Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

miércoles, 20 de julio de 2011

Libro de Valine 50

La noche había culminado tranquila, pese al incidente entre Elivyän y Arhavir, aunque también es verdad que el elfo pasó el resto de la noche evitando incluso cruzar la mirada con la del muchacho. A la mañana siguiente, me despertaron algunas gotas de lluvia y, para ser sinceros, también los truenos que sonaban aún bastante alejados. En aquel momento me planteé la posibilidad de esperar a que pasara la tormenta resguardados entre los árboles, pero también cabía la posibilidad de que la tormenta no llegara a producirse y se quedara en una amenaza pasajera. El olor a café recién hecho me hizo reaccionar. Me incorporé para mirar a Eolion, que se acercaba sonriéndome con un par de vasos humeantes.
-    No sé si debería decir buenos días –levantó la vista al cielo, arrugando la nariz al sentir las gotas en su rostro.
-    Amenaza tormenta –contesté mientras alargaba la mano para coger el vaso que me ofrecía.
-    Cierto. Pero no llegará a descargar más que estas cuatro gotas. No será necesario retrasar la partida.
-    ¿Cómo puedes estar tan segura? –no contestó, se limitó a sonreír. No pude en ese momento y no podría decirlo ahora, pero lo cierto es que estaba seguro de que si ella decía que no descargaría la tormenta, no lo haría. Asentí sin más.
Después de tomarnos el café y recoger las pertenencias que realmente necesitaríamos durante el resto del viaje, dejamos los caballos en libertad y nos adentramos en la senda del acantilado. A pesar de las inclemencias del clima no tuvimos ningún problema serio durante el tiempo que tardamos en recorrer el acantilado. Al anochecer del tercer día comenzamos a bajar la pendiente que unía el acantilado con el bosque de Akasya. Este bosque rodeaba casi por completo la ciudad de Sartil-Null. En él abundaban las acacias que para aquella época del año estaban en plena floración, iluminando el bosque con diversos tipos de flores de diferentes colores que iban desde el rosa pálido hasta el rojo intenso, del malva al azulón, sin olvidar los amarillos y anaranjados; en definitiva, todo un abanico de colores que destacaban entre el oscuro verdor de los arbustos y matorrales, que le proporcionaban a aquel bosque un aspecto casi mágico. Por otro lado también agradecimos el cambio de la humedad y el olor a salitre del mar a la frescura del bosque que en aquellas horas del crepúsculo se calaba hasta la piel. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que añoraba un buen baño. Las horas que habíamos pasado bajo el sol del acantilado habían dejado su huella.
No habíamos avanzado demasiado en la profundidad del bosque, pero estábamos cansados y hambrientos. Hacía rato que buscábamos un sitio donde acampar para pasar la noche. Donde pudiéramos relajarnos y preparar algo caliente que llevarnos a la boca. No me di cuenta de en qué momento el sendero se había ido ampliando hasta convertirse en una especie de camino para carretas. Serpenteaba entre la maleza adaptándose a las rocas que se alzaban a los lados, algunas realmente grandes. Unos metros más adelante se alzaba un montículo bastante despejado de maleza, mientras Elivyän subía para otear el horizonte en busca de algún claro en el que poder pasar la noche, percibimos un olor fuera de lo común, olía a humo mezclado con el aroma de algún guiso de carne. Nos miramos desconcertados. ¿Quién y dónde estaba cocinando? En ese momento Elivyän nos hizo un gesto con la mano mientras bajaba hacia nosotros.
-    Un poco más adelante hay un claro. Alguien ha acampado allí y está cocinando algo que huele uhmmmmm –cerro los ojos en un gesto de placer-. Hay una carreta, no he podido ver más.
-    No parece peligroso –respondí, sonriendo al contemplar su gesto, a lo que él asintió mostrando su mejor sonrisa- sigamos entonces.
Seguimos hasta entrar en el claro. La carreta era bastante vieja, pero se mantenía en buenas condiciones; un farol que proyectaba una luz muy tenue colgaba junto a la puerta que permanecía abierta, tan solo cubierta por una cortina bastante deslucida. A tan solo un par de metros de la puerta de la carreta había una hoguera hecha con cuatro gruesos troncos de los que colgaba un caldero humeante, sin duda el aroma a comida que habíamos sentido un momento antes provenía de aquel guiso. Junto al carro, un caballo de pelaje oscuro pastaba tranquilamente y justo al lado de la escalerilla que daba acceso al interior, descansaba un lobo de pelo grisáceo, casi blanco que nos enseñó los dientes mientras emitía un gruñido de advertencia sin apenas moverse del sitio.
-    Tranquilo Venzar, ¿no ves que son amigos? –La voz sonaba relajada y tranquila, salía de dentro de la carreta y segundos después asomó la cabeza un anciano-. Saludos viajeros, mi nombre es Lemac –dijo sonriendo, como si su nombre tuviera que revelarnos algo importante o como si fuera un hombre realmente famoso. Pero lo cierto es que ninguno de nosotros lo había oído antes. Miré a los chicos por el rabillo del ojo, me di cuenta por sus caras de asombro de que ninguno de ellos pensaba contestar.
-    Saludos caballero –respondí-, venimos de las tierras élficas y nos dirigimos hacia Assen. Estamos cansados y hambrientos, me temo que el olor de su comida nos ha atraído, casi hipnotizado –sonreí procurando ser amable, con la intención de que captara la indirecta. Lo cierto es que podíamos ponernos a cazar y a cocinar, pero como ya he dicho estábamos cansados y hambrientos.
-    ¿Puedo ofreceros un plato de guiso? Me vendría bien la compañía –me devolvió la sonrisa.
Sin ninguna duda había captado mi sugerencia e incluso diría que le había hecho gracia la manera de pedirle  un plato de comida… o quizá su intención era otra. Nos sentamos cerca del fuego, Eolion se hizo cargo de repartir las escudillas con la comida mientras nosotros nos sentamos junto al viejo. Arhavir se sentó justo enfrente del anciano y le miraba con la boca abierta, fue Elivyän quien rompió el hielo.
-    ¿Eres vendedor ambulante, maese?
Aproveché para observar al anciano con detenimiento. Era un hombre extraño, las arrugas que surcaban su rostro demostraban que contaba con una considerable pila de años a sus espaldas, pero al mirarle a los ojos, unos ojos de un azul tan claro que no podría asegurar que no fueran tan blancos como su propia barba o su larga melena que casi llegaba a rozarle la cintura. Lo llevaba trenzado en los lados y había sujetado parte de él con una cinta de cuero en la parte posterior de su cabeza, dejando el resto suelto. Me fijé de nuevo en sus ojos, a pesar de que parecía un hombre bondadoso y afable, había algo en ellos que me desconcertaba, algo que me hacía pensar que aquel hombre era realmente mucho más viejo de lo que aparentaba y que me llevaba pensar que aquel hombre no era humano.
-    ¡Oh! ¿Qué te hace pensar eso?
-    No lo sé, quizá el olor que desprende tu carreta a canela o a menta, como a flores.
-    ¿Es que un viejo no puede oler bien? –Una sonrisa burlona asomó a sus labios.
-    No quería decir eso –balbuceó el elfo ruborizado.
-    Era broma, muchacho, no te apures. Lo cierto es que son esencias que traigo de muy lejos para una vieja amiga. Vive en Sartil-Null y es la propietaria de una pequeña tienda en la que vende ungüentos, pócimas y jabones que fabrican entre ella y sus dos hijas. Por cierto, no os vendrían mal algunos de sus productos –sonrió con sorna.
-    Tienes razón, nos hace falta un buen baño –le dijo Eolion mientras le ofrecía un vaso de vino y un trozo de hogaza.
-    Te encantaría la tienda muchachita –murmuró mientras recogía el vaso y el pan- ¿Os he dicho que tiene dos hijas? Aunque para ser sincero, podrían pasar por hermanas, es una mujer muy bella. Y aunque sus hijas ya son mocitas, sigue siendo una mujer muy deseable –su sonrisa se tornó picara y una chispita de deseo brillo en sus ojos.
-    ¿Dices que vende ungüentos?
-    Así es –me miró directamente a los ojos-, ungüentos de curación sobre todo, muy útiles para los viajeros como vosotros. Pero no sólo los ungüentos os serían útiles, también los brebajes, las pociones o los jabones –enfatizó la última palabra-. Ella misma recoge las plantas, semillas o los minerales que necesita para preparar sus ungüentos, pero en ocasiones, cuando paso cerca de la ciudad, le traigo productos de tierras lejanas, productos que son difíciles de conseguir por estas tierras.
-    ¿A qué te dedicas entonces, maese? –Elivyän estaba dispuesto a enterarse de lo que hacía el anciano, me pregunté si también habría notado algo extraño en él o sólo eran cosas mías.
-    Digamos que soy historiador. Mi larga existencia me ha permitido conocer, investigar, indagar e incluso entrevistar a muchas criaturas: humanos, elfos, enanos e incluso algunas no tan recomendables. Por alguna razón que no alcanzo a comprender las gentes tienen tendencia a contarme sus vidas. Les escucho y después de confirmar que se atienen a la realidad, las divulgo.
-    ¿No necesitarás un aprendiz por casualidad? –dijo Arhavir emocionado.
-    No joven mago, de cualquier forma no existen las casualidades; no, al menos, en mi caso –aseveró el anciano-. Digamos que estoy aquí cumpliendo con el destino. El mismo destino que hará que volvamos a encontrarnos.
Al anochecer del siguiente día llegábamos a las puertas de la ciudad. Sartil-Null era la capital del Reino de Ritteller. Sus murallas estaban fuertemente protegidas por los guardias que patrullaban desde los frentes abaluartados todos los rincones de la ciudad. La puerta estaba custodiada por dos baluartes coronados en sus caras y flancos por cañoneras formadas por fuertes merlones[1] que ofrecían la protección necesaria a los guardias. En los vértices de algunos de sus baluartes se alzaban las garitas. El cuerpo exterior estaba formado por un arco coronado por un imponente escudo de la ciudad, flanqueado por dos monumentales torreones semicirculares  con sus correspondientes tallas de dos reyes sedentes y coronados por capiteles de cerámica azul. El portón de doble hoja de madera de haya tachonada de un metal dorado,  se hallaba custodiado por un regimiento de bien armados guardias que velaban por el bienestar de los ciudadanos.
Nos separamos del anciano al cruzar las puertas de la ciudad, lo vimos alejarse por una de las callejuelas que corría pegada a la muralla. Nosotros, después de un rato de buscar, tras las indicaciones que nos había dado uno de los guardias, dimos por fin con la posada.


[1] Almenas y Merlones: Almena es el vano descubierto existente entre los merlones, por lo que merlón es el tramo macizo del antepecho que hay entre dos almenas.

3 comentarios:

  1. Qué rico leerte en mis noches, me leí tu relato y viaje a un hermoso mundo, el que has construido y conservas tan intacto y yo cuido como único y envidioso, gracias por compartir, eres muy especial.

    un besito.

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  2. Hola maja, mi susurro es para decirte que tienes un premio en mi blog.
    Un saludo.

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  3. Perdón, se me olvidó ayer, con la emoción comentar que me está encantando Valine.
    Saludos.

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