Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Libro de Marcus - 6.

Salí a la terraza, los jóvenes lugareños se agolpaban por estar junto a ella, intentando en vano que ella les dedicara una dulce sonrisa o con suerte un baile, pero no fue así. Me quedé en la terraza contemplando la luna, que esa noche brillaba para mí.

Clavé mis ojos en la hermosa luna intentando apartar de mí el perfume de su sangre, ese olor que me invadía noche tras noche durante los últimos años, que despertaba en mí el deseo más profundo de hacerla mía. Su sangre cantaba para mí una hermosa melodía, esa melodía que encendía mis más bajos instintos a la vez que provocaba sentimientos tan profundos que ni yo mismo alcanzaba a comprender.

Sentí su mirada, y giré veloz la cara hacia ella, se sonrojó y bajó la vista al suelo, en ese breve instante en el que apartó de mí su dulce mirada, comprendí que había llegado el momento de acercarme a ella. Me moví a la velocidad del rayo para no dar lugar a que ningún otro muchacho llegara antes que yo. Levantó el rostro con un gesto de sorpresa, sonreí y tendí la mano invitándola a bailar, ella no lo dudó un solo segundo, tomó mi mano y me siguió hasta el centro de la sala.

Rodeé su cintura con mi brazo y con la mano abierta sobre su espalda atraje su cuerpo hacia mí, manteniéndola pegada a mi pecho sin mucho esfuerzo; apoyé la mejilla contra la suya y le susurré al oído con las más dulces palabras todo lo que sentía por ella. El amor que en silencio le profesé, le conté como cada noche velé su sueño desde su ventana sin atreverme a cruzar la fina línea que nos separaba, por miedo de hacerla daño.

Con mi cara apoyada contra la suya desvelé mi más íntimo secreto, aterrado ante la posibilidad de que se asustara y saliera corriendo, pero lejos de eso ella clavó su cautivadora mirada en mis ojos y me dedicó una dulce sonrisa llena de amor.

Tomé su mano y la saqué de la casa, pasé mi mano sobre sus hombros y la apreté contra mí mientras la conduje hasta uno de los rincones más oscuro y alejado de la fiesta. En la intimidad que nos proporcionaban las sombras y la lejanía de la mansión, nos entregamos a la pasión de los besos contenidos durante los últimos años en los que tan solo pude soñarla.

La colmé de suaves caricias, mis manos ágiles se deslizaron sobre su piel, explorando con la yema de los dedos cada rincón de su cuerpo. La oí gemir suavemente y ese sonido placentero encendió mi pasión como nunca antes la había sentido. Tomé su cara con ambas manos, y poco a poco me acerqué a sus labios abiertos, húmedos, cálidos, temblorosos a la espera del beso que nos fundiera en un mismo ser, apreté el abrazo sujetándola con fuerza y bajé mis labios por su cuello, hasta hundir en él con suavidad los colmillos.

En una mezcla de dolor y del placer más intenso, Drusila se quedó sin fuerza entre mis brazos, con agilidad me di un corte en la muñeca y acercándola a su boca la forcé a beber mi sangre, en ese momento supe que era mía, mi mujer, mi compañera, mi esposa, mi amor para toda la eternidad.

1 comentario:

  1. La luna produce flujos que la sangre y el destino no pueden controlar: un beso en un cuello, una caricia en la piel, una mirada antes del éxtasis para verificar el placer compartido, para verificar que la muerte, si es así, es exquisita....

    ResponderEliminar