Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

viernes, 24 de agosto de 2012

Libro de Valine 60


Me senté en una roca que había junto a la orilla y apoyé la espalda en el tronco de un árbol que, haciendo una pequeña ese, se subía ligeramente en la roca. Me aseguré de dejar la mochila al alcance de la mano, justo delante de mí, donde no corriera peligro ni de caer al río, ni de que pudieran alcanzarla otras manos que no fueran las mías. A lo lejos podía escuchar las voces de los medianos y de mis compañeros. Aunque no llegaba a entender lo que decían, imaginaba que seguirían con las dichosas negociaciones. Me pregunté si realmente necesitaban las cosas que iban a comprar.

El murmullo a lo lejos trajo a mi memoria aquel anochecer en Assen… Había sido día de mercado y aun en las últimas horas de la tarde seguía el bullicio de los mercaderes, algunos atendiendo a los clientes rezagados y otros recogiendo sus puestos ambulantes. Huyendo de la algarabía, me adentré en el bosque. No llevaba demasiado tiempo caminando cuando Dru apareció ante mí y, como siempre que la veía, mi corazón comenzaba a galopar como un caballo desbocado.  Me detuve y la esperé con los brazos abiertos. Segundos después la oprimía contra mi pecho como si quisiera asegurarme de que siempre estaría allí. Hacia meses que no sentía su cuerpo entre mis brazos y esa sensación me provocaba un gran desasosiego.

-   Hola.
Una voz cantarina y dulce me devolvió a la realidad, levanté la mirada. Parada delante de la roca, a tan solo unos pasos de mí había una muchacha de unos 15 años. Me miraba muy seria, con su cara pecosa y su cabello rojizo trenzado a ambos lados de la cabeza. Iba vestida con ropas de muchacho y llevaba colgada a la espalda una bolsa más grande que ella, aunque a juzgar por lo que abultaba estaba casi vacía.

-   ¿Qué pasa? ¿Acaso eres mudo? –Se puso en jarras, retándome y entonces me di cuenta de que me había sorprendido tanto que me había quedado mirándola descaradamente.

-   Perdona, no pretendía ofenderte –sonreí-. Hola.

-   ¿Vais a viajar con los medianos?

-   ¿Cómo?

-   Que si viajáis con los medianos –miró hacia arriba sin levantar la cabeza e hizo un gesto de desagrado.

-   No, no tenemos intención de viajar con ellos. ¿Por qué? ¿Tú si?

-   Pues no, no han querido llevarme. Dicen que no van a mover la caravana sólo para una pasajera. No me da miedo viajar sola, lo he hecho en otras ocasiones, pero ahora es distinto, ya sabes.

-   No, no sé. ¿Dónde están tus padres?

-   Mi madre se largó cuando yo tenía dos años y mi padre falleció hace año y medio. Desde entonces me he cuidado sola –dijo retándome-. ¿De verdad no sabes lo que pasa?

-   ¿Qué es lo que pasa? –Pregunté con la total seguridad de que la cría quería venderme alguna historia con tal de viajar con nosotros, pero yo no estaba dispuesto a echarme encima esa responsabilidad.

-   Pero… ¿De dónde sales tú? Pensaba que venias de Sartil, y allí no se habla de otra cosa –se cruzó de brazos sin apartar la mirada de mis ojos, creo que pensaba que la estaba sometiendo a algún tipo de prueba. Pero la verdad es que no tenia ni idea de a qué se estaba refiriendo-. O de verdad no lo sabes o eres más tonto de lo que pareces.

-   Estoy esperando a que me lo cuentes –la verdad es que me agradó la forma de ser de aquella chiquilla que no mostraba ningún respeto ni tampoco temor alguno al hablar conmigo.

-   ¡En fin! Voy a contártelo porque veo que no tienes la menor idea –Se colocó las trenzas, estiro su camisa con las manos y tiró suavemente de su bolsa que se escurría despacio de su hombro por la falta de peso- Desde hace varios meses ha desaparecido gente de los pueblos y aldeas que hay a lo largo del camino que conduce al sur. Dicen que no vuelven a aparecer ni vivos ni muertos. Aunque… también he oído que han aparecido algunos cadáveres medio descuartizados y que a todos ellos les habían arrancado el corazón.

-   ¿Eso dicen? –Una sonrisa burlona asomó a mis labios, lo cierto es que seguía pensando que la muchacha sólo buscaba alguien con quien viajar hacia el sur.

-   ¿Ves como eres tonto? Si crees que me lo estoy inventando ve y pregunta –dijo mientras señalaba hacia las caravanas con un gesto de la cabeza.

-   Vale chica, no te enfades –me eché a reír y creo que eso la molestó incluso más que mi desconfianza- ¿A dónde quieres ir?

-   Me bastará con acompañaros hasta el cruce que hay en los montes Thermmes, hasta la posada de Manos Huecas. Allí cogeré una caravana que me lleve hasta Ghimmeria.

-   ¿Al desierto? No lo dices en serio,  ¿para qué quieres ir a Ghimmeria? –Cada vez me intrigaba mas aquella pequeña, me pregunté qué podría buscar una niña en una ciudad en mitad del desierto de Al-Rashin y sobre todo qué posibilidades tendría de sobrevivir al viaje.

-   ¿A ti qué te importa? Sólo tienes que decirme si me llevaras con vosotros hasta la posada del camino… la curiosidad mató al gato –aquella especie de amenaza por parte de la chica me hizo reír a carcajadas. Hasta ese momento no tenia la menor intención de llevarla con nosotros, pero la verdad es que me intrigaba demasiado como para dejarlo pasar.

-   De acuerdo, puedes venir con nosotros. ¿Cómo debemos llamarte?

-   Mi nombre es Yunuén, pero puedes llamarme Yun.

-   Muy bien, Yun; yo soy Valine –di una palmadita suave en la roca para que se sentara a mi lado, titubeó durante unos segundos pero al final se sentó junto a mí.

-   ¿Me contarás ahora por que estás dispuesta a hacer un viaje tan largo?

-   Desde luego que no –dijo sonriendo- es algo que no te importa –Me iba a costar más de lo que suponía, pero estaba seguro de que antes o después acabaría contándomelo.

-   Eres dura de pelar –dije sonriendo sin dejar de mirar hacia el bosque del otro lado del río- ¿Sabes algo más sobre esas misteriosas desapariciones? ¿Algún detalle que deba conocer?

-   Ya te he dicho todo lo que sé –en ese momento comprobaba los cierres de su bolsa, asegurándose de que estaba bien cerrada, como si llevara dentro el más valioso tesoro. Me miró de soslayo sin hacer el más mínimo movimiento con su cabeza-. Quizá los medianos sepan algo más.

-   Puede que tengas razón –me giré para mirar hacia el campamento- vamos.
Me levanté y recogí mi bolsa. Antes de bajar de la piedra, Yunuén se había pegado a mí como si temiera que al perderme de vista la dejara abandonada. Avanzamos paseando  hacia el campamento y de nuevo me fijé en como la chiquilla aferraba su mochila con fuerza, entonces pensé que se debería a que probablemente era todo lo que poseía. Mientras caminábamos intenté ganarme un poco más su confianza, me mostré cordial e incluso protector y a pesar de que pensé que no reaccionaría bien, pareció gustarle la sensación de sentirse protegida.

Elivyän y Arhavir avanzaban hacia nosotros comentando entre ellos las maravillosas compras que acababan de realizar. Nos encontramos más o menos a mitad del camino entre el campamento y la orilla. Me fijé en la cara de sorpresa del joven mago. Hacía ya un rato que no le quitaba ojo a Yunuén y según se acercaban una sonrisa bobalicona había comenzado a dibujarse en su rostro. Que por cierto, pasó de su tono pálido habitual a otro mas encendido que cubrió por completo su cara llegando incluso a teñir de rojo sus orejas. Tras las presentaciones y los saludos cordiales entre los elfos y la muchachita, continuamos caminando hacia el camino. Elivyän parloteaba mientras me iba enseñando cada objeto comprado.

Dos pasos por delante caminaban Arhavir y Yunuén. No podía escuchar lo que decían, pero a juzgar por la cara del muchacho lo que ella le iba contando parecía muy interesante.  Era un chico bastante tímido y sin duda ella le agradaba más de lo que estaría dispuesto a reconocer. Me fijé en él durante un momento. Parecía completamente ensimismado con las explicaciones de Yun, que gesticulaba con las manos y con la cara, hacia aspavientos exagerados  e incluso intercalaba pucheros y sonrisas. Mientras que Arhavir parecía hipnotizado por sus ojos, incluso diría que no se estaba enterando de lo que ella le contaba. La miraba extasiado, como si tuviera ante si a la mismísima Ailskâ.[i]



[i] Ailskâ – Diosa protectora de la belleza y el arte.

lunes, 21 de mayo de 2012

Libro de Valine 59

Elivyän se acercó despacio. No apartó la mirada de Eolion mientras ella se alejaba sin volverse a mirarnos ni una sola vez,  me dio un par de golpes amistosos sobre el hombro y aprovechó para empujarme ligeramente.


-     Es hora de ponerse en camino.

Tenia razón, había llegado el momento de seguir adelante y así lo hicimos. Bajamos por el camino empedrado que descendía desde las puertas del sur de la ciudad hasta el valle del Albar. El cielo estaba parcialmente encapotado por oscuros nubarrones que barruntaban tormenta, corría una ligera brisa fresca con aroma a tierra mojada y de cuando en cuando podía escucharse el sonido apagado de algún trueno lejano.

Avanzamos hacia la orilla, donde se formaba un pequeño remanso de aguas tan claras que podía verse con claridad el lecho del rio, de orillas de fina y blanca arena.
Unos metros mas abajo, un puente de piedra de tres arcos lo cruzaba hasta el otro lado del camino internándose en el espeso bosque. Junto a la pequeña playa se extendía una zona de hierba baja en la que varias familias de medianos habían acampado formando una media luna con sus carretas. A juzgar por el campamento que tenían montando, debían de llevar allí varios días, quizá más de una dekhana.
Era temprano, pero aun así, el campamento bullía de vida. Las mujeres más mayores estaban reunidas junto al fuego, charlaban animadas mientras preparaban el desayuno. Según pude observar había huevos, tortas de maíz, tocino frito y dos cantarillas de leche de cabra. Las más jóvenes se encargaban de los niños, de alimentar y ordeñar las cabras y de recoger los huevos de la media docena de gallinas que transportaban en una pequeña carreta que habían convertido en jaula. Los hombres por su parte se encargaban de las mulas, de la caza y por supuesto, de negociar con los viajeros que pudieran cruzarse en su camino.
Me sorprendió bastante encontrar una caravana de medianos en la que además hubiera mujeres y niños, aunque si bien era cierto que las familias medianas tenían tendencia a ser nómadas, siempre había pensado que los aventureros medianos acostumbraban a dejar sus familias atrás; abandonar sus aldeas y echarse al camino en busca de aventuras.
Quizá por su tamaño de no más de tres pies de altura y su peso entre 30 y 35 kg, esta raza había desarrollado la capacidad de llevarse bien con todas las demás, aunque su espíritu aventurero les llevara a buscar aventuras casi siempre en solitario. Oportunistas, listos y competentes. Preferian los problemas antes que el aburrimiento,  motivo por el cual el resto de las razas suele mirarlos con desconfianza, aunque a su manera suelen ser gente honrada.
Se dice que no conocen el miedo y poseen una notoria curiosidad. También que les gusta disfrutar de los placeres y de las riquezas, que gastan con la misma alegría con que las ganan. Los medianos tienen fama de coleccionistas, les gusta reunir todo tipo de objetos, cuanto mas raros y antiguos, mejor. Esta práctica les hace poseer objetos muy valiosos, desde insignificantes materiales para tramperos o abalorios con supuestos poderes,  hasta las armas más extravagantes y poderosas de todo el reino, que utilizan para comerciar sacando el mayor provecho de ellas.

Como era de esperar, según nos acercábamos al campamento uno de los medianos se acercó a nosotros. Instintivamente llevé la mano hasta los cierres de mi mochila, di un tirón suave de las correas de cuero para comprobar que estaban bien cerradas y aun así tiré suavemente de ella hasta colocármela debajo del brazo.  El mediano, que avanzaba hacia nosotros con una sonrisa afable dibujada en su rostro, no cambio el gesto; tan solo desvió por un segundo la mirada hacia mi bolsa y un destello de picardía casi imperceptible asomó a sus ojos. Tendió su mano hacia Elivyän, después saludó a Arhavir y por ultimo a mí.

-   Saludos caballeros –dijo, sonriendo mientras me oprimía la mano.
Me sorprendió la fuerza con la que apretaba mi mano, supongo que esperaba menos presión de una mano casi tan pequeña como la de un niño. Saludé con una leve inclinación de la cabeza al tiempo que apretaba la bolsa contra mi cuerpo. No sabía si era cierto, pero los medianos tenían fama de ser muy hábiles con las manos en cuanto a “tomar prestados” los objetos ajenos.

-   Hemos visto el campamento cuando bajábamos de la ciudad. Nos preguntábamos si tendrías alguna mercancía que pueda interesarnos –el mediano miró hacia Elivyän al tiempo que soltaba mi mano.

-   Sin duda podremos llegar a un acuerdo; siempre es agradable tener con quien comerciar,  mucho más si es con caballeros como vosotros –los ojillos del mediano se iluminaron al contemplar la abultada bolsa que el elfo sostenía sobre su mano-… Pero antes de hablar de negocios, permitidme que os ofrezca un buen vaso de leche recién ordeñada y si gustáis compartiremos también las viandas. Seguidme.

-   Os estamos agradecidos por vuestra generosidad –contestó el elfo mientras seguíamos al mediano unos pasos por detrás.

-   Mi nombre es  Frogrin, de la familia Hinkíley –dijo con orgullo mientras avanzábamos hacia una improvisada mesa en la que se habían acomodado los demás medianos del campamento, que charlaban animadamente mientras compartían el desayuno.

-   Yo soy Elivyän de la familia Ancaitar, él es Valine de la familia Kelter y el muchacho es Arhavir  de la familia… bueno, lo cierto es que no se si tiene familia –dijo mientras miraba al muchacho, encogiendo los hombros. Luego se giró hacia mí con una sonrisa pícara dibujada en su rostro. Sólo pude mirar hacia otro lado para que el joven elfo no me viera sonreír.
Llegamos hasta la mesa y ocupamos los sitios que quedaban libres. A mi derecha se sentó Arhavir, a Elivyän le toco sentarse frente a mi, junto a Frogrin y otro joven que se identificó como Sorin. A mi izquierda había un anciano que durante el comienzo del desayuno no soltó una sola palabra, pero cuando ya empezaba a pensar que debía de estar sordo o mudo, me miró a los ojos y después de un rato de escrutar con parsimonia mi rostro por fin se dirigió a mí.
-   Puede que engañes a mis hijos o a mis nietos, pero yo soy muy anciano y he vivido mucho, he recorrido casi todo el reino, luchando, bebiendo, compartiendo aventuras, e incluso mujeres con muchos guerreros. A mí no me engañas muchacho. Sé muy bien lo que eres.
Me sorprendió el comentario del anciano, supongo que durante el tiempo que se mantuvo callado lo que hizo fue analizarnos a cada uno de nosotros. No sabía a qué se refería con lo de engañar a su familia, no pretendía engañar a nadie. Pero tampoco le iba a contar a un grupo de desconocidos quién era yo, o lo que se esperaba de mí. Por otro lado, podría ser que el anciano tan solo desvariase y yo empezara a estar un poco paranoico.
-   ¿A qué te refieres, anciano?

-   A que no eres un humano corriente. Eres muy joven, pero en tus ojos se adivina que ya has vivido mucho más de lo que deberías. Hay pesar y muchas dudas en ellos.
-   ¿Cuántos años tienes, Roidri?

-   Cumpliré 137 años la próxima dekhana –contestó el anciano-; demasiados incluso para mi raza, aunque algunos medianos han llegado a cumplir los 150 –dijo mientras estiraba su espalda en el intento de adoptar una pose solemne con la que impresionarme.

-   Pareces más joven –me mostré sorprendido y él se relajó orgulloso de sí mismo, sonriendo como un niño con un juguete nuevo.

-   Me gustas, muchacho –me regaló una sonrisa falta de algunas piezas dentales-, ¿quieres saber algo, Valine de la familia Kelter? –No me dio tiempo a responder- Hace muchos años, cuando yo era tan sólo un muchacho de tu edad, no contaría con más de 23 o 24 años… –se detuvo para dar un sorbo de su taza de leche- conocí a una mujer muy hermosa.
En ese momento me di cuenta de que aquel anciano se disponía a contarme su vida, pero no me pareció prudente cortarle. Así pues me harté de paciencia y me acomodé para escuchar su relato.

 -   Su belleza obnubilaba; incluso los caballeros mas experimentados en el arte de la seducción, cayeron rendidos a sus encantos. Guerreros, condes, duques o marqueses e incluso príncipes. Era una mujer de piel tostada e intensos ojos verdes, trenzaba su larga melena dorada con pequeñas flores blancas. Vestía su hermoso cuerpo con las sedas más livianas bordadas con hilo de oro. Cuando caminaba parecía flotar sobre una nube. Era la mujer más bella que jamás habían contemplado mis ojos. Y como todos los hombres que tenían la dicha o la desdicha de cruzarse con ella, me enamoré nada más contemplarla.
Apuró la leche que quedaba en su taza y después la extendió hacia uno de los medianos que había sentado frente a nosotros. Dio un golpe con la taza sobre la mesa y el hombrecillo volvió a llenársela. Bebió un lago sorbo, carraspeó para aclarar su garganta y siguió hablando.
-   Aquella preciosa mujer se hacia llamar Norell de Valthiê, que en común significa venida del Norte, concretamente de Valthiê, en la cordillera Trosenhofh.
Se detuvo y me miró directamente a los ojos esperando una reacción por mi parte. No sé cómo conseguí controlarme, pero lo hice. Después de unos segundos observándome, decidió seguir con el relato.
-   Por aquel entonces yo era un joven de pocos recursos pero de corazón valiente y aventurero. Aquel día había salido al bosque que circundaba la ciudad de Joba, pues conocía un claro cercano con un río por el que ascendían los salmones en aquella época del año y resultaba fácil incluso para un joven y torpe mediano hacerse con una buena pieza que me diera de comer e incluso de cenar. En eso estaba cuando la vi aparecer entre los árboles. No podía dar crédito a lo que estaba contemplando.  Parecía un ser sobrenatural, como ya te he dicho antes. Parecía flotar por encima del suelo como si la misma tierra no quisiera manchar sus ropas. Se acercó a mí, sonriendo. En ese momento estaba seguro de estar soñando –bebió un trago de la leche y después se puso en pie-. Un segundo, tengo que aliviar mi anciano cuerpo. No te vayas, que vuelvo en un momento –se alejó caminando despacio, ayudado por un pequeño bastón de madera. Dejé de verlo tras unos espesos matorrales.

 
-   ¿Qué te cuenta el anciano? –Elivyän sonreía desde el otro lado de la mesa con cara de burla- Sí que le has caído bien… Ten cuidado, nunca se sabe de qué pie cojean –soltó una risotada estruendosa a la que muy a mi pesar respondí con cara de fastidio.

 
-   Aventuras amorosas –le contesté, intentando que el elfo no se diera cuenta de que me no me apetecía nada escuchar las historias del anciano. Sólo me faltaba aguantar los comentarios graciosos que vendrían después.
Elivyän me hizo un gesto con la cabeza, señalando hacia los matorrales: el anciano regresaba abrochando aún los botones de su pantalón. Hice un gesto de desagrado y él volvió a reír a carcajadas mientras se enfrascaba de nuevo en su negociación con Frogrin. El anciano volvió a sentarse en su silla. Carraspeó de nuevo.
 -   Uhmm… Sí, como te iba diciendo. Se acercó a mí, recogió con cuidado su falda y se sentó a mi lado sin mediar palabra. Paso un rato allí sentada junto a mí, mojándose los pies y dibujando pequeños círculos con ellos en el agua cristalina del río. Y por fin se dirigió a mí, su voz sonaba como una dulce melodía.

-   ¿Puedo confiar en ti, hin Roidri?
-   Podéis, mi señora.
-   Hasta hace poco tiempo creí ser la última de mi estirpe. Pensaba que conmigo acabaría mi linaje, pero estaba equivocada. Hay otro descendiente y necesito encontrarlo. Tú eres mi última esperanza, hin Roidri.
-   ¿Cómo habéis sabido que soy un hin?
-   No sólo eres un hin. Puedo ver la señal de mi protector en tu frente.

-   En ese momento me vi reflejado en el agua del rio, no había ninguna señal en mi frente; ella alargó su mano hacia la misma y la rozó con el dedo índice, una runa dorada se iluminó durante el tiempo en que ella mantuvo la yema de su dedo sobre mi piel. Tuve la certeza absoluta de que yo era su hin –el anciano se quedo pensativo durante unos segundos que aproveché para preguntarle.

-   ¿Pudiste ayudarla?
-   No, lo cierto es que no. He dedicado mi vida a esa búsqueda sin ningún resultado, ni una simple pista que seguir. Y ahora, cuando mi larga existencia está a punto de concluir, los mismos Dioses lo han sentado a mi mesa –se volvió a mirarme y comprendí que se estaba refiriendo a mi. Esa certeza me dejó helado.

-   No te entiendo, Roidri. Estás equivocado si piensas que ese descendiente que buscas soy yo. Nunca había oído hablar de los hin, ni puedo ocuparme de tu promesa hacia aquella mujer. Además, como has dicho al principio, fue hace muchos años.

-   Cierto, pero ella sigue esperándote.

-   No puedo acudir en su busca, lo siento –me miró sin comprender mi negativa, asintió con gesto compungido, se levantó y abandonó la mesa. Le miré mientras se alejaba. Me habría gustado contarle el motivo por el que no podía ayudarle, pero era un desconocido para mí, y quizá toda esa historia sólo existiera en su mente. No vi la marca que aseguraba tener en la frente y no podía arriesgarme a contarle nada.
Arhavir y Elivyän seguían negociando y regateando con los medianos, que habían extendido sobre la mesa diversas armas: arcos, espadas, flechas y virotes; algunas trampas para osos, frasquitos de diferentes colores, vendas y polvos curativos y un sinfín de pequeñas cosas que no tenía ni idea de para qué servían. Me alejé de la mesa en dirección al rio, dándole vueltas a la conversación que acababa de mantener con el anciano. Nunca había oído hablar de los hin, ni siquiera a la anciana de Telvêrnia. Una duda me asaltó de repente. ¿Por qué me había hablado de las siete custodias y nunca nombro a Norell de Valthiê ni a los hin?

martes, 7 de febrero de 2012

Libro de Valine 58

Empaqueté con cuidado todas mis cosas revisando un par de veces cada rincón de la alcoba. Por ultimo tomé la daga, la metí entre mi ropa asegurándome de que no pudiera golpearse con nada durante el viaje y abandoné la habitación para dirigirme hacia el comedor. Desde la entrada busqué a mis compañeros, pero aún no habían bajado. Elegí una mesa que quedaba junto a una de las ventanas que daba a la calle y me senté pegado a la pared dispuesto a esperar a que fueran bajando.
La camarera se acercó con una jarra de leche de cabra tibia y un cesto con varios bollos de pan blanco, trajo también huevos revueltos, mantequilla, tocino frito, un cuenco de confitura de frambuesa y un tarro de miel. Me serví un tazón de leche y empecé a untar uno de los bollos con la mantequilla mirando de cuando en cuando hacia la escalera, no quería que se nos hiciera demasiado tarde para viajar. Además estaba inquieto, no sabía si debía comentarles a mis amigos lo que había sucedido en mi cuarto o por el contrario esperar hasta tener un poco mas claro lo que debía hacer con Ankhalinar.  Sopesé la posibilidad de consultar con el cronista, pero lo deseché rápidamente. El cronista no me recibiría hasta bien entrada la tarde y para esa hora esperaba estar ya bastante lejos de la ciudad.

Eolion fue la primera en aparecer. Le hice una seña con la mano cuando la vi bajar el último tramo de escalera. Se acercó hasta la mesa y se sentó frente a mí. Mientras se servía un tazón de leche me saludó con un hilo de voz casi imperceptible.

-   ¿Estás bien? Tienes mala cara.

-   No he dormido bien esta noche –me dijo, sin levantar la mirada.

Había estado esperando a que bajaran, sobre todo ella, para contarle lo que me había acontecido durante la madrugada, pero al tenerla sentada frente a mí empecé a dudar de si debía o no hacerlo. La observé en silencio mientras se servía en un plato un par de cucharadas de huevos revueltos y cogía un bollo de pan. Me pregunté qué le preocuparía hasta el punto de no haberla dejado dormir. Quizá el hombre con el que se había reunido después de la cena era portador de malas noticias. Estuve tentado en varias ocasiones de preguntarle, pero me pareció más correcto esperar a que ella decidiera que había llegado el momento.

La puerta de la posada se abrió de golpe y un grupo de cuatro o cinco hombres irrumpió en el local hablando lo bastante alto como para que todos los allí presentes pudiéramos escuchar lo que decían, en ese momento yo estaba centrado en mirar cómo Eolion desmigaba el bollito de pan en su cuenco de leche. Levantó la mirada hacia el grupo de hombres, sin pensarlo seguí su mirada y fue entonces cuando me centré en la conversación que mantenían. Comentaban entre ellos y con todo aquel que decidió meterse en la conversación. Según habían escuchado comentar a los guardias, hacía varias dekhanas que desaparecía gente de las aldeas cercanas y no volvían a aparecer; ni vivos ni muertos. Y para colmo, aquella misma mañana habían encontrado a una mujer muerta en su cama y en su cuerpo no quedaba una sola gota de sangre. Eolion no varió el gesto mientras los escuchaba, volvió a centrarse en su cuenco de leche llevándose una cucharada de pan migado a la boca.

-   ¿Qué esta ocurriendo? ¿Tú sabes algo de eso? –asintió sin levantar los ojos del cuenco. Tardó un par de minutos en contestar, después de lo que se me hizo un silencio eterno.

-   ¿Recueras que anoche vino a verme un hombre? –asentí- Era Tyrien, un viejo amigo –hizo una pequeña pausa, creo que esperando por si quería preguntar algo, pero como no lo hice siguió hablando- Selil está en Sartil y reclama mi presencia.

-   ¿Por qué no ha venido ella misma? Me habría gustado saludarla.

-   Esta ciudad es peligrosa para los vampiros, hay mucha vigilancia y más en estos días.

-   Entiendo –hice una pausa mientras pensé en Selil escondiéndose de los guardias- Bueno, ves a verla y regresa rápido, no quiero retrasar demasiado nuestra partida.

-   No lo has entendido Valine. Me temo que no podre acompañarte a Assen –Me miró a los ojos y guardó silencio.

-   ¿Qué quieres decir? ¿No volverás con nosotros? ¿Ya sabes para qué te busca Selil?

-   Si, me lo dijo Tyrien anoche.

-   ¿Y bien? –crucé los brazos sobre la mesa para acercarme un poco mas a ella.

-   ¿Has escuchado lo que decían esos hombres? –Asentí sin comprender a donde quería llegar-. Hace mas de dos dekhanas que desaparecen personas de los alrededores

-   ¿Ha sido cosa de Selil?

-   No –dijo al tiempo que negaba con la cabeza-. Una manada de licántropos, según me dijo Tyrien anoche. Reclutan nuevos miembros entre los aldeanos.

-   Perdona, Eolion, pero no lo entiendo. ¿Qué tiene eso que ver con Selil?

-   A ver… Cómo puedo hacer que lo comprendas sin alargarme demasiado, no me gustaría que Elivyän y Arhavir se enteraran de lo que te estoy contando –me miró pidiéndome complicidad.

-   No te preocupes, no sabrán nada por mí –me sonrió pero en esta ocasión su sonrisa no era tierna y amigable, mas bien era un gesto de tristeza y preocupación. Asintió y siguió hablando.

-   Los Vampiros se dividen en dos grandes familias, la de Artanis y la de Khendra, que son los vampiros más antiguos. De ellos nacieron, por así decirlo, el resto de los seres de la noche. Al principio Artanis y Khendra compartían el dominio del submundo pero después surgieron las desavenencias entre ellos. Khendra era una mujer altiva y no soportaba estar por debajo de nadie o tener que compartir poder con el anciano, su ansia la llevó a enfrentarse abiertamente contra Artanis hasta el punto de separarse de él. Algunos la siguieron hasta los confines del mundo, más allá del gran desierto de Al Rashin –hizo una pausa para darle mas emoción al relato-. Mas tarde, cuando ambas familias fueron tan grandes que ninguno de los líderes podía controlarlas se crearon los clanes. Ambos delegaron cierto poder en sus vástagos de más confianza y les otorgaron el poder de crear nuevas criaturas. Pasando así, a convertirse en los sires de los neonatos, pero siempre bajo el poder y el mandato de los primigenios. Uno de esos clanes reside aquí, en Sartil.

-   Sigo sin entender que tiene eso que ver con Selil –la interrumpí.

-   Selil pertenecía a la familia de Khendra, pero no seguía sus dictámenes. Ella siempre ha sido demasiado independiente. Cuando renegó de Khendra se refugió en la familia de Artanis, hasta el punto de que él incluso la acogió y la crió junto a su propia nieta, Valkiria. Allí conoció a Rándal. Ahora él necesita su ayuda. Según me dijo anoche Tyrien, la manada de licántropos ha estado atacando a sus vástagos hasta diezmarlos en más de la mitad.

-   Me has preguntado antes si había escuchado lo que decían esos hombres, han hablado de la muerte de una mujer. ¿Ha sido Selil la que la ha matado?

-   No, no ha sido ella. Selil nunca pondría en riesgo la seguridad de la familia de Rándal. No se quién habrá sido, pero estoy segura de que no ha sido ella –me quedé mirándola en silencio, no pretendía que mis ojos hablaran por mí, pero no pude evitar que ella viera el pesar dibujado el ellos. Me regaló una sonrisa tierna a la par que triste.

-   ¿Volveremos a vernos, Eolion?

-   No puedo asegurarte eso –intentó sonreír y su rostro dibujó una extraña mueca-, sólo puedo prometerte que si consigo sobrevivir a esta guerra, te buscaré en Assen.

-   Te estaré esperando –apoyé una mano sobre la suya y se la acaricié despacio. Hizo un leve gesto con la cabeza señalando hacia la escalera. Elivyän y Arhavir avanzaban hacia nosotros esquivando las mesas y bromeando entre ellos.
Elivyän se sentó junto a Eolion y Arhavir dudó entre sentarse a mi lado o hacerlo junto al elfo, al final se decidió por sentarse junto a mí. Soportando estoicamente las incesantes bromas que recibía por parte de ambos, Elivyän nos contó cómo había transcurrido el resto de la noche, desde que Nara terminó de cantar hasta que la dejo en la puerta de su casa un rato después. Le brillaban los ojos al hablar de la chica, por un momento pensé que él también nos dejaría para quedarse en aquella ciudad; que por otro lado, ofrecía bastantes salidas para un bardo como él.

Ya estábamos terminando cuando Eolion les comunicó su decisión de abandonar el grupo y quedarse en Sartil-Null. Les dijo que había decidido quedarse un tiempo para aprender de la Kesaleshan, recibir algunas clases sobre las plantas y sus propiedades curativas. Les dijo que siempre le había interesado mucho aprender las cualidades de las plantas y de las flores y que a pesar de que su gente podría haberla enseñado bien, nunca tuvo tiempo para dedicarlo a esos menesteres. Ahora tenía tiempo, por lo tanto había decidido quedarse un tiempo para aprender y al mismo tiempo dedicárselo a ella misma.
Los chicos se quedaron un poco tristones, pero comprendieron el motivo que la elfa les había expuesto y la animaron a aprender todo lo que pudiera, además de aconsejarla entre risas que se buscara un novio. Eolion sonrió intentando que su sonrisa no demostrara el pesar que inundaba su alma y creo que lo consiguió, tan sólo yo supe realmente como  se sentía ella en ese momento.

Nos despedimos delante de la puerta de la posada,  Eolion no pudo evitar que algunas lágrimas cayeran por sus mejillas mientras abrazaba a los chicos.  A Arhavir le recomendó que aprendiera y se prepara bien para enfrentar la vida, que no tuviera prisa en lanzarse a la aventura. Con Elivyän el abrazo fue más intenso, a pesar de las muchas disputas que habían surgido entre ambos, también había brotado un cariño limpio y desinteresado. Le aseguró que lo buscaría en Assen cuando terminara su aprendizaje o quizá antes si llegaba a cansarse de estar ociosa. Él la animo a hacerlo con la amenaza de que si no iba ella, volvería para buscarla. La besó en la mejilla y se apartó del grupo para que no nos diéramos cuenta de que se había emocionado. Finalmente se acercó a mí y me abrazó. Estreché el abrazo, apretándola contra mi pecho, y apoyé los labios en su pelo. Pasaron unos segundos sin que dijéramos nada ninguno de los dos.

-   ¿Cómo estas, pequeña? –Susurré con un hilo de voz. Ella sonrió al recordar que fue la misma pregunta que le hice cuando la vi por primera vez después de recuperarme en casa de la anciana de Telvêrnia.

-   Te echaré de menos –su voz sonó quebrada. Le acaricié la espalda despacio.

-   No te pongas en peligro, quédate en la retaguardia… más vale que piensen que eres cobarde a que seas la más valiente del cementerio –rompió a reír y a llorar al mismo tiempo. La retire con cuidado de mí y le limpié las lágrimas con la yema de mis dedos mientras le dedicaba una sonrisa con la que quería expresar mi cariño hacia ella.

-   Lo haré si prometes que no te iras a las tierras del norte sin mí.

-   Lo prometo –dije solemnemente mientras me llevaba la mano al corazón.

La besé en la frente y después en la mejilla, ella me besó también, cogió su bolsa y su espada de doble filo y se echó a andar calle abajo. La vi marchar con un nudo en la garganta y un miedo que me atenazaba las tripas. No pude evitar pensar que quizá aquella sería la última vez que la vería. Y no estaba preparado para perder a mis amigos, nunca lo estaría.