Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

viernes, 15 de febrero de 2013

Libro de Valine 61


Durante los tres días que siguieron, nuestro viaje transcurrió sin incidentes. Caminábamos a buen ritmo parando tan solo para alimentarnos y para descansar. La confianza de Yun fue creciendo, aunque he de admitir que solo hasta cierto punto, ya que la muchacha no soltaba su bolsa prácticamente en ningún momento y, cuando se veía obligada a hacerlo, se aseguraba de tenerla lo más cerca posible. Seguía intrigándome el motivo por el cual se aferraba a su bolsa con tanto recelo.

Elivyän también lo había notado, pero creo que su curiosidad era incluso superior a la mía. En cuanto tenía la menor oportunidad increpaba a la chica intentando sonsacarle lo que escondía. Al principio Yun se lo tomó como una broma, pero la insistencia del elfo había empezado a incomodarla, llegando en alguna que otra ocasión a desencadenar pequeñas disputas entre ellos.

A lo largo de  las últimas horas el cielo había ido cubriéndose de nubarrones negros, la suave brisa que nos había acompañado toda la mañana se había ido volviendo  más fresca a medida que pasaban las horas, tanto que al llegar la noche se hacía necesario incluso echarse por encima algo de abrigo.
 

Llevábamos unas horas intentando encontrar algún sitio en el que refugiarnos de aquellos amenazantes nubarrones, sin ningún resultado. Pero al  anochecer, casi cuando nos habíamos hecho a la idea de soportar el chaparrón que se nos venía encima, fue cuando dimos por casualidad con un pequeño claro que se abría junto a la orilla del río. Recuerdo que nos quedamos parados durante un rato en el linde del claro, observando con cautela y al mismo tiempo con asombro aquel pequeño pedacito de tierra cubierto de flores con forma de estrella. Las había de todos los colores: blancas, lilas, rojas, amarillas… era increíble comprobar como la vida se abría camino dejando pasar la luz solar a través de aquel hueco entre las copas de aquellos inmensos robles. Por un momento llegué a pensar que estaba soñando y que aquel pequeño claro solo estaba en mi imaginación, alucinación causada, tal vez, por el deseo de abandonar aquellos umbríos bosques en los que apenas notabas la diferencia entre el día y la noche.

El río había perdido gran parte de su furia y corría sosegado, tanto que incluso parecía haber decidido parar en aquel pequeño claro para darse un descanso antes de continuar su largo recorrido hasta el mar de las Brumas. A un lado del claro, pegando casi a las raíces retorcidas de aquellos gigantes, se alzaba una pequeña choza circular hecha completamente de piedra y cubierta casi en su totalidad por espesas enredaderas. También el musgo había tomado posesión de la parte baja de la choza de tal manera que la pequeña cabaña parecía brotar de la misma tierra. La entrada,  ligeramente escavada en el suelo, estaba orientada hacia el sur, supongo que con la intención de soslayar los vientos fríos del norte, evitando de esa manera que el aire entrara por las rendijas de aquella desvencijada puerta.

Nos acercamos despacio hacia la orilla del río, casi con remordimientos de pisar aquel frondoso manto de flores, como si quisiéramos levitar en lugar de pisarlo. Dejamos nuestras bolsas en una piedra plana junto a la puerta de la choza y nos acercamos al rio, que como ya he dicho parecía haberse detenido a contemplar la belleza de aquel pequeño y mágico paraje.
 

-         ¿Creéis que esta casa esté habitada? –Preguntó después de un largo silencio Yun, que alternaba la mirada entre el agua del rio, nuestro pequeño grupo y la puerta de la choza.

-         No parece probable –contestó Elivyän sin levantar la mirada del agua. Le miré de soslayo, casi sin hacer movimiento alguno; el rumor sosegado del agua nos tenía casi hipnotizados-. Fijaos en las raíces que intentan apoderarse de la puerta.


Nos volvimos casi al mismo tiempo a mirar la puerta. Tenía razón, algunas raíces de los inmensos árboles salían del suelo y ascendían entrelazadas por la pequeña abertura que quedaba entre el suelo y la madera de la puerta. Casi como si el bosque quisiera recuperar el terreno que le había sido robado tiempo atrás. El resplandor de un relámpago iluminó el pequeño claro, no sé en qué momento se había hecho de noche pero lo cierto es que o llevamos un buen rato atontados mirando el agua o se nos había echado la noche encima sin darnos cuenta. Unos minutos después, un estruendoso trueno o quizá la lluvia que había empezado a caer, nos devolvió a la realidad.


-          Démonos prisa o acabaremos calados hasta los huesos.
 

Elivyän, con su machete en la mano, se dirigió hacia la pequeña puerta y comenzó a golpear las raíces que, obstinadas, parecían no querer liberar su pequeña presa.  Tomé mi cuchillo y me sumé al esfuerzo del elfo por liberar la puerta. Arhavir, que hasta ese momento se había mantenido junto a Yun intentando protegerla con un trozo de manta bastante ajado, se acercó a nosotros, extendió las manos en dirección a las raíces y murmuró algunas palabras ininteligibles. Elivyän y yo nos quedamos paralizados cuando ante nuestros incrédulos ojos las raíces parecieron cobrar vida, se fueron desenredando despacio y retirándose hasta lo más profundo de la tierra, dejando así libre de ataduras la entrada de la choza. La puerta emitió un crujido que parecía más un quejido lastimero. Entramos primero el elfo y yo, seguidos inmediatamente por el mago y la chica, que cerró la puerta tras de sí.

La estancia estaba oscura, tras unos segundos que tardaron mis ojos en acostumbrarse a la penumbra puede ver una especie de chimenea justo en el centro de la estancia. Aún contenía restos de ceniza. Busqué madera con la mirada esperando que aún quedara dentro de la choza, porque para ese momento llovía a cantaros y habría sido bastante difícil prender fuego en la leña mojada. Arhavir volvió a susurrar y la pequeña habitación se iluminó con una tenue luz azulada. Elivyän se acercó, cogió algunos troncos que había apilados bajo uno de los ventanucos y los depositó en el centro de la chimenea circular.


-          Vamos, pequeño mago, haz que ardan –dijo sonriendo de oreja a oreja-, estamos calados, si no nos secamos rápido acabaremos enfermos y consumidos por la fiebre – se apartó de la chimenea animando al mago con gestos, sin borrar la sonrisa burlona de su rostro.

-          No es tan sencillo –protestó el joven elfo- aun no domino el fuego, podría incendiar toda la choza.

-          Ya me parecía demasiado bueno para ti, en todo el viaje no te hemos visto ni siquiera practicar, mucho menos hacer magia. Me tienes anonadado. Has sido capaz de convocar luz; tenue, pero luz –soltó una risilla burlona

-          Déjalo en paz, siempre estas con tus bromas, que por cierto, sólo te hacen gracia a ti, por si no has notado que nadie más se ríe – Arhavir se sonrojó, pero sus ojos brillaron intensamente al ver cómo Yun salía en su defensa. Sonreí aprovechando que había poca luz y que ninguno de ellos podía verme.

-          Dejadlo ya –corté, tajante-. Tengo en mi bolsa eslabón y pedernal, ¿puedes alcanzármelo, Elivyän?

-          Claro.


Un rato después nos calentábamos junto al fuego. Nos habíamos quitado la ropa mojada y habíamos cocinado algunos trozos de carne, unas patatas y algunas castañas que aún nos quedaban de lo que habíamos cazado o recogido por el camino. Después de cenar, Elivyän había tomado su laúd y canturreaba mientras los chicos se habían acomodado cerca de él para escucharle.


Me quedé un poco apartado del grupo, desde que salimos de Sartil no había tenido una oportunidad de quedarme solo, lo cual agradecí ya que no me sentía con fuerzas de analizar lo que me había ocurrido en las últimas horas en aquella ciudad. Pero mi mente, reacia a revivir los últimos acontecimientos, buscó otro entretenimiento y fue entonces cuando me fije en los detalles de aquella diminuta cabaña.  Había una cama bastante amplia en la que cabrían al menos dos personas un poco apretadas, era bastante rudimentaria, apenas unos troncos y unas pieles de oso un tanto destensadas formaban el armazón. Sobre la piel, una especie de saco relleno con lana de ovejas hacía las veces de un colchón bastante mullido. Como era de esperar, Yun había estirado sobre el colchón su pequeña mantita y había tomado posesión de la única cama. Junto al catre, una mecedora construida con los mismos materiales y orientada hacia la chimenea parecía haberse convertido en el lugar elegido por Arhavir para pasar la noche. Siempre que podía estaba cerca de ella. Entre los chicos y el lugar elegido por Elivyän para acomodarse aquella noche, había una especie de alacena que contenía algunos utensilios para cocinar; algunos los habíamos usado para hacernos la cena. En el lado opuesto, justo enfrente del elfo, junto a la pequeña puerta estaba apilada la leña: no había mucha pero sería suficiente para calentarnos durante toda la noche. Yo me acomodé junto al otro ventanuco, desde donde podía divisar la entrada al claro. A pesar de haber atrancado bien la puerta prefería tener controlada la entrada para evitar sobresaltos.

El elfo seguía canturreando cada vez más bajito, o al menos eso me parecía a mí. Quizá solo fuera que el cansancio iba venciendo mi resistencia y empezaba a sentir la embriaguez que produce el sueño. Centré la poca atención de la que disponía en Yunuén, busqué la mochila y como ya venía siendo lo habitual, la muchachita la protegía entre sus brazos y su regazo. Elivyän se levantó perezoso, cogió un par de troncos y los puso sobre las brasas, chisporrotearon al entrar en contacto con el calor, el elfo protesto entre dientes y después de un rato soplando suavemente, las llamas brotaron de nuevo.

 
-          Puedo hacer el primer turno si estás muy cansado –susurró.

-          ¿Crees que será necesario montar guardia?

-          No parece que vaya a venir nadie, pero tampoco sabemos si el dueño de la mansión contaba con tener invitados esta noche -una sonrisa asomó a sus labios.

-          Tienes razón. Pero en el caso de que decidiera venir esta noche con la que está cayendo,  no solo sería un insensato, también sería un inoportuno –le devolví la sonrisa con las pocas fuerzas que me quedaban-. Aunque no pensaba precisamente en una persona.

-          ¿En qué pensabas, entonces?

-          Quizá en algún tipo de animal –miré hacia los muchachos y las pieles que formaban parte de sus lechos- Creo que podemos deducir que este bosque alberga por lo menos osos, y desde  luego lobos.

-          Si, los hemos oído en varias ocasiones –miró hacia la puerta-. Creo que aguantará. Está bien atrancada.

-          De acuerdo. Durmamos pues, pero mantén un ojo despierto –le guiñé un ojo y me gire hacia la pared, sonriendo. Le oí protestar durante un rato hasta que por fin se hizo el silencio.