Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

sábado, 21 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 2.

Cuando recobre el sentido, la sangre me hervía en las venas, me sorprendió llevar puesta otra ropa distinta a la de la noche anterior, o quizás había pasado mas de una noche sin conocimiento, había perdido mucha sangre y me sentía bastante débil. Mire a mi alrededor, no me podía creer donde estaba, me rodeaban las tumbas de mis antepasados, las reconocí porque había jugado muchas veces de niño en este mausoleo.

Supuse que Ross me habría llevado a casa de mis padres al encontrarme moribundo, en aquel callejón oscuro y mugriento. Pero eso no explicaba porque me había dejado en el Mausoleo. Era obvio que había curado mis heridas, de lo contrario a esas horas ya estaría muerto y aun así me dejo solo en aquel lugar inesperado.

Levante la camisa blanca de volantes que me habían puesto, para mirarme la herida. Entre sorprendido e incrédulo, pude comprobar que la herida se había cerrado por completo dejando una cicatriz casi imperceptible. Mi buen amigo debía de haber acudido a algún clérigo, no era posible una curación tan rápida, a no ser que se hubiera usado magia.

Decidí esperar al regreso su para que me informara sobre la suerte que había corrido de mi amada Alissa. No podía apartar de mi mente el momento en que giré la cabeza hacia atrás para mirarla y la vi tendida sobre el lecho en un charco de sangre con la mirada perdida y un gesto horrible, la muerte se dibujaba en su rostro angelical.

No se cuantas horas pase esperando a Ross, pero no vino, al principio pensé que tal vez no iría a visitarme a diario, puesto que mi herida ya se había curado. Deseche esa idea de inmediato, Ross no me dejaría a mi suerte tantas horas estando inconsciente. Me dirigí a la salida del mausoleo con paso vacilante por la debilidad que consumía mi cuerpo.

Algo se revolvía en mi interior, algo que en ese momento no pude comprender, un dolor extraño me agarrotaba las tripas, la boca me sabia metálica, mi piel morena estaba pálida, mortecina. Abrí el portón sin ningún esfuerzo, como si hubiera sido fabricado de caña en lugar del hierro forjado de que estaba hecha.

La antesala se hallaba llena de coronas y crespones negros, me sobresalte a verlo, ¿quien habría fallecido en mi ausencia?, desesperado pensé en mis padres, tome apresuradamente una de las cintas que colgaba de una corona de rosas rojas. La sangre se me congelo en las venas, cuando comprobé que esas coronas eran para mi.

1 comentario:

  1. La muerte inesperada de uno mismo...y uno mismo vivo para vivir la muerte en primera persona, y poder escribirlo... Si eso sucede, entonces es que has vencido a la muerte misma esa mujer invencible.

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