Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 8 de junio de 2010

Libro de Valine 26

No tardamos demasiado en llegar, una vez allí soltamos los bultos y nos relajamos durante un rato. Nos comimos la última fruta que habíamos recogido en el valle mientras comentábamos como había ido hasta ese momento el viaje. Elivyän aprovechó el descanso para acercarse a Eolion, Selil se apartó un poco del grupo y se sentó en la entrada con la mirada perdida en algún punto de la oscuridad infranqueable, o al menos lo era para mí. Aproveché para recostarme, con la espalda apoyada en la piedra cerré los ojos con la intención de dejar la mente en blanco, no quería pasar el rato que nos habíamos tomado de descanso dándole vueltas a lo que nos quedaba por afrontar. Pero a pesar de que lo intenté me fue imposible, seguía sintiendo los ojos de aquella presencia clavados en mi nuca. Esa sensación me llevo de nuevo a la noche en la que llevé a la vampiresa a mi cubil, después de lanzarme todas aquellas preguntas clavó su mirada en la mía y un escalofrió recorrió todo mi cuerpo. Por un lado sabía que tenía que responder a todas sus preguntas y al mismo tiempo hacer que la mujer se sintiera a salvo conmigo, hacerla comprender que no deseaba hacerle ningún daño. Me fui acercando despacio a ella mientras le hablaba con el tono más cálido y tranquilizador que fui capaz de ofrecer. Según me iba acercando la vampiresa se iba tensando, me detenía y la ofrecía una de mis sonrisas más seductoras. Por fin conseguí llegar hasta ella sin que saltara sobre mí, tampoco era que me asustara esa posibilidad, sabía que no me costaría demasiado librarme de ella, pero no era lo que yo quería. Me intrigaba lo que le había pasado, me resultaba bastante extraño que le hubieran dejado en aquel estado, ¿quién podría haberle hecho algo así? Sin duda tenía que haber sido otro vampiro. Un mortal no la habría dejado con vida, habría rematado su faena. Un vampiro tendría la fuerza suficiente para dejarla mal herida, pero ¿por qué, qué habría hecho aquella mujer para merecer tan brutal paliza?

Un golpe seco me forzó a abrir los ojos buscando la causa y en ese momento una sonrisa asomó a mis labios, Eolion había empujado a Elivyän, que había perdido el equilibrio y había caído contra los bultos. Ella hacía gestos con la cara demostrando así que el elfo la sacaba de sus casillas y él parecía divertido, tumbado sobre las bolsas se reía sin parar mientras le tendía la mano como pidiéndole ayuda para levantarse y cada vez que lo hacia ella le daba un manotazo, a lo que él respondía con sonoras carcajadas. No me había dado cuenta de que Selil no estaba. La busqué con la mirada. Se había situado unos metros más adelante, arropada completamente por la oscuridad de la noche. No había movido un solo músculo, parecía una estatua tallada en la misma roca, incluso diría que se había unido a la piedra. Me distraje de nuevo con la pelea juguetona de la pareja y antes de que me diera cuenta Selil estaba pegada a mí, nunca podría acostumbrarme a la velocidad con que se mueven los vampiros. Me tomó de la mano y tiro de mí hasta una especie de ventana que se abría en la roca, con un gesto de la cabeza señalo hacia los bordes de las inmensas paredes de piedra que nos rodeaban, miré intentando ver algo pero la noche estaba demasiado oscura.

- ¿Qué has visto, Selil?

- ¿No los ves? –me miró como sorprendida, entrecerré ligeramente los ojos, intentado con ese gesto ver algo más.

- No, no veo nada… aunque puedo sentirlos… ¿cuántos son?

- He contado cinco, pero creo que puede haber más.

- ¿Cinco? –la miré con cara de preocupación. Giró de nuevo la vista hacia el oscuro filo y sonrió

- Esto va a ser interesante –afirmó sin cambiar el gesto de su cara.

Me volví hacia Eolion y Elivyän que para ese momento ya habían dejado de pelear y nos miraban con la misma cara de preocupación que debía de tener yo mismo. La única que parecía disfrutar con el encuentro que estaba a punto de suceder era la vampiresa, como siempre, segura de sí misma. En ese momento la envidié, los monjes me enseñaron a controlar mis emociones, pero a pesar de lo que pudiera parecer no sentía la misma seguridad de la que gozaba Selil.

- ¿Por qué no nos han atacado ya? –preguntó susurrando Elivyän- ¿A qué esperan?

- A que bajemos la guardia –respondió Selil sin inmutarse-. Esperan el momento preciso; son animales muy listos –se giró hacia el grupo-. Escuchadme, suelen atacar en manada, entre ellos habrá un macho dominante, centraos en él, si cae el alfa los demás huirán, no volverán a atacar hasta que uno de ellos tome el mando, eso les llevara algún tiempo y habremos ganado la batalla. Para cuando se reagrupen ya habremos salido de la garganta.

- ¿Cómo reconoceremos al dominante? –fue Eolion la que preguntó en ese momento.

- Suelen ser algo más grandes y con toda seguridad encabezará el ataque –contestó la vampiresa sin inmutarse-. Lo más importante es que no os confiéis, manteneos alerta y guardaos las espaldas unos a otros, cuando llegue el momento no os preocupéis de la seguridad de los otros, sed egoístas y mirar por vosotros mismos, aprovecharán cualquier descuido para daros muerte.

- ¿Algún punto débil? –quería saber si de verdad teníamos alguna posibilidad contra aquellos animales, hasta ese momento me había negado a mi mismo la posibilidad de que existieran, pero creo que lo hacía porque no quería afrontar la idea de que pudieran atacarnos y en parte también por llevarle la contraria a las chicas.

- No, no hay puntos débiles. Pero como cualquier animal, y más los voladores, necesitan ver con total claridad; si les dañáis los ojos tendréis más posibilidades de sobrevivir. Y tranquilos, si os hieren de muerte, siempre puedo ofreceros la vida eterna –soltó una risilla burlona que al elfo no pareció hacerle ninguna gracia. Sonreí también mirando a Eolion que me devolvió la sonrisa, parecía disfrutar con el malestar de Elivyän-. Y lo más importante… -añadió Selil con media sonrisa burlona- apuestas. Apuesto una bolsa de oro a que el elfo tropieza y se empala él mismo antes de que llegue el enemigo –soltó una sonora carcajada, Eolion y yo nos echamos a reír mientras que el bardo protestaba airadamente.

Nos pusimos en camino de nuevo, dejamos en aquel lugar las cosas que consideramos que no nos hacían falta realmente, con el fin de ir más ligeros y así disponer de mayor libertad de movimiento.

Selil iba delante abriendo camino. Yo me situé al final cerrando el grupo. Sopesé nuestras posibilidades según avanzábamos en completo silencio. Sin duda nuestra mejor baza era Selil, no sólo por su velocidad de ataque, también por su pericia como guerrera y por sus instintos asesinos. Era además una maestra en el arte de la guerra y dominaba con total maestría su alabarda, incluso podría considerarse como una prolongación de su propio brazo. Eolion había aprendido de Selil y sin duda se había convertido en una de sus mejores alumnas, cuando empuñaba su espada de doble hoja el arma parecía danzar entre sus manos liviana como las plumas de un ganso, parecía cobrar vida y ponerse al servicio de su menuda dueña. Sin embargo, nunca había visto a Elivyän empuñar su arma, no sabía hasta qué punto llegaría la pericia de ese bardo en el manejo de las armas, confiaba en que fuera bueno con el arco. Era un elfo y como tal su destreza con el arco era algo que se les suponía innato. Por mi parte, contaba con la fuerza que poco a poco iba creciendo dentro de mí, los cambios que mi cuerpo estaba experimentando aun eran imperceptibles para los demás, pero yo me iba sintiendo cada día un poco mas fuerte. Algunas escamas habían comenzado a cubrir esporádicamente ciertas partes de mi cuerpo, que ardía como si en lugar de sangre corriera lava por mis venas, haciendo que la temperatura de mi cuerpo ascendiera en varios grados. Esos cambios, aunque no puedo negar que eran dolorosos, iban fortaleciéndome cada vez más.

Selil se detuvo de repente y nos hizo un gesto indicándonos que desenfundáramos nuestras armas. Mientras sacaba mi espada del cinto miré al grupo: el elfo llevaba el arco en la mano desde que abandonamos el refugio improvisado en la entrada de la roca, las chicas ya habían sacado sus armas cuando algo sobrevoló nuestras cabezas haciendo que perdiéramos el equilibrio. Eolion estuvo a punto de caer al suelo, pero por suerte Elivyän le sujetó a tiempo. En ese instante fui consciente de a lo que nos enfrentábamos. En ese preciso momento supe que la pelea sería muy dura y que probablemente no todos llegaríamos a entrar en Telvêrnia.

1 comentario:

  1. No sé si estaré en lo cierto afirmando esto, pero creo que este es uno de los fragmentos más extensos que has publicado durante el tiempo que llevas mostrándonos tu increíble y apasionante novela. ¡Y qué decir sobre ello! Mi reacción, en cuanto he comprobado que podría disfrutar más tiempo que el de costumbre de tus escritos, es también una de mis maldiciones, porque lo he leído con tanta celeridad que casi centelleaban las palabras en mis ojos :)

    Pero no es importante la cantidad, sino la calidad, y está claro que no se pierde ni un ápice en absoluto, a pesar de que sea más largo lo que nos has querido mostrar. Todo lo contrario, me encantaría que siempre fuera así, con más razón si se trata de un momento tan emocionante y decisivo, pues se acerca, por fin, ese ineludible encuentro con las legendarias bestias de la garganta.

    Me ha gustado particularmente, además, el detalle de que hayas vuelto a intercalar la subtrama que desarrollaste hace unas semanas, en las que Valine, en el pasado, dio cobijo a una vampiresa bastante enigmática. Lo que ocurre es que, como siempre, no nos has querido regalar demasiada información... las respuestas nos llegan mediante cuentagotas. Menos mal que no sólo soy un lector dedicado y fiel, sino paciente, porque sino difícilmente podría aguantar semejante espera jajaja

    Por lo demás, cada vez me agrada más el personaje de Elivyän, y del mismo modo, esa seguridad y firmeza que demuestra siempre Selil, en todas las situaciones. Mostrando que es una guerrera temible, pero también experimentada. Ardo en deseos de que entren en batalla, porque auguro que la descripción que ejecutes va a ser majestuosa ;)

    Sólo espero que todos lleguen a Telvêrnia sin problemas... lamentaría muchísimo que alguno de estos carismáticos personajes que narras pereciera en este momento :)

    Mil y un besos, mi amada escritora... y más que te mereces, por esto y por muchas cosas más :)

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