Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 11 de julio de 2011

Libro de Valine 49

Desperté con las primeras luces del alba. Aún no había amanecido, pero ya no faltaba mucho. Los demás seguían durmiendo. A tan solo un par de metros de mí dormía Eolion, podía escuchar su respiración lenta y acompasada. Apoyado contra el tronco de un gran árbol y con la cabeza colgando sobre su pecho,  también dormía el muchacho; a pesar de que le había tocado a él hacer el último turno de vigilancia. Busqué al viejo mago con la mirada: había decidido antes de quedarme dormido preguntarle todas las dudas que me habían surgido sobre el anillo. No estaba, se habría marchado en algún momento durante el último turno, aprovechando el sueño de su discípulo. Me quedé sentado durante un rato sin hacer ningún ruido, decidí dejarles dormir un rato más. Habíamos recorrido gran parte del camino y estábamos cansados, además tampoco les vendría mal el descanso a los caballos. Volví a recostarme intentando ver el cielo entre las espesas copas. Después de un rato buscando un hueco, conseguí ver lo que me parecía una pequeña estrella. Me pregunte si Drusila estaría mirando el cielo también, si vería aquella misma estrella, esa sensación me hacía sentirla más cerca. Y una cosa me llevó a otra, segundos después la tenía entre mis brazos, acurrucada contra mi pecho como a ella le gustaba ponerse cuando estábamos juntos, su espalda pegada a mi pecho mientras la abrazaba suavemente rozando su piel con la mía. Pero mi mente caprichosa saltó hacia el momento del encuentro con Vhala, me estremecí al recordarlo. Drusila no me había contado nada sobre su vida y tampoco yo le había preguntado, cuando estábamos juntos sólo pensaba en amarla. Decidí que hablaría con ella cuando la viera, le pediría que me contara sobre su vida, sus preocupaciones o sus penas. De repente quería saber todo sobre ella, todo lo que pudiera servirme para hacerla feliz.
Un rato después se despertó Arhavir, después de haberse frotado los ojos con ambas manos echó una ojeada rápida a cada uno de nosotros. Cerré los ojos y me hice el dormido, en el fondo comprendía que el muchacho no hubiera aguantado despierto, no era más que un chaval. Se levantó apresuradamente, se atusó el pelo y estiró como pudo las arrugas de su ropa, sacudió la hierba seca y se acercó a mí intentando no hacer demasiado ruido. Cosa que desde luego no consiguió, porque según se acercaba le dio una patada al puchero esparciendo la comida que había sobrado la noche antes.
-    ¡Oh, por todos los Dioses! Qué torpe estoy -se lamentó mientras intentaba reparar el estropicio. Elivyän se despertó sobresaltado, después de comprobar a que se debía el estruendo, comenzó a recoger sus cosas maldiciendo en susurros. Eolion también se sobresaltó pero en lugar de enfadarse se echó a reír, creo que el hecho de ver al elfo enfurruñado incluso le agradaba.
-    En marcha muchachos, a ver si somos capaces de llegar a los acantilados antes del anochecer –les dije mientras empezaba a recoger mis cosas.
Tardamos casi todo el día en atravesar el último tramo del bosque, pensaba que llevar al chico con nosotros no cambiaría nada más que el hecho de tener que cazar para cuatro, pero no había caído en la cuenta de que al tener que compartir caballo con uno de nosotros nos retrasaría. Obviamente le toco a Eolion, ya que al ser más menuda su caballo sufriría menos al tener que soportar el peso de los dos. A decir verdad, el muchacho tampoco pesaría mucho, se notaba que con el anciano mago no había disfrutado de una vida precisamente cómoda, era un saco de huesos. Según nos íbamos acercando al acantilado los árboles se iban separando y el ambiente se hacía más húmedo, sentía las manos algo pegajosas; esa sensación nunca me había gustado pero sabía que se pasaría en unas pocas horas. Unos metros más adelante pude sentir la brisa acariciando mi rostro. Inspiré profundamente dejando que mi pecho se llenara por completo de las sensaciones que el mar siempre me había producido, cerré los ojos y me abandoné a ellas durante tan solo algunos segundos, los suficientes para infundirme el ánimo necesario para enfrentar el camino que se abría ante nosotros.
Un sendero abrupto se abría paso entre las rocas abriendo camino hacia el acantilado que se alzaba varios cientos de metros por encima del mar, que a su vez rompía contra el farallón, llegando así, hasta la pared de roca en un oleaje tranquilo; tanto que en algunos puntos se habían formado incluso pequeñas calas de arenas doradas. En ese momento el sol se ocultaba por el horizonte tiñendo el cielo de tonos anaranjados, por lo que decidimos acampar junto al camino.
 Elivyän y Arhavir se perdieron entre la maleza para buscar algo que llevarnos a la boca mientas nosotros montábamos una pequeña hoguera y disponíamos lo necesario para cocinar lo que trajeran.
-    ¿Qué vamos a hacer con los caballos? –dijo la elfa mientras hacía un gesto con la cabeza señalando la senda del acantilado.
-    No podemos llevarlos por ahí, es demasiado angosta para ellos –asintió sin decir nada, ni siquiera se volvió para mirarme- ¿Crees que deberíamos soltarlos por aquí? –esperé paciente a que respondiera. Se giró hacia mí.
-    O eso, o mandas al chico de vuelta con ellos a Telvêrnia –sonrió con malicia- es tu decisión.
-    No creas que no he estado tentado de mandarlo de vuelta en varias ocasiones –le devolví la sonrisa- ¿Es mi imaginación o el chico es algo torpe? –en ese momento Eolion rompió a reír.
-    No es tu imaginación. No es que sea algo torpe, creo que esa palabra la inventaron para él –volvió a reír de tal manera que tuve que chistar para que bajara el tono, no sabíamos si andarían cerca y no deseaba herir sus sentimientos. Intenté evitarlo, pero acabé riendo con ella.
-    ¿Puedo hacerte una pregunta? –dijo al cabo de un rato
-    Claro, dime.
-    ¿Qué piensas hacer cuando lleguemos?
-    Iré a mi casa –sabía que no se refería a eso precisamente, pero quería evitar tocar el tema de Nerva y estaba seguro de que la anciana los había puesto al corriente; si no de toda la historia, si de buena parte de ella- No sabes cuánto necesito ver a Dru, estos últimos días se me están haciendo interminables– no había nada mejor para desviar la conversación que hablarle a una mujer de otra, sabía que no podría resistirse a la posibilidad de sacarme una confesión de lo que sentía, siempre he pensado que la curiosidad es un don innato en todas y cada una de las mujeres, independientemente de su edad. Dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia mí.
-    Estas muy enamorado, ¿verdad?
-    No podría vivir sin ella –la miré a los ojos, quería de alguna manera que viera en mis ojos hasta qué punto la amaba, porque me era imposible expresarlo con palabras.
-    En cierto modo la envidio, nunca he despertado un sentimiento tan puro en un hombre. No puedo decir lo mismo de ti –su gesto se volvió taciturno- la anciana no te lo dijo todo por lo que veo.
-    No voy a dejarla, no puedo. Si es a eso a lo que te refieres –Me miró y su gesto triste se convirtió en un gesto de preocupación-. Nadie puede pedirme que lo haga. Escúchame Eolion, aun a riesgo de parecer un egoísta sin corazón, nunca voy a dejarla. No tienes idea de la emoción que sentí al acariciar su piel o al besar sus labios por primera vez. El solo hecho de imaginarla en los brazos de otro hombre me vuelve loco de celos.
-    No, no, no. No te estoy pidiendo nada. No confundas mi preocupación con otro motivo. ¿Sabes Valine...?  He llegado a apreciarte sinceramente. Entiendo que no quieras dejarla y probablemente en tu caso, yo tampoco lo haría.
La miré de nuevo a los ojos, me sorprendió la respuesta de la elfa. A decir verdad yo también había llegado a encariñarme con ellos. Recordé entonces las palabras de mi mentor: llegará el día en que tengas que anteponer tu obligación a tus sentimientos, será duro, demasiado quizá, pero estoy seguro de que tomaras la decisión acertada, pequeño Valine. En aquel momento no sabía a qué se podría referir pero ahora, después de tantos años, me pregunto si aquel monje regordete de carrillos colorados sabía exactamente de lo que me estaba hablando. ¿Era realmente un visionario o solo habría sido una coincidencia? Nunca lo sabría.
En ese momento las voces que el elfo venía dándole al joven aprendiz de mago me sacaron de mis recuerdos. Tanto Eolion como yo nos volvimos al tiempo hacia el lugar de donde provenían. Segundos después de entre los arboles apareció Elivyän con un par de perdices colgando de una mano y el arco en la otra.
-    Maldita sea, este chaval no vuelve a venir de caza conmigo –gruñó mientras nos miraba con la cara colorada de rabia y el ceño fruncido-, casi me cuesta la vida cazar un par de perdices.
-    Ya he dicho que lo siento, había mucho viento –decía el chico mientras gesticulaba con las manos intentando emular un vendaval-. No haces nada más que quejarte, soy diestro con el arco.
-    Si te veo sacar una sola flecha del carcaj, yo mismo te atravieso, pedazo de zopenco; no he visto nadie en toda mi vida más negado que tú.
-    Qué tontería –protestó el muchacho-. Soy un buen arquero, el mejor de mi aldea.
-    ¿Y qué aldea es esa? Lo digo por no acercarme a ella jamás –bufó de nuevo el elfo.
-    ¿Qué ha pasado? –decidí mediar en la disputa. Mientras me acercaba a ellos pasé junto a Eolion que los miraba con una sonrisa divertida dibujada en su rostro.
-    ¿Que qué ha pasado? Esto es lo que ha pasado –dijo mientras tiraba a mis pies su mochila asaeteada por una flecha- casi me mata, y lo peor es que las perdices estaban a más de dos metros de mí situadas hacia su izquierda, mientras que yo estaba justo a su derecha –se giró y miro al muchacho-. Está bizco o es un asesino infiltrado para matarnos antes de llegar a Assen.
-    ¿Un asesino qué? –preguntó el muchacho con los ojos abiertos como platos.
En ese momento Eolion rompió a reír a carcajadas. Miré la mochila del elfo atravesada por la flecha para intentar no contagiarme con sus carcajadas, pero me costó bastante contenerme y una sonrisa contenida asomo a mis labios. Elivyän dejó caer las perdices junto al fuego y se alejó de nosotros rezongando.
-    Tampoco es para tanto – Arhavir se encogió de hombros, se sentó junto al fuego y comenzó a desplumar las aves canturreando.
Una vez estuvieron preparadas las perdices serví dos escudillas y me acerqué hasta donde estaba sentado Elivyän. Desde que habían regresado de la cacería se había mantenido alejado del grupo. Seguía malhumorado, pero ya no estaba enfadado. Le ofrecí la escudilla sin mediar palabra, él la tomó sin levantar la mirada.
-    ¿Puedo sentarme contigo?
-    Claro –tardó un rato en contestar, en un principio incluso pensé que no lo haría.
-    ¿Sigues enfadado con el chico?
-    Podría haberme matado. Lo que más me ha dolido ha sido la reacción de Eolion.
-    No te lo tomes a mal, la verdad es que ha sido una situación bastante cómica –le di un golpecito con el codo, levantó la cabeza para mirarme y le sonreí abiertamente.
-    De acuerdo, pero no volveré a llevarle de caza.
-    Bien, no lo hagas –me eche a reír, él me miró mosqueado, pero se echó a reír también.
-    Escribiré una gesta contando esta historia, seguro que no se la creerá nadie.
-    Seguro que no, ha sido, cuanto menos, surrealista –terminamos de cenar charlando de trivialidades, al final de la cena ya se le había pasado el mosqueo y nos acercamos al resto del grupo.

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