Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Libro de Valine 53

Me pasé la yema de los dedos, despacio, como esperando encontrar alguna herida. Me había parecido tan real que incluso después de llevar un rato despierto juraría que seguía doliendo.

El crujir de las ruedas de un carro contra el adoquinado llamó mi atención. Desde mi ventana podía contemplar una parte de la plaza e incluso una pequeña porción de la calle que ascendía hacia la parte alta de la ciudad. Era una calle ancha y bien iluminada, habíamos preguntado al posadero durante la cena hacia dónde conducía aquella. Nos llamó la atención que fuera la única que mantenía los faroles encendidos. Según el dueño de la posada, aquella calle llevaba directamente a la plaza central de TerarNull, barrio noble donde se hallaba el acceso al Palacio Real. Los faroles se mantenían encendidos durante toda la noche para facilitar la vigilancia de la guardia sobre todos aquellos transeúntes que se acercaran a la zona. Según nos contó, aquella zona albergaba también a la más rancia aristocracia de Ritteller. El Templo de Étyra, la Diosa protectora de la Magia, y el de Morphis, cuyo culto estaba dedicado a los placeres y el esparcimiento; La Torre del Arcano, que contaba entre sus dependencias con su propia escuela.
Además de algunos edificios gubernamentales como el alto tribunal, el ayuntamiento y el teatro. Contaba además con sus propios comercios en los que podías encontrar los más ricos y variados productos de todo el reino. La plaza central de TerarNull daba acceso al castillo mediante un puente levadizo. El castillo se hallaba situado en un promontorio rodeado de acantilados que imposibilitaban el acceso a la zona por otro camino. Su posición además, le otorgaba una situación privilegiada ya que dominaba una vasta extensión tanto tierra adentro como por el mar. En mitad de la gran plaza había una gran fuente en la que se alzaba majestuosa una estatua ecuestre del monarca. La plaza rodeada de comercios y jardines, daba acceso a seis calles adoquinadas e iluminadas de la misma manera que la calle principal, con majestuosas mansiones a ambos lados de la calzada.

Miré hacia el cielo que permanecía cubierto: hacía un rato que había parado de llover, pero aún se podía ver el resplandor de los rayos iluminando el cielo. Los truenos, sin embargo, cada vez sonaban más lejanos. Volví a la cama. Necesitaba dormir, pero la idea de volver a soñar con aquel mágico ser me desagradaba. Decidí centrar mi mente en otra cosa y me puse a repasar mentalmente todo lo que nos haría falta reponer para seguir nuestro camino. No sé en qué momento me quedé dormido, pero cuando me despertaron los golpes y las voces que Elivyän le propinaba a mi puerta, ya era de día.

- ¡Pasa! –Grité mientras me incorporaba. Elivyän empujó la puerta y entró en el dormitorio como un torbellino.
- Vamos, perezoso, estamos esperando abajo para desayunar y las tripas ya empiezan a quejarse –Soltó una risotada mientras se dejaba caer sobre el butacón.
- Empezad sin mí, sólo tomare un cuenco de leche tibia.
- Hay tocino, pan blanco recién hecho, mantequilla y miel, huevos y pasteles que hace la mesonera… ¿No se te abre el apetito?
- No, no tengo hambre. Desayunad vosotros para ir adelantando, no tardaré en bajar –
Elivyän se levantó y se dirigió hacia la puerta-. Por cierto, no dejéis las habitaciones, nos quedaremos una noche más –Elivyän asintió y salió cerrando la puerta tras de sí.

Mientras me vestía, intenté evitar el recuerdo del sueño que me había mantenido despierto gran parte de la noche. No fue fácil librarme de la sensación de desasosiego que me provocaba, pero conseguí centrarme en todas las cosas que nos quedaban por hacer antes de ponernos de nuevo en camino, no quería retrasar más la partida, por lo tanto, disponíamos de un solo día. Cerré la puerta de mi habitación y me dirigí al piso de abajo.

Entré en el comedor y busqué a mis amigos con la mirada. Me sorprendió que a una hora tan temprana la posada estuviera tan concurrida. Apenas había amanecido hacía un rato. Todas las mesas estaban ocupadas con viajeros que desayunaban como si de su última comida se tratara. Me fijé en un hombre bastante gordo que comía a dos carrillos, me recordó a los ratones cuando hinchan los mofletes reservando comida para más tarde. Estaba sentado en un rincón junto a una ventana entreabierta que daba a un patio oscuro por el que se accedía directamente a las cuadras. Detuve la mirada en una mesa en la que había una pareja de mediana edad, el hombre parecía concentrado en lo que quiera que tuviera en el cuenco, mientras que ella paseaba la mirada nerviosa de una mesa a otra como si estuviera buscando algún objeto preciado. Localicé a mis amigos en la esquina opuesta. Se habían sentado junto a una de las ventanas que daban a la calle. Estaba abierta, dejando entrar la brisa fresca de la mañana. Las nubes se habían disipado por completo dando paso a una soleada mañana de primavera.

Me senté junto a Eolion, que me pasó un cuenco y la jarra de leche tibia recién ordeñada. Ni siquiera me miró, estaba inmersa en la conversación que mantenían cuando me senté. Sin embargo me dio unas palmaditas en la mano a modo de saludo, supongo que fue su manera de darme los buenos días. Sonreí y me serví un poco de leche que fui bebiendo dando pequeños sorbos. Aproveché para observar con más detenimiento el local. La noche anterior me había parecido más lúgubre, quizá por el cansancio, quizá porque no estaba demasiado iluminado, no lo sé, pero lo cierto es que por la mañana parecía completamente distinto.
En una de las esquinas había una pequeña tarima a modo de escenario. A un lado de la tarima, casi pegado a la pared, un viejo clavecín de teclado sencillo bastante recargado. Había escuchado la noche pasada al dueño presumiendo de él. No dudaba de que fuera una obra de arte, pero para mí que soy profano en ese campo, no era más que un pequeño piano extremadamente adornado. A la derecha de la tarima estaba la barra que ocupaba todo el frontal de la estancia, calculé que tendría unos cuatro o cinco metros, o quizá algo más. Tras la barra, una puerta cubierta por una cortina hecha de cuentas de madera y cristal del tamaño de una oliva, daba acceso a la cocina. El resto del muro estaba cubierto con una estantería repleta de botellas y de diversos tipos de jarras y vasos. El resto del local estaba salpicado de mesas de gruesa madera, de bancos sin respaldo y de taburetes. Unas pocas lámparas de aceite repartidas sin orden por las paredes y una lámpara grande con forma de rueda de carro que colgaba del techo justo encima de una mesa de considerables dimensiones que se hallaba más o menos en el centro del local, y que en ese preciso momento estaba ocupada por un grupo de faranduleros que charlaban alegremente mientras desayunaban como si hiciera tiempo que no se llevaban nada caliente a la boca.

Eolion volvió a darme unos toques en la mano, esta vez para llamar mi atención. Me volví hacia ella y le sonreí mecánicamente. Ella me devolvió la sonrisa.

- ¿Estás bien? –Su sonrisa se borró dando paso a una expresión de preocupación- Pareces más cansado que anoche cuando te fuiste a dormir.
- No he dormido bien –Admití, sin intención de explayarme más, pero ella no estaba dispuesta a dejarlo así.
- ¿Por qué? ¿No estaba bien mullido tu colchón? ¿No habría chinches en tu cama, verdad? –Dijo, al tiempo que sus labios dibujaban una amplia sonrisa burlona.
- No, nada de eso –Aparté la mirada, no quería que viera en mis ojos que no tenía intención de contarle lo que me había perturbado- Me despertó la tormenta.
- ¿La tormenta? Apenas fueron unos truenos –Soltó una risita burlona- ¿No piensas decirme qué te preocupa?
- Quizá más tarde. Sinceramente, no me apetece hablar de ello en este momento.
- De acuerdo, pero quiero que tengas en cuenta que cuando lo consideres oportuno puedes acudir a mí, estaré aquí para escucharte –Me sonrió, le devolví la sonrisa y me llevé el cuenco a la boca. Apuré la leche que quedaba y me limpié la boca- ¿Nos vamos ya?

La puerta de la posada se abrió despacio, la luz del sol inundó gran parte del salón, mientras la silueta de una mujer se dibujaba a contraluz. La pesada puerta se fue cerrando lentamente según la figura avanzaba hacia la barra. Una vez que se hubo cerrado y el resplandor dejo de cegarnos, pudimos verla con claridad. Iba envuelta en una capa de paño de primera calidad en color carmesí, con un gesto de su mano dejo caer hacia atrás la capucha. Al pasar junto a la mesa, detuvo su mirada un segundo en Elivyän, le sonrió y saludo con una leve inclinación de la cabeza. Miré al elfo: Seguía embobado mirándola con la boca abierta. La muchacha se detuvo junto a la barra y con un movimiento elegante echó hacia detrás los bordes de la capa que quedó colgando por detrás de sus hombros. Mantenía una conversación relajada con el posadero cuando se acercó a ellos la esposa. La muchacha se giró hacia ella, debajo de la capa llevaba una camisa del mismo tono que dejaba sus hombros al aire, ceñía la camisa a su cuerpo con un corpiño de cuero negro. El pantalón, del mismo tejido, iba rematado a ambos lados con unas tiras de cuero que dejaban ver una línea de unos dos dedos de ancha de su pierna y se ajustaba a su cuerpo como su segunda piel; calzaba una botas de caña alta con algo de tacón, aun así era una chica menuda, pero esbelta. Al girarse hacia la posadera, su melena dorada como el trigo maduro, se liberó de la capa cayendo en grandes rizos por su espalda hasta más abajo de la cintura. Lo ahuecó distraídamente con la mano. En ese momento miré a Elivyän, su gesto había pasado de estar embobado a estar fascinado por la imagen de la muchacha. Le hizo gestos a la camarera para que se acercara.

- ¿Quién es? –Pregunto a la muchacha mientras señalaba con la cabeza hacia la chica.
- ¿La rubia? –Elivyän asintió sin dejar de mirarla- Es la hija menor de la Kesaleshan.
- ¿Qué es la Kesaleshan? –Preguntó con cara de asombro el elfo.
- No tengo ni idea señor, sólo sé que se la conoce por ese nombre. Si no desea nada más, volveré a mis quehaceres –Elivyän hizo un gesto con la mano y la muchacha siguió sirviendo las mesas.

Entretanto, la joven de la barra dio por concluida su conversación con los posaderos y se dirigió de nuevo hacia la salida. Al pasar a nuestro lado pude verle la cara con más detalle. Era una mujer muy joven, no contaría con más de dieciocho o diecinueve años. Tenía una cara angelical, y unos enormes ojos verdes con un halo dorado bordeando la pupila y una mirada llena de vitalidad. Lo cierto es que comprendí la mirada del bardo; no sólo la suya, la de todos los hombres que había en la posada en ese momento. La muchacha iluminaba el local con su propia luz.

3 comentarios:

  1. Pedazo relato, bienvenida de nuevo Alma y pedazo ojos de la chica.

    Espero hayas descansado mucho en tus vacaciones.
    Saludos.

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  2. Gracias Dany. Los ojos son de Nara y sí, son preciosos :)

    Besitos.

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  3. Que hermoso relato, y que bien definidas todas las situaciones. No me extraña que el local estuviese tan iluminado con esos ojos......
    Me ha encantado.
    un abrazo

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