Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

sábado, 28 de enero de 2012

Libro de Valine 56

Regresamos paseando casi con desgana. Se nos había pasado el día sin darnos cuenta y de la misma manera se nos había echado la noche encima. De regreso a la posada nos desviamos por una calle estrecha y fuimos a dar al puerto. Me sorprendió la diferencia que existía dentro de la misma ciudad de unos barrios a otros, del barrio del mercado al del puerto o al barrio noble. No conocía el barrio humilde pero, según tenia entendido, los campesinos, los habitantes de otras ciudades e incluso los lugareños menos favorecidos habían ido edificando sus casas al cobijo de las murallas de la ciudad buscando la protección de la guardia de Sartil-Null; con el tiempo se había ido creando una segunda muralla que albergaba todo tipo de gente.
A pesar de ser de noche no era demasiado tarde y aun así, no había casi nadie. Algunos marineros rezagados que se dirigían hacia la única taberna que se veía por los alrededores y un par de pescadores terminando de guardar sus redes. Un par de mujeres se acercaron a nuestro grupo ofreciendo sus favores, algunos golfillos buscando entre la basura algo que llevarse a la boca. Las luces de las pocas farolas que se repartían por los muelles estaban apagadas en su mayoría, tan solo un par de ellas permanecían luciendo. Al final del puerto en la parte más oscura, había un grupo de cuatro o cinco hombres que se giraron al tiempo cuando notaron nuestra presencia.
 No habíamos cruzado una palabra desde que entramos en aquella zona. Miré a mis amigos y me di cuenta de que estaban tan tensos como yo mismo. Nos detuvimos delante de una ventana iluminada con la tenue luz de una lámpara de aceite. Me sobresalté cuando escuche la voz aguardentosa de una anciana a la que no habíamos visto.
-   ¿Qué buscan los milores en este lado de la ciudad? –Se le escapó una risilla grotesca mientras nos mostraba su desdentada boca, con un solo diente que parecía crecer justo en medio.
-   ¿Puede indicarnos el camino hacia el mercado? –Escuché la voz de Eolion, que en ese momento me sonó como la de los propios celestiales.
Después de un rato de darnos indicaciones poco precisas decidimos tomar uno de los callejones que parecía dirigirse hacia el centro. La noche se había apoderado por completo del cielo que estaba oscuro como boca de lobo. El callejón serpenteaba de un lado para otro y en cada esquina pensábamos que se abriría a alguna calle mayor, pero para nuestra desesperación cada vez se iba haciendo más estrecho y oscuro; el olor a salitre y a brea había desaparecido cambiando poco a poco por un olor a humedad, a suciedad y a ratas. Lo cierto es que a pesar de que nos parecía que llevábamos horas andando por aquel callejón no habíamos avanzado demasiado: no llevaríamos más de diez o quince minutos dibujando eses por aquella apestosa callejuela. Por fin, unos metros mas adelante, la calle se partía en dos gracias a un gigantesco árbol. Nos detuvimos bajo sus ramas que casi invadían todo el callejón para decidir qué camino tomar. Hacia la derecha parecía ascender a una zona mas alta y hacia la izquierda parecía volver a perderse en interminables curvas.
-   Sigamos por el de la derecha –dijo Elivyän-, si venimos del mar, lo lógico es que subamos.
Parecía lo más sensato, así que tomamos la calle de la derecha y comenzamos a subir por aquella callejuela que en lo único que se diferenciaba de la otra era precisamente en que ascendía. Llevábamos un rato andando cuando por fin salimos a una calle algo mas ancha. Se nos iluminaron los ojos cuando nos dimos cuenta de que un par de metros mas allá se abría la plaza del mercado, en la que aun quedaban algunos mercaderes retrasados terminando de recoger sus puestos. Como impulsados por un resorte imaginario aceleramos el paso hacia la posada: estábamos cansados y hambrientos.
Según nos acercábamos me pareció extraño no escuchar el bullicio y la animación que reinaban en el local la noche anterior; por el contrario y a pesar de estar incluso más lleno que la noche pasada, solo se escuchaban los murmullos de los jugadores del fondo de la posada. Como cada noche había unas cuantas partidas abiertas de alquerque y algunos jugadores de naipes. El resto de los presentes parecía haber tomado posiciones en torno al pequeño escenario donde se encontraba el clavecín. Nos dirigimos hacia la única mesa que quedaba libre, era una mesa más bien pequeña por lo que tuvimos que apretarnos un poco. Al cabo de un rato la muchacha que nos había servido el desayuno se acercó a la mesa.
-   ¿Vais a cenar? –Preguntó sonriéndole a Elivyän- ¿O solo queréis algo de beber?
-   Tráenos algo de cenar, preciosa –Contestó el elfo al tiempo que le hacia un guiño. La muchacha asintió y se alejó entre las mesas con las mejillas encarnadas y una sonrisa de oreja a oreja. El elfo nos miró sonriendo– Sólo me aseguro de que la cena sea copiosa -Eolion puso los ojos en blanco mientras asentía con un gesto burlón dibujado en su rostro.
Mientras esperábamos la cena hicimos un repaso de cómo había ido el día: habíamos conseguido comprar todo lo que nos haría falta para continuar el viaje a excepción de los caballos, tarea que habíamos decidido dejar para el día siguiente. El posadero subió a la tarima.
-   Damas y caballeros, me complace comunicaros que esta noche para amenizar la velada tenemos el placer de contar con Nara. La mayoría ya la conocéis y no seria necesaria una presentación, pero como estas noches están llegando muchos viajeros nuevos, he pensado que lo correcto es que os la presente. Por lo tanto, con todos vosotros, la mejor cantante de Sartil-Null.
Según el posadero bajo del escenario, las luces de algunas lámparas de aceite se atenuaron de manera que la lámpara que había sobre el clavecín iluminara más que el resto. Elivyän y Arhavir acomodaron sus banquetas a los lados de la mesa para mirar hacia el escenario. Un segundo después la muchacha rubia, la hija menor de Geneê, subió al escenario. No parecía la misma chica que habíamos conocido aquella misma tarde. Había cambiado sus ropas de cuero por un vestido de terciopelo en color burdeos. Adornaba su pronunciado escote con una gargantilla de la que colgaban tres pequeños rubíes y los pendientes a juego. Su larga melena estaba recogida en un moño del que colgaban algunos mechones rizados que acariciaban suavemente sus hombros cada vez que ella hacia algún leve movimiento con la cabeza. Sus ojos verdes parecían centellear con la luz que proyectaba la lámpara. Nara saludó con una leve inclinación de la cabeza, depositó un estuche sobre la tapa del clavecín y saco de él con sumo cuidado un instrumento. Primero pensé que era un laúd, pero luego supe que se trataba de una mandolina. Durante unos minutos se concentro en afinar sus cuatro pares de cuerdas. Cuando dio por terminado su trabajo levantó la mirada hacia el público.
-   Buenas noches –saludó y espero a que su público devolviera el saludo-. Esta noche me gustaría contaros una historia en lugar de cantar –a sus labios asomó una sonrisa tímida- y, por supuesto, la acompañare con la música de mi mandolina.
Dio un paso atrás y se acomodó en la silla que el posadero había colocado en el pequeño escenario. Los asistentes se acomodaron también en la medida de lo posible dado que los bancos que ocupábamos eran todo menos cómodos. La muchacha miró hacia uno de los rincones del fondo, sus ojos se iluminaron y volvió a sonreír. Esta vez su sonrisa era de seguridad en si misma. Seguí la dirección de su mirada y comprendí la razón de su sonrisa: en aquel rincón estaban su madre y su hermana. Nara comenzó a tocar la mandolina, sus dedos se movían ágiles por los trastes de aquel instrumento haciendo que sonara suave y melódico. No puedo decir qué pieza estaba interpretando porque no entiendo apenas de música, pero puedo decir que te tocaba el alma. Y entonces en el momento en el que empezabas a sentirte transportado por aquella suave melodía escuche la voz de la chica.
-   Este antiguo poema esta dedicado a la princesa Theresa, dicen que lo escribió un bardo que estaba perdidamente enamorado de ella –una nueva sonrisa iluminó su rostro mientras bajaba la cabeza concentrada en los acordes de la música.

Contaban algunas
que había un caballero
que en vez de una pluma
llevaba la luna
prendida al sombrero.

Si le preguntaban:
¿por qué esa rareza?
El hombre explicaba
que le recordaba
a una princesa.

-¿De grandes riquezas?
-inquiría un niño-
-De labios cereza,
mirada traviesa y
la piel de un armiño.

-¿En qué se parece
su dama a la luna?
-De noche adormece
su alma y la mece
en sueños de espuma.

Muriendo de pena
me dejó el corazón;
su belleza plena,
canto de sirena:
todo se lo llevó

en un amanecer
en que el sol quemaba
su cuerpo de mujer...
sólo pude coger
su luz y guardarla.[1]

Nara terminó su poema pero siguió con la melodía algunos minutos más. Una vez hubo terminado se levantó de la silla y saludó al publico haciendo una pequeña reverencia. Los aplausos resonaron por todo el local, algunos nos pusimos en pie mientras aplaudíamos. Guardó su instrumento mientras escuchaba los gritos de algunos clientes que le pedían otra con bastante insistencia. Terminó de cerrar el estuche y prometió cantar de nuevo mas tarde.
Me volví hacia Elivyän para pedirle su opinión sobre la música que acabábamos de escuchar, pero ya no estaba. Eolion me hizo un gesto con la cabeza señalando hacia la mesa de la Kesaleshan. No supe ni en ese momento, ni tampoco después, de dónde había sacado el elfo aquella flor. Pero lo cierto es que llevaba una orquídea multicolor. Una flor bastante difícil de conseguir y más en aquella parte de Ritteller.
Al poco rato Eolion se disculpó por abandonar la mesa, por lo visto había entre el publico algún viejo conocido con el que la vi después sentada en una de las mesas del fondo. Parecía bastante seria, incluso diría que preocupada, pero no me pareció prudente acercarme a su mesa. Esperaba que si sucedía algo me lo contara después.
Nara volvió a cantar un par de veces más. Yo no conocía ninguna de las canciones, pero debían ser bastante populares, ya que mi único acompañante durante el resto de la noche incluso las tarareaba por lo bajito.
Entre actuación y actuación se había hecho bastante tarde.  La noche pasada no había dormido bien y estaba muy cansado, por lo que me costaba mantener los ojos abiertos. Me incliné hacia Arhavir para avisarle de que me retiraba a descansar. El muchacho también estaba cansado y decidió seguir mi ejemplo. Hice un gesto con la mano para despedirme de Eolion y a Elivyän ni siquiera le vi.






[1] Esta poesía es una colaboración original de Laura Martin Calleja.

3 comentarios:

  1. Pido perdón por el retraso en las publicaciones. He pasado por un momento difícil y perdí las ganas de seguir soñando.

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  2. Hola, tus susurros mortales, deseo que sean inmortales, nada de perder las ganas de seguir soñando, no te voy a dejar. Estoy a tu lado.
    ! Ánimos!, sor, Cecilia te lo pide.
    te dejo un gran beso de mi ternura
    Sor.Cecilia

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    1. Muchas gracias Cecilia, no esperaba que siguieras entrando y me ha sorprendido gratamente. La verdad es que tus palabras siempre me han ayudado. Un beso.

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