te han hecho bien. Y ahora supongo que deseas saber cómo terminó la conversación entre Ishara y Enel’dur –me miró por el rabillo del ojo mientras una sonrisa asomaba a sus labios.

- ¿Disfrutas haciéndome sufrir verdad?

La anciana se echó a reír, era la primera vez que reía a carcajadas, su risa me contagió y me eche a reír también.

- Ciertamente tu interés me agrada. Hacía muchos años que no le contaba una historia a alguien que mostrara tanto interés. Es halagador teniendo en cuenta que he contado cientos de historias en mi vida –Me dedicó una sonrisa dulce-. Déjame pensar… Hm… Ah, sí. Como te decía, sólo un dragón podría reconocer a la niña, un dragón nacido de la unión ente una sierpe y un humano, que además portaría la marca de los dioses. Y tanto el vástago de Akh’nash’vagma como la niña y la cría de dragón habrían nacido o nacerían el mismo día, casi a la misma hora. Por ese motivo el mal primigenio habría movilizado ya sus adeptos para localizar y dar muerte a la niña y al pequeño dragón. Y por ese mismo motivo, Ishara concedió a toda su descendencia el don de poder adquirir forma humana y, de ésta manera, poder mezclarse entre el pueblo sin ser reconocidos.

- La niña, según me dijiste, contaría con el poder del bien y del mal a partes iguales. ¿Cómo puede ser eso?

- En esos momentos no se sabía nada sobre la niña, no quieras adelantarte a la historia, si te cuento el final perderá todo interés –Su malvada sonrisa volvió a asomar a su rostro, sus ojillos brillaban cada vez que conseguía dejarme intrigado.

- De acuerdo. Continúa, abuela.

- Enel’dur regresó a Sartil-Null y se presentó ante la corte. Puso en conocimiento de los monarcas y demás personalidades lo que Ishara le había contado. Comenzó entonces el tiempo de la búsqueda, pero los meses seguían pasando y la búsqueda no ofrecía ningún resultado, el mal seguía creciendo y haciéndose más fuerte poquito a poco. Empezaron a proliferar las criaturas malignas. Vampiros, demonios menores empezaron a multiplicarse en diversos puntos de la tierra. El consejo de monarcas estaba desolado, intentaron combatir el mal con todo lo que tenían a su alcance pero cada día era más fuerte. Mientras, cerca de una abadía que estaba situada en uno de los picos de la cordillera del norte, junto a una aldea de bárbaros poco poblada, en una cueva perdida en la montaña, venia al mundo un bebé, un hermoso niño fruto de la relación entre un humano y una dragona. Se le dio el nombre de Ekykilukyu, que significa “El Protector”. En algún otro punto de la tierra, Anja parió un hijo al que dio el nombre de Akh’nashi’visah que viene a ser algo así como el hijo de Akh’nash’vagma. Y en algún lugar más allá de los planos vino al mundo una preciosa niña fruto de la unión entre un malvado dios de la guerra y una celestial, fruto del amor que aunque resultara imposible se dio entre tan dispar pareja. A esta niña se le dio el nombre de Nerva. El nombre que se le impuso a la niña podría traducirse como La Elegida.

Se detuvo y le dio un gran sorbo a su tisana que ya estaba casi fría. Temí que se detuviera y no continuara contándome la historia, pero tras remover de nuevo el contenido de su taza y apurar lo que le quedaba siguió hablando.

- No es necesario que te aclare que de estos nacimientos no se supo nada en su momento. Es más, hubo de pasar mucho tiempo para que algunos iniciados supieran que el advenimiento de esta peculiar tríada se había consumado.

- ¿Qué fue entonces de los bebés?

- El hijo de Akh’nash’vagma creció junto a su madre bajo la estricta vigilancia de los adeptos de su padre. Este pequeño ser poseía un don peculiar. Absorbía toda la magia que hubiera cerca de él, tanto la arcana como la divina, ni siquiera los objetos imbuidos por los arcanos más poderosos de todos los reinos eran capaces de resguardar la magia de la que habían sido dotados. Su propia madre fue despojada de su magia. Y según iba absorbiendo dicha magia se iba haciendo más poderoso. La niña fue entregada por su nodriza a un guerrero de Assen, que reticente al principio, se convirtió en su protector durante los primeros años.

- ¿Y el dragón?

- El bebé semidragón fue entregado a los monjes que moraban en la cercana abadía. Lo entrego la hermana de su padre que había asistido a la madre en el parto y pudo esconderse con él en un rincón de la cueva en la que vino al mundo mientras sus padres eran masacrados por un dragón de hueso, un dragón enviado por el mal primigenio. Los monjes tradujeron su nombre al común para ocultarlo, lo acogieron y lo criaron hasta que alcanzó la edad adulta para un humano.

Me quedé petrificado al escuchar a la anciana. Me faltaba el aire, quería hablar, preguntar a la anciana… pero no podía articular palabra. Ella se dio cuenta y puso su manita sobre la mía, dando unos golpecitos de aliento e intentado que me calmara. Tardé unos segundos en reaccionar, segundos que se me hicieron eternos.

- ¿Estás insinuando que ese niño soy yo? –Intenté que mi voz sonara serena pero solo conseguí que fuera inteligible. No le di tiempo a contestar-. Es imposible, no tengo ninguna marca de nacimiento.

- No la tenías, pero ahora ya ha aparecido en tu piel. Ese escozor que sentías en el cuello… -Se tocó con la mano la zona del cuello en la que me había puesto el ungüento.

No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Cómo iba yo a ser el protector? Era imposible, lo habría notado de alguna manera antes. ¿Qué iba a ser ahora de mi vida? ¿Cómo encajaba Dru en todo esto? ¿Se suponía que debería alejarla de mi vida para proteger a otra mujer? Eso nunca pasaría. Amaba a Drusila por encima de mi propia vida, prefería morir mil veces antes que perderla.

lunes, 16 de mayo de 2011

Libro de Valine 39

La casa estaba construida al borde de un acantilado de unos 300 metros, desde mi ventana podía divisar una pequeña playa de arenas blancas. El mar se fundía con el cielo y la luna dibujaba sobre el agua un camino de plata que se perdía en el horizonte. A un lado de la casita, una pequeña terraza cubierta por una pérgola de madera de pino desafiaba a la gravedad alzándose por encima del acantilado. Mire hacia los lados y el bosque de robles milenarios se extendía hasta el borde mismo, incluso diría que algunos árboles salían de la misma pared de roca dejando sus copas al alcance de la mano. No existen palabras para expresar lo que sentí en aquel momento, el mar en calma, las olas rompiendo suavemente en la orilla y la luna. Deseé tener a Drusila entre mis brazos con mayor vehemencia que nunca. Dios, cómo la echaba de menos, necesitaba sentir su contacto, acariciar su cuerpo y besar sus labios. Sentía su ausencia de tal modo que incluso me dolía.

Volví a la cama despacio, me recosté sobre las sábanas y crucé las manos bajo la nuca. Cerré los ojos intentando conciliar el sueño. Ésta vez la tisana no había conseguido su propósito, estaba desvelado e inquieto. Me tumbé de lado y metí una de las manos bajo la almohada, antes de darme cuenta la tenía aferrada contra mi cuerpo. Cerré los ojos de nuevo y dejé que los recuerdos afloraran a mi mente, recuerdos felices en los que la tenía entre mis brazos. La anhelaba de tal manera que incluso podía sentir su perfume, ese aroma que te invade cuando ella está cerca, una suave fragancia con toques sutiles de almizcle, ámbar y un toque profundo a vainilla. Instintivamente inhalé una gran bocanada de aire intentando retener su esencia en mi interior, pero fue el olor a tierra húmeda, al musgo que crece entre las rocas, a la resina que resbala por los troncos de los piñoneros, a romero y flores de lavanda entremezclándose con el olor a salitre y a algas que arrastra hasta mi dormitorio la brisa del mar. Abrí los ojos lentamente, fijé la mirada en algún punto del techo y me quedé así durante un rato. El rostro de Drusila fue tomando forma en mi mente poco a poco. Los siguientes minutos los dediqué a recordar su sonrisa, sus ojos tristes llenos de melancolía, su cabello oscuro cayendo en una cascada de rizos por sus hombros y su espalda. Sus labios dulces y suaves que no me cansaría de besar. Sin darme cuenta me fui quedando dormido.

Me despertó un leve carraspeo. Abrí los ojos, medio dormido aún. Elivyän, sentado en la mecedora, me miraba sonriendo de oreja a oreja. Tengo que admitir que me alegró verle, aunque hubiera preferido que me sonriera otra persona. Intenté sonreír mientras me incorporaba pero de nuevo el dolor de la espalda borró la sonrisa de mi rostro.

- Me alegra verte tan recuperado –dijo el elfo con tono de sarcasmo mientras sonreía mostrando todos sus dientes.

- A mí también me alegra Elivyän, entre otras cosas porque así podrás aclararme algunas cosas.

- Vamos, vamos, querido amigo. Ya habrá tiempo para aclaraciones. Dime ¿Cómo te encuentras?

- La verdad, si no fuera por las heridas de la espalda podría decir que bastante bien, aunque me siento bastante débil aún.

- Yo te veo muy bien –de nuevo me mostró todos los dientes-. Sinceramente hubo momentos en los que pensé que no lo conseguirías.

- Aún no sé qué me pasó. Supongo que fue el agotamiento. Lo que no me puedo explicar son las heridas de la espalda y ésta zona del cuello –señalé con la mano el lado derecho de mi cuello casi pegando con la nuca- está áspera y escuece. La anciana me ha aplicado algún tipo de ungüento que me calma bastante.

Charlamos durante un rato de naderías sin transcendencia, hasta que le pregunté si sabía algo de las chicas. Me pareció que se alteraba un poco, aunque supo disimularlo bastante bien y del mismo modo esquivó el tema hablando de otras cosas sin la menor importancia. Cuando Elivyän se hubo marchado y de nuevo me quedé solo en la habitación, me levanté e intenté ponerme la ropa que estaba cuidadosamente doblada sobre una mesita que había pegada al rincón. No había conseguido aún meterme los pantalones cuando entró la anciana. Se quedó parada en el umbral de la puerta con los brazos en jarras y una de sus cejas levantada.

- ¿Qué se supone que estás haciendo? ¿Acaso pretendes que tus heridas vuelvan a abrirse?

La miré intentando poner cara de bueno pero me sentí como un colegial al que pillan copiando en un examen. Sentado al borde de la cama con tan solo media pierna dentro del pantalón.

- Había pensado en salir un rato al porche, el aire del mar me haría bien.

Intenté poner voz de moribundo con la intención de que la anciana sintiera piedad y no se enfadara mucho. Ella cambió el gesto sin quitar la cara de fastidio.

- Puede que tengas razón, déjame ayudarte.

Se acercó y tomó mi camisa, mientras yo terminaba de meterme los pantalones. Me ayudó a meterme la camisa y a llegar hasta el pequeño porche de la casa que sobresalía del acantilado suspendido en el abismo. Me senté en uno de los butacones y ella ocupó el que quedaba libre. Me quedé mirando el horizonte completamente abstraído. La anciana no hizo ninguna intención de sacarme de mi embelesamiento. Durante el rato que pasé así, sólo una imagen ocupaba toda mi mente: Drusila.

- ¿Te encuentras bien? –la anciana rompió el silencio y me hizo volver así a la triste realidad. Ella no estaba a mi lado, no sabía cuánto tiempo tardaría aún en poder abrazarla y estrecharla contra mi pecho. Suspiré y me giré hacia ella.

- Estoy bien, abuela. Termina de contarme la historia –Me miró en silencio intentando recordar por donde se había quedado.

- Está bien. Como te dije ayer, decidieron enviar al druida a hablar con Ishara. El druida reunió todo lo que consideró que le haría falta y se puso en camino. Anduvo durante muchos días hasta llegar a los dominios de la dragona. Enel'dur el druida,  era un hombre alto y fornido, un humano con la cabellera y la barba excesivamente largas, muy guapo. A Ishara le gustó su presencia y ante sus incrédulos ojos adoptó la figura de una mujer humana. Ambos charlaron durante horas y cuando el druida consideró que había llegado el momento pidió a la gran sierpe consejo para enfrentar al mal que comenzaba a asolar la tierra. Ella le hizo saber que Akh’nash’vagma era conocido como el mal primigenio; durante siglos había intentado abrir un portal para entrar en nuestro plano y devastar la tierra, pero para eso necesitaba que unas gotas de su propia sangre se vertieran en el vórtice del portal durante un ritual. La única manera de hacerlo sería a través de un vástago. Le informó además de que si el mal  se estaba extendiendo quería decir que ese hijo ya estaba en la tierra, pero aún no había alcanzado la madurez necesaria para comenzar el ritual. Al preguntarle el druida como podría acabar con el descendiente de Akh’nash’vagma, Ishara le respondió que tan solo una criatura era capaz de matar a la Bestia.

- ¿Una sola criatura? ¿Cuál?

- Una niña. Una niña nacida de la unión entre dos seres superiores; una criatura que contaría con el poder que le otorgarían el bien y el mal a partes iguales. Y tan sólo un dragón sería capaz de reconocer a la niña.

- ¿Qué más le dijo? Cuéntame.

- Tendremos que seguir más tarde –una sonrisa maliciosa asomó a sus labios resecos-. Tengo que preparar algo de comida –dicho ésto se levantó y entró en la casa.

Apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos intentando evocar de nuevo el recuerdo de mi amada, pero en esta ocasión la imagen que se dibujó en mi mente fue la de otra vampiresa, Vhala.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Libro de Valine 38

Me despertaron unos golpes acompasados que sonaban fuera de la casa, al incorporarme en la cama la cabeza comenzó a darme vueltas y sentí un dolor lacerante en mitad de la espalda. Desistí y me dejé caer de nuevo sobre la cama. En ese momento se abrió la puerta despacio y de nuevo el contorno de la anciana se dibujó bajo el umbral. Portaba una bandeja con un cuenco de sopa, un vaso de peltre lleno de vino, un buen trozo de hogaza y un racimo de uvas de color violáceo. Miró hacia la cama y sonrió al comprobar que estaba despierto.

- Has dormido una buena siesta, te va a costar conciliar el sueño esta noche.

Asentí sin pronunciar palabra alguna, no sabía cuánto tiempo había dormido. Por un lado tenía la impresión de acabar de cerrar los ojos, pero me sentía como si hubiera dormido durante horas.

- ¿Quién eres? –era la segunda o la tercera vez que le dirigía la palabra desde que recobré la consciencia. Mi propia voz me sonó desconocida, más grave y más áspera. Supongo que debido al tiempo que llevaba sin hablar.

- Sabes bien quién soy Valine, me estabas buscando –era la anciana elfa, lo había sospechado desde que abrí los ojos. Era cierto, había llegado hasta allí buscándola, pero... ¿Cómo había llegado hasta su casa? Y si me había llevado hasta allí el elfo, ¿dónde estaba Elivyän?- ¿Estás preparado para seguir escuchando la historia?

Asentí mientras me acomodaba. La anciana colocó la bandeja sobre mis piernas después de haber extendido un pequeño mantel sobre el cobertor. Acercó de nuevo la mecedora y se dispuso a seguir contándome la leyenda, no sin antes robar un pellizco de la hogaza de pan que había sobre la bandeja.

- Pues bien, aquél encapuchado se interesó por el asunto que llevaba a la comitiva a pedir ayuda y al conocer el motivo les habló de una maga, una mujer que a pesar de ser muy joven, era una arcana muy poderosa. Les convenció de que aquella joven sería capaz de mover las piedras que taponaban la entrada de la mina, tan sólo con su magia. Esta joven conocida como Anja la Maga, vivía junto al lago en una pequeña cabaña que se ocultaba entre la vegetación, en ocasiones estaba también protegida por la magia. El grupo de delegados puso rumbo a casa de la maga.
Mientras ella continuaba con su relato, sin apenas darme cuenta, había terminado el cuenco de sopa y las uvas. La anciana se levantó y tomó la bandeja, complacida sin duda por mi apetito. Salió de la alcoba con paso lento y al cabo de un rato estaba de vuelta. Se acercó al ventanuco y corrió la cortina. Tomó asiento de nuevo junto a mi cama mientras yo la seguía con la mirada impaciente por seguir con el relato.

- Como puedes suponer, la muchacha se presentó ante la mina y después de conjurar concentrando en las rocas su mágico poder, consiguió despejar la entrada. En el momento en que las piedras cedieron todos los seres que allí se hallaban cayeron rendidos por un extraño sopor que los sumió en un profundo sueño. Cuando despertaron la maga había desaparecido y no se supo más de ella hasta un tiempo después, pero eso te lo contare en otra ocasión.

- ¿Por qué en otra ocasión? No, no, no, cuéntamelo ahora.

- Estás convaleciente, debes descansar y el cielo ya está oscuro desde hace un rato.

- Pero no estoy cansado –protesté haciendo especial hincapié en el no.

La anciana sonrió. Se acomodó de nuevo en la mecedora impulsándola ligeramente con los pies, de manera que empezó a mecerse suavemente.

- De acuerdo muchacho, pero sólo un rato más. ¿Por dónde me había quedado?

- Te has quedado en la desaparición de la maga

- Cierto. Pues bien, durante el tiempo que los aldeanos estuvieron inconscientes, la joven maga fue entregada mediante un ritual a un poderoso demonio llamado Akh’nash’vagma. Durante el ritual de invocación, se llevaron a cabo diversos sacrificios, a cual más cruel y sangriento. El demonio forzó a la muchacha dejándola maltrecha y en cinta.

- ¿El demonio quería tener descendencia?

- Así es –asintió- Necesitaba un descendiente de su propia sangre que llegado el momento abriera un portal. Un portal dimensional que diera paso al advenimiento del mal primigenio. Este mal, se extendería por toda la tierra acabando con todo lo que tenga vida. Arrasando no sólo a los humanos, los enanos o los elfos, sino a todo ser viviente, tanto animal como vegetal. Convirtiendo así este mundo en uno más de los infiernos conocidos hasta hoy.

- ¿Qué pasó con la maga?

- Espera, espera, no seas impaciente –se levantó de la mecedora trabajosamente-. Tengo la boca seca, iré a preparar un té de lavanda, nos ayudará a coger el sueño. Ya soy vieja, si no tomo mi infusión no puedo cerrar los ojos y mis viejos huesos se resienten si no descanso.

- No quiero infusiones, quiero saber qué pasó después.

Se echó a reír y después de ignorar por completo mi petición, salió del dormitorio mientras yo protestaba airadamente. Durante el tiempo que pasé esperando iracundo el regreso de la anciana, volví a escuchar los golpes acompasados fuera de la casa. Eso me distrajo por un momento. No podía identificar el sonido, no se parecía a nada que hubiera escuchado anteriormente, sonaba durante un rato y luego paraba, pasados unos minutos volvía a repetirse, pero sin coincidencia entre la cantidad de golpes o el tiempo que duraba el silencio. Estaba desconcertado dándole vueltas cuando apareció de nuevo la anciana con su ya habitual bandeja y las tazas humeantes que desprendían un aroma dulzón. La observé mientras repetía una especie de ritual cada vez que iba a sentarse. En ese instante me di cuenta de que ni siquiera sabía su nombre.

- Abuela –le dije, observando atentamente su reacción- aún no me has dicho tu nombre y sin embargo tú conoces el mío.

- Abuela está bien –sonrió complacida con la ocurrencia-, puedes llamarme así si lo deseas.

Me tendió las dos tazas mientras ella volvía a sentarse en la vieja mecedora que crujió ligeramente al sentir su peso. Extendió una de sus manos y le pase la taza con cuidado de que no se derramara el líquido sobre la cama. Removió su contenido despacio, pensativa, supongo que mientras intentaba darle forma a la historia que me estaba contando.

- Nadie echó en falta a la joven maga o quizá pensaron que después de usar su magia se había marchado. El caso es que nadie la buscó. Durante los meses que siguieron a la desaparición de Anja y según iba pasando el tiempo, la criatura que la maga estaba gestando iba cobrando fuerza. El mal comenzó a ejercer su influencia y a extenderse por la tierra. Empezaron a surgir criaturas de la oscuridad en diversos puntos del mundo, llegando incluso a masacrar pequeñas aldeas. Se convocó una asamblea de regentes, a la que acudieron también los más sabios de todos los reinos, poderosos arcanos, clérigos y santeros, monjes y paladines, todo aquél que pudiera aportar una posible solución fue invitado.

Dio un sorbito de su tisana y puso gesto de dolor, sin duda seguía demasiado caliente. De nuevo regresaron los golpes acompasados.

- ¿Qué es lo que suena?

- Un pájaro maravilla, está preparando su nido.

- ¿Dentro de una casa? Pensaba que solo lo hacían en los troncos de los árboles.
- Así es, picotean los troncos de los arboles hasta hacer un hueco donde cobijarse y depositar los huevos. Esta pareja regresa año tras año, limpian el nido antes de reutilizarlo.

- Cuéntame mas

- ¿Sobre los pájaros? Pues no sé mucho más.

- ¡No! –exclamé, y los dos nos echamos a reír al tiempo.

- ¿No crees que ya es demasiado tarde? Las lunas ya están altas en el cielo.

- ¿Estás cansada?

- Desde luego, siempre lo estoy. Ya no es como antaño, cuando era una buena moza –una sonrisa nostálgica afloró a sus labios iluminando sus ojos ajados durante un momento-. Bueno, pero sólo hasta que termines el té de lavanda.

Asentí, me llevé la taza a los labios para demostrarle que estaba dispuesto a obedecer, pero tan sólo me los mojé ligeramente. Se dio cuenta y volvió a sonreír, pero ésta vez su sonrisa era de complicidad.

- Entre los invitados al evento, había un ermitaño, un druida que hacía varias décadas se había retirado a una pequeña cabaña en mitad del bosque y sólo bajaba al pueblo para comprar víveres o semillas un par de veces al año. Había dedicado su existencia al estudio y a la unión con la naturaleza, se decía que era capaz de comunicarse con las bestias que poblaban los bosques. También se decía que era un tanto desequilibrado a consecuencia de la eterna soledad en la que se había sumido. Años atrás había sido uno de los consejeros de la corte hasta que decidió retirarse. Las malas lenguas decían que se enamoró perdidamente de la reina -me miró a los ojos y los suyos brillaban con cierta picardía, contuvo la risa y prosiguió con su relato-. Por aquél entonces, como ya te había dicho, los reinos se hallaban en un largo periodo de paz, bajo la protección de las grandes sierpes. Los dragones se mantenían en sus dominios, sin ser molestados por criatura alguna. Éstas criaturas habían sido creadas por los dioses benevolentes con la intención de que preservaran los valores de la vida. Así pues, si no recuerdo mal, una dragona negra llamada Ishara, que era la primera madre, protectora del viento. Regía sobre sus hijos que llegaron a ser ocho: Gorbash, el Rojo, Sierpe del Fuego; Arkalas, el Verde, Sierpe de la Tierra; Scarnaz, el Azul, Sierpe del Agua; Arkon, el Blanco, Sierpe del destino; Lazerus, el Áureo, Dragón del Sol; Seldune, la Argéntea, Dragona de la Luna; Termen, el Broncíneo, Dragón del Juicio; Mastria, la Cobriza, Dragona de la Magia; Kalender, el Ocre, Dragón del Tiempo. Se decía que Ishara era muy sabia y fue por ese motivo que por unanimidad en el concilio de los regentes se acordó mandar al ermitaño a pedir consejo a la gran sierpe.

Enlazó los dedos de ambas manos, dejándolas reposar en su regazo. Después, se meció de nuevo impulsándose ligeramente con los pies.

- Tendremos que dejar el resto para mañana, estoy realmente cansada. Necesito reposar unas horas.

- Vale –dije con desagrado, ya que no deseaba tener que esperar hasta el día siguiente. Pero realmente ella necesitaba descansar, era muy mayor y llevaba en pie muchas horas. Se levantó de la mecedora, esta vez no pudo disimular un leve gesto de dolor.

- Estas piernas... –se quejó al tiempo que negaba con la cabeza- buenas noches.

Salió y cerró la puerta tras ella. Intenté levantarme de nuevo. Ésta vez mi cuerpo me acompañó en el intento. Aunque el dolor en ambos lados de la espalda volvió a lacerarme, conseguí levantarme de la cama. Me acerqué a la ventana y corrí la cortina. Era noche cerrada, pero aún así no podía creer lo que estaba viendo.

martes, 10 de mayo de 2011

Libro de Valine 37

Una vez hubo terminado de recomponer las sabanas, tomó asiento acercando la mecedora al tiempo que se sentaba; de tal manera que las rodillas rozaban con la ropa de la cama. Tomó mi mano entre las suyas, aun hoy puedo recordar el contacto de aquellas manos que aferraban la mía como si de ello dependiera su propia vida. Levanto la mirada para mirarme directamente a los ojos, en ese momento pude sentir como aquella mujer de rostro afable y carácter hosco escudriñaba cada rincón de mi mente. Intente zafarme de la opresión que ejercía sobre todo con una de sus manos mientras con la otra palmeaba despacio el dorso de la mía. Indagó en mi cerebro hasta que encontró lo que buscaba, durante la búsqueda su rostro cambio de expresión en varias ocasiones pero al cabo de tan solo unos segundos dio por concluida la exploración.

- Voy a contarte una historia -dijo mientras se echaba por los hombros el echarpe de lana que había dejado un momento antes con el resto de la ropa, sobre mis pies.

Me acomodé entre las sabanas y apoyé de nuevo la cabeza sobre los almohadones dispuesto a escuchar, ya que estaba seguro de que no tenía otra opción.

- Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años –se detuvo un segundo, tomó las gafas y comenzó a limpiar las lentes muy despacio con el borde de su mandil, supongo que con la intención de hacer de aquel relato una historia interesante. Aunque a mí en aquel momento no me interesaba nada de lo que aquella anciana pudiera narrarme- las distintas razas que habitaban estas tierras vivían en armonía, era un periodo de paz entre los pueblos que venía durando ya varios centenares de años. En las tierras del norte que lindaban con los bosques élficos, se hallaba situada una pequeña aldea, conocida en todo el reino por sus minas. Minas que salvando las minas de los reinos enanos, eran las más importantes del reino. En aquellas cuevas se minaban piedras preciosas de todo tipo, pero sobre todo, aunque en menor medida, se obtenían esmeraldas, las más puras de todos los reinos conocidos y era por eso que esa pequeña aldea fue adquiriendo relevancia.

Se detuvo de nuevo mientras hacía intención de levantarse de la silla, para ese momento tengo que admitir que la anciana había captado mi atención. La observe mientras se levantaba con bastante esfuerzo, hice intención de protestar pero con un gesto de su mano me indicó que tuviera paciencia. –Te voy a traer un té de lavanda, te ayudara a conciliar el sueño- la mire mientras se alejaba con su caminar lento e inseguro. Pensé que aquella anciana me había adoptado como al nieto que nunca tuvo, una sonrisa afloró a mis labios ante esa idea. Al cabo de un rato estaba de vuelta con una bandeja de madera y sobre ella dos tazas humeantes, un par de cucharillas del mismo material y un par de servilletas de color vainilla que tenían bordadas dos iniciales: AM. Me ofreció una de las tazas después de remover con energía el contenido, antes casi de que la hubiera cogido la anciana había extendido sobre mis piernas la pequeña servilleta. Di un sorbo con precaución, primero porque estaba muy caliente y segundo porque no esperaba que me gustara, me sorprendió su sabor ligeramente dulce. Ella sonrió y prosiguió con su relato removiendo el suyo de cuando en cuando.

- ¿Por dónde iba?... ah sí. Un buen día, a la hora del almuerzo, cuando las mujeres de la aldea se habían acercado a las cavernas para llevar el alimento a sus maridos, hubo un movimiento fuerte en la tierra, un terremoto que se dejó sentir incluso en otras aldeas bastante alejadas. Este temblor provocó un desprendimiento que sepulto allí dentro a la mitad de los habitantes de la aldea. Pero cerca de la entrada se hallaba en aquel momento un anciano que por estar lisiado se había retrasado en llegar con el almuerzo para su hijo. Y fue precisamente él el que dio la voz de alarma en la aldea. Los aldeanos ante la imposibilidad de retirar la montaña de rocas que… -se detuvo para beber un sorbo de su té, yo la imite sin apartar la mirada- había tapado la entrada de la mina, acudieron a pedir ayuda a la aldea más cercana. Enviaron una delegación pero justo antes de adentrarse en los bosques un encapuchado enjuto se les cruzo en el camino.

Tengo que admitir que para aquel momento el relato contaba con toda mi atención, no tenía claro a donde quería llegar mi recién estrenada abuela pero la historia había conseguido intrigarme. Aun así, muy a mi pesar, hacia un rato que los parpados me pesaban demasiado, me costaba mantenerme despierto y sobre todo centrado en la narración. La mujer volvió a sonreír, retiro la taza de mis manos y me acomodo los almohadones. Segundos después dormía profundamente.

viernes, 6 de mayo de 2011

Libro de Valine 36

Volví a llamarla un par de veces más, después guardé silencio esperando escuchar sus pasos, sin pararme a pensar que Drusila no hacia ningún ruido al caminar. Cerré los ojos para evocar su imagen. Cada día que pasaba me costaba más visualizar su rostro en mi memoria, el tiempo que habíamos pasado separados se me antojaba una eternidad. Por fin comenzaban a dibujarse sus ojos y su sonrisa cuando el pomo de la puerta comenzó a girar. Mantuve la respiración, la sola idea de contemplarla ante mí, de poder extender la mano y rozar su piel, me hacía estremecerme. La puerta se abrió despacio, la penumbra que reinaba en la alcoba no me dejaría contemplarla con total nitidez, pero eso era lo que menos me importaba en ese momento. La puerta se abrió lentamente, la tenue iluminación que provenía de la habitación contigua dibujó una silueta en el umbral de la puerta. Sentí como mi alma se hacía pedazos al comprender que aquella figura no se correspondía en absoluto con la de la mujer que amaba. Por el contrario, era el contorno de una mujer entrada en carnes, encorvada y sin duda peinaba canas desde hacía varias décadas. Tuve que tragar saliva varias veces para no echarme a llorar como un niño. No sólo ansiaba tenerla entre mis brazos, la necesitaba para poder seguir viviendo. Supongo que la anciana se dio cuenta de mi lucha interior. Sin mediar palabra alguna se puso doblar la ropa que había sobre la mecedora, que crujió ligeramente al rozarla. Negó repetidas veces con la cabeza, sin llegar a mirarme en ningún momento, antes de dirigirse a mí.


- Al menos podrías disimular, o mostrar un poco de gratitud muchacho –refunfuñó en un tono cortante.

- Tienes razón mujer, no es digno de mí mostrarme tan grosero, ¿podréis perdonarme? Estoy un poco aturdido aún –las palabras sonaron a lo que eran, una burda excusa.

Se detuvo un momento para mirarme y acto seguido volvió a sus quehaceres doblando la ropa con extrema meticulosidad. Cuando hubo terminado se giró hacia mí con el montoncito de ropa abrazado como si fuera su bien más preciado.

- Está claro que te encuentras mucho mejor, al menos tus pulmones han recobrado toda su fuerza; no entendí bien a quien llamabas.

- A Drusila.

Se me quebró la voz al pronunciar su nombre. No tenía la menor idea de quién era aquella mujer, ni de por qué motivo ocupaba yo una de sus alcobas. Me dolía tremendamente la cabeza y no conseguía liberarme de esa sensación de opresión y sopor que había experimentado desde que abrí los ojos un rato antes.

- ¿Quién eres? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estoy?

- ¡Vaya! Sí que te has despertado curioso

No puedo asegurarlo, pero en ese momento me pareció contemplar como asomaba una media sonrisa a sus labios. La anciana arrimó con bastante dificultad la mecedora hasta la cama y tomó asiento a mi lado. Había dejado el hatillo de ropa a los pies de la cama, apoyado sobre mis piernas de tal manera que si me movía caería al suelo irremediablemente. Se centró en colocar las sábanas, tiraba de ellas con tanta fuerza que pensé que cederían haciéndose girones. Después las remetió bajo el colchón. Me recordó a mi niñez, cuando el hermano Kiel me obligaba a meterme en la cama temprano y se aseguraba de que no me moviera de alli remetiendo la ropa de tal manera que parecía que me había atado al camastro. Mientras la anciana se afanaba en colocar mi cama la observé en silencio, las arrugas de su rostro mostraban que era una mujer de edad bastante avanzada, llevaba el pelo trenzado a ambos lados de la cabeza, dejando el resto de la melena suelta. Sus ojos rodeados de arrugas marcadas dejaban entrever que habían conocido épocas mejores e incluso que habían sido unos ojos muy bonitos. Me llamó la atención el color de sus ojos, no estoy seguro de que fueran de un verde muy pálido o de si se veían así porque habían perdido el brillo a consecuencia de la edad; era obvio que no veía demasiado bien. Me pregunte por qué motivo no llevaría puestas las gafas que colgaban sobre su pecho atadas con un cordón de cuero trenzado.