Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 13 de abril de 2009

Libro de Marcus - 14.

Observe detenidamente la estancia, sus oscuros rincones estaban cubiertos con ricos lienzos a modo de cortinajes en tonos que iban desde el gris perla al marengo, con algunos hilos de plata entretejidos dibujando una especie de mosaico, sobre la mesa un bol lleno de frutas, me pregunte para que querría esa hermosa mujer las frutas. Una gran cama con dosel perfectamente estirada, presidía de forma majestuosa la pequeña habitación, iluminada con infinidad de velas, que de ningún modo llegaban a iluminar lo suficiente.

Miré a la mujer, parecía distraída, medio recostada en un diván que prometía haber conocido épocas mejores, jugaba con su pelo con la vista fija en algún punto del techo. Me atreví por fin a acercarme y me senté en el diván junto a ella, desvió la mirada hacia mi y me sonrió de nuevo dulcemente, pasando su mano insinuante por el filo del vestido, entendí la invitación y me incline sobre ella para besar despacio su escote, dejo de jugar con su pelo, extendió la mano enredo los dedos en mi pelo apretándome contra ella.

Me sorprendió que aquella mujer de aspecto frágil y delicado pasara a ser una gata salvaje, tiro de mi pelo para alejar mi cara de sus senos, la mire perplejo esperando su siguiente movimiento, alzo una ceja y con una media sonrisa dibujada en su rostro de diosa, paso la uña por su pecho, la sangre broto despacio, la mire de soslayo, sonreía complacida con la expresión que debía dibujarse en mi rostro.
Perdí la conciencia del tiempo transcurrido, en la euforia que me produjo su sangre no me di cuenta de cómo habíamos llegado hasta el lecho, ni siquiera de en que momento nos habíamos quitado la ropa, mis manos recorrían cada rincón de su cuerpo y ella respondía a cada una de mis caricias, cegado por la pasión y la sangre la hice mía.

Estaba exhausto, la miré y sin embargo ella parecía plena, una de sus manos descansaba sobre el vientre y con la otra jugueteaba con su melena, según me contó, llevaba mucho tiempo sola, sin compartir su lecho con un hombre, su melancolía le confería un aire de misterio que la hacia irresistible, pero algo la ataba a aquel lugar, algo que decidió no compartir conmigo.

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