Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 7 de febrero de 2012

Libro de Valine 58

Empaqueté con cuidado todas mis cosas revisando un par de veces cada rincón de la alcoba. Por ultimo tomé la daga, la metí entre mi ropa asegurándome de que no pudiera golpearse con nada durante el viaje y abandoné la habitación para dirigirme hacia el comedor. Desde la entrada busqué a mis compañeros, pero aún no habían bajado. Elegí una mesa que quedaba junto a una de las ventanas que daba a la calle y me senté pegado a la pared dispuesto a esperar a que fueran bajando.
La camarera se acercó con una jarra de leche de cabra tibia y un cesto con varios bollos de pan blanco, trajo también huevos revueltos, mantequilla, tocino frito, un cuenco de confitura de frambuesa y un tarro de miel. Me serví un tazón de leche y empecé a untar uno de los bollos con la mantequilla mirando de cuando en cuando hacia la escalera, no quería que se nos hiciera demasiado tarde para viajar. Además estaba inquieto, no sabía si debía comentarles a mis amigos lo que había sucedido en mi cuarto o por el contrario esperar hasta tener un poco mas claro lo que debía hacer con Ankhalinar.  Sopesé la posibilidad de consultar con el cronista, pero lo deseché rápidamente. El cronista no me recibiría hasta bien entrada la tarde y para esa hora esperaba estar ya bastante lejos de la ciudad.

Eolion fue la primera en aparecer. Le hice una seña con la mano cuando la vi bajar el último tramo de escalera. Se acercó hasta la mesa y se sentó frente a mí. Mientras se servía un tazón de leche me saludó con un hilo de voz casi imperceptible.

-   ¿Estás bien? Tienes mala cara.

-   No he dormido bien esta noche –me dijo, sin levantar la mirada.

Había estado esperando a que bajaran, sobre todo ella, para contarle lo que me había acontecido durante la madrugada, pero al tenerla sentada frente a mí empecé a dudar de si debía o no hacerlo. La observé en silencio mientras se servía en un plato un par de cucharadas de huevos revueltos y cogía un bollo de pan. Me pregunté qué le preocuparía hasta el punto de no haberla dejado dormir. Quizá el hombre con el que se había reunido después de la cena era portador de malas noticias. Estuve tentado en varias ocasiones de preguntarle, pero me pareció más correcto esperar a que ella decidiera que había llegado el momento.

La puerta de la posada se abrió de golpe y un grupo de cuatro o cinco hombres irrumpió en el local hablando lo bastante alto como para que todos los allí presentes pudiéramos escuchar lo que decían, en ese momento yo estaba centrado en mirar cómo Eolion desmigaba el bollito de pan en su cuenco de leche. Levantó la mirada hacia el grupo de hombres, sin pensarlo seguí su mirada y fue entonces cuando me centré en la conversación que mantenían. Comentaban entre ellos y con todo aquel que decidió meterse en la conversación. Según habían escuchado comentar a los guardias, hacía varias dekhanas que desaparecía gente de las aldeas cercanas y no volvían a aparecer; ni vivos ni muertos. Y para colmo, aquella misma mañana habían encontrado a una mujer muerta en su cama y en su cuerpo no quedaba una sola gota de sangre. Eolion no varió el gesto mientras los escuchaba, volvió a centrarse en su cuenco de leche llevándose una cucharada de pan migado a la boca.

-   ¿Qué esta ocurriendo? ¿Tú sabes algo de eso? –asintió sin levantar los ojos del cuenco. Tardó un par de minutos en contestar, después de lo que se me hizo un silencio eterno.

-   ¿Recueras que anoche vino a verme un hombre? –asentí- Era Tyrien, un viejo amigo –hizo una pequeña pausa, creo que esperando por si quería preguntar algo, pero como no lo hice siguió hablando- Selil está en Sartil y reclama mi presencia.

-   ¿Por qué no ha venido ella misma? Me habría gustado saludarla.

-   Esta ciudad es peligrosa para los vampiros, hay mucha vigilancia y más en estos días.

-   Entiendo –hice una pausa mientras pensé en Selil escondiéndose de los guardias- Bueno, ves a verla y regresa rápido, no quiero retrasar demasiado nuestra partida.

-   No lo has entendido Valine. Me temo que no podre acompañarte a Assen –Me miró a los ojos y guardó silencio.

-   ¿Qué quieres decir? ¿No volverás con nosotros? ¿Ya sabes para qué te busca Selil?

-   Si, me lo dijo Tyrien anoche.

-   ¿Y bien? –crucé los brazos sobre la mesa para acercarme un poco mas a ella.

-   ¿Has escuchado lo que decían esos hombres? –Asentí sin comprender a donde quería llegar-. Hace mas de dos dekhanas que desaparecen personas de los alrededores

-   ¿Ha sido cosa de Selil?

-   No –dijo al tiempo que negaba con la cabeza-. Una manada de licántropos, según me dijo Tyrien anoche. Reclutan nuevos miembros entre los aldeanos.

-   Perdona, Eolion, pero no lo entiendo. ¿Qué tiene eso que ver con Selil?

-   A ver… Cómo puedo hacer que lo comprendas sin alargarme demasiado, no me gustaría que Elivyän y Arhavir se enteraran de lo que te estoy contando –me miró pidiéndome complicidad.

-   No te preocupes, no sabrán nada por mí –me sonrió pero en esta ocasión su sonrisa no era tierna y amigable, mas bien era un gesto de tristeza y preocupación. Asintió y siguió hablando.

-   Los Vampiros se dividen en dos grandes familias, la de Artanis y la de Khendra, que son los vampiros más antiguos. De ellos nacieron, por así decirlo, el resto de los seres de la noche. Al principio Artanis y Khendra compartían el dominio del submundo pero después surgieron las desavenencias entre ellos. Khendra era una mujer altiva y no soportaba estar por debajo de nadie o tener que compartir poder con el anciano, su ansia la llevó a enfrentarse abiertamente contra Artanis hasta el punto de separarse de él. Algunos la siguieron hasta los confines del mundo, más allá del gran desierto de Al Rashin –hizo una pausa para darle mas emoción al relato-. Mas tarde, cuando ambas familias fueron tan grandes que ninguno de los líderes podía controlarlas se crearon los clanes. Ambos delegaron cierto poder en sus vástagos de más confianza y les otorgaron el poder de crear nuevas criaturas. Pasando así, a convertirse en los sires de los neonatos, pero siempre bajo el poder y el mandato de los primigenios. Uno de esos clanes reside aquí, en Sartil.

-   Sigo sin entender que tiene eso que ver con Selil –la interrumpí.

-   Selil pertenecía a la familia de Khendra, pero no seguía sus dictámenes. Ella siempre ha sido demasiado independiente. Cuando renegó de Khendra se refugió en la familia de Artanis, hasta el punto de que él incluso la acogió y la crió junto a su propia nieta, Valkiria. Allí conoció a Rándal. Ahora él necesita su ayuda. Según me dijo anoche Tyrien, la manada de licántropos ha estado atacando a sus vástagos hasta diezmarlos en más de la mitad.

-   Me has preguntado antes si había escuchado lo que decían esos hombres, han hablado de la muerte de una mujer. ¿Ha sido Selil la que la ha matado?

-   No, no ha sido ella. Selil nunca pondría en riesgo la seguridad de la familia de Rándal. No se quién habrá sido, pero estoy segura de que no ha sido ella –me quedé mirándola en silencio, no pretendía que mis ojos hablaran por mí, pero no pude evitar que ella viera el pesar dibujado el ellos. Me regaló una sonrisa tierna a la par que triste.

-   ¿Volveremos a vernos, Eolion?

-   No puedo asegurarte eso –intentó sonreír y su rostro dibujó una extraña mueca-, sólo puedo prometerte que si consigo sobrevivir a esta guerra, te buscaré en Assen.

-   Te estaré esperando –apoyé una mano sobre la suya y se la acaricié despacio. Hizo un leve gesto con la cabeza señalando hacia la escalera. Elivyän y Arhavir avanzaban hacia nosotros esquivando las mesas y bromeando entre ellos.
Elivyän se sentó junto a Eolion y Arhavir dudó entre sentarse a mi lado o hacerlo junto al elfo, al final se decidió por sentarse junto a mí. Soportando estoicamente las incesantes bromas que recibía por parte de ambos, Elivyän nos contó cómo había transcurrido el resto de la noche, desde que Nara terminó de cantar hasta que la dejo en la puerta de su casa un rato después. Le brillaban los ojos al hablar de la chica, por un momento pensé que él también nos dejaría para quedarse en aquella ciudad; que por otro lado, ofrecía bastantes salidas para un bardo como él.

Ya estábamos terminando cuando Eolion les comunicó su decisión de abandonar el grupo y quedarse en Sartil-Null. Les dijo que había decidido quedarse un tiempo para aprender de la Kesaleshan, recibir algunas clases sobre las plantas y sus propiedades curativas. Les dijo que siempre le había interesado mucho aprender las cualidades de las plantas y de las flores y que a pesar de que su gente podría haberla enseñado bien, nunca tuvo tiempo para dedicarlo a esos menesteres. Ahora tenía tiempo, por lo tanto había decidido quedarse un tiempo para aprender y al mismo tiempo dedicárselo a ella misma.
Los chicos se quedaron un poco tristones, pero comprendieron el motivo que la elfa les había expuesto y la animaron a aprender todo lo que pudiera, además de aconsejarla entre risas que se buscara un novio. Eolion sonrió intentando que su sonrisa no demostrara el pesar que inundaba su alma y creo que lo consiguió, tan sólo yo supe realmente como  se sentía ella en ese momento.

Nos despedimos delante de la puerta de la posada,  Eolion no pudo evitar que algunas lágrimas cayeran por sus mejillas mientras abrazaba a los chicos.  A Arhavir le recomendó que aprendiera y se prepara bien para enfrentar la vida, que no tuviera prisa en lanzarse a la aventura. Con Elivyän el abrazo fue más intenso, a pesar de las muchas disputas que habían surgido entre ambos, también había brotado un cariño limpio y desinteresado. Le aseguró que lo buscaría en Assen cuando terminara su aprendizaje o quizá antes si llegaba a cansarse de estar ociosa. Él la animo a hacerlo con la amenaza de que si no iba ella, volvería para buscarla. La besó en la mejilla y se apartó del grupo para que no nos diéramos cuenta de que se había emocionado. Finalmente se acercó a mí y me abrazó. Estreché el abrazo, apretándola contra mi pecho, y apoyé los labios en su pelo. Pasaron unos segundos sin que dijéramos nada ninguno de los dos.

-   ¿Cómo estas, pequeña? –Susurré con un hilo de voz. Ella sonrió al recordar que fue la misma pregunta que le hice cuando la vi por primera vez después de recuperarme en casa de la anciana de Telvêrnia.

-   Te echaré de menos –su voz sonó quebrada. Le acaricié la espalda despacio.

-   No te pongas en peligro, quédate en la retaguardia… más vale que piensen que eres cobarde a que seas la más valiente del cementerio –rompió a reír y a llorar al mismo tiempo. La retire con cuidado de mí y le limpié las lágrimas con la yema de mis dedos mientras le dedicaba una sonrisa con la que quería expresar mi cariño hacia ella.

-   Lo haré si prometes que no te iras a las tierras del norte sin mí.

-   Lo prometo –dije solemnemente mientras me llevaba la mano al corazón.

La besé en la frente y después en la mejilla, ella me besó también, cogió su bolsa y su espada de doble filo y se echó a andar calle abajo. La vi marchar con un nudo en la garganta y un miedo que me atenazaba las tripas. No pude evitar pensar que quizá aquella sería la última vez que la vería. Y no estaba preparado para perder a mis amigos, nunca lo estaría.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Libro de Valine 57

Subimos los dos tramos de escalera, avanzamos por el estrecho pasillo tan solo iluminado por una pequeña lámpara de aceite que debía estar a punto de agotarse. Esperé a que Arhavir entrara en su dormitorio, empujé la puerta y entré en el mío.
Me dejé caer en el butacón para quitarme las botas. No me había dado cuenta de lo cansado que estaba hasta ese momento. Me recosté un momento apoyando la espalda en el respaldo y me fijé en que los apliques de velas estaban apagados, en su lugar iluminaba la alcoba un pequeño candil con una luz muy tenue. Me quité las botas intentando alejar de mi mente el sueño de la noche anterior, me costó bastante pero conseguí concentrarme en otras cosas. Me metí entre las sábanas, apagué el candil y cerré los ojos con la esperanza de dormir del tirón toda la noche.
Pero no fue así, a pesar de lo cansado que estaba me costó conciliar el sueño. Pasé un buen rato con los ojos cerrados dando vueltas en la cama, intentando dejar la mente en blanco, intentando no pensar en nada, pero las idas y venidas de los demás clientes  a lo largo del pasillo lo hicieron bastante complicado hasta bien entrada la noche. Al final, el cansancio me venció y conseguí quedarme dormido.
Me desperté un rato después, no sé exactamente cuánto había dormido, pero no había sido suficiente porque seguía tan cansado como cuando me metí en la cama. Una pareja, que sin duda había bebido más de la cuenta, avanzaba por el pasillo hacia su dormitorio dando tumbos. Sonó un golpe brusco contra la puerta. He de reconocer que me faltó poco para salir al pasillo y llamarles la atención pero estaba demasiado cansado y decidí dejarlo pasar. Me enrollé con la manta de un tirón y me giré hacia la ventana, cerré los ojos maldiciendo bajito e intenté volver a dormirme.
Había conseguido relajarme y estaba a punto de volver a quedarme dormido cuando algo golpeó mi cama tal y como había pasado la noche anterior. No me moví. Sopesé la posibilidad de que fuera una rata, pero lo descarté inmediatamente: el golpe había sido demasiado fuerte. Contuve la respiración un momento y apreté los ojos con la esperanza de que solo hubiera sido mi imaginación jugándome una mala pasada. Agucé el oído sin mover un solo músculo, no se oía nada. Me mantuve un rato inmóvil liado entre las ropas de la cama con los ojos cerrados. Me fui relajando según pasaban los minutos, sin duda había sido mi propia mente la que me había confundido.  Volví a quedarme dormido y soñé. No pude recordar que había soñado pero me desperté de madrugada con una gran sensación de paz que he de reconocer que hacía años que no sentía.
Me quedé tumbado en la cama con los ojos cerrados. Era demasiado temprano y supuse que tanto Elivyän como Eolion se habrían retirado tarde y por lo tanto tardarían al menos un par de horas en levantarse. Cerré de nuevo los ojos, esta vez no tenía intención de dormir pero me resultaba más fácil dejar volar la imaginación con ellos cerrados. Como solía sucederme cada vez que tenia un momento de sosiego mi mente evocó el recuerdo de Drusila, la imaginé sentada junto al ventanal de mi alcoba; parada junto a la laguna del jardín rodeada con su larga melena ondeando al viento; evoqué su sonrisa, sus pálidos labios y no pude por menos que sonreír al recordar la canción de Nara.
De nuevo sentí un golpe a los pies de mi cama pero en esta ocasión abrí los ojos e incluso me incorporé, pero no había nadie. Me quedé un rato sentado en la cama esperando por si se repetía pero no fue así. Me levanté sin prisa, abrí ligeramente la ventana. Faltaba poco para el amanecer, en el horizonte mas allá de los tejados de la ciudad recortando el perfil de las montañas, el cielo parecía querer teñirse de colores anaranjados.
Volví a meterme en la cama, entonces me di cuenta de que la luz del alba había inundado mi alcoba de tal manera que la hebilla de mi cinto, mi espada y en general todos los objetos metálicos parecían brillar por sí mismos, como si fueran de plata recién pulida. La luz se intensificó y la ventana se cerró de golpe. Me sobresalté y de un respingo me puse de rodillas sobre la cama. La luz azulada parecía danzar de un lado a otro iluminando cada rincón por el que pasaba, incluso pasó sobre mí obligándome a inclinarme un par de veces. Se detuvo a los pies de la cama, para ese momento me había levantado y estaba parado de pie junto al lecho. Aquella luminiscencia comenzó a crepitar, parecía estar partiéndose en cientos de luces menores que se agitaban sin control a gran velocidad sin alejarse del foco de luz. Después de un rato pareció ir tomando forma, se transformó lentamente tomando forma femenina. Me miró a los ojos y me estremecí.
No podía moverme del sitio, estaba paralizado, pero no sentía temor. Tampoco estaba inmovilizado por algún tipo de magia, mas bien se debía a la enorme curiosidad y el asombro que había despertado en mí aquella extraña visión. La mujer desvió la mirada hacia sus manos en las que portaba algo, aunque con el resplandor no podía apreciar con claridad lo que era. Tampoco dije nada, espere a que fuera ella la que hablara, pero se mantuvo callada hasta que las luces comenzaron a moverse lentamente. Fue entonces cuando la escuche por primera vez: susurró mi nombre, y su voz sonaba como  una dulce melodía.
No había dejado de mirarla un solo segundo, su rostro no había cambiado en ningún momento, ningún gesto, ni bueno ni malo. Tampoco la vi mover los labios en ningún momento pero… podía escuchar cada una de sus palabras con claridad. Volvió a repetir mi nombre, yo quería contestar pero estaba demasiado impresionado para articular una sola palabra. Y entonces, como una revelación, tuve claro que se trataba de una enviada de la Dama Luna. Volvió a pronunciar mi nombre y me habló:


Un rayo de luna blanca

en una noche sin luna,

en las manos de la dama

brillaba la luz más pura.



Forjando con su pureza

la esperanza  y  el deseo,

de todos los hombres

de corazón puro y bueno.



Un trocito de su alma

te entrego en este momento,

con una sola advertencia

de esta daga que te ofrezco.



Se prudente por tu bien

una vez que la despiertes,

porque corazón que toca

se torna en ascuas ardientes



Inundando con su luz

la más oscura  ponzoña,

de esos oscuros seres

que nos proyectan su sombra.



En tus manos queda ahora

el destino de los hombres,

usa el filo que te entrego

Ankhalinâr” es su nombre.

Abrí los labios con la intención de hablar con ella. Quería saber que debía hacer con aquella daga, que esperaba la Dama que hiciera y por qué hacia recaer sobre mí el destino de los hombres. Pero no me dio opción, según terminó de hablar las luces comenzaron a girar de nuevo a gran velocidad y la figura del ser se fue difuminando hasta formar un tenue foco de luz que salió de mi alcoba por donde había entrado.

Dejé la daga sobre la cama y me senté inclinado hacia delante con la cabeza entre las manos. Cerré los ojos con la esperanza de que al abrirlos todo hubiera sido un sueño, de la misma manera que me había sucedido la noche anterior. No quería creer lo que estaba pasando, me resistía a levantar la cabeza. Luché un rato conmigo mismo y me pareció que habían pasado tan solo unos minutos, pero cuando levanté la vista ya era de día. La busque con la mirada y ahí estaba, sobre la manta de mi cama recordándome cada una de las palabras que me había dicho aquel ser de luz.

La cogí pensando que seria muy pesada, pero para mi sorpresa era liviana y manejable.  La empuñadura estaba labrada, había una torre sobre una base de lo que parecían las cabezas de cuatro dragones de hueso; sobre los dragones dominaba un dragón broncíneo. La parte alta de la torre se cerraba como una garra de dragón que parecía sujetar una bola de cristal ambarino: una citrina. El filo de la daga parecía de plata, aunque según la movieras, en ocasiones parecía de cristal. Lo que mas llamaba la atención de aquél arma era que brillaba...  Tanto como la misma luna.