Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 23 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 4.

La observe desde mi escondrijo hasta que la vi desaparecer al girar en una esquina al fondo de la calle. Pasé el resto del día evocando cada segundo que la había tenido delante, recreándome en los detalles en los que el breve instante que había pasado parada frente al ventanuco, me había dado tiempo a asimilar.

Calculé que rondaría los 17, era tan hermosa que hasta las flores palidecían a su paso, su piel extremadamente pálida, sus cabellos oscuros y sus lindos ojos azules, le proporcionaban una belleza sobrehumana, digna de la más hermosa de las diosas.

Al caer la noche salí de mi escondrijo, y después de buscar mi sustento, me dedique plenamente a rastrear a esa preciosa niña, puse todos mis sentidos al servicio de mi búsqueda, pude seguir sin mucha dificultad el olor penetrante y seductor de su sangre.

Vague por innumerables calles hasta llegar a una vieja y lúgubre mansión, como casi todas las de aquella oscura calle, iluminada por viejas farolas que alumbraban tenuemente el contorno mas cercano. Serian las 3 de la madrugada cuando me pare frente a una de las ventanas, mire escudriñando la oscuridad y supe con seguridad que aquella era la ventana de su dormitorio.

Con movimientos ágiles trepé hasta el tejadillo al que se asomaba el ventanal y desde allí tras los cristales, pude observarla a placer. Dormía envuelta en una camisón de gasa claro, tapada con los ropajes que colgaban a los lados del lecho solo dejaba al descubierto parte de su torso, y uno de sus brazos, su hermosa melena se extendía revuelta por los almohadones.

Pasé las siguientes tres o cuatro horas mirándola embrujado por su belleza, supe durante esa noche que ya jamás podría vivir sin ella, de la misma manera que supe que jamás seria mía. No podía, no quería arrebatarle la vida a un ser tan maravillosamente hermoso.

Verla allí en su lecho, ajena a todo el mal que se escondía en tras los cristales de su dormitorio, decidí protegerla, amarla en silencio. Si no llegaba a conocerla estaría segura lejos de mi. No podría entrar en su casa, si no era invitado. Mantendría alejado al monstruo y dejaría que velase por su bien el amor que su candidez había despertado. Esa parte de mi que yacía inerte en lo mas profundo de mi ser desde la muerte de Alissa.

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