Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

miércoles, 22 de junio de 2011

Libro de Valine 46

Dudé un segundo si seguirla o quedarme parado donde estaba y al final me decidí por bajar dando un paseo hasta la playa. Estaba anocheciendo, a esa hora me era casi imposible evitar extrañarla y como cada día desde que salí de mi casa y la dejé allí, mi corazón se llenaba de tristeza. Necesitaba buscar la soledad, escuchar las olas del mar rompiendo suavemente en la arena, sentir la brisa acariciando mi rostro; necesitaba liberar mi alma y dejarla volar hasta ella. No precisaba hacer mucho esfuerzo para imaginarla caminando a mi lado con las manos entrelazadas, o paseando despacio por la orilla con el mar mojando sus pies y el viento revolviendo caprichoso su larga melena rizada. Anduve por la orilla viéndola en cada lugar al que mirara, saliendo del mar sonriéndome, tumbada en la arena esperando a que llegara hasta ella sin apartar de mí su mirada, recogiendo guijarros o conchas con la falda arremangada, o incluso en el camino que ascendía por el acantilado bajando a la increíble velocidad que se mueven los vampiros hacia mis brazos. Y me veía a mí mismo esperándola con los brazos abiertos deseando estrecharla contra mi pecho en un abrazo eterno. Perdido entre mis pensamientos y mis deseos no me di cuenta de que se había hecho tarde y ya era noche cerrada. Decidí regresar a la casa.
Mi corazón se aceleró al acercarme, desde el camino no podía ver más que uno de sus laterales, los enormes arboles la cubrían casi por completo, pero según me fui aproximando me di cuenta de que Eolion había cumplido con su palabra. Había regresado con los caballos incluso antes de lo que yo esperaba. Los había guardado en el pequeño jardín que con esmero cuidaba la anciana. Me pregunté cómo reaccionaría cuando se enterara de que se habían comido sus flores. No pude evitar sonreír, aunque he de admitir que me sentí un poco mal, no es que me hiciera gracia que destrozaran sus setos, pero al imaginar la escena se me hizo divertida. Aparté los caballos de las flores y entré en la casa.
Eolion estaba sentada junto a la mesa con las piernas cruzadas, tenía el codo apoyado en la rodilla y la cara sobre una de sus manos. En la mesa había un par de vasos de vino y un plato con queso de cabra. La anciana estaba de pie junto al hogar, sostenía un cucharon con el que de cuando en cuando removía el guiso que tenía sobre el fuego. Ambas charlaban animadamente, pero guardaron silencio al entrar yo.
-    No os cortéis por mí –dije sonriendo mientras cruzaba la cocina en dirección a la alacena para coger uno de los vasos. Eolion me siguió con la mirada mientras la anciana se giraba hacia la hoguera- ¿Qué ocurre?
-    ¿Por qué habría de ocurrir algo? –Contestó la elfa- Sólo charlábamos.
-    De algo que no puedo escuchar por lo que veo.
-    Hablábamos de ti –Dijo la anciana-, no creemos que estés recuperado para afrontar un viaje tan largo.
-    Estoy bien –contesté cortante.
-    No, no lo estás –Replicó la mujer con cara de disgusto. Guardé silencio durante unos segundos, intentando disimular el fastidio que me provocaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
-    ¿Cómo te ha ido con el tratante de caballos? Parecen buenos animales –Dije, intentando cambiar de conversación; la anciana torció el gesto, pero no dijo nada más.
-    Lo son, los mejores de la comarca.
Me serví un vaso de vino y me senté junto a Eolion. La abuela seguía removiendo el guiso con suavidad, pero sin parar de mascullar en voz baja. Si algo había aprendido a reconocer en el tiempo que llevaba viviendo con aquella mujer, era que no se guardaba su opinión demasiado tiempo. Sabía que en cualquier momento saltaría para dejar clara su postura en contra de mi partida, así que cogí el vaso y me salí al porche. Los caballos habían vuelto hasta el macizo de flores que ya estaba bastante mermado. Escuché a las dos mujeres murmurar y decidí hacer caso omiso, centrándome en los animales. Eran tres ejemplares bien formados, de ojos vivaces, pecho amplio; cuello fuerte y arqueado con una crinera larga y colgante. De armoniosas proporciones y un porte orgulloso y elegante. Me acerque y acaricié la grupa de uno de ellos, había oído hablar de esta raza, eran caballos rápidos capaces de sobrevivir en regiones áridas y montañosas. Capaces de alimentarse de plantas leñosas o matorrales espinosos, no necesitaban beber con regularidad y resistían por igual tanto calores secos como grandes fríos. Eran justo lo que necesitábamos para regresar por  “La Travesía de los Riscos”. Los elfos llamaban así a un sendero que bordeaba la formación montañosa de las Alelonnas al filo de los riscos y los acantilados, evitando de esa manera atravesar la garganta de los grifos. Era un camino largo y abrupto pero aun así menos peligroso. La puerta de la casa se abrió tras de mí y la voz de Eolion me sacó de mi enfrascamiento.
-    Valine, ya está la cena.
Cenamos evitando hablar del viaje. Por el contrario, nos dedicamos a charlar sobre temas intrascendentes, sin duda las dos habían notado que no me agradaba que intentaran convencerme. Me extraño que Elivyän no estuviera presente, ya que se había convertido en el ojito derecho de la anciana. Entre unas cosas y otras se hizo tarde y Eolion decidió hacer noche en la cabaña. La anciana la acomodó convirtiendo el sofá en una cama improvisada poco antes de retirarnos a dormir. Ya en la soledad de mi dormitorio, repasé mentalmente todo lo que nos haría falta para enfrentar nuestra nueva aventura. Tendríamos que viajar con lo más imprescindible, si cargábamos demasiado a los caballos nos retrasaríamos en varios días y no estaba dispuesto a demorarme ni un minuto más de lo necesario.

Un par de días después nos pusimos en camino, la anciana me había preparado una especie de pócima de un color azulado brillante y me había entregado un pergamino con un conjuro manuscrito que no estaba seguro de saber pronunciar. La despedida fue muy emotiva, a la anciana se le escaparon algunas lágrimas y tengo que reconocer que en varias ocasiones me vi obligado a tragar saliva para evitar que se me escaparan también a mí. Abandonamos la casa no sin antes hacer una promesa que estaba dispuesto a cumplir, volvería a visitarla y llevaría conmigo a Dru en cuanto tuviera la menor oportunidad. Estaba seguro de que, a pesar de lo que ella sentía por los vampiros, llegaría a tomarle cariño cuando la tratara. No quise mirar atrás, mientras nos alejábamos un nudo me oprimía la garganta hasta el punto de tener la sensación de que me faltaba el aire, pero mantuve la compostura ante mis amigos. Aunque aseguraría que ellos lo notaron. Hasta ese momento se habían mantenido en silencio, pero como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron a hablar a la par preguntando o haciendo observaciones sobre el viaje, que no venían a cuento. Sin darnos cuenta nos fuimos adentrando en el bosque, que según avanzábamos se iba haciendo más y más espeso y salvaje. Una senda se abría paso entre los árboles que parecían apiñarse a ambos lados del camino como si quisieran proteger de alguna manera todos los secretos que el bosque encierra.
Habíamos cabalgado durante todo el día, tanto los caballos como nosotros necesitábamos descansar, pero la espesura estaba tan densa que acampar en aquel paraje era una tarea bastante complicada. Hacía rato ya que el sendero transcurría junto al cauce de un rio bastante caudaloso. La vegetación del sotobosque era tan espesa que se hacía imposible hasta acercarse a la orilla. Por otro lado, era un rio de aguas blancas y turbulentas, extremadamente peligrosas para acercarse incluso a llenar las cantimploras de agua. Por no mencionar que las piedras de la orilla estaban recubiertas de musgo, lo que hacía que se volvieran muy resbaladizas. Decidimos continuar hasta que comenzara a anochecer y no tuviéramos más remedio que acampar de cualquier manera.

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