Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

jueves, 13 de octubre de 2011

Libro de Valine 54

Elivyän siguió a la muchacha hasta la calle mientras que terminábamos de desayunar. Me llamó la atención el apetito de Arhavir. Hasta ahora, nunca le había visto comer tanto. Tenía el plato rebosando comida que parecía no terminarse nunca, la ayudaba a pasar dando largos sorbos de su taza de leche de cabra. Eolion le miraba medio incrédula, sorprendida por la voracidad del muchacho. Cuando por fin el joven mago dio por terminada su comida, nos dirigimos hacia la calle donde nos esperaba el elfo. Eolion y yo nos miramos sonriendo al verle la cara. Había pasado ya un buen rato desde que la chica de los ojos verdes abandonara la posada y él seguía con la misma cara, la mirada perdida en algún punto del horizonte y la sonrisa bobalicona asomando tímidamente a sus labios.

-   Aquí está nuestro enamorado –dijo la elfa en tono burlón. Me miró y me guiñó el ojo sonriendo con malicia- ¿Vas a necesitar un cubo para las babas? ¿O tal vez haya suerte y tu ensimismamiento nos prive de tus comentarios ingeniosos?–se echó a reír. El ruido cantarín de la risa de Eolion molestó bastante a Elivyän.

-   ¿De qué hablas? Sólo estaba respirando un poco de aire puro, ahí dentro el ambiente estaba demasiado cargado

-   Claro, claro –replicó el joven mago-, ya sabemos a qué te refieres –las carcajadas de ambos le molestaron más si cabe e hizo un gesto amenazante con el puño delante de la cara del muchacho que salió corriendo sin parar de reír.

-   Como te acerques vas a probar mi ingenio, chaval –se giró hacia la elfa con cara de pocos amigos- ¿Y tú de que te ríes? -Como era de esperar Eolion no dejó de reír mientras le hacía gestos con las manos para convencerle de que pararía de hacerlo enseguida. No pude más que unirme a las risas de ambos, a lo que Elivyän sólo respondió encogiéndose de hombros-. Sois patéticos… -dijo, mientras aceleraba el paso.
Durante el resto de la mañana caminamos sin rumbo fijo por las calles de la ciudad, recorriendo comercios y comprando los enseres que debíamos reponer para continuar el viaje. La ciudad parecía un hervidero de personas. Recuerdo que pensé que tal vez se debería a que era día de mercado, pero lo cierto es que en Sartil-Null todos los días eran así. Aunque también era cierto que por aquellos días además, daba la casualidad de que se acercaba la onomástica del rey. Las gentes del pueblo y las que habían venido por ese motivo, se preparaban para la gran fiesta que se ofrecería en palacio. Monarcas y personalidades de reinos vecinos empezarían a llegar en pocos días, las calles se habían vestido de fiesta, habían sido engalanadas con farolillos de colores y guirnaldas de flores adornaban las farolas. Las familias más pudientes habían colgado de sus balconadas banderas con el distintivo de su familia o de la corona. Por el contrario, los menos favorecidos se habían limitado a colgar modestos banderines de diversos colores. Las banderas de la ciudad junto con las de los reinos vecinos invitados al evento ondeaban en las fachadas de todos los edificios oficiales. El bullicio, las risas, el ir y venir de las gentes de aquella ciudad, la llenaban de vida; pero también aumentaba el pillaje y en consecuencia aumentaba la vigilancia, los guardias de la ciudad paseaban en parejas entre la muchedumbre procurando evitar desde pequeños hurtos hasta grandes saqueos a los honrados comerciantes que trabajaban sin descanso durante aquella dekhana, la primera de Zadâchi[1], coloquialmente conocido como el mes de las flores.
A medio día llegamos a una pequeña plaza a la que se accedía a través de unos arcos de piedra que ejercían de vínculo entre las casas de ambos lados de la calle. En el centro una estatua de mármol blanco que representaba a una joven muy hermosa con los brazos extendidos hacia el cielo y su larga melena ondeando al viento. En un rincón de la pequeña plaza había un mesón que había colocado mesas en la calle, quizá por motivo de las celebraciones en las que estaba sumida la ciudad. Nos sentamos en una de las mesas que estaba pegando a la pared. Un rato después degustábamos un plato de keirmish, que era una especie de asado de venado, bastante especiado, con patatas asadas y verduras cocidas que acompañamos con unas buenas jarras de cerveza bien fría. El ambiente festivo de la ciudad nos había contagiado. Mientras saboreábamos nuestra comida, charlábamos, gastábamos bromas –o, en el caso de Elivyän, las aguantaba-… Vimos pasar al Cronista. Caminaba despacio, apoyándose en su báculo. Pasó frente a nosotros y entró en una pequeña tienda al otro lado de la plaza. Durante el resto de la comida permanecí atento a la puerta de aquel comercio; quería hablar con el Cronista de nuevo. Tal vez él podría aclararme el significado de mi sueño. Había oído decir en numerosas ocasiones que era un hombre sabio, quizá sólo por todo lo que había vivido, aunque también corría el rumor de que aquel hombre no era humano, se decía que provenía de otro plano. Lo cierto es que por el motivo que fuese, si había un hombre capaz de ayudarme, ése era Lemac, Cronista de Ritteller.
Una vez terminamos de comer nos dirigimos hacia la pequeña tienda del otro lado de la plaza. El local hacía esquina y tenía la entrada justo por la esquina haciendo chaflán, un cartel colgado junto a la puerta rezaba “Aromas de Ritteller”. En el escaparate cubierto en gran parte por una enredadera de hojas verdes y racimos de diminutas flores purpúreas, mostraba un cartel en el que pudimos leer: Pociones y Ungüentos. Al abrir la puerta una pequeña campanilla anunció nuestra llegada. No había nadie. Mis compañeros aprovecharon para husmear por la tienda. Estaba oscura, iluminada por algunas lámparas de aceite colocadas estratégicamente de manera que iluminaban los productos más caros dejando en penumbra los más económicos. Al fondo de la tienda había una pequeña puerta cubierta por una cortina de cuentas de cristal. Junto a la puerta un mostrador de madera en el que se repartían uniformemente algunas cestitas que contenían diferentes hiervas, tarros de cristal llenos de polvos de diversos colores y una pequeña romana con su juego de pesas. A los lados de la tienda, pegados a sus paredes expositores con las puertas de cristal, mostraban gran variedad de frasquitos de diferentes colores con sus correspondientes cartelitos que anunciaban lo que contenían: Poción desinfectante, ungüento calmante para la piel, ungüento para quemaduras, aceites esenciales, jabones naturales, etc. Nunca había visto tanta variedad, ni siquiera sabía que las plantas o las flores pudieran servir para fabricar tal cantidad de productos. Miré a mi alrededor; a pesar de que la tienda era bastante sombría su olor te hacía sentir cómodo. Se podía percibir un amplio abanico de fragancias, desde el especiado cardamomo al aroma más sutil de la bergamota. Mezclados con los aromas florales de las lilas, los jazmines, las flores de lavanda, el lirio, el limón, la manzanilla y un sinfín de pequeñas flores de diversos colores, no podría nombrarlas todas, porque algunas me eran desconocidas. Cogí una flor de una de las cestas, que parecía una borla formada por diminutas florecillas de color malva y me la acerqué a la nariz.

-   Es trébol rojo –la voz de una mujer sonó a mi espalda. Me giré hacia ella- Permite conservar el equilibrio psíquico. Ayuda a mantener la sangre fría en situaciones de crisis –me miró sonriendo y su rostro mostraba una total confianza en sí misma-, también es bueno para los trastornos en las mujeres de mediana edad –sus labios dibujaron una sonrisa burlona, solté la flor rápidamente y ella se giró hacia el mostrador ampliando su sonrisa ante mi reacción- ¿Puedo ayudaros en algo caballeros?

-   Buscábamos algunos brebajes, ungüentos, pociones o lo que podáis ofrecernos para paliar las molestias de un prolongado viaje.

-   Puedo ofreceros varios productos caballeros, mirad sin prisa y elegid lo que gustéis.

-   Hace ya un rato, vimos entrar aquí al Cronista. Decidme, buena mujer… ¿Está él en vuestra casa?

-   Está descansando –su gesto se volvió hosco por un momento, pero enseguida volvió a mostrar su enigmática sonrisa.

-   ¿Podríamos hablar con él cuando despierte?

-   El Cronista os recibirá a la caída del sol, es su costumbre cuando alguien viene pidiendo audiencia.

-   De acuerdo, en ese caso, volveremos al anochecer –procuré darle a mis palabras un tono tranquilizador, ella me miró a los ojos por un momento y luego asintió sin mediar palabra.

La cortina de cuentas volvió a producir un sonido agradable que más parecía una dulce melodía que un entrechocar de bolas de cristal. Me volví a mirar intrigado. En ése momento cruzaba el umbral de la puerta una muchacha de cabello oscuro, sin duda la hija de la dueña, pues el parecido era indiscutible. Llevaba su larga melena suelta, recogiendo tan solo algunos mechones trenzados con una cinta roja en la parte posterior de la cabeza. Poseía los ojos más grandes que recordara haber visto hasta aquel momento. Unos ojos almendrados que a la par de ser preciosos dejaban percibir una profunda tristeza en aquella joven. Llevaba una blusa blanca que dejaba al descubierto parte de sus hombros de piel morena y que ajustaba a su cuerpo con un corpiño del mismo paño que la falda, en color azul marino. Un cordón de cuero oscuro del que colgaba una media luna de nácar lucía en su escote como único adorno. Instintivamente miré hacia Elivyän, tanto el elfo como el joven mago miraban a la chica con la boca abierta. La muchacha les miró ofreciéndoles una sonrisa dulce y cautivadora, con ese pequeño gesto la chica los tenia a los dos comiendo de su mano. Si les hubiese pedido que se tiraran por un acantilado lo habrían hecho sin dudar un sólo segundo. He de reconocer que a pesar de todo, por mi mente también pasó fugaz una pizca de deseo.

-   Señorita –saludé con una leve inclinación de la cabeza. En ese momento centró su mirada en mí y sentí un escalofrió recorrerme el cuerpo.

-   Caballero –saludó imitando mi gesto y pasó junto a mí para dirigirse hacia Eolion que curioseaba entre los jabones, los perfumes y los ungüentos. Embelesada con las formas y los colores.

3 comentarios:

  1. Ya se echaba de menos tu magia.
    Saludos maja.

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  2. Muchas gracias Dany. Creo que eres mi mejor fan. Bueno mi único fan xD

    Un cálido susurro.

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  3. Estoy sin internet, y pensaba que tendrías muchos textos subidos, pero me alegra ver que publicas despacio, para mí mejor (jeje). Aunque ahora me he quedado con ganas de más!!!

    Un abrazo!

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