Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

viernes, 3 de junio de 2011

Libro de Valine 44


La anciana me miró sorprendida por la pregunta, supongo que no era tan extraño que Nerva se enamorara de Friéderic aun siendo un vampiro; yo mismo me había enamorado de una. ¿Pero Nerva? Ella no podía enamorarse de un vampiro, ella no podía desviarse del camino del bien o todo estaría perdido.

- ¿Por qué te suena tan raro? ¿No puede una chica enamorarse de un muchacho que la corteja, la escucha, la mima, la consuela… en resumen, que está con ella cuando más le necesita?

- Una chica sí, por supuesto. Pero ella no.

La anciana sonrió, pero esta vez su sonrisa no se reflejó en sus ojos.

- En cierto modo tienes razón, pero el amor no es racional, llega cuando menos lo esperas, te invade por dentro y en ese caso la razón poco o nada puede hacer. Es un sentimiento tan fuerte que te hace irracional, llegando incluso a comportarte como un niño o como un loco. Pero eso sí, es una dulce locura.

- ¿El vampiro se enamoró también de ella?

- No sé si él estaría o no enamorado, aunque no sería nada raro que así fuera… Nerva no sólo era una niña preciosa, era una muchacha dulce, cariñosa, coqueta y femenina, una buena chica que pecaba de ingenuidad y quizá por eso cedió a los encantos del joven vampiro.

- ¿Por su ingenuidad? Yo diría que más bien cedió por su terquedad, no en vano le habían avisado sus tutores y ella lo echó en saco roto, haciendo caso omiso de las advertencias de sus mayores.

- Y dime, ¿no es eso lo que hacéis todos los jóvenes?

- No todos –repliqué contrariado. Aquella niña se empeñaba en complicarme la vida. ¿No podía haber seguido su destino sin más? No, tenía que enamorarse y poner en peligro a todos los seres de la tierra-. Continúa, por favor.

- Como te decía, Nerva pronto se cansó de que el enano la acompañara todos los días y, cada vez que tenía una oportunidad, por pequeña que fuera, le daba esquinazo a Tolur. Hasta que un buen día, cuando el enano vio que tardaba más de lo habitual y entró en su alcoba para despertarla, descubrió que Nerva había recogido algunas de sus cosas y se había ido. La buscaron durante meses, no sólo en los alrededores de Assen, llegaron incluso hasta Sartil-Null… pero nunca más se supo del paradero de la muchacha.

- ¿Se largó con el vampiro?

Asintió. No podía dar crédito a las palabras de la anciana. ¿Pero cómo podía haber sido tan insensata? ¿De qué le habían servido las enseñanzas de Beneric?

- ¿La convirtió?

- No, no la convirtió.

- ¿Cómo puedes estar tan segura? Se largó con un vampiro. Los vampiros chupan sangre, matan o en el peor de los casos convierten a sus víctimas.

- Porque a Nerva no puede convertirla ningún vampiro. Ni siquiera pueden matarla, no tienen tanto poder. Estas olvidando la naturaleza de la muchacha, está protegida por los poderes de sus padres y los suyos propios. Los vampiros la querían como aliada, que realmente era a lo único que podían conseguir de ella.

Respiré aliviado. Estuviera donde estuviera, al menos no era un vampiro; cabía la posibilidad de que siguiera manteniendo la estabilidad necesaria entre su parte buena y su parte malvada. Mientras la balanza se mantuviera en el centro había esperanza.

- Dime una cosa abuela. Has asegurado que tan solo yo podría reconocer a la niña, sin embargo conoces toda la historia. No veo la necesidad de que yo la reconozca cuando algunas personas ya saben lo que fue de su vida.

- Cuando te dije que sólo un dragón podría reconocer a la niña, no me refería a físicamente. Lo entenderás cuando la tengas delante.

- Cuando la tenga delante -Repetí sus últimas palabras mecánicamente. ¿Cómo iba a tenerla delante? ¿Por dónde iba a empezar a buscarla? ¿Por qué yo? Estaba completamente perdido.

- Abuela, cuéntame algo sobre el otro niño.

- No sé mucho sobre él, pero te contare toda la información que he ido acumulando a lo largo de estos años. Como ya te había dicho, el niño se crió junto a su madre bajo la vigilancia de los sirvientes de su padre. Era un chaval muy guapo, alegre y vital, como cualquier otro. Su madre lo mantuvo alejado de los esbirros de su padre hasta que alcanzó los seis años, momento en el que fue arrancado de sus brazos y pasó a ser educado por los tutores que su progenitor había designado. A partir de ese momento, el carácter afable del niño se fue agriando hasta convertirse en un jovencito huraño. Cuentan que los lugareños comenzaron a llamarle el Muladar, apodo que se ganó a causa de su poder de absorber la magia. Según iba asimilando toda la magia que se ponía a su alcance, su poder iba creciendo más y más. Dicen también que sus lacayos construyeron una fortaleza subterránea en la que el Muladar se refugió para culminar allí su preparación hasta que llegara el momento del advenimiento de su creador. Decían las malas lenguas que en esa fortaleza disfrutaba de todo lo que le era necesario, desde los placeres más nimios hasta los más sublimes. La guardia que custodiaba el bastión le proveía también de las criaturas mágicas que necesitaba para hacer crecer su don. Pero todo esto que te estoy contando no son más que habladurías, no puedo asegurarte que sea cierto. La verdad es que desapareció siendo aún un chaval y nunca se supo nada concreto.

- ¿Él no busca a Nerva entonces?

- No, de eso se encargan sus siervos. Y hay muchos, demasiados siervos del mal primigenio que solo están ahí para servir a su propósito.

- ¿Qué puedo hacer yo abuela? No soy más que un hombre bastante confundido. ¿Dónde puedo encontrarla? ¿Por dónde empiezo a buscar? ¿Qué va a ser de mi vida ahora? ¿Puedo escapar de este destino?

Volvió su cara hacia mí y me miró directamente a los ojos. Extendió su mano y me acarició el rostro.

- Ojalá pudiera contestar a todas tus preguntas, Valine… ojalá pudiera tomar tu mano –cogió mi mano mientras hablaba- y guiarte por este sendero pedregoso que te ha tocado recorrer. Pero no puedo, es tu decisión. Sólo tú puedes cambiar el destino, para bien o para mal.

Incliné la cabeza, apesadumbrado, ella me soltó la mano y empezó a acariciarme el pelo despacio.

- Hay algo que aún no te he dicho. ¿Has oído alguna vez hablar de Las Custodias?

- ¿Las Custodias? ¿Qué son Las Custodias?

- Son las encargadas de mantener la estabilidad entre el orden y el caos. Son tan antiguas como el mismo mundo, tanto como los propios Dioses. Sólo ellas pueden mostrarte el camino a partir de ahora. Busca su consejo, mi niño.

- ¿Dónde puedo encontrarlas?

- Tendrás que viajar hacia el norte, hasta la cordillera Trosenhofh, tierra salvaje poblada de barbaros. En el corazón del bosque que se extiende entre las montañas encontrarás un altar oculto entre la maleza. Tendrás que despejarlo y verter en él un ungüento que te preparare antes de que partas de mi casa; si sigues los pasos correctamente, se abrirá un portal que te dará paso a un lugar mágico, conocido como el Jardín de la Dama Luna. Es allí donde moran Las Siete Custodias.

- ¿Son siete?


- Sí, siete son las damas que custodian la esencia vital; Kemen, Custodia de la Esencia de la Tierra. Marsha, Custodia de la Esencia del Agua. Lushia, Custodia de la Esencia de la Luz. Framia, Custodia de la Esencia del Fuego. Seely, Custodia de la Esencia de la Magia. Petshaly, Custodia de la Esencia del aire y Milosha, Custodia de la Esencia de la Muerte. Ellas te mostrarán el camino, pero has de saber que al Jardín tendrás que entrar tú solo.

- ¿Quieres decir que tengo que viajar solo hasta allí?

- Puedes llevar a tus amigos, pero sólo podrá atravesar el portal hacia el Jardín de la Dama Luna aquel que porta la marca de los dioses. O sea, tú; a los demás no les estará permitido el paso.

Hizo intención de levantarse pero, después de tanto rato sentada, parecía costarle más de lo normal. Me puse rápidamente en pie y la ayudé, tirando con suavidad para no hacerla daño.

- Ha sido un día muy largo, mi niño. Vámonos a dormir, mañana terminaré de fregar lo que queda -me dijo, mirando hacia la pila donde aún quedaban algunos vasos.

Apagué el candil de la mesita y la acompañe hasta la puerta de su alcoba. Se giró para desearme buenas noches y aproveché para besarla en la frente. Se le iluminaron los ojos. Sin duda no esperaba que lo hiciera, pero estoy seguro de que le gustó. No sabría precisar en qué momento aquella pequeña anciana me había robado el corazón, pero lo cierto es que la había cogido mucho cariño.

Si el día había sido largo, la noche se me hizo eterna. No fui capaz de conciliar el sueño. Por el contrario, me pasé toda la noche en vela y de nuevo los recuerdos afloraron a mi mente, pese a que intenté una y otra vez evadirme de ellos. En cierto modo creo que mi subconsciente evitaba a propósito que pensara en el nuevo rumbo que había tomado mi vida. De nuevo Vhala se abría camino entre mis pensamientos ganándoles la partida a Las Custodias. Pero esta vez no estaba dispuesto a cederle el puesto de Drusila a nadie, evoqué su recuerdo y me agarré a él como si de ello dependiera mi vida.

Recordé el momento en el que se encontraron cara a cara las dos. Dru y yo paseábamos por los alrededores de la hacienda. Nos habíamos detenido junto al río que atravesaba el bosque por detrás de la casa. La abracé pasando mis manos por su cintura y la atraje pegándola a mi cuerpo. Dru había pasado sus brazos por debajo de los míos, cruzándolos en mi espalda. Acerque mis labios a su cuello para susurrarle palabras de amor mientras la besaba el cuello suavemente. Drusila había echado la cabeza hacia atrás, tenía los ojos cerrados y una sonrisa preciosa dibujada en sus labios cuando apareció Vhala al otro lado del río. Nos miró y sonrió desafiante mostrando los colmillos. Noté como Dru se ponía tensa entre mis brazos y la apreté más fuerte, quería evitar una confrontación entre ambas mujeres. Pero sin duda Vhala quería pelea y Dru no estaba dispuesta a rehuirla. Di unos pasos hacia atrás sin soltar su cintura. Parecía estar pegada al suelo, tanto que tuve incluso que levantarla. Vhala se mantuvo en su posición, aunque la sonrisa se había borrado de su rostro.

- Disfruta de mi hombre mientras puedas –gritó, mientras llevaba la mano a una daga que llevaba sujeta al muslo.

- ¿Es una amenaza? –contesto Drusila, intentando soltarse de mi abrazo.

- Tómalo como quieras –replicó la otra.

- No tienes ni idea de a quién te enfrentas –Dru se iba alterando por momentos, pude ver en algún momento sus afilados colmillos, me di cuenta de que no podría sujetarla mucho más tiempo.

- Ya está bien, Vhala. No sé qué te hace suponer que tienes derecho a exigir algo de mí –le grité mientras tiraba de Dru-. Vámonos, cariño –pero no conseguí que se moviera, por algún motivo no se quería ir. Ahora supongo que hubiera sido una falta de respeto hacia ella siendo como era una vampiresa más antigua.

- Llévate a tu perra en celo, Valine, pero esto no quedara así. Puedes estar seguro –miró hacia Drusila y la señalo con el dedo índice- Estás muerta.

- Ya estoy muerta, querida –rompió a reír a carcajadas. Vhala achinó los ojos y después desapareció a la misma velocidad que había aparecido.

Durante un tiempo temí por la vida de Drusila. Bien era cierto que era más antigua y, por lo tanto, más poderosa que Vhala… pero también era verdad que durante el tiempo que hacía que no estábamos juntos, Vhala había conseguido hacerse un hueco entre los de su clan y ahora estaba bastante protegida, mientras que mi chica siempre estaba sola.

Volvimos a casa. Durante el camino no cruzamos una sola palabra. Dru estaba disgustada y preferí no decir nada hasta que se le hubiera pasado. Me limité a pasar mi brazo por sus hombros y atraerla hacia mí. Quería que supiera que estaba ahí, que siempre estaría ahí para ella, pasara lo que pasara. Creo que conseguí transmitirle lo que quería, porque según nos íbamos acercando a la hacienda se iba relajando. Cuando llegamos al umbral de la puerta, la tomé en brazos y la llevé directamente al dormitorio. La deposité suavemente sobre la cama y me tumbé a su lado. Me encantaba rozar su piel con la yema de los dedos; los pasaba despacio por sus hombros, por sus brazos, podía sentir el frío subir por mis dedos hasta la palma de mis manos. Al recordar a Drusila tumbada sobre la cama, dándome la espalda con su cuerpo acoplado al mío, mis manos acariciando su gélida piel y mis labios colmándola de besos, no pude evitar sentir un deseo irrefrenable de hacerla mía. Me sentí frustrado. Giré hacia un lado y apreté los ojos enfurruñado, intentando no pensar en ello. No sé cuánto tiempo tardé en dormir, pero al final caí rendido.

1 comentario:

  1. Después de haberme sumergido en la narración no me queda más que decir que es genial cada personaje, vive por sí solo y cada cual me parece concibe su realidad un tanto llevada, es otro mundo, el contexto condiciona y a mi también.

    hasta la próxima pagina. he cumplido con la noche, te he leído. abrazos.

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