Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

sábado, 27 de agosto de 2011

Libro de Valine 52

Sentí un golpe a los pies de mi cama y abrí los ojos sobresaltado. Intenté incorporarme, pero estaba paralizado, no sé bien si por la sorpresa o por algún otro motivo. Era como si alguna fuerza me mantuviera pegado a las sábanas. A mis pies el viejo mago mantenía un gran libro abierto entre las manos. Parecía un libro bastante pesado. Con tapas de piel en las que pude ver algunas letras de color purpura, aunque no conseguí leer lo que había escrito. El anciano parecía pronunciar algo, aunque yo no podía oírle. Pasaba las hojas despacio sin parar de gesticular y sin apartar de mí su mirada. Mirada que por otra parte, parecía perdida; como si no pudiera verme. Intenté hablar, pero las palabras no salieron de mi boca. No puedo recordar cuanto tiempo permaneció a los pies de la cama, sólo recuerdo que pasado un rato, mi vista comenzó a nublarse hasta quedar en completa penumbra, no podía ver nada, tampoco escuchaba sus rezos o cánticos, o lo que quiera que fuera que estaba recitando. Pero podía escuchar con total nitidez el ruido que hacían los pergaminos cuando pasaba lentamente cada una de las páginas. Hice un último intento de incorporarme y hablar, preguntarle qué estaba haciendo allí, pero en lugar de eso pude sentir como si abandonara mi cuerpo para alzarme varios metros por encima de él. Segundos después volaba por encima de Sartil-Null, nunca había experimentado aquella sensación de total libertad. Sobrevolé los tejados de la gran ciudad para alejarme hacia el norte, hacia el pico Valthiê, el más alto de Ritteller. Conocido en todo el reino como el lugar donde todo empezó, donde hubo vida por primera vez cuando todo era oscuridad y donde según cantaban los bardos, se habían refugiado los últimos dragones. Según avanzaba hacia mi destino, me di cuenta de que desde aquella altura podía observar casi con detalle todo lo que había bajo mis pies. Los colores parecían más vivos, las flores que cubrían los campos parecían brillar con luz propia. Pude sentir también como la sangre me ardía avanzando por cada una de mis arterias. Fue entonces cuando me mire las manos, sabía que eran mis manos pero no podía reconocerlas, una luz broncínea emanaba de mi piel de tal manera que al mirarlas me parecía ver garras en lugar de manos. Durante el camino, al sobrevolar el cruce que conducía hacia las minas de Akhraban, vi a un grupo de personas que parecían discutir el camino a seguir, no podía creer que desde mi posición pudiera escucharlos como si estuviera con ellos. Tuve la sensación de avanzar tan solo unos metros, pero de repente el paisaje cambio, se volvió más escarpado, había llegado a la cordillera Trosenhofh. Probablemente era la cordillera más larga de todo el reino, prácticamente lo dividía en dos, separando así el norte del resto de las tierras de Ritteller. Avancé entre las nevadas montañas, esquivando los riscos más empinados. Miré hacia el nordeste y ahí estaba, alzándose majestuoso, Valthiê. Giré tan solo unos pocos centímetros para tomar el rumbo que me condujera directamente hacia ella. Tras uno de los picos que se alzaba entre la morada de los dragones y yo, había una pequeña meseta rodeada de abetos. El humo de una pequeña fogata se alzaba entre las copas de los pinos, descendí unos metros y sobrevolé haciendo círculos el lugar, me sorprendió comprobar que allí perdidos entre la nieve un grupo de monjes vestidos con túnicas negras, rodeaban un pequeño altar, parecían preparar algún tipo de ritual. Me acerqué un poco más, sobre el tabernáculo había tendida una mujer, vestida tan solo con una túnica blanca, su larga melena de rizos oscuros estaba extendida por la piedra como formando una corona. Uno de los monjes portaba una estaca de algún tipo de madera tan blanca que incluso relucía. Fue entonces cuando lo vi claro, iban a matar a una vampiresa. Un escalofrío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza, la melena de aquella mujer me hizo pensar en Drusila. Intenté posarme en aquel claro para detener la matanza, pero alguna extraña fuerza me obligaba a mantenerme en el aire. En ese momento la mujer abrió los ojos y me miró suplicante, segundos después tan solo era una silueta cenicienta sobre la nieve que cubría el retablo. Consternado por no haber podido impedir que la mataran, retomé el camino hacia la montaña sagrada. Me detuve en uno de los salientes de roca y proferí un bramido que cortó el silencio extendiéndose por toda la cordillera. Me quedé abatido por un momento. Cuando alcé la vista, a pocos metros de mí, estaban mis padres. Pero justo cuando iba a acercarme a ellos, de algún sitio que no pude concretar, salido de la nada, apareció un dragón de hueso; el mismo que veía durante mi infancia noche tras noche, las pesadillas que me acompañaron hasta que conocí a Dru. Mi padre, un poderoso dragón broncíneo intentaba proteger a mi madre tapándola con su cuerpo. Me lancé en picado contra el atacante pero antes de que pudiera alcanzarlos ya los había matado a los dos, sus cuerpos yacían ensangrentados. Sentí como la ira invadía todo mi ser. Decidido a acabar con la bestia me precipité contra ella exhalando mi aliento al tiempo que emitía un rugido estremecedor. Pero según me acercaba me asestó tal golpe que me lanzó directamente contra el suelo, dejándome aturdido. Cuando conseguí recuperarme del impacto y ponerme en pie, me quedé inmovilizado por la sorpresa. Ya no estaba tendido sobre la blanca y gélida nieve, de nuevo el paisaje había cambiado. Me encontraba derribado sobre una roca plana que sobresalía de la pared unos metros por encima del suelo, a mis pies sobre un suelo de roca ennegrecida y cuarteada que parecía formar islas sobre un torrente de lava candente, se alzaba una especie de pedestal a modo de plaza. Sobre él un grupo de grotescos demonios rodeaban a un ser mucho más grande que ellos. Era un ser de apariencia humana, sin embargo yo sabía que no lo era. Vestía con ropas oscuras en las que había bordadas algunas runas en tonos violáceos y plateados. A su derecha se hallaban dos mujeres, no pude reconocer a la más mayor pero la otra sin duda alguna era Selil. A su izquierda, rodeada también por aquellos pequeños demonios había una muchacha, cuando detuve mi mirada en ella pude escuchar su voz en mi interior: “Ayúdame Ekykilukyu, tu eres el Protector”. En ese momento el demonio de apariencia humana extendió los brazos y miró hacia el cielo, mientras lo hacía grito algo que no pude comprender. Sus manos comenzaron a iluminarse, parecían estar cargando algún tipo de energía. De repente se irguió, me miró directamente a los ojos; extendió sus manos hacia mí lanzándome un rayo que impacto contra mi pecho desplazándome varios metros hacia atrás. No podía respirar, un dolor agudo me atravesó el pecho como si una lanza bien afilada me hubiera partido en dos el corazón, solo pude escuchar un tremendo estruendo mientras caía.

Abrí los ojos sobresaltado, tenía el pelo empapado y el sudor perlaba mi frente. Respiré aliviado, -por suerte no ha sido más que una pesadilla-   me dije a mi mismo. Me incorporé en la cama, las velas se habían consumido por completo dejando el dormitorio en penumbras. Repentinamente un rayo ilumino cada rincón, seguido unos segundos después por un gran trueno que me hizo saltar de la cama sobrecogido aún por lo que acababa de soñar. Me acerqué a la ventana y la abrí de par en par, una corriente de aire fresco con olor a tierra mojada me acarició la cara, cerré los ojos e inspiré profundamente, me alivió sentir la suave brisa refrescándome la piel. Instintivamente llevé la mano al pecho, justo donde había impactado el rayo que en mi sueño acabaría con mi vida.