Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 20 de julio de 2009

Libro de Marcus 15

Caía la noche, el cielo se había cubierto con una espesa capa de nubes que no dejaba divisar las estrellas, la luna se adivinaba tras los espesos nubarrones. Mire a la mujer, que seguía en la misma posición que hacia horas con la vista perdida y jugando con uno de los rizos de su pelo, decidí no sacarla de su abstracción y comencé a vestirme, calculando mentalmente el tiempo que me llevaría llegar hasta las puertas de Assen.

Según mis cálculos en un par de días estaría en el pueblo que tantas veces había recorrido con ella cogida de mi brazo, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo. Según se iba acercando, mis dudas acerca de cómo me recibiría Drusila se iban acrecentando, intenté en varias ocasiones desechar la idea de que ella estaría en los brazos de otro hombre, pero esa imagen volvía una y otra vez, desgarrándome el corazón.

Algo me sobresalto, un ruido sordo se produjo unos metros por delante de mí, en lo más profundo del bosque. Me detuve en seco, agucé el oído, escrutando con la mirada entre los recovecos del intenso follaje. Inmóvil como una estatua de mármol observe varias bestias, que entre gruñidos despedazaban un cuerpo sin vida del que sin duda se estaban alimentando, el olor de la sangre del animal invadió todo mi ser despertando a la bestia, pero me contuve, el olor que emanaba de esa jauría embravecida por la matanza de su presa era inconfundible, Licántropos.
Una manada grande, demasiado grande para enfrentarme a ella y demasiado peligrosa como para arriesgarme a pasar cerca, por suerte para mi, estaban tan centrados en arrebatarse la comida unos a otros que no se percataron de mi presencia. Retrocedí sobre mis pasos con sumo cuidado para no despertar la atención de ninguno de ellos, al tiempo que buscaba desesperadamente un lugar para ocultarme.

Consideré la posibilidad de trepar a uno de aquellos arboles inmensos que se perdían en el cielo, pero sabía que si algún miembro de la manada captaba mi olor, no se apartarían hasta acabar conmigo, deseche rápidamente la idea y busque otra opción sin perder de vista la manada que seguía en su lucha por la tajada más sabrosa. Sopese la posibilidad de salir corriendo lo más rápido que pudiera, los lobos son bastante rápidos, pero no tanto como los vampiros, aunque deje esa opción como último recurso.

1 comentario:

  1. Retomo la historia de Marcus hasta aquí: curioso. Porque me tropiezo de bruces con los licántropos. Siento decirte, Susurros, que siempre he alimentado mis sueños con esta figura, anteponiéndola a la del vampiro. Eternos rivales...

    Seguimos. Besos.

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