Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Libro de Valine 55

Esperé pacientemente apoyado en el mostrador a que las dos mujeres recorrieran prácticamente toda la tienda mientras comentaban todos y cada uno de los productos que había en aquel local. Las veía charlar animadamente mientras olían algún jabón con forma de flor, de bola o de estrellas de diferentes colores. Algunos brillaban, otros teñían los dedos al tocarlos, algunos parecían incluso estar dotados de luz propia. Sin darme cuenta se nos había pasado la tarde. Miré por uno de los pequeños recuadros en los que se dividía el escaparate, las luces de las farolas de la calle estaban encendidas y el sol se había ocultado hacía ya un rato. Elivyän y Arhavir permanecían al otro lado de la tienda siguiendo con la mirada los movimientos de las muchachas mientras ellas recorrían incansables el pequeño local de un mostrador a otro sin prestarles la más mínima atención.
El sonido de la campanilla que anunciaba la llegada de algún posible cliente me hizo girar la mirada hacia la puerta de entrada. La muchacha rubia que habíamos visto por la mañana en la posada, acababa de cruzar el umbral. Se detuvo un momento mirándonos uno por uno, una amplia sonrisa asomo a sus labios y tras un gracioso gesto saludó en general a todos los presentes. Mientras se dirigía a la trastienda, desanudando su capa, pasó por delante de Elivyän y de nuevo le dedicó una amplia sonrisa. No pude evitar sonreír también al ver la cara del elfo. No me cabía la menor duda de que era un picaflor, pero estoy seguro de que la sonrisa de aquella joven le había robado el corazón. La muchacha siguió su camino hasta perderse tras la cortina, que de nuevo, con el entrechocar de sus cuentas, volvió a entonar mágicamente su dulce melodía. Un segundo después de que entrara la muchacha, se asomó la Kesaleshan y me hizo un gesto con la mano indicándome que la siguiera.
Después de atravesar la cortina, avanzamos por un pequeño y oscuro pasillo. La mujer caminaba delante de mí sin girarse ni articular palabra alguna. Había un par de puertas a los lados del pasillo que permanecían cerradas. Nos detuvimos delante de la última.         
-   Lemac te recibirá ahora –dijo mientras abría despacio la puerta del fondo.
-   Gracias –intenté sonar lo más solemne posible y la mujer inclinó ligeramente la cabeza en señal de aprobación, mientras la empujaba con suavidad.
En el centro de la estancia, sentado en una mesa redonda vestida con un faldón de tela gruesa en la que había una bandeja con un par de tazas con algún tipo de infusión humeante; el anciano limpiaba sus lentes con un pequeño paño blanco. Me saludó sin levantar la mirada.
-   Me alegra volver a verte, muchacho –la voz del anciano sonó relajada, consiguiendo que me sintiera más cómodo.
Me senté frente a él. Mientras esperaba a que terminara de limpiar sus pequeñas lentes miré a mi alrededor distraídamente. Una lámpara de aceite situada sobre un aparador de madera iluminaba el cuartito dándole un ambiente cálido y acogedor. Sobre el aparador, además, había una cesta no muy grande que contenía flores secas de diferentes tamaños y colores que perfuman el ambiente con un aroma agradable que no podría definir pero en el que sin duda predominaba el azahar y quizá también la vainilla. Sobre el aparador, colgando de la pared, un gran espejo enmarcado con la misma madera que el mueble, otorgaba una sensación de amplitud al pequeño cuartito.
El Cronista dio por terminada su tarea, se colocó las lentes y, tras ofrecerme una de las tazas, tomó la otra moviendo la cucharita de madera, removiendo su tisana con total parsimonia. Como si de un rito ancestral se tratara.
-   ¿En qué puedo ayudarte viajero?
Se inclinó y tomó una bolsa que había junto a su silla, supuse que se disponía a preparar sus cosas con la intención de tomar notas sobre nuestra conversación como hacían los cronistas que había conocido en otras ocasiones y esperé a que hubiera terminado. Pero para mi sorpresa, sacó una bolsita de cuero oscuro y una pipa. La llenó con el tabaco que había en la bolsita y procedió a encenderla sin prestarme atención, como si estuviera solo en aquella estancia. Le observé durante el proceso, no parecía el mismo hombre que había compartido la cena con nosotros, el mismo que habíamos conocido en el camino la noche anterior. Vestía una amplia túnica de seda marrón bordada con hilo de oro. Había recortado su larga melena y su barba que lucían impolutas. Dio varias chupadas a la pipa y exhaló una larga bocanada de humo. Centró su mirada en mis ojos y sentí que podía leer en mi mente como si de un libro se tratara. Me estremecí y una enigmática sonrisa asomó a sus finos y ajados labios rodeándolos con una miríada de pequeñas arrugas que se perdían en el espesor de su poblada barba.
-   Me preguntaba si podrías aclararme ciertas dudas –mi voz sonó vacilante y luché por mantener la compostura-; dudas que me asaltan y que no me dejan ni dormir.

-   No puedo marcar tu camino, Valine. Ya tienes todos los conocimiento que necesitas para tomar una decisión, lo que hagas de aquí en adelante tan solo depende de ti mismo.
La sangre se me congeló en las venas. ¿Cómo podía aquel anciano saber eso? Repasé mentalmente todo lo que habíamos hablado la noche anterior y estaba seguro de no haber comentado nada sobre el tema con él. Era imposible que pudiera haberlo imaginado siquiera. Le miré fijamente a los ojos.
-   ¿Cómo puedes saber eso? ¿Quién te lo ha contado?

-   En ocasiones, no es necesario que se cuenten las cosas. Tu alma habla a través de tus ojos –de nuevo esa sonrisa enigmática que me alteraba los nervios-. Ya conoces la historia y la mujer que te la conto es fiable al ciento por ciento. No debes dudar de su palabra.

-   No dudo –repuse rápidamente-. No se trata de eso. Tenía la esperanza… -me detuve un segundo para elegir bien mis palabras- Esperaba que pudieras ayudarme.

-   Nadie puede ayudarte Ekykilukyu –esas palabras en su boca sonaron a sentencia, y por un momento sentí que incluso me faltaba el aire-. Eres el elegido, solo tú puedes tomar las riendas del destino. Tu destino y el del mundo que conoces van ahora cogidos de la mano.
Me quedé pensativo por un momento. El anciano no apartó la mirada de mí ni un segundo, podía sentirla como si un par de brasas candentes recorrieran mi rostro escrutando cada uno de mis sentimientos que para ese momento eran algo más que caóticos. Por un lado no quería ni pensar en la posibilidad de tomar el control de mi propia vida y por otro… Sabía con total seguridad que no tenía más opciones, que a pesar de lo que dijeran la anciana o el mismísimo Cronista no estaba en mi mano decidir qué hacer con mi propia vida. Había nacido para asumir ese rol, era mi herencia; el Legado del Dragón.
-   Me han dicho que eres la persona con más conocimientos de todo el reino. La anciana no supo decirme qué fue de la muchacha. Dime Cronista, ¿sabes tú que fue de ella? ¿Tienes alguna idea de donde puede estar Nerva?
El Cronista me miró durante unos minutos que se me hicieron eternos. Parecía estar muy lejos, a pesar de estar sentado frente a mí. La espera me iba poniendo cada vez más nervioso y por fin levantó la mirada para fijarla en mis ojos.
-   No conozco esa respuesta, pero sí puedo ayudarte a encontrarla. Debes dirigirte hacia el norte y buscar la entrada al claro de la Diosa. Busca allí las respuestas a tus preguntas. Eres el Enviado, Ekykilukyu… Y sin duda la Dama Luna es la única que puede guiar tus pasos por el sendero más apropiado –hizo una pequeña pausa con la intención de darme un momento para asumir lo que acababa de decirme-. Supongo que esperabas otra respuesta, ésta ya te la habían dado.

-   ¿Puedo hacerte una última pregunta?

-   Adelante –dijo mientras asentía levemente con la cabeza.

-   ¿Por qué a la dueña de este local se la conoce por la Kesaleshan y qué significa esa palabra?

-   Eso son dos preguntas –su sonrisa volvió a aflorar a sus labios pero esta vez no me resulto enigmática sino más bien cómplice.

-   Kesaleshan es una palabra ancestral, una especie de título que en tu idioma viene a ser algo así como la hija del bosque. Nadie sabe de dónde salió Geneê, ni ella misma, aunque también es posible que la verdad sea que no desea contarlo –de nuevo esa sonrisa que me ponía los pelos de punta-. Un buen día, cuando aún no era más que una niña, apareció en una aldea de las tierras áridas del desierto. A pesar de su aspecto y de sus extrañas vestiduras, pues la chiquilla iba cubierta con pieles de animales nunca antes vistos por las tribus nómadas, aquellas gentes la acogieron y le dieron cobijo. Según la niña iba creciendo, los nómadas que la habían acogido empezaron a notar que la muchacha parecía capaz de entender e incluso de comunicarse con los animales, de la misma manera que era capaz de hacer florecer las flores más raras en mitad del desierto para más tarde convertirlas en brebajes, ungüentos y pociones capaces de curar heridas, sanar enfermedades o eliminar venenos –carraspeó un poco para aclararse la garganta, tomó un sorbo de su tisana y me miró. Su sonrisa se había borrado y su semblante parecía sereno-. Los ancianos de la tribu decidieron que no podía ser más que una hija del bosque y así comenzaron a llamarla Kesaleshan.
-   ¿Cómo vino a parar a esta ciudad?
-   La tribu nómada que acogió a Geneê pasaba una o dos veces al año por una ciudad del desierto llamada Ghimmeria, aprovechaban su estancia en la ciudad para comerciar y hacer acopio de los víveres o enseres que necesitaban reponer. En una de sus visitas la Kesaleshan fue requerida para atender a un muchacho recién llegado a la ciudad desde tierras lejanas. El viajero estaba muy grave, le había mordido una serpiente y ningún sanador de Ghimmeria había sido capaz de neutralizar el veneno. Ni que decir tiene que fue Geneê quien logró salvar su vida y de ahí nació una relación que más tarde se convirtió en matrimonio. Fue ese muchacho quien la trajo aquí.

-   ¿Dónde está él ahora?

-     Falleció hace algunos años, fue asaltado en el camino de Zilias, dejando a Geneê viuda con dos hijas pequeñas de las que cuidar, Alma y Nara. Y sumida en una profunda tristeza.
-   ¿Lo mataron?

-   Así es, pero esa es otra historia que ya te contaré en otro momento –inhaló profundamente de su pipa, soltando después el humo despacio-, ahora debo retirarme, retomaré mi camino con las primeras luces del alba.
Me levanté de la silla con la intención de abandonar la habitación cuando se abrió la puerta, la muchacha de la melena rubia y los ojos verdes se asomó sonriente.
-     Necesito una historia, tío Lemac –la voz de la chica sonaba alegre y cantarina, el anciano se volvió a mirarla y le devolvió la sonrisa-; tengo que cantar esta noche.

-     Pasa, Nara –la voz del Cronista sonó tierna y afable al dirigirse a la muchacha- Valine ya se iba. Ven pequeña, te contaré la historia de la princesa Theresa para que puedas ponerle música -Nara entró en la estancia y tomó asiento junto al viejo Cronista. Aproveché para despedirme y salir al pasillo. Me despedí de Geneê antes de abandonar la tienda.
Eolion, Elivyän y Arhavir me esperaban en la calle, la elfa había comprado media tienda, el aroma que desprendían los productos podía olerse a bastante distancia.