Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

jueves, 30 de junio de 2011

Concurso Literario Cronicas de Ritteller




-          El Alma del Vampiro – Poppy Z. Brite. (Novela nominada a los premios Locus, Stoker y World Fantasy)
Tres bebedores de sangre llegan a un bar de Nueva Orleans para entregarse a una noche de desenfreno y lujuria. Cuando se marchan, su líder, Zilliah, deja detrás a una joven adolescente, embarazada de un vástago cuyo nacimiento habrá inevitablemente de significar su muerte. Esta es la historia de un chico llamado Nada, que nació hijo de un vampiro y que abandonará su hogar buscando su identidad y su auténtica familia.

Un intenso, tenebroso y estremecedor viaje a la imaginación de la maestra del terror más oscuro. Una iniciación en el inquietante mundo de la autora que ha recibido la aclamación de la crítica internacional y los elogios de los más importantes escritores del género.


<<En un momento en que parece que ya no se puede hacer casi nada nuevo con el mito del vampiro, Brite le infunde una pasión incontenible, una sensualidad y una riqueza que le llegarán hasta lo más profundo del corazón>> -CyberDark.
-          La Dama Número Trece – José Carlos Somoza (Best-Seller)
Salomón Rulfo, profesor de literatura en paro y gran amante de la poesía, sufre noche tras noche una inquietante y aterradora pesadilla. En sus sueños aparece una casa desconocida, personas extrañas y un triple asesinato sangriento, en el que, además, una mujer le pide ayuda desesperadamente. Por este motivo, Salomón acude a la consulta del doctor Ballesteros, un médico que le ayuda a desentrañar el misterio de los sueños y le acompaña en lo que se convertirá en un caso mucho más terrible y escalofriante que cualquier fantasía: el escenario del crimen es real y la mujer que pide socorro a gritos fue realmente asesinada.

En compañía de una joven de pasado enigmático, el doctor y un ex profesor de la universidad con el que mantiene una relación compleja, Salomón se adentrará en un mundo donde las palabras y la poesía son un arma de gran poder. En ese mundo, habitan las doce damas que controlan nuestro destino desde las sombras… o ¿son trece brujas?
Con La Dama Número Trece el autor hilvana con destreza y elegancia una fascinante historia de intriga, en la que desafía la inteligencia y fantasía del lector.


<<Un aquelarre que une la intriga de lo sobrenatural con un terror a veces escalofriante.>> -La Razón.


Bases del Concurso:
1.       Podrá participar cualquier persona mayor de edad; si eres menor y quieres participar, por favor, asegúrate de contar con el consentimiento de tus padres.
2.       Es obligatorio ser seguidor del blog para participar (si no lo eres, puedes hacerte en éste mismo momento sin problema ;)
3.       Deberás dejar un comentario en ésta misma entrada dejando tu Nick (con el sigues éste blog), los libros sorteados por orden de preferencia, un mail de contacto y el recuento de puntos extra (si los hubiera).
4.       El sorteo comienza hoy, día 30 de junio y finaliza el día 1 de agosto a las 23:59 (hora peninsular).
5.       El sorteo es INTERNACIONAL (a tener en cuenta que los libros están escritos en español).
6.       Se dará a conocer el ganador/a del sorteo a lo largo del 2 de agosto.
7.       Los ganadores serán elegidos a través de un sorteo al azar mediante la página Random.org
Premios:
1.       Primer Premio: Uno de los dos libros (a elegir por el ganador) + Regalo Sorpresa
2.       Segundo Premio: Libro restante.


Puntos Extra:


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viernes, 24 de junio de 2011

Libro de Valine 47

Seguimos avanzando durante varias horas, el camino serpenteaba siguiendo el cauce del rio y a pesar de que sus aguas parecían haberse tranquilizado bastante, la orilla seguía igual de peligrosa. Por la luz que se proyectaba a través de las espesas copas intuimos que el cielo se había ido oscureciendo poco a poco, necesitábamos un sitio donde acampar antes de que anocheciera del todo. El camino se alejó de la orilla para bordear un montículo que se alzaba obligando al rio a dibujar una curva pronunciada, invadiendo además parte del camino, al girar en el recodo pudimos ver unos metros más adelante como el rio se abría en un pequeño remanso poco profundo, allí las aguas corrían lentas, tanto que el movimiento era casi imperceptible. La zona de la orilla que habíamos ido bordeando, se transformaba en una pequeña playa de arena blanca y fina. Nos detuvimos al comprobar que el claro ya estaba ocupado, una familia de gitanos había acampado junto al rio, no teníamos idea de cómo nos recibirían pero lo cierto es que a juzgar por lo que podíamos adivinar mirando el camino que se perdía serpenteando entre la maleza, aquel parecía ser el único sitio donde poder pasar la noche. Avanzamos despacio, con precaución. Los gitanos tenían fama de ser poco amigables con los desconocidos, de cualquier manera el claro no era de su propiedad podríamos llegar a un acuerdo y ocupar la parte más alejada del rio, junto al camino. Los primeros en detectar nuestra presencia fueron los niños, corrieron hacia las carretas que estaban dispuestas en semicírculo mirando hacia el rio, en el centro habían encendido una hoguera con cuatro palos gruesos de los que colgaba un puchero, el aroma del guiso llegó hasta nosotros y recuerdo que la boca se me hizo agua. Las mujeres que andaban en sus quehaceres se quedaron paradas mirándonos sorprendidas, una de las más ancianas desapareció por la portezuela de la carreta y al poco rato el patriarca salió y se quedó parado junto a la puerta. Mientras nos acercamos a él me fijé en una de las muchachas, era una mujer muy joven de larga melena oscura que enmarcaba su rostro de piel bruna. Me miró y sentí como si pudiera leer en mi alma, aquellos enormes ojos negros de mirada serena me turbaron y aparté la mirada.
-    Saludos viajeros –La voz del patriarca sonó ronca pero amigable- ¿Os dirigís a los acantilados?
-    Así es, buscábamos un lugar donde hacer noche –respondí procurando que mi voz sonara también los más amistosa posible.
-    ¿Vais a quedaros mucho tiempo?
-    Solo hasta el amanecer, partiremos con las primeras luces del alba.
-    Entonces, acompañadnos caballeros, nos agradará compartir nuestra comida.
Hizo un  leve gesto con la mano y un par de muchachos se acercaron a los caballos, tomaron las riendas después de que desmontáramos y se alejaron con los caballos hacia un cercado improvisado en el que también guardaban sus propios caballos. El anciano se encaminó hacia una mesa que habían preparado a la sombra de los chopos. Le seguimos en silencio mientras los niños rodearon a Eolion admirados por su espada de doble filo que parecía brillar con luz propia. El gitano tomó asiento en la cabecera de la mesa y nos invitó a sentarnos junto a él. Me fijé entonces en la mesa, era grande, como para ocho o nueve personas. Un poco más alejada había una mesa más pequeña en la que sentaron a los niños. Junto al patriarca se sentó una anciana, después supimos que era su madre; junto a ella los hijos y yernos y después las mujeres más jóvenes que se ocupaban de atender las mesas. Frente a mí, en la esquina más alejada de la mesa, estaba sentada la muchacha; era una de las nietas del patriarca, que no contaría con más de 18 años. Llevaba el cabello suelto, pero lo había sujetado a los lados con unas peinetas de pedrerías que brillaban al reflejar las luces de las antorchas.
Algún que otro mechón de su pelo le acariciaba suavemente los hombros que su blusa dejaba al descubierto. Ceñía su cintura con un corpiño negro anudado por delante; los cordones resaltaban entre el colorido llamativo de su falda. Casi todas las gitanas vestían como ella, pero aquella muchacha poseía un cuerpo casi perfecto. Recuerdo además su risa, era una risa alegre que destacaba sobre las demás. Sin duda era una mujer muy hermosa, al contemplarla pensé que aquella joven gitana rompería más de un corazón durante su vida y me alegré de que el mío ya tuviera dueña.
Las muchachas más jóvenes nos sirvieron la comida. Trajeron los cuencos servidos con un guiso de arroz con habichuelas, en el centro de la mesa dejaron un par de boles con ensalada de berros, había también un plato de madera con un queso artesano, algunas sardinas arenques aderezadas con ajo y aceite, varias jarras de barro llenas de vino tinto y varias hogazas de pan. No sé si la comida me pareció tan buena porque no habíamos probado bocado en todo el día o porque lo estaba realmente, el caso es que no dejamos ni un solo grano de arroz. El patriarca parecía complacido con nuestro apetito aunque no cambió el gesto durante toda la cena.
-    ¿Por qué habéis decidido hacer la travesía de los Riscos? –la voz ronca del gitano me saco de mi reflexión.
-    Vinimos hasta Telvêrnia por la garganta de los grifos, fue un viaje complicado que casi le cuesta la vida a mi amiga –señalé a Eolion y ella respondió a mi gesto con una sonrisa.
-    Entiendo. No he seguido nunca esa senda, pero he oído hablar de ella largo y tendido –en ese momento miró hacia Eolion que, entre cucharada y cucharada de guiso, charlaba animadamente con una de las mujeres que tenía sentada a su lado- ¿Esa mujer es la tuya?
-    No, no lo es. Sólo es una amiga y una buena compañera de viaje –pareció sorprenderle mi respuesta- ¿Lucha a tu lado?
-    Así es, es una de las mejores guerreras que he conocido.
-    No está bien que las mujeres luchen –dijo mientras negaba con la cabeza- No señor no lo está, las mujeres deberían cuidar de sus hombres y de los hijos que este le dé.
-    No todas las mujeres se conforman con eso, amigo –sonreí condescendientemente, a lo que él respondió con un gesto de desagrado.
-    Si no es tu deseo compartir con ella el lecho, podrá dormir en la carreta de mi madre –asentí-. Vosotros podéis usar la carreta que hay junto a los caballos, es la de los aperos; como podrás suponer ahora está vacía.
-    No queremos importunar, podemos dormir en cualquier sitio.
-    No es muy cómoda, pero es mejor que dormir a la intemperie –para ese momento las jóvenes ya habían retirado los platos sucios y el resto de la comida.
El patriarca se levantó y se acercó al fuego del que habían retirado los cuatro palos, quedando tan solo la hoguera. Encendió una pipa y nos ofreció el tabaco que rechazamos amablemente, ya que ninguno fumábamos. Nos sentamos alrededor del fuego formando media luna. Uno de los hijos del gitano comenzó a tocar el acordeón y pocos minutos después las jóvenes surgieron de entre las sombras bailando al son de la música. El espectáculo era increíble, las faldas multicolores de las muchachas giraban refulgiendo con la luz de las llamas, la multitud de pulseras que llevaban en las muñecas y tobillos tintineaban como campanillas acompañando los movimientos rítmicos y a la vez sensuales de los cuerpos de aquellas mujeres. El baile, los canticos y las risas continuaron hasta altas horas de la madrugada, después nos retiramos a dormir medio borrachos y agotados.
Me despertó el revuelo que se escuchaba fuera de la carreta. Corrí ligeramente la cortinilla que cubría el único ventanuco que además estaba situado prácticamente en el techo, estaba amaneciendo. Me levanté de un salto, me metí los pantalones y me calé las botas mientras abandonaba el carromato a la carrera.
-    ¿Qué ha pasado? –pregunté una y otra vez a cada uno de los gitanos con los que me iba cruzando mientras me terminaba de poner la camisa. Sólo podía escuchar el llanto de los niños y de una de las mujeres que parecía desconsolada. Al fondo junto a la puerta de una de las carretas estaba Eolion envuelta en una manta de color pardo.
-    ¿Qué ha pasado? –volví a preguntar. La elfa me miró: en su cara se dibujaba un gesto de disgusto.
-    Aleshia ha desaparecido de su camastro –sentenció, como si yo tuviera que saber quién era Aleshia
-    ¿Quién?
-    La nieta mayor del patriarca. La joven a la que no dejaste de mirar anoche con cara de tonto.
-    ¿Yo? ¿Pero qué tonterías dices? Me gustaba su ropa –aseguré cargado de razón- ¿Qué quieres decir con que ha desaparecido?
-    Pues eso, que no está en su carreta. Lo más preocupante es que nadie ha oído nada, ni un solo ruido.
Me acerqué a la anciana que se giró a mirarme, fue entonces cuando me di cuenta de que sus ojos eran completamente blancos. ¿Cómo había sido posible que no lo hubiera notado hasta ese momento? Me quedé paralizado y fue ella la que se dirigió a mí.
-    Ayuda a mi hijo a buscarla, eres un ser poderoso; la magia corre por tus venas. Búscame a la niña y estaré en deuda contigo eternamente, dragón.
Asentí sin darme cuenta de que la anciana no podía verme. Busqué a Eolion con la mirada, pero ya no estaba. Me uní al resto de los hombres que ya habían formado varios grupos. Elivyän y Eolion ya estaban allí. El patriarca dio la orden y comenzó la búsqueda de la muchacha. Después de varias horas buscándola volvimos al campamento. El elfo me había susurrado la posibilidad de que la chica hubiera abandonado la caravana por voluntad propia, desde luego era una posibilidad pero muy remota. No podía creer que la muchacha hubiera abandonado a su familia en aquel paraje inhóspito; si pensaba hacerlo, ¿no hubiera sido más sensato esperar a llegar a Telvêrnia? Las mujeres habían preparado rebanadas de pan con cecina y café cargado. Uno de los grupos ya había regresado y estaban sentados desayunando.
-    ¿Ha habido suerte? ¿Habéis encontrado alguna pista de la chica? –preguntó el elfo mientras se sentaba y se servía una rebanada de pan y un vaso de café.
-    Nada, ni una mala huella de sus pies. Parece como si se hubiera esfumado en su propio camastro –contestó uno de los hombres.
Me senté también y me serví un café, tenía el estómago cerrado y no me apetecía comer nada, le pasé la fuente y la jarra de café a Eolion. No había tomado ni un par de sorbos de mi taza cuando apareció por el sendero el padre con la muchacha en los brazos, su cabeza caía lacia hacia detrás y uno de sus brazos colgaba balanceándose con cada paso que daba el hombre. La vieja gitana lanzó un gemido lastimero y desapareció tras la puerta de su carreta. Un escalofrió me recorrió el cuerpo dejándome paralizado, sin duda la chica estaba muerta.
El padre depositó el cuerpo sobre la mesa. La madre se acercó llorando desconsoladamente y abrazó el cuerpo de la joven. Fue en ese momento, al caer su pelo hacia detrás, cuando vi las marcas de su cuello. Separaron a la madre entre varias mujeres y fue entonces cuando pude acercarme. Giré su cabeza y aparté el pelo. El patriarca se asomó para ver la herida: sin duda alguna su sangre había sido completamente drenada y me atrevería incluso a asegurar que había sido forzada.
-    Vampiro –murmuró desolado.
Fue la única palabra que salió de la boca de aquel hombre. Quizá porque no podía pronunciar nada más. Tenía el rostro descompuesto y luchaba por contener las lágrimas delante de su gente. Se dejó caer en una de las sillas y ocultó el rostro entre sus manos. No podíamos dejar que pasara mucho tiempo, no sabíamos si el vampiro la habría convertido. Eolion ayudó a las mujeres a preparar el cuerpo de la chica mientras el bardo y yo ayudábamos a preparar una pira funeraria. A última hora de la tarde el cuerpo de la joven fue incinerado y nosotros volvimos al camino, dejando atrás la desolación de aquella buena gente.
  

miércoles, 22 de junio de 2011

Libro de Valine 46

Dudé un segundo si seguirla o quedarme parado donde estaba y al final me decidí por bajar dando un paseo hasta la playa. Estaba anocheciendo, a esa hora me era casi imposible evitar extrañarla y como cada día desde que salí de mi casa y la dejé allí, mi corazón se llenaba de tristeza. Necesitaba buscar la soledad, escuchar las olas del mar rompiendo suavemente en la arena, sentir la brisa acariciando mi rostro; necesitaba liberar mi alma y dejarla volar hasta ella. No precisaba hacer mucho esfuerzo para imaginarla caminando a mi lado con las manos entrelazadas, o paseando despacio por la orilla con el mar mojando sus pies y el viento revolviendo caprichoso su larga melena rizada. Anduve por la orilla viéndola en cada lugar al que mirara, saliendo del mar sonriéndome, tumbada en la arena esperando a que llegara hasta ella sin apartar de mí su mirada, recogiendo guijarros o conchas con la falda arremangada, o incluso en el camino que ascendía por el acantilado bajando a la increíble velocidad que se mueven los vampiros hacia mis brazos. Y me veía a mí mismo esperándola con los brazos abiertos deseando estrecharla contra mi pecho en un abrazo eterno. Perdido entre mis pensamientos y mis deseos no me di cuenta de que se había hecho tarde y ya era noche cerrada. Decidí regresar a la casa.
Mi corazón se aceleró al acercarme, desde el camino no podía ver más que uno de sus laterales, los enormes arboles la cubrían casi por completo, pero según me fui aproximando me di cuenta de que Eolion había cumplido con su palabra. Había regresado con los caballos incluso antes de lo que yo esperaba. Los había guardado en el pequeño jardín que con esmero cuidaba la anciana. Me pregunté cómo reaccionaría cuando se enterara de que se habían comido sus flores. No pude evitar sonreír, aunque he de admitir que me sentí un poco mal, no es que me hiciera gracia que destrozaran sus setos, pero al imaginar la escena se me hizo divertida. Aparté los caballos de las flores y entré en la casa.
Eolion estaba sentada junto a la mesa con las piernas cruzadas, tenía el codo apoyado en la rodilla y la cara sobre una de sus manos. En la mesa había un par de vasos de vino y un plato con queso de cabra. La anciana estaba de pie junto al hogar, sostenía un cucharon con el que de cuando en cuando removía el guiso que tenía sobre el fuego. Ambas charlaban animadamente, pero guardaron silencio al entrar yo.
-    No os cortéis por mí –dije sonriendo mientras cruzaba la cocina en dirección a la alacena para coger uno de los vasos. Eolion me siguió con la mirada mientras la anciana se giraba hacia la hoguera- ¿Qué ocurre?
-    ¿Por qué habría de ocurrir algo? –Contestó la elfa- Sólo charlábamos.
-    De algo que no puedo escuchar por lo que veo.
-    Hablábamos de ti –Dijo la anciana-, no creemos que estés recuperado para afrontar un viaje tan largo.
-    Estoy bien –contesté cortante.
-    No, no lo estás –Replicó la mujer con cara de disgusto. Guardé silencio durante unos segundos, intentando disimular el fastidio que me provocaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
-    ¿Cómo te ha ido con el tratante de caballos? Parecen buenos animales –Dije, intentando cambiar de conversación; la anciana torció el gesto, pero no dijo nada más.
-    Lo son, los mejores de la comarca.
Me serví un vaso de vino y me senté junto a Eolion. La abuela seguía removiendo el guiso con suavidad, pero sin parar de mascullar en voz baja. Si algo había aprendido a reconocer en el tiempo que llevaba viviendo con aquella mujer, era que no se guardaba su opinión demasiado tiempo. Sabía que en cualquier momento saltaría para dejar clara su postura en contra de mi partida, así que cogí el vaso y me salí al porche. Los caballos habían vuelto hasta el macizo de flores que ya estaba bastante mermado. Escuché a las dos mujeres murmurar y decidí hacer caso omiso, centrándome en los animales. Eran tres ejemplares bien formados, de ojos vivaces, pecho amplio; cuello fuerte y arqueado con una crinera larga y colgante. De armoniosas proporciones y un porte orgulloso y elegante. Me acerque y acaricié la grupa de uno de ellos, había oído hablar de esta raza, eran caballos rápidos capaces de sobrevivir en regiones áridas y montañosas. Capaces de alimentarse de plantas leñosas o matorrales espinosos, no necesitaban beber con regularidad y resistían por igual tanto calores secos como grandes fríos. Eran justo lo que necesitábamos para regresar por  “La Travesía de los Riscos”. Los elfos llamaban así a un sendero que bordeaba la formación montañosa de las Alelonnas al filo de los riscos y los acantilados, evitando de esa manera atravesar la garganta de los grifos. Era un camino largo y abrupto pero aun así menos peligroso. La puerta de la casa se abrió tras de mí y la voz de Eolion me sacó de mi enfrascamiento.
-    Valine, ya está la cena.
Cenamos evitando hablar del viaje. Por el contrario, nos dedicamos a charlar sobre temas intrascendentes, sin duda las dos habían notado que no me agradaba que intentaran convencerme. Me extraño que Elivyän no estuviera presente, ya que se había convertido en el ojito derecho de la anciana. Entre unas cosas y otras se hizo tarde y Eolion decidió hacer noche en la cabaña. La anciana la acomodó convirtiendo el sofá en una cama improvisada poco antes de retirarnos a dormir. Ya en la soledad de mi dormitorio, repasé mentalmente todo lo que nos haría falta para enfrentar nuestra nueva aventura. Tendríamos que viajar con lo más imprescindible, si cargábamos demasiado a los caballos nos retrasaríamos en varios días y no estaba dispuesto a demorarme ni un minuto más de lo necesario.

Un par de días después nos pusimos en camino, la anciana me había preparado una especie de pócima de un color azulado brillante y me había entregado un pergamino con un conjuro manuscrito que no estaba seguro de saber pronunciar. La despedida fue muy emotiva, a la anciana se le escaparon algunas lágrimas y tengo que reconocer que en varias ocasiones me vi obligado a tragar saliva para evitar que se me escaparan también a mí. Abandonamos la casa no sin antes hacer una promesa que estaba dispuesto a cumplir, volvería a visitarla y llevaría conmigo a Dru en cuanto tuviera la menor oportunidad. Estaba seguro de que, a pesar de lo que ella sentía por los vampiros, llegaría a tomarle cariño cuando la tratara. No quise mirar atrás, mientras nos alejábamos un nudo me oprimía la garganta hasta el punto de tener la sensación de que me faltaba el aire, pero mantuve la compostura ante mis amigos. Aunque aseguraría que ellos lo notaron. Hasta ese momento se habían mantenido en silencio, pero como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron a hablar a la par preguntando o haciendo observaciones sobre el viaje, que no venían a cuento. Sin darnos cuenta nos fuimos adentrando en el bosque, que según avanzábamos se iba haciendo más y más espeso y salvaje. Una senda se abría paso entre los árboles que parecían apiñarse a ambos lados del camino como si quisieran proteger de alguna manera todos los secretos que el bosque encierra.
Habíamos cabalgado durante todo el día, tanto los caballos como nosotros necesitábamos descansar, pero la espesura estaba tan densa que acampar en aquel paraje era una tarea bastante complicada. Hacía rato ya que el sendero transcurría junto al cauce de un rio bastante caudaloso. La vegetación del sotobosque era tan espesa que se hacía imposible hasta acercarse a la orilla. Por otro lado, era un rio de aguas blancas y turbulentas, extremadamente peligrosas para acercarse incluso a llenar las cantimploras de agua. Por no mencionar que las piedras de la orilla estaban recubiertas de musgo, lo que hacía que se volvieran muy resbaladizas. Decidimos continuar hasta que comenzara a anochecer y no tuviéramos más remedio que acampar de cualquier manera.

lunes, 20 de junio de 2011

Cronicas de Ritteller

Esta entrada no tiene que ver con el libro. Supongo que os habréis dado cuenta de que últimamente he ido cambiando algunos detalles, pero no han sido suficientes. Mi vida ha cambiado bastante y he sentido la necesidad de cambiar también algunas cosas que han formado parte de mi vida y que a pesar del cariño que les tengo me traen recuerdos que me hacen daño. Es por eso que he decidido cambiar el aspecto del blog.

También aprovecho para deciros que en los próximos días no podré publicar con la misma frecuencia porque me voy unos días de vacaciones y después me mudo a otra ciudad. Pero hare todo lo posible por sacar un ratito para escribir, la verdad ya estoy deseando acabarlo.

Espero que el nuevo blog (http://cronicasderitteller.blogspot.com/) os guste y sigáis visitándome como hasta ahora. Besitos.

jueves, 9 de junio de 2011

Libro de Valine 45

Los días que siguieron hasta mi total recuperación, se me hicieron bastante largos, estaba deseando sentirme completamente recuperado para volver a Assen, llevaba demasiado tiempo fuera de casa. Estaba inquieto y preocupado por como estaría Drusila. No quería reconocerlo pero en el fondo lo que me preocupaba era volver y no encontrarla, que la espera se le hubiera hecho demasiado larga, o se hubiera cansado de esperarme. Lo único que podía hacer era esperar a que llegara el momento de regresar.

En cuanto empecé a sentirme más fuerte, me dedique a dar largos paseos por los alrededores de la casa. Fui ampliando el recorrido hasta que un buen día sin saber cómo llegué hasta el linde de Telvêrnia. He de reconocer que me sorprendió aquel pueblo. Los elfos lo habían construido sobre los árboles, algunas casas descansaban sobre plataformas de madera ocultas con las espesas ramas de las copas, otras talladas directamente en los troncos de aquellos gigantescos árboles. Habían construido también puentes colgantes que unían unas casas con otras a modo de calles. Estratégicamente situadas se erigían las torres de vigilancia en las que siempre, tanto de noche como de día, había un retén de la guardia. A ras del suelo solían pasear un par de patrullas armados con sus arcos de precisión, controlando los accesos al poblado.

Me acerqué a una de las entradas y después de identificarme debidamente conseguí que me dejaran subir a la ciudad. Caminé por sus puentes mezclándome entre la gente, siempre había pensado que los elfos eran huraños y herméticos, pero la realidad era bien distinta, eran todo lo contrario amables y comunicativos. Las mujeres te sonreían al pasar, los hombres parecían más desconfiados, un grupo de cuatro o cinco niños de corta edad me siguieron imitando mis movimientos, cuchicheando y riendo, casi desde que llegué. Caminando por los puentes llegué hasta una plataforma un poco más grande, yo diría que se hallaba en mitad del poblado y hacía las veces de plaza. En el centro se abría un hueco alrededor de un gran árbol que ascendía unos pocos metros más para abrirse en una gigantesca copa que proporcionaba sombra a toda la plaza. Rodeando el tronco, una pequeña escalera descendía hasta el suelo del bosque. El murmullo que se escuchaba desde arriba despertó mi curiosidad, más si cabe cuando me di cuenta que sobre todas las demás voces se podía escuchar claramente la de Elivyän cantando una romanza que incluso rimaba. Descendí por la escalinata, en la parte baja del tronco pude ver una pequeña puerta con un farol a uno de sus lados, del que colgaba un estandarte en el que habían bordado una palabra en élfico, supuse que sería el nombre de la taberna. Rodeando el árbol había un pequeño claro que daba al acantilado. Habían acotado la zona del acantilado con una cerca de madera tan solo abierta por un extremo por el que se podía descender hasta la playa.

Empujé la puerta, esperaba encontrar una taberna como la de cualquiera de los pueblos que conocía pero era completamente distinta, toda la estancia estaba iluminada por lámparas de distintos tamaños y formas, que parecían mantener dentro un trocito de estrella, se habían colocado de tal manera que iluminaban los rincones precisos dejando en penumbra alguna que otra zona, donde por uno u otro motivo, se necesitaba más intimidad. A mi derecha se hallaba la barra, un par de lugareños charlaban mientras apuraban sus copas. Justo en el centro de la sala, protegida por una barandilla descendía una escalera de caracol que conducía a los dormitorios. Frente a mí dispuestas en semicírculo frente al escenario, un grupo de mesas de madera labrada con sus sillas haciendo juego. No es necesario decir que tanto las paredes como el suelo formaban parte del tronco hueco del gran árbol. A mi izquierda había un pequeño escenario con un piano bastante antiguo, un arpa, una vihuela y algún que otro instrumento. Había oído decir que cuando las cuerdas del arpa élfico son tensadas nunca más necesitas volver a ser afinadas. En el centro del escenario se encontraba Elivyän arrancando acordes a su laúd mientras cantaba. Me senté a escucharle en una de las mesas, antes de que me diera cuenta una camarera había dejado sobre mi mesa una botella de cristal y dos copas. Después de servir un poco de vino en una de ellas, hizo una pequeña reverencia y se marchó hacia la barra. Tomé la copa, el vino era de un color rojo oscuro y desprendía una fragancia interesante con un aire a violetas, tabaco y trufas. Acerqué la copa a mis labios y di un pequeño sorbo; era un vino agradable, ligeramente dulce y bien estructurado, pleno de sabores y matices. Sin duda se trataba de Melitzen. Este vino cuyo nombre significa “amor mío” se solía tomar cuando un elfo quería declarar su amor a una mujer, decían que al pasar por la garganta sentías un calorcito por todo tu cuerpo que te desinhibía y te soltaba la lengua. Lo cierto es que estaba muy bueno.

Elivyän termino su actuación y se acercó sonriendo hasta mi mesa, se sentó frente a mí, se sirvió una copa de vino y bebió un buen trago.

- Tenías sed, ¿eh?

- Estaba sediento –dio otro trago y soltó la copa sobre la mesa- ¿Qué haces tú por aquí? ¿Cómo es que te ha dejado salir la ancianita? ¿o es que te has escapado? –preguntó mientras hacía gestos con la mano llamando a la camarera- otra botella mesonera –gritó sin dejar de agitar la mano.

- He llegado por casualidad, me desvié de la ruta habitual sin darme cuenta. Tenía intención de visitar este poblado pero no había pensado que fuera precisamente hoy. Quiero comprar unos caballos.

- ¿Caballos? –me miró sorprendido- ¿estás en condiciones de montar?

- Lo estaré en unos días –aseveré tajante.

- ¿Estás pensando en volver a tu pueblo? ¿no crees que es muy pronto para aventurarse en un viaje tan largo? –la sonrisa se había borrado de su rostro y ahora me miraba con gesto de preocupación.

- Necesito volver Elivyän, no puedo seguir más tiempo alejado de mi casa. Me encuentro bien, cada día estoy más fuerte.

- Es cierto, se te ve recuperado. Lo que me preocupa es que te precipites y recaigas. No es un viaje precisamente agradable.

- ¿Vendrás conmigo? –arrugó el entrecejo, creo que le pillé por sorpresa, estoy seguro de que no esperaba que se lo pidiera- o ¿prefieres quedarte en compañía de tus nuevas amigas? –miré hacia las chicas que había en la barra, a cual más bonita, sin duda ofrecían su compañía a cambio de algunas monedas. Hablaban entre ellas animadamente y de cuando en cuando se volvían para dedicarle al elfo una sonrisa, un guiño e incluso para tirarle algún beso, a lo que el respondía con gestos exagerados llevándose la mano al corazón o a la boca, haciendo como si le hubieran llegado en realidad.

- ¿de veras quieres que te acompañe?

- Claro –cogí la copa y bebí un sorbito- tengo que reconocer a mi pesar –sonreí de medio lado- que te considero un buen amigo y un magnifico compañero de viaje, siempre que no abras la boca para cantar. –me eche a reír.

- ¿Cómo? –pregunto enfatizando la primera silaba- Eso me ha dolido, soy el mejor trovador de todo el reino –dijo al tiempo que alzaba una ceja.

- ¿Y bien?

- Iré contigo, aunque no pienso olvidar esta ofensa –dicho esto alzo su copa y brindamos haciéndolas entrechocar.

- ¿Dónde está Eolion? –pregunté nada más soltar la copa sobre la mesa.

- Se fue hace unos días y aún no ha regresado. Iba a visitar a su familia, por lo visto no viven lejos. Supongo que regresara mañana. Quédate en la hospedería esta noche.

- ¿Qué hospedería?

- Esta, ¿cuál va a ser? ¿No has visto el cartel de la puerta?

- Si te refieres al estandarte, sí que lo he visto. Pero no tenía ni idea de que anunciara algo.

Continuamos hablando y bebiendo hasta que ya no podíamos casi abrir los ojos, el cansancio y el alcohol empezaban a pesar demasiado.

- Vámonos a la cama antes de que me pidas matrimonio –le dije con mi lengua de trapo. El comenzó a reír y asintió mientras intentaba levantarse.

- Ya lo habías pensado ¿eh pillín?

Nos levantamos como pudimos, habíamos bebido demasiado pero además nos dio por reír y entre una cosa y otra no teníamos fuerza para mantenernos en pie. Nos agarramos el uno al otro y así conseguimos llegar hasta nuestros dormitorios. Tengo que reconocer que llegamos de milagro pues tuvimos a punto de rodar por la escalera en un par de ocasiones.

Me desperté con un intenso dolor de cabeza, me molestaba hasta el ruido más ínfimo. Tuve que hacer un esfuerzo para abrir los ojos, me sentía tan mal que parecía que me hubieran pisoteado una docena de caballos salvajes. Medio a gatas conseguí levantarme de la cama y acercarme hasta un perchero de donde colgaba mi ropa. Me pregunté cómo habría llegado hasta allí ella sola. De un tirón alcance los pantalones que cayeron al suelo justo a mi lado, estaba entretenido en la ardua tarea de meter las piernas dentro cuando alguien llamó a la puerta. Me metí los pantalones como pude y abrí la puerta.

- Buenos días –dijo Eolion sonriendo mientras me miraba de arriba abajo- ¿Llego en mal momento?

- No, para nada. Pasa

- No sé si debería entrar en la alcoba de un hombre medio desnudo –contesto en tono burlón- No podía creer que realmente hubieras pasado aquí la noche, ¿ese elfo libertino y embaucador consiguió convencerte? No es propio de ti.

- No, no ha sido culpa de Elivyän, esta vez asumo mi responsabilidad, ha sido culpa mía.

- Me han dicho en la cantina que anoche no paraste de preguntar por mí, bueno, aquí me tienes ¿Qué puedo hacer por ti?

- Regreso a Assen y me gustaría que vinieras conmigo –se quedó mirándome muy seria pero unos segundos después una sonrisa se dibujó en sus labios.

- No se me ha perdido nada allí, pero con tal de alejarme de mi padre te seguiré gustosa.

- Necesitaremos unos caballos

- Déjalo de mi cuenta, conozco a un tratante que nos hará buen precio, me debe una.

- De acuerdo, compra tres caballos –extendí la mano y le entregue una bosa con monedas que ella cogió con su manita y lanzo varias veces por el aire.

- Será suficiente.

Se giró sobre sí misma y abandono el dormitorio canturreando. Termine de vestirme, me atusé el pelo con las manos, salí de la hospedería y regresé a casa de la anciana. Durante todo el camino fui dándole vueltas a la manera en la que le comunicaría que había decidido partir de regreso a mi hacienda, no quería que pensara que era un desagradecido, nada más lejos de la realidad, me sentía en deuda con ella. Una deuda que no podría pagar por muchos años que viviera. Unos metros más adelante el camino se bifurcaba hacia la derecha bajando por una especie de rampa hasta la arena blanca de la playa, pero yo tome el de la izquierda que conducía a la casita de la anciana. Pude verla tendiendo ropa según me acercaba, aceleré el paso hasta que estuve a su lado y me agache para pasarle las sabanas.
- ¿Cuándo te vas? –me quede paralizado ¿Cómo se había enterado?

- Cuando estén los caballos, Eolion se encargara de eso.

- ¿Entonces será esta misma noche?

- No lo sé abuela, cuando regrese Eolion con los caballos.

- Te preparare una bolsa con comida, el ungüento que debes verter en el altar y te escribiré el conjuro que tendrás que recitar al pie de la letra.

Asentí sin soltar una sola palabra. Cogió la cesta ya vacía y se dirigió hacia la casa, me quede parado en el sitio ¿Cómo podía saberlo todo sin salir de la casa?

viernes, 3 de junio de 2011

Libro de Valine 44


La anciana me miró sorprendida por la pregunta, supongo que no era tan extraño que Nerva se enamorara de Friéderic aun siendo un vampiro; yo mismo me había enamorado de una. ¿Pero Nerva? Ella no podía enamorarse de un vampiro, ella no podía desviarse del camino del bien o todo estaría perdido.

- ¿Por qué te suena tan raro? ¿No puede una chica enamorarse de un muchacho que la corteja, la escucha, la mima, la consuela… en resumen, que está con ella cuando más le necesita?

- Una chica sí, por supuesto. Pero ella no.

La anciana sonrió, pero esta vez su sonrisa no se reflejó en sus ojos.

- En cierto modo tienes razón, pero el amor no es racional, llega cuando menos lo esperas, te invade por dentro y en ese caso la razón poco o nada puede hacer. Es un sentimiento tan fuerte que te hace irracional, llegando incluso a comportarte como un niño o como un loco. Pero eso sí, es una dulce locura.

- ¿El vampiro se enamoró también de ella?

- No sé si él estaría o no enamorado, aunque no sería nada raro que así fuera… Nerva no sólo era una niña preciosa, era una muchacha dulce, cariñosa, coqueta y femenina, una buena chica que pecaba de ingenuidad y quizá por eso cedió a los encantos del joven vampiro.

- ¿Por su ingenuidad? Yo diría que más bien cedió por su terquedad, no en vano le habían avisado sus tutores y ella lo echó en saco roto, haciendo caso omiso de las advertencias de sus mayores.

- Y dime, ¿no es eso lo que hacéis todos los jóvenes?

- No todos –repliqué contrariado. Aquella niña se empeñaba en complicarme la vida. ¿No podía haber seguido su destino sin más? No, tenía que enamorarse y poner en peligro a todos los seres de la tierra-. Continúa, por favor.

- Como te decía, Nerva pronto se cansó de que el enano la acompañara todos los días y, cada vez que tenía una oportunidad, por pequeña que fuera, le daba esquinazo a Tolur. Hasta que un buen día, cuando el enano vio que tardaba más de lo habitual y entró en su alcoba para despertarla, descubrió que Nerva había recogido algunas de sus cosas y se había ido. La buscaron durante meses, no sólo en los alrededores de Assen, llegaron incluso hasta Sartil-Null… pero nunca más se supo del paradero de la muchacha.

- ¿Se largó con el vampiro?

Asintió. No podía dar crédito a las palabras de la anciana. ¿Pero cómo podía haber sido tan insensata? ¿De qué le habían servido las enseñanzas de Beneric?

- ¿La convirtió?

- No, no la convirtió.

- ¿Cómo puedes estar tan segura? Se largó con un vampiro. Los vampiros chupan sangre, matan o en el peor de los casos convierten a sus víctimas.

- Porque a Nerva no puede convertirla ningún vampiro. Ni siquiera pueden matarla, no tienen tanto poder. Estas olvidando la naturaleza de la muchacha, está protegida por los poderes de sus padres y los suyos propios. Los vampiros la querían como aliada, que realmente era a lo único que podían conseguir de ella.

Respiré aliviado. Estuviera donde estuviera, al menos no era un vampiro; cabía la posibilidad de que siguiera manteniendo la estabilidad necesaria entre su parte buena y su parte malvada. Mientras la balanza se mantuviera en el centro había esperanza.

- Dime una cosa abuela. Has asegurado que tan solo yo podría reconocer a la niña, sin embargo conoces toda la historia. No veo la necesidad de que yo la reconozca cuando algunas personas ya saben lo que fue de su vida.

- Cuando te dije que sólo un dragón podría reconocer a la niña, no me refería a físicamente. Lo entenderás cuando la tengas delante.

- Cuando la tenga delante -Repetí sus últimas palabras mecánicamente. ¿Cómo iba a tenerla delante? ¿Por dónde iba a empezar a buscarla? ¿Por qué yo? Estaba completamente perdido.

- Abuela, cuéntame algo sobre el otro niño.

- No sé mucho sobre él, pero te contare toda la información que he ido acumulando a lo largo de estos años. Como ya te había dicho, el niño se crió junto a su madre bajo la vigilancia de los sirvientes de su padre. Era un chaval muy guapo, alegre y vital, como cualquier otro. Su madre lo mantuvo alejado de los esbirros de su padre hasta que alcanzó los seis años, momento en el que fue arrancado de sus brazos y pasó a ser educado por los tutores que su progenitor había designado. A partir de ese momento, el carácter afable del niño se fue agriando hasta convertirse en un jovencito huraño. Cuentan que los lugareños comenzaron a llamarle el Muladar, apodo que se ganó a causa de su poder de absorber la magia. Según iba asimilando toda la magia que se ponía a su alcance, su poder iba creciendo más y más. Dicen también que sus lacayos construyeron una fortaleza subterránea en la que el Muladar se refugió para culminar allí su preparación hasta que llegara el momento del advenimiento de su creador. Decían las malas lenguas que en esa fortaleza disfrutaba de todo lo que le era necesario, desde los placeres más nimios hasta los más sublimes. La guardia que custodiaba el bastión le proveía también de las criaturas mágicas que necesitaba para hacer crecer su don. Pero todo esto que te estoy contando no son más que habladurías, no puedo asegurarte que sea cierto. La verdad es que desapareció siendo aún un chaval y nunca se supo nada concreto.

- ¿Él no busca a Nerva entonces?

- No, de eso se encargan sus siervos. Y hay muchos, demasiados siervos del mal primigenio que solo están ahí para servir a su propósito.

- ¿Qué puedo hacer yo abuela? No soy más que un hombre bastante confundido. ¿Dónde puedo encontrarla? ¿Por dónde empiezo a buscar? ¿Qué va a ser de mi vida ahora? ¿Puedo escapar de este destino?

Volvió su cara hacia mí y me miró directamente a los ojos. Extendió su mano y me acarició el rostro.

- Ojalá pudiera contestar a todas tus preguntas, Valine… ojalá pudiera tomar tu mano –cogió mi mano mientras hablaba- y guiarte por este sendero pedregoso que te ha tocado recorrer. Pero no puedo, es tu decisión. Sólo tú puedes cambiar el destino, para bien o para mal.

Incliné la cabeza, apesadumbrado, ella me soltó la mano y empezó a acariciarme el pelo despacio.

- Hay algo que aún no te he dicho. ¿Has oído alguna vez hablar de Las Custodias?

- ¿Las Custodias? ¿Qué son Las Custodias?

- Son las encargadas de mantener la estabilidad entre el orden y el caos. Son tan antiguas como el mismo mundo, tanto como los propios Dioses. Sólo ellas pueden mostrarte el camino a partir de ahora. Busca su consejo, mi niño.

- ¿Dónde puedo encontrarlas?

- Tendrás que viajar hacia el norte, hasta la cordillera Trosenhofh, tierra salvaje poblada de barbaros. En el corazón del bosque que se extiende entre las montañas encontrarás un altar oculto entre la maleza. Tendrás que despejarlo y verter en él un ungüento que te preparare antes de que partas de mi casa; si sigues los pasos correctamente, se abrirá un portal que te dará paso a un lugar mágico, conocido como el Jardín de la Dama Luna. Es allí donde moran Las Siete Custodias.

- ¿Son siete?


- Sí, siete son las damas que custodian la esencia vital; Kemen, Custodia de la Esencia de la Tierra. Marsha, Custodia de la Esencia del Agua. Lushia, Custodia de la Esencia de la Luz. Framia, Custodia de la Esencia del Fuego. Seely, Custodia de la Esencia de la Magia. Petshaly, Custodia de la Esencia del aire y Milosha, Custodia de la Esencia de la Muerte. Ellas te mostrarán el camino, pero has de saber que al Jardín tendrás que entrar tú solo.

- ¿Quieres decir que tengo que viajar solo hasta allí?

- Puedes llevar a tus amigos, pero sólo podrá atravesar el portal hacia el Jardín de la Dama Luna aquel que porta la marca de los dioses. O sea, tú; a los demás no les estará permitido el paso.

Hizo intención de levantarse pero, después de tanto rato sentada, parecía costarle más de lo normal. Me puse rápidamente en pie y la ayudé, tirando con suavidad para no hacerla daño.

- Ha sido un día muy largo, mi niño. Vámonos a dormir, mañana terminaré de fregar lo que queda -me dijo, mirando hacia la pila donde aún quedaban algunos vasos.

Apagué el candil de la mesita y la acompañe hasta la puerta de su alcoba. Se giró para desearme buenas noches y aproveché para besarla en la frente. Se le iluminaron los ojos. Sin duda no esperaba que lo hiciera, pero estoy seguro de que le gustó. No sabría precisar en qué momento aquella pequeña anciana me había robado el corazón, pero lo cierto es que la había cogido mucho cariño.

Si el día había sido largo, la noche se me hizo eterna. No fui capaz de conciliar el sueño. Por el contrario, me pasé toda la noche en vela y de nuevo los recuerdos afloraron a mi mente, pese a que intenté una y otra vez evadirme de ellos. En cierto modo creo que mi subconsciente evitaba a propósito que pensara en el nuevo rumbo que había tomado mi vida. De nuevo Vhala se abría camino entre mis pensamientos ganándoles la partida a Las Custodias. Pero esta vez no estaba dispuesto a cederle el puesto de Drusila a nadie, evoqué su recuerdo y me agarré a él como si de ello dependiera mi vida.

Recordé el momento en el que se encontraron cara a cara las dos. Dru y yo paseábamos por los alrededores de la hacienda. Nos habíamos detenido junto al río que atravesaba el bosque por detrás de la casa. La abracé pasando mis manos por su cintura y la atraje pegándola a mi cuerpo. Dru había pasado sus brazos por debajo de los míos, cruzándolos en mi espalda. Acerque mis labios a su cuello para susurrarle palabras de amor mientras la besaba el cuello suavemente. Drusila había echado la cabeza hacia atrás, tenía los ojos cerrados y una sonrisa preciosa dibujada en sus labios cuando apareció Vhala al otro lado del río. Nos miró y sonrió desafiante mostrando los colmillos. Noté como Dru se ponía tensa entre mis brazos y la apreté más fuerte, quería evitar una confrontación entre ambas mujeres. Pero sin duda Vhala quería pelea y Dru no estaba dispuesta a rehuirla. Di unos pasos hacia atrás sin soltar su cintura. Parecía estar pegada al suelo, tanto que tuve incluso que levantarla. Vhala se mantuvo en su posición, aunque la sonrisa se había borrado de su rostro.

- Disfruta de mi hombre mientras puedas –gritó, mientras llevaba la mano a una daga que llevaba sujeta al muslo.

- ¿Es una amenaza? –contesto Drusila, intentando soltarse de mi abrazo.

- Tómalo como quieras –replicó la otra.

- No tienes ni idea de a quién te enfrentas –Dru se iba alterando por momentos, pude ver en algún momento sus afilados colmillos, me di cuenta de que no podría sujetarla mucho más tiempo.

- Ya está bien, Vhala. No sé qué te hace suponer que tienes derecho a exigir algo de mí –le grité mientras tiraba de Dru-. Vámonos, cariño –pero no conseguí que se moviera, por algún motivo no se quería ir. Ahora supongo que hubiera sido una falta de respeto hacia ella siendo como era una vampiresa más antigua.

- Llévate a tu perra en celo, Valine, pero esto no quedara así. Puedes estar seguro –miró hacia Drusila y la señalo con el dedo índice- Estás muerta.

- Ya estoy muerta, querida –rompió a reír a carcajadas. Vhala achinó los ojos y después desapareció a la misma velocidad que había aparecido.

Durante un tiempo temí por la vida de Drusila. Bien era cierto que era más antigua y, por lo tanto, más poderosa que Vhala… pero también era verdad que durante el tiempo que hacía que no estábamos juntos, Vhala había conseguido hacerse un hueco entre los de su clan y ahora estaba bastante protegida, mientras que mi chica siempre estaba sola.

Volvimos a casa. Durante el camino no cruzamos una sola palabra. Dru estaba disgustada y preferí no decir nada hasta que se le hubiera pasado. Me limité a pasar mi brazo por sus hombros y atraerla hacia mí. Quería que supiera que estaba ahí, que siempre estaría ahí para ella, pasara lo que pasara. Creo que conseguí transmitirle lo que quería, porque según nos íbamos acercando a la hacienda se iba relajando. Cuando llegamos al umbral de la puerta, la tomé en brazos y la llevé directamente al dormitorio. La deposité suavemente sobre la cama y me tumbé a su lado. Me encantaba rozar su piel con la yema de los dedos; los pasaba despacio por sus hombros, por sus brazos, podía sentir el frío subir por mis dedos hasta la palma de mis manos. Al recordar a Drusila tumbada sobre la cama, dándome la espalda con su cuerpo acoplado al mío, mis manos acariciando su gélida piel y mis labios colmándola de besos, no pude evitar sentir un deseo irrefrenable de hacerla mía. Me sentí frustrado. Giré hacia un lado y apreté los ojos enfurruñado, intentando no pensar en ello. No sé cuánto tiempo tardé en dormir, pero al final caí rendido.

miércoles, 1 de junio de 2011

A mi abuelo.


Hoy quiero dedicar esta entrada a una persona que marcó mi vida, que me enseñó a amar los libros, que me tendió la mano cuando le necesitaba, que me abrazaba y me transmitía su fuerza cuando tenía miedo, que me consolaba cuando estaba triste o me tapaba cuando me quedaba dormida sin pedir nada a cambio. Un hombre maravilloso que hoy hace cinco años me dejo sola, y no pasa un solo día desde entonces en que no lo tenga presente en cada momento. Sigo hablando con él, le cuento mis penas, que son muchas. Siento que está a mi lado, velando por mi familia y por mí.

Te echo mucho de menos. Te quiero.