Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

viernes, 24 de junio de 2011

Libro de Valine 47

Seguimos avanzando durante varias horas, el camino serpenteaba siguiendo el cauce del rio y a pesar de que sus aguas parecían haberse tranquilizado bastante, la orilla seguía igual de peligrosa. Por la luz que se proyectaba a través de las espesas copas intuimos que el cielo se había ido oscureciendo poco a poco, necesitábamos un sitio donde acampar antes de que anocheciera del todo. El camino se alejó de la orilla para bordear un montículo que se alzaba obligando al rio a dibujar una curva pronunciada, invadiendo además parte del camino, al girar en el recodo pudimos ver unos metros más adelante como el rio se abría en un pequeño remanso poco profundo, allí las aguas corrían lentas, tanto que el movimiento era casi imperceptible. La zona de la orilla que habíamos ido bordeando, se transformaba en una pequeña playa de arena blanca y fina. Nos detuvimos al comprobar que el claro ya estaba ocupado, una familia de gitanos había acampado junto al rio, no teníamos idea de cómo nos recibirían pero lo cierto es que a juzgar por lo que podíamos adivinar mirando el camino que se perdía serpenteando entre la maleza, aquel parecía ser el único sitio donde poder pasar la noche. Avanzamos despacio, con precaución. Los gitanos tenían fama de ser poco amigables con los desconocidos, de cualquier manera el claro no era de su propiedad podríamos llegar a un acuerdo y ocupar la parte más alejada del rio, junto al camino. Los primeros en detectar nuestra presencia fueron los niños, corrieron hacia las carretas que estaban dispuestas en semicírculo mirando hacia el rio, en el centro habían encendido una hoguera con cuatro palos gruesos de los que colgaba un puchero, el aroma del guiso llegó hasta nosotros y recuerdo que la boca se me hizo agua. Las mujeres que andaban en sus quehaceres se quedaron paradas mirándonos sorprendidas, una de las más ancianas desapareció por la portezuela de la carreta y al poco rato el patriarca salió y se quedó parado junto a la puerta. Mientras nos acercamos a él me fijé en una de las muchachas, era una mujer muy joven de larga melena oscura que enmarcaba su rostro de piel bruna. Me miró y sentí como si pudiera leer en mi alma, aquellos enormes ojos negros de mirada serena me turbaron y aparté la mirada.
-    Saludos viajeros –La voz del patriarca sonó ronca pero amigable- ¿Os dirigís a los acantilados?
-    Así es, buscábamos un lugar donde hacer noche –respondí procurando que mi voz sonara también los más amistosa posible.
-    ¿Vais a quedaros mucho tiempo?
-    Solo hasta el amanecer, partiremos con las primeras luces del alba.
-    Entonces, acompañadnos caballeros, nos agradará compartir nuestra comida.
Hizo un  leve gesto con la mano y un par de muchachos se acercaron a los caballos, tomaron las riendas después de que desmontáramos y se alejaron con los caballos hacia un cercado improvisado en el que también guardaban sus propios caballos. El anciano se encaminó hacia una mesa que habían preparado a la sombra de los chopos. Le seguimos en silencio mientras los niños rodearon a Eolion admirados por su espada de doble filo que parecía brillar con luz propia. El gitano tomó asiento en la cabecera de la mesa y nos invitó a sentarnos junto a él. Me fijé entonces en la mesa, era grande, como para ocho o nueve personas. Un poco más alejada había una mesa más pequeña en la que sentaron a los niños. Junto al patriarca se sentó una anciana, después supimos que era su madre; junto a ella los hijos y yernos y después las mujeres más jóvenes que se ocupaban de atender las mesas. Frente a mí, en la esquina más alejada de la mesa, estaba sentada la muchacha; era una de las nietas del patriarca, que no contaría con más de 18 años. Llevaba el cabello suelto, pero lo había sujetado a los lados con unas peinetas de pedrerías que brillaban al reflejar las luces de las antorchas.
Algún que otro mechón de su pelo le acariciaba suavemente los hombros que su blusa dejaba al descubierto. Ceñía su cintura con un corpiño negro anudado por delante; los cordones resaltaban entre el colorido llamativo de su falda. Casi todas las gitanas vestían como ella, pero aquella muchacha poseía un cuerpo casi perfecto. Recuerdo además su risa, era una risa alegre que destacaba sobre las demás. Sin duda era una mujer muy hermosa, al contemplarla pensé que aquella joven gitana rompería más de un corazón durante su vida y me alegré de que el mío ya tuviera dueña.
Las muchachas más jóvenes nos sirvieron la comida. Trajeron los cuencos servidos con un guiso de arroz con habichuelas, en el centro de la mesa dejaron un par de boles con ensalada de berros, había también un plato de madera con un queso artesano, algunas sardinas arenques aderezadas con ajo y aceite, varias jarras de barro llenas de vino tinto y varias hogazas de pan. No sé si la comida me pareció tan buena porque no habíamos probado bocado en todo el día o porque lo estaba realmente, el caso es que no dejamos ni un solo grano de arroz. El patriarca parecía complacido con nuestro apetito aunque no cambió el gesto durante toda la cena.
-    ¿Por qué habéis decidido hacer la travesía de los Riscos? –la voz ronca del gitano me saco de mi reflexión.
-    Vinimos hasta Telvêrnia por la garganta de los grifos, fue un viaje complicado que casi le cuesta la vida a mi amiga –señalé a Eolion y ella respondió a mi gesto con una sonrisa.
-    Entiendo. No he seguido nunca esa senda, pero he oído hablar de ella largo y tendido –en ese momento miró hacia Eolion que, entre cucharada y cucharada de guiso, charlaba animadamente con una de las mujeres que tenía sentada a su lado- ¿Esa mujer es la tuya?
-    No, no lo es. Sólo es una amiga y una buena compañera de viaje –pareció sorprenderle mi respuesta- ¿Lucha a tu lado?
-    Así es, es una de las mejores guerreras que he conocido.
-    No está bien que las mujeres luchen –dijo mientras negaba con la cabeza- No señor no lo está, las mujeres deberían cuidar de sus hombres y de los hijos que este le dé.
-    No todas las mujeres se conforman con eso, amigo –sonreí condescendientemente, a lo que él respondió con un gesto de desagrado.
-    Si no es tu deseo compartir con ella el lecho, podrá dormir en la carreta de mi madre –asentí-. Vosotros podéis usar la carreta que hay junto a los caballos, es la de los aperos; como podrás suponer ahora está vacía.
-    No queremos importunar, podemos dormir en cualquier sitio.
-    No es muy cómoda, pero es mejor que dormir a la intemperie –para ese momento las jóvenes ya habían retirado los platos sucios y el resto de la comida.
El patriarca se levantó y se acercó al fuego del que habían retirado los cuatro palos, quedando tan solo la hoguera. Encendió una pipa y nos ofreció el tabaco que rechazamos amablemente, ya que ninguno fumábamos. Nos sentamos alrededor del fuego formando media luna. Uno de los hijos del gitano comenzó a tocar el acordeón y pocos minutos después las jóvenes surgieron de entre las sombras bailando al son de la música. El espectáculo era increíble, las faldas multicolores de las muchachas giraban refulgiendo con la luz de las llamas, la multitud de pulseras que llevaban en las muñecas y tobillos tintineaban como campanillas acompañando los movimientos rítmicos y a la vez sensuales de los cuerpos de aquellas mujeres. El baile, los canticos y las risas continuaron hasta altas horas de la madrugada, después nos retiramos a dormir medio borrachos y agotados.
Me despertó el revuelo que se escuchaba fuera de la carreta. Corrí ligeramente la cortinilla que cubría el único ventanuco que además estaba situado prácticamente en el techo, estaba amaneciendo. Me levanté de un salto, me metí los pantalones y me calé las botas mientras abandonaba el carromato a la carrera.
-    ¿Qué ha pasado? –pregunté una y otra vez a cada uno de los gitanos con los que me iba cruzando mientras me terminaba de poner la camisa. Sólo podía escuchar el llanto de los niños y de una de las mujeres que parecía desconsolada. Al fondo junto a la puerta de una de las carretas estaba Eolion envuelta en una manta de color pardo.
-    ¿Qué ha pasado? –volví a preguntar. La elfa me miró: en su cara se dibujaba un gesto de disgusto.
-    Aleshia ha desaparecido de su camastro –sentenció, como si yo tuviera que saber quién era Aleshia
-    ¿Quién?
-    La nieta mayor del patriarca. La joven a la que no dejaste de mirar anoche con cara de tonto.
-    ¿Yo? ¿Pero qué tonterías dices? Me gustaba su ropa –aseguré cargado de razón- ¿Qué quieres decir con que ha desaparecido?
-    Pues eso, que no está en su carreta. Lo más preocupante es que nadie ha oído nada, ni un solo ruido.
Me acerqué a la anciana que se giró a mirarme, fue entonces cuando me di cuenta de que sus ojos eran completamente blancos. ¿Cómo había sido posible que no lo hubiera notado hasta ese momento? Me quedé paralizado y fue ella la que se dirigió a mí.
-    Ayuda a mi hijo a buscarla, eres un ser poderoso; la magia corre por tus venas. Búscame a la niña y estaré en deuda contigo eternamente, dragón.
Asentí sin darme cuenta de que la anciana no podía verme. Busqué a Eolion con la mirada, pero ya no estaba. Me uní al resto de los hombres que ya habían formado varios grupos. Elivyän y Eolion ya estaban allí. El patriarca dio la orden y comenzó la búsqueda de la muchacha. Después de varias horas buscándola volvimos al campamento. El elfo me había susurrado la posibilidad de que la chica hubiera abandonado la caravana por voluntad propia, desde luego era una posibilidad pero muy remota. No podía creer que la muchacha hubiera abandonado a su familia en aquel paraje inhóspito; si pensaba hacerlo, ¿no hubiera sido más sensato esperar a llegar a Telvêrnia? Las mujeres habían preparado rebanadas de pan con cecina y café cargado. Uno de los grupos ya había regresado y estaban sentados desayunando.
-    ¿Ha habido suerte? ¿Habéis encontrado alguna pista de la chica? –preguntó el elfo mientras se sentaba y se servía una rebanada de pan y un vaso de café.
-    Nada, ni una mala huella de sus pies. Parece como si se hubiera esfumado en su propio camastro –contestó uno de los hombres.
Me senté también y me serví un café, tenía el estómago cerrado y no me apetecía comer nada, le pasé la fuente y la jarra de café a Eolion. No había tomado ni un par de sorbos de mi taza cuando apareció por el sendero el padre con la muchacha en los brazos, su cabeza caía lacia hacia detrás y uno de sus brazos colgaba balanceándose con cada paso que daba el hombre. La vieja gitana lanzó un gemido lastimero y desapareció tras la puerta de su carreta. Un escalofrió me recorrió el cuerpo dejándome paralizado, sin duda la chica estaba muerta.
El padre depositó el cuerpo sobre la mesa. La madre se acercó llorando desconsoladamente y abrazó el cuerpo de la joven. Fue en ese momento, al caer su pelo hacia detrás, cuando vi las marcas de su cuello. Separaron a la madre entre varias mujeres y fue entonces cuando pude acercarme. Giré su cabeza y aparté el pelo. El patriarca se asomó para ver la herida: sin duda alguna su sangre había sido completamente drenada y me atrevería incluso a asegurar que había sido forzada.
-    Vampiro –murmuró desolado.
Fue la única palabra que salió de la boca de aquel hombre. Quizá porque no podía pronunciar nada más. Tenía el rostro descompuesto y luchaba por contener las lágrimas delante de su gente. Se dejó caer en una de las sillas y ocultó el rostro entre sus manos. No podíamos dejar que pasara mucho tiempo, no sabíamos si el vampiro la habría convertido. Eolion ayudó a las mujeres a preparar el cuerpo de la chica mientras el bardo y yo ayudábamos a preparar una pira funeraria. A última hora de la tarde el cuerpo de la joven fue incinerado y nosotros volvimos al camino, dejando atrás la desolación de aquella buena gente.
  

1 comentario:

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