Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

viernes, 29 de julio de 2011

Libro de Valine 51

Para cuando dimos con ella ya había oscurecido. Un cartelón de madera bastante deslucido por las inclemencias del tiempo en el que rezaba “Ulfberht” debajo de la silueta de una espada vikinga,  iluminado tan solo por una pequeña lámpara de aceite, anunciaba la ubicación de la posada. Desde la plaza podíamos escuchar la animación que reinaba dentro. Elivyän empujó la puerta. Dentro el ambiente estaba bastante cargado. El olor que desprendía el  humo de tabaco, mezclado con el de la comida e incluso el olor a transpiración, me desagradaron.  Pero tenía que reconocer que no éramos los más indicados para poner pegas teniendo en cuenta que nosotros mismos contribuiríamos a incrementar el hedor después de un viaje tan largo. Miré al elfo que avanzaba decidido hacia el mostrador en el que el posadero, un hombre bastante corpulento, charlaba animadamente con un par de parroquianos mientras les servía unas jarras de cerveza. Opté por dejar que Elivyän se encargara de las habitaciones y me dirigí hacia una de las mesas que estaban dispuestas para la cena. Eolion y Arhavir me siguieron, nos sentamos y esperamos a que el elfo se nos uniera.

-   ¿Vais a cenar? –Una voz aguda sonó a mi espalda.
-   ¿Es posible? –Pregunté al tiempo que me giraba.
-   Por supuesto, caballero –contestó sonriendo amablemente. Era una mujer de mediana edad bastante entrada en carnes. Llevaba el pelo recogido en un moño trenzado, un generoso escote que dejaba buena parte de su anatomía al descubierto; un corpiño anudado por delante que hacia juego con su falda en tonos oscuros y un mandil que cubría casi todo el contorno de su amplia cintura- ¿Acompañaréis la cena con vino o con cerveza?
-   Una frasca de vino y una jarra de agua para el muchacho –Arhavir hizo un amago de protesta, pero recapacitó a tiempo-. Trae también una hogaza de pan.

La mujer volvió a sonreír y se alejó hacia la barra sorteando las mesas con total maestría, parecía casi imposible que pudiera pasar entre ellas sin llegar siquiera a rozarlas. Supe más tarde que era la mujer del posadero. Elivyän se nos unió al mismo tiempo que la posadera nos servía una especie de potaje de alubias con arroz y tropezones de atún, que según nos dijo era el plato típico de la ciudad, la frasca de vino y la hogaza de pan crujiente. Aproveché la charla animada de mis compañeros de viaje para evadirme por un momento y, como solía pasarme en cuanto que conseguía desconectar de la realidad, mi corazón volaba hasta Drusila. Me pregunté que estaría haciendo ella en aquel momento. Si como yo, aprovecharía cualquier momento libre para evocar mi recuerdo o si por el contrario me habría olvidado apartándome de ella definitivamente. La idea me hizo estremecer, moví la cabeza intentando alejarla de mi mente. Pero Eolion ya lo había notado.

-   ¿Estás bien?
-   Sólo estoy cansado, necesito coger una cama y dormir doce horas seguidas –respondí con una media sonrisa intentando con ella que la elfa se quedara conforme.
-   No veo el momento de meterme entre las sábanas… bien acompañado –añadió Elivyän con una sonrisa pícara mientras con los ojos me hacía señas para que mirara hacia una joven que se sentaba en una mesa frente a él y que no había parado de sonreírle durante la cena. Le devolví la sonrisa.
-   Más vale que descanses, no quiero demorar la partida más de lo necesario. Mañana compraremos los víveres que nos sean necesarios y después partiremos hacia Assen –puso cara de fastidio y apuró el vino que le quedaba en el vaso.
-   En ese caso, me retiro a mis aposentos. Tomad –nos repartió a cada uno una llave de la que colgaba un pedacito de medara con un numero grabado a fuego-. Buenas noches.

Los demás aprovechamos para retirarnos también, la habitación que ocupaba Eolion estaba junto a la mía, las del elfo y el muchacho estaban situadas al final del pasillo, una frente a la otra. Esperé a que hubieran entrado en sus respectivos dormitorios y después entré también en el mío.

Me quedé parado junto a la puerta mirando la cama, tenía la sensación de que hacía años que no dormía en un colchón bien mullido. Aquella cama con sus sábanas estiradas sin una sola arruga era toda una tentación. Miré a mi alrededor, flanqueando la cama tan sólo dos mesitas gemelas de madera tachonada. En la pared, un par de cuartas por encima de las mesitas, dos apliques con velas eran toda la iluminación que poseía la estancia. En el suelo de madera una alfombra de piel de vaca bien curtida, un banco de madera junto a la pared y un pequeño armario frente a la cama. No era una alcoba lujosa, pero si confortable. Junto a la puerta de entrada, otra puerta daba acceso a un cuartito en el que había una tina de metal bruñido y un lavabo que me recordó al que había en casa de la anciana. Me senté en el banco y no había terminado de quitarme las botas cuando alguien tocó a la puerta.

-   Buenas noches caballero, ¿puedo pasar? -Era una chica de no más de veinte años. Iba cargada con un par de cubos de agua- Me envía Elivyän, mi señor –supongo que la aclaración vendría a consecuencia de mi cara de sorpresa.
-   Adelante –me hice a un lado y le dejé pasar.

Terminé de quitarme las botas mientras la chica llenaba la bañera. Tuvo que hacer varios viajes hasta que dio por concluida su tarea y se despidió deseándome dulces sueños. Me acerqué hasta la tina. El agua aún se movía suavemente como mecida por la brisa en una noche serena. Dejé caer la ropa al suelo y me deslicé dentro de la bañera hasta que el agua me rozó la barbilla. Cerré los ojos y aspiré el aroma de aquellas sales que la doncella había vertido en la bañera tiñendo el agua de un color azafranado y la espuma de un ámbar casi dorado. No sé si fue ese bálsamo o quizá la satisfacción que me estaba provocando el baño, pero lo cierto es que sin darme cuenta mi mente voló hasta  mi casa de Assen aquella noche en la que Vhala volvió de su cacería. Llegó a casa cubierta de sangre, tenía magulladuras y cortes poco profundos en los brazos y en los hombros, y un corte más profundo que le cruzaba la espalda de arriba abajo, desde la nuca hasta una de sus caderas.

-   ¿Qué te ha pasado? –Le pregunté mientras la seguía por los pasillos hasta el sótano, donde comenzó a quitarse la ropa ensangrentada.
-   No es asunto tuyo –contestó cortante.
-   Lo es mientras vivas en mi casa –me acerqué para ayudarla a desabrochar su vestido mientras esperaba una respuesta.
-   Es mejor que no lo sepas. De hecho, cuanto menos sepas sobre mí… mejor.
-   Déjate ya de rodeos, Vhala. He tenido mucha paciencia contigo. Necesito saber que está pasando y vas a contármelo todo –me miró sorprendida-, desde el principio. ¿Quién te atacó la noche en que te encontré malherida?

Se giró hacia mí, alzó una ceja mirándome retadora. Dejó deslizar su vestido hasta que quedó arrugado a sus pies y dio un paso hacia mí dejando atrás la ropa ensangrentada. La miré detenidamente y el deseo afloró a mi piel, pero me contuve. Pasé junto a ella y comencé a llenar la tina. Puse unos polvos que meses antes había comprado en el pueblo, según me dijo la sanadora servían para desinfectar las heridas. El agua se tiñó de un tono anaranjado, agité la mano sobre la superficie para que se mezclara bien con el agua.

-   Estoy esperando –me volví hacia ella y le tendí la mano. Una vez me la había cogido tiré de ella y la conduje hasta la bañera. Hizo un gesto de dolor al introducirse en ella.
-   Esto no era necesario, las heridas estarán curadas antes de que acabe de darme el baño, Valine.
-   No viene mal desinfectarlas de todas formas –acerqué una banqueta con el culo de cuero y me senté junto al baño- ¿Y bien?
-   De acuerdo. ¿Qué quieres saber? –Contestó malhumorada.
-   Todo. Empieza por contarme quién te dejó malherida y tirada en la cuneta. Fueron vampiros, ¿verdad?
-   Sí. Vampiros de otro clan. Para ser sincera, estoy sola.
-   ¿Qué implica exactamente esa afirmación?
-   Mataron al vampiro que me abrazó la misma noche en que desperté a esta nueva vida. Se supone que tu creador debe enseñarte a subsistir entre las criaturas de la noche… Ni siquiera tuve tiempo de enterarme a que clan pertenecía él. En este mundo si estás solo, no tienes posibilidades de sobrevivir.

Dio el baño por terminado y se levantó con la intención de abandonar la bañera. La miré un momento y, como había predicho, sus heridas estaban cerradas, aunque aún estaban ahí. Tomé una toalla y me acerqué. Ella extendió una de sus manos y tomó la mía tirando de mí hacia ella. Cuando quise darme cuenta, sus ágiles manos me habían despojado de la camisa y me acariciaba el pecho despacio. Deslizó suavemente la mano hacia mi cintura. Cerré los ojos. El agua me entró por la nariz, de un respingo me incorporé en la bañera, un poco más y me habría quedado dormido. Abandoné el cuartito tras secarme bien y me dejé caer en la cama. No recuerdo cuando me quedé dormido, pero diría que no habrían pasado más de dos o tres segundos.

lunes, 25 de julio de 2011

Tu corazón, es mi premio

Quisiera agradecer desde aquí a Dany del blog LIBROS deEldanYdalmaden por haberse acordado de mí para entregarme este premio. Como ya te he dicho en tu blog, y a pesar de que nos conocemos hace poquito, también tu corazón y el de todos los que me leen, es mi premio. Un premio que además de que me encanta, me llega al corazón.


Este premio viene con normas que hay que cumplir. Como en todas las ocasiones en las que he tenido que repartir un premio entre unos pocos, me sabe mal y me cuesta decidirme, es por eso que he tardado un par de días en publicarlo. Espero que nadie se sienta mal por no salir en la lista que tengo que editar. Por mi parte cualquiera de mis lectores puede llevarse el premio a su blog. Las normas que conlleva recibirlo son las siguientes:
1) Compartir el premio con otros 10 blogs.
2) Hacer mención en un post y contestar agradeciendo la concesión del mismo.
3) Avisar a los seleccionados.
4) Publicar la dirección de los blogs elegidos.

Los blogs elegidos son:

miércoles, 20 de julio de 2011

Libro de Valine 50

La noche había culminado tranquila, pese al incidente entre Elivyän y Arhavir, aunque también es verdad que el elfo pasó el resto de la noche evitando incluso cruzar la mirada con la del muchacho. A la mañana siguiente, me despertaron algunas gotas de lluvia y, para ser sinceros, también los truenos que sonaban aún bastante alejados. En aquel momento me planteé la posibilidad de esperar a que pasara la tormenta resguardados entre los árboles, pero también cabía la posibilidad de que la tormenta no llegara a producirse y se quedara en una amenaza pasajera. El olor a café recién hecho me hizo reaccionar. Me incorporé para mirar a Eolion, que se acercaba sonriéndome con un par de vasos humeantes.
-    No sé si debería decir buenos días –levantó la vista al cielo, arrugando la nariz al sentir las gotas en su rostro.
-    Amenaza tormenta –contesté mientras alargaba la mano para coger el vaso que me ofrecía.
-    Cierto. Pero no llegará a descargar más que estas cuatro gotas. No será necesario retrasar la partida.
-    ¿Cómo puedes estar tan segura? –no contestó, se limitó a sonreír. No pude en ese momento y no podría decirlo ahora, pero lo cierto es que estaba seguro de que si ella decía que no descargaría la tormenta, no lo haría. Asentí sin más.
Después de tomarnos el café y recoger las pertenencias que realmente necesitaríamos durante el resto del viaje, dejamos los caballos en libertad y nos adentramos en la senda del acantilado. A pesar de las inclemencias del clima no tuvimos ningún problema serio durante el tiempo que tardamos en recorrer el acantilado. Al anochecer del tercer día comenzamos a bajar la pendiente que unía el acantilado con el bosque de Akasya. Este bosque rodeaba casi por completo la ciudad de Sartil-Null. En él abundaban las acacias que para aquella época del año estaban en plena floración, iluminando el bosque con diversos tipos de flores de diferentes colores que iban desde el rosa pálido hasta el rojo intenso, del malva al azulón, sin olvidar los amarillos y anaranjados; en definitiva, todo un abanico de colores que destacaban entre el oscuro verdor de los arbustos y matorrales, que le proporcionaban a aquel bosque un aspecto casi mágico. Por otro lado también agradecimos el cambio de la humedad y el olor a salitre del mar a la frescura del bosque que en aquellas horas del crepúsculo se calaba hasta la piel. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que añoraba un buen baño. Las horas que habíamos pasado bajo el sol del acantilado habían dejado su huella.
No habíamos avanzado demasiado en la profundidad del bosque, pero estábamos cansados y hambrientos. Hacía rato que buscábamos un sitio donde acampar para pasar la noche. Donde pudiéramos relajarnos y preparar algo caliente que llevarnos a la boca. No me di cuenta de en qué momento el sendero se había ido ampliando hasta convertirse en una especie de camino para carretas. Serpenteaba entre la maleza adaptándose a las rocas que se alzaban a los lados, algunas realmente grandes. Unos metros más adelante se alzaba un montículo bastante despejado de maleza, mientras Elivyän subía para otear el horizonte en busca de algún claro en el que poder pasar la noche, percibimos un olor fuera de lo común, olía a humo mezclado con el aroma de algún guiso de carne. Nos miramos desconcertados. ¿Quién y dónde estaba cocinando? En ese momento Elivyän nos hizo un gesto con la mano mientras bajaba hacia nosotros.
-    Un poco más adelante hay un claro. Alguien ha acampado allí y está cocinando algo que huele uhmmmmm –cerro los ojos en un gesto de placer-. Hay una carreta, no he podido ver más.
-    No parece peligroso –respondí, sonriendo al contemplar su gesto, a lo que él asintió mostrando su mejor sonrisa- sigamos entonces.
Seguimos hasta entrar en el claro. La carreta era bastante vieja, pero se mantenía en buenas condiciones; un farol que proyectaba una luz muy tenue colgaba junto a la puerta que permanecía abierta, tan solo cubierta por una cortina bastante deslucida. A tan solo un par de metros de la puerta de la carreta había una hoguera hecha con cuatro gruesos troncos de los que colgaba un caldero humeante, sin duda el aroma a comida que habíamos sentido un momento antes provenía de aquel guiso. Junto al carro, un caballo de pelaje oscuro pastaba tranquilamente y justo al lado de la escalerilla que daba acceso al interior, descansaba un lobo de pelo grisáceo, casi blanco que nos enseñó los dientes mientras emitía un gruñido de advertencia sin apenas moverse del sitio.
-    Tranquilo Venzar, ¿no ves que son amigos? –La voz sonaba relajada y tranquila, salía de dentro de la carreta y segundos después asomó la cabeza un anciano-. Saludos viajeros, mi nombre es Lemac –dijo sonriendo, como si su nombre tuviera que revelarnos algo importante o como si fuera un hombre realmente famoso. Pero lo cierto es que ninguno de nosotros lo había oído antes. Miré a los chicos por el rabillo del ojo, me di cuenta por sus caras de asombro de que ninguno de ellos pensaba contestar.
-    Saludos caballero –respondí-, venimos de las tierras élficas y nos dirigimos hacia Assen. Estamos cansados y hambrientos, me temo que el olor de su comida nos ha atraído, casi hipnotizado –sonreí procurando ser amable, con la intención de que captara la indirecta. Lo cierto es que podíamos ponernos a cazar y a cocinar, pero como ya he dicho estábamos cansados y hambrientos.
-    ¿Puedo ofreceros un plato de guiso? Me vendría bien la compañía –me devolvió la sonrisa.
Sin ninguna duda había captado mi sugerencia e incluso diría que le había hecho gracia la manera de pedirle  un plato de comida… o quizá su intención era otra. Nos sentamos cerca del fuego, Eolion se hizo cargo de repartir las escudillas con la comida mientras nosotros nos sentamos junto al viejo. Arhavir se sentó justo enfrente del anciano y le miraba con la boca abierta, fue Elivyän quien rompió el hielo.
-    ¿Eres vendedor ambulante, maese?
Aproveché para observar al anciano con detenimiento. Era un hombre extraño, las arrugas que surcaban su rostro demostraban que contaba con una considerable pila de años a sus espaldas, pero al mirarle a los ojos, unos ojos de un azul tan claro que no podría asegurar que no fueran tan blancos como su propia barba o su larga melena que casi llegaba a rozarle la cintura. Lo llevaba trenzado en los lados y había sujetado parte de él con una cinta de cuero en la parte posterior de su cabeza, dejando el resto suelto. Me fijé de nuevo en sus ojos, a pesar de que parecía un hombre bondadoso y afable, había algo en ellos que me desconcertaba, algo que me hacía pensar que aquel hombre era realmente mucho más viejo de lo que aparentaba y que me llevaba pensar que aquel hombre no era humano.
-    ¡Oh! ¿Qué te hace pensar eso?
-    No lo sé, quizá el olor que desprende tu carreta a canela o a menta, como a flores.
-    ¿Es que un viejo no puede oler bien? –Una sonrisa burlona asomó a sus labios.
-    No quería decir eso –balbuceó el elfo ruborizado.
-    Era broma, muchacho, no te apures. Lo cierto es que son esencias que traigo de muy lejos para una vieja amiga. Vive en Sartil-Null y es la propietaria de una pequeña tienda en la que vende ungüentos, pócimas y jabones que fabrican entre ella y sus dos hijas. Por cierto, no os vendrían mal algunos de sus productos –sonrió con sorna.
-    Tienes razón, nos hace falta un buen baño –le dijo Eolion mientras le ofrecía un vaso de vino y un trozo de hogaza.
-    Te encantaría la tienda muchachita –murmuró mientras recogía el vaso y el pan- ¿Os he dicho que tiene dos hijas? Aunque para ser sincero, podrían pasar por hermanas, es una mujer muy bella. Y aunque sus hijas ya son mocitas, sigue siendo una mujer muy deseable –su sonrisa se tornó picara y una chispita de deseo brillo en sus ojos.
-    ¿Dices que vende ungüentos?
-    Así es –me miró directamente a los ojos-, ungüentos de curación sobre todo, muy útiles para los viajeros como vosotros. Pero no sólo los ungüentos os serían útiles, también los brebajes, las pociones o los jabones –enfatizó la última palabra-. Ella misma recoge las plantas, semillas o los minerales que necesita para preparar sus ungüentos, pero en ocasiones, cuando paso cerca de la ciudad, le traigo productos de tierras lejanas, productos que son difíciles de conseguir por estas tierras.
-    ¿A qué te dedicas entonces, maese? –Elivyän estaba dispuesto a enterarse de lo que hacía el anciano, me pregunté si también habría notado algo extraño en él o sólo eran cosas mías.
-    Digamos que soy historiador. Mi larga existencia me ha permitido conocer, investigar, indagar e incluso entrevistar a muchas criaturas: humanos, elfos, enanos e incluso algunas no tan recomendables. Por alguna razón que no alcanzo a comprender las gentes tienen tendencia a contarme sus vidas. Les escucho y después de confirmar que se atienen a la realidad, las divulgo.
-    ¿No necesitarás un aprendiz por casualidad? –dijo Arhavir emocionado.
-    No joven mago, de cualquier forma no existen las casualidades; no, al menos, en mi caso –aseveró el anciano-. Digamos que estoy aquí cumpliendo con el destino. El mismo destino que hará que volvamos a encontrarnos.
Al anochecer del siguiente día llegábamos a las puertas de la ciudad. Sartil-Null era la capital del Reino de Ritteller. Sus murallas estaban fuertemente protegidas por los guardias que patrullaban desde los frentes abaluartados todos los rincones de la ciudad. La puerta estaba custodiada por dos baluartes coronados en sus caras y flancos por cañoneras formadas por fuertes merlones[1] que ofrecían la protección necesaria a los guardias. En los vértices de algunos de sus baluartes se alzaban las garitas. El cuerpo exterior estaba formado por un arco coronado por un imponente escudo de la ciudad, flanqueado por dos monumentales torreones semicirculares  con sus correspondientes tallas de dos reyes sedentes y coronados por capiteles de cerámica azul. El portón de doble hoja de madera de haya tachonada de un metal dorado,  se hallaba custodiado por un regimiento de bien armados guardias que velaban por el bienestar de los ciudadanos.
Nos separamos del anciano al cruzar las puertas de la ciudad, lo vimos alejarse por una de las callejuelas que corría pegada a la muralla. Nosotros, después de un rato de buscar, tras las indicaciones que nos había dado uno de los guardias, dimos por fin con la posada.


[1] Almenas y Merlones: Almena es el vano descubierto existente entre los merlones, por lo que merlón es el tramo macizo del antepecho que hay entre dos almenas.

lunes, 11 de julio de 2011

Libro de Valine 49

Desperté con las primeras luces del alba. Aún no había amanecido, pero ya no faltaba mucho. Los demás seguían durmiendo. A tan solo un par de metros de mí dormía Eolion, podía escuchar su respiración lenta y acompasada. Apoyado contra el tronco de un gran árbol y con la cabeza colgando sobre su pecho,  también dormía el muchacho; a pesar de que le había tocado a él hacer el último turno de vigilancia. Busqué al viejo mago con la mirada: había decidido antes de quedarme dormido preguntarle todas las dudas que me habían surgido sobre el anillo. No estaba, se habría marchado en algún momento durante el último turno, aprovechando el sueño de su discípulo. Me quedé sentado durante un rato sin hacer ningún ruido, decidí dejarles dormir un rato más. Habíamos recorrido gran parte del camino y estábamos cansados, además tampoco les vendría mal el descanso a los caballos. Volví a recostarme intentando ver el cielo entre las espesas copas. Después de un rato buscando un hueco, conseguí ver lo que me parecía una pequeña estrella. Me pregunte si Drusila estaría mirando el cielo también, si vería aquella misma estrella, esa sensación me hacía sentirla más cerca. Y una cosa me llevó a otra, segundos después la tenía entre mis brazos, acurrucada contra mi pecho como a ella le gustaba ponerse cuando estábamos juntos, su espalda pegada a mi pecho mientras la abrazaba suavemente rozando su piel con la mía. Pero mi mente caprichosa saltó hacia el momento del encuentro con Vhala, me estremecí al recordarlo. Drusila no me había contado nada sobre su vida y tampoco yo le había preguntado, cuando estábamos juntos sólo pensaba en amarla. Decidí que hablaría con ella cuando la viera, le pediría que me contara sobre su vida, sus preocupaciones o sus penas. De repente quería saber todo sobre ella, todo lo que pudiera servirme para hacerla feliz.
Un rato después se despertó Arhavir, después de haberse frotado los ojos con ambas manos echó una ojeada rápida a cada uno de nosotros. Cerré los ojos y me hice el dormido, en el fondo comprendía que el muchacho no hubiera aguantado despierto, no era más que un chaval. Se levantó apresuradamente, se atusó el pelo y estiró como pudo las arrugas de su ropa, sacudió la hierba seca y se acercó a mí intentando no hacer demasiado ruido. Cosa que desde luego no consiguió, porque según se acercaba le dio una patada al puchero esparciendo la comida que había sobrado la noche antes.
-    ¡Oh, por todos los Dioses! Qué torpe estoy -se lamentó mientras intentaba reparar el estropicio. Elivyän se despertó sobresaltado, después de comprobar a que se debía el estruendo, comenzó a recoger sus cosas maldiciendo en susurros. Eolion también se sobresaltó pero en lugar de enfadarse se echó a reír, creo que el hecho de ver al elfo enfurruñado incluso le agradaba.
-    En marcha muchachos, a ver si somos capaces de llegar a los acantilados antes del anochecer –les dije mientras empezaba a recoger mis cosas.
Tardamos casi todo el día en atravesar el último tramo del bosque, pensaba que llevar al chico con nosotros no cambiaría nada más que el hecho de tener que cazar para cuatro, pero no había caído en la cuenta de que al tener que compartir caballo con uno de nosotros nos retrasaría. Obviamente le toco a Eolion, ya que al ser más menuda su caballo sufriría menos al tener que soportar el peso de los dos. A decir verdad, el muchacho tampoco pesaría mucho, se notaba que con el anciano mago no había disfrutado de una vida precisamente cómoda, era un saco de huesos. Según nos íbamos acercando al acantilado los árboles se iban separando y el ambiente se hacía más húmedo, sentía las manos algo pegajosas; esa sensación nunca me había gustado pero sabía que se pasaría en unas pocas horas. Unos metros más adelante pude sentir la brisa acariciando mi rostro. Inspiré profundamente dejando que mi pecho se llenara por completo de las sensaciones que el mar siempre me había producido, cerré los ojos y me abandoné a ellas durante tan solo algunos segundos, los suficientes para infundirme el ánimo necesario para enfrentar el camino que se abría ante nosotros.
Un sendero abrupto se abría paso entre las rocas abriendo camino hacia el acantilado que se alzaba varios cientos de metros por encima del mar, que a su vez rompía contra el farallón, llegando así, hasta la pared de roca en un oleaje tranquilo; tanto que en algunos puntos se habían formado incluso pequeñas calas de arenas doradas. En ese momento el sol se ocultaba por el horizonte tiñendo el cielo de tonos anaranjados, por lo que decidimos acampar junto al camino.
 Elivyän y Arhavir se perdieron entre la maleza para buscar algo que llevarnos a la boca mientas nosotros montábamos una pequeña hoguera y disponíamos lo necesario para cocinar lo que trajeran.
-    ¿Qué vamos a hacer con los caballos? –dijo la elfa mientras hacía un gesto con la cabeza señalando la senda del acantilado.
-    No podemos llevarlos por ahí, es demasiado angosta para ellos –asintió sin decir nada, ni siquiera se volvió para mirarme- ¿Crees que deberíamos soltarlos por aquí? –esperé paciente a que respondiera. Se giró hacia mí.
-    O eso, o mandas al chico de vuelta con ellos a Telvêrnia –sonrió con malicia- es tu decisión.
-    No creas que no he estado tentado de mandarlo de vuelta en varias ocasiones –le devolví la sonrisa- ¿Es mi imaginación o el chico es algo torpe? –en ese momento Eolion rompió a reír.
-    No es tu imaginación. No es que sea algo torpe, creo que esa palabra la inventaron para él –volvió a reír de tal manera que tuve que chistar para que bajara el tono, no sabíamos si andarían cerca y no deseaba herir sus sentimientos. Intenté evitarlo, pero acabé riendo con ella.
-    ¿Puedo hacerte una pregunta? –dijo al cabo de un rato
-    Claro, dime.
-    ¿Qué piensas hacer cuando lleguemos?
-    Iré a mi casa –sabía que no se refería a eso precisamente, pero quería evitar tocar el tema de Nerva y estaba seguro de que la anciana los había puesto al corriente; si no de toda la historia, si de buena parte de ella- No sabes cuánto necesito ver a Dru, estos últimos días se me están haciendo interminables– no había nada mejor para desviar la conversación que hablarle a una mujer de otra, sabía que no podría resistirse a la posibilidad de sacarme una confesión de lo que sentía, siempre he pensado que la curiosidad es un don innato en todas y cada una de las mujeres, independientemente de su edad. Dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia mí.
-    Estas muy enamorado, ¿verdad?
-    No podría vivir sin ella –la miré a los ojos, quería de alguna manera que viera en mis ojos hasta qué punto la amaba, porque me era imposible expresarlo con palabras.
-    En cierto modo la envidio, nunca he despertado un sentimiento tan puro en un hombre. No puedo decir lo mismo de ti –su gesto se volvió taciturno- la anciana no te lo dijo todo por lo que veo.
-    No voy a dejarla, no puedo. Si es a eso a lo que te refieres –Me miró y su gesto triste se convirtió en un gesto de preocupación-. Nadie puede pedirme que lo haga. Escúchame Eolion, aun a riesgo de parecer un egoísta sin corazón, nunca voy a dejarla. No tienes idea de la emoción que sentí al acariciar su piel o al besar sus labios por primera vez. El solo hecho de imaginarla en los brazos de otro hombre me vuelve loco de celos.
-    No, no, no. No te estoy pidiendo nada. No confundas mi preocupación con otro motivo. ¿Sabes Valine...?  He llegado a apreciarte sinceramente. Entiendo que no quieras dejarla y probablemente en tu caso, yo tampoco lo haría.
La miré de nuevo a los ojos, me sorprendió la respuesta de la elfa. A decir verdad yo también había llegado a encariñarme con ellos. Recordé entonces las palabras de mi mentor: llegará el día en que tengas que anteponer tu obligación a tus sentimientos, será duro, demasiado quizá, pero estoy seguro de que tomaras la decisión acertada, pequeño Valine. En aquel momento no sabía a qué se podría referir pero ahora, después de tantos años, me pregunto si aquel monje regordete de carrillos colorados sabía exactamente de lo que me estaba hablando. ¿Era realmente un visionario o solo habría sido una coincidencia? Nunca lo sabría.
En ese momento las voces que el elfo venía dándole al joven aprendiz de mago me sacaron de mis recuerdos. Tanto Eolion como yo nos volvimos al tiempo hacia el lugar de donde provenían. Segundos después de entre los arboles apareció Elivyän con un par de perdices colgando de una mano y el arco en la otra.
-    Maldita sea, este chaval no vuelve a venir de caza conmigo –gruñó mientras nos miraba con la cara colorada de rabia y el ceño fruncido-, casi me cuesta la vida cazar un par de perdices.
-    Ya he dicho que lo siento, había mucho viento –decía el chico mientras gesticulaba con las manos intentando emular un vendaval-. No haces nada más que quejarte, soy diestro con el arco.
-    Si te veo sacar una sola flecha del carcaj, yo mismo te atravieso, pedazo de zopenco; no he visto nadie en toda mi vida más negado que tú.
-    Qué tontería –protestó el muchacho-. Soy un buen arquero, el mejor de mi aldea.
-    ¿Y qué aldea es esa? Lo digo por no acercarme a ella jamás –bufó de nuevo el elfo.
-    ¿Qué ha pasado? –decidí mediar en la disputa. Mientras me acercaba a ellos pasé junto a Eolion que los miraba con una sonrisa divertida dibujada en su rostro.
-    ¿Que qué ha pasado? Esto es lo que ha pasado –dijo mientras tiraba a mis pies su mochila asaeteada por una flecha- casi me mata, y lo peor es que las perdices estaban a más de dos metros de mí situadas hacia su izquierda, mientras que yo estaba justo a su derecha –se giró y miro al muchacho-. Está bizco o es un asesino infiltrado para matarnos antes de llegar a Assen.
-    ¿Un asesino qué? –preguntó el muchacho con los ojos abiertos como platos.
En ese momento Eolion rompió a reír a carcajadas. Miré la mochila del elfo atravesada por la flecha para intentar no contagiarme con sus carcajadas, pero me costó bastante contenerme y una sonrisa contenida asomo a mis labios. Elivyän dejó caer las perdices junto al fuego y se alejó de nosotros rezongando.
-    Tampoco es para tanto – Arhavir se encogió de hombros, se sentó junto al fuego y comenzó a desplumar las aves canturreando.
Una vez estuvieron preparadas las perdices serví dos escudillas y me acerqué hasta donde estaba sentado Elivyän. Desde que habían regresado de la cacería se había mantenido alejado del grupo. Seguía malhumorado, pero ya no estaba enfadado. Le ofrecí la escudilla sin mediar palabra, él la tomó sin levantar la mirada.
-    ¿Puedo sentarme contigo?
-    Claro –tardó un rato en contestar, en un principio incluso pensé que no lo haría.
-    ¿Sigues enfadado con el chico?
-    Podría haberme matado. Lo que más me ha dolido ha sido la reacción de Eolion.
-    No te lo tomes a mal, la verdad es que ha sido una situación bastante cómica –le di un golpecito con el codo, levantó la cabeza para mirarme y le sonreí abiertamente.
-    De acuerdo, pero no volveré a llevarle de caza.
-    Bien, no lo hagas –me eche a reír, él me miró mosqueado, pero se echó a reír también.
-    Escribiré una gesta contando esta historia, seguro que no se la creerá nadie.
-    Seguro que no, ha sido, cuanto menos, surrealista –terminamos de cenar charlando de trivialidades, al final de la cena ya se le había pasado el mosqueo y nos acercamos al resto del grupo.

lunes, 4 de julio de 2011

Libro de Valine 48

Cabalgamos durante dos días entre los árboles que en ocasiones parecían doblarse con la sola intención de cortarnos el paso; en algunos tramos incluso teníamos que bajar de las monturas. Al atardecer del tercer día, divisamos un ramal del bosque bastante despejado. Nos pareció un buen sitio para descansar: la hierba no era muy alta y había además una gran piedra casi plana en la que podríamos encender una hoguera sin temor a provocar un incendio. No nos dimos cuenta de que en el claro se habían refugiado para pasar la noche un anciano al que acompañaba un muchacho, que bien podría ser su nieto, ya que no contaría con más de 18 años. El anciano estaba sentado de espaldas al camino, ni siquiera movió la cabeza para mirar quien se acercaba; sin embargo el chico se puso rápidamente en pie.
-    Siéntate, no pierdas la concentración, Arhavir. No aprenderás nunca, muchacho  -gruñó el viejo malhumorado. Acto seguido, se dirigió a nosotros sin mover un solo musculo de su agostado cuerpo- Acercáos, forasteros. 
Dejamos los caballos a un lado y nos acercamos. Habían encendido un pequeño fuego que les servía más para calentarse que para cocinar lo que fuera que hubieran comido. Lo cierto es que en ese momento, ante ellos, sobre un paño de tela oscura, solo quedaba un poco de queso bastante seco y un pedazo de mojama, dos tortas de manteca y una bota de vino que se veía bastante consumida.
-    Disculpad la descortesía de mi aprendiz, aún no ha aprendido a diferenciar entre amigos o enemigos. Es demasiado joven.
-    No os preocupéis, no nos ha molestado –miré al  joven que sonreía de oreja a oreja como si la cosa no fuera con él; no pude evitar sonreír- podemos ofreceros algo de comida, hemos tenido suerte con la caza esta mañana –Eolion me miró con el ceño fruncido, me encogí de hombros sonriendo en respuesta a su mirada desaprobatoria. Ella siempre decía que no había suerte sino maña cuando uno salía a cazar. Sin duda ella era la mejor arquera que había conocido hasta el momento.
-    No nos vendría mal comer caliente, amigo
Me contestó sin levantar la mirada. Nos indicó con un gesto que nos sentáramos junto al fuego. Elivyän saco un buen trozo de carne que había envuelto en un lienzo blanco y se dispuso a prepararlo. El chico se acercó a él, le ofreció un puchero de barro y algunas patatas. Entre los dos tenían el guiso cociendo antes de que nos diéramos cuenta.
-    ¿Vais por casualidad hacia Assen?
-    Allí vamos –dije mientras asentía- ¿Vosotros también?
-    Si, así es –miró hacia el muchacho y lo señaló con un leve gesto de cabeza-. No puedo hacerme cargo del chico –su gesto se tornó sombrío-. Su padre lo dejó a mi cuidado poco antes de morir, pero mis huesos están viejos y doloridos; y él, ya lo ves, está pleno de vitalidad –asentí mirando al chico-. Es un buen chico, pero es muy joven y muy inexperto, además.
-    Tampoco se puede pedir más, ¿cuántos años tiene?
-    Diecisiete ha cumplido hace tres días, demasiado para un viejo como yo.
Miré al muchacho: no paraba de moverse, iba de un lado para otro como si se le fuera a acabar la vida. En pocos minutos había pasado de acariciar a los caballos, a probar como iba el guiso; después, casi a la carrera, había seguido a Eolion que estaba concentrada en tirar las tabas y de ella había vuelto hasta el elfo. En su carrera estuvo a punto de volcar el puchero en varias ocasiones.
-    ¿Qué piensas hacer con él?
-    Entregárselo a su tía. El padre, antes de morir, me habló de una hermana de la madre que tiene una granja en Assen. Allí el muchacho podría ser útil.
-    No parece un chico corriente ¿le has comunicado tus intenciones?
-    Tienes razón,  no es un muchacho corriente… la magia circula por sus venas. Es un hechicero y podría llegar a ser muy poderoso, si fuera algo más disciplinado.
-    Es muy joven, ¿no deberías darle algo más de tiempo?
-    No es tiempo lo que me sobra, amigo –en su tono pude percibir un punto de amargura-, ya no tengo fuerzas para tomar un nuevo discípulo, estoy muy enfermo y este viaje posiblemente acabe por mermar definitivamente mis fuerzas; no creo ni que pueda regresar a Telvêrnia.
-    Yo podría llevarle hasta Assen, si tienes a bien dejarlo a mi cargo –miré al chico, que seguía de un lado para otro como una cabra loca y, según lo estaba diciendo, tuve la absoluta certeza de que me arrepentiría de haberlo dicho.
-    Estaría en deuda contigo eternamente –tosió llevándose un pañuelo a la boca-, aunque en este caso no durará mucho la eternidad –intentó sonreír, pero su gesto fue más bien una mueca de dolor.
-    No tienes que preocuparte por eso, déjalo bajo mi protección y me encargaré de entregárselo a la hermana de su madre sano y salvo.
No había terminado de decirlo cuando el muchacho se acercó a nosotros con un par de escudillas llenas de patatas con carne que olían a gloria. Eolion se sentó junto a mí con su ración en una mano y unos trozos de pan en la otra. Tendió la mano hacia mí, cogí un par de trozos y le ofrecí uno al anciano. Cogió el pan mientras me lo agradecía con la mirada, ya que tenía la boca llena.
-    No puedo pagarte por su manutención, como ves no poseo bienes que poder ofrecerte a cambio del favor que me haces. Pero te haré entrega de un objeto que para mí es muy valioso.
-    No es necesario que me pagues, anciano. Hemos de cazar para conseguir sustento, no será mucho más esfuerzo cazar para cuatro.
-    Aun así, sería una manera de pagarte el favor que me haces. Me gustaría que aceptaras este anillo –se sacó el anillo del dedo, tomó una de mis manos y lo depositó sobre ella obligándome a cerrarla-. Pertenece a mi familia desde tiempos inmemoriales. Ahora es tuyo.
-    No puedo aceptarlo –abrí la mano para contemplarlo con más detalle. Tenía la forma de un dragón enroscado que sujetaba entre sus fauces una turmalina negra tallada con la forma de un corazón. Se conservaba en perfecto estado, de no haber sabido que era tan antiguo habría pensado incluso que estaría recién labrado. Extendí la mano hacia él para devolvérselo, pero me paró a mitad de camino.
-    No lo rechaces, no me queda demasiado tiempo, amigo, y no se me ocurre nada mejor en que invertirlo –no pude negarme ante su insistencia, creo que incluso lo habría tomado a mal. Mientras me colocaba el anillo en el dedo meñique, el mago siguió hablando-. Es un anillo de protección. La piedra es una turmalina negra, transforma y purifica el entorno donde se encuentra creando un escudo protector en conjunción con el calor tu cuerpo, absorbe la energía negativa y la transforma llegando incluso a sanar las heridas. Además, si oprimes durante unos segundos la piedra, se abrirá. Escúchame bien y no lo olvides, porque solo tendrás una oportunidad de utilizar el objeto que contiene el anillo y habrás de utilizarlo solo en el caso de que tu vida esté a punto de expirar.
-    ¿Quieres decir que solo me protegerá a mí? ¿No podría utilizarla con otra persona? –pareció sorprenderle la pregunta.
-    Solo protegerá una vida, es tu decisión si esa vida será la tuya o la de otro.
-    ¿Cómo funciona?
-    Solo tienes que abrir el anillo dirigiendo su poder hacia el moribundo –me miró a los ojos, como queriendo corroborar que había entendido lo que me acababa de decir.
-    Te agradezco el regalo, aunque realmente no sé si me estás haciendo un favor o todo lo contrario –le sonreí mientas acariciaba la piedra suavemente.
Terminamos de comer en silencio. Durante ese espacio de tiempo no puede quitarme de la cabeza el anillo. Si tenía el poder de salvar una vida, ¿por qué el anciano no lo había utilizado para salvar la suya? Que según sus propias palabras no prometía ser mucho más larga. Había oído decir a los monjes que la magia era peligrosa, y me preocupaba lo que pudiera pasar a consecuencia de la utilización de un conjuro tan potente.