Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 10 de mayo de 2011

Libro de Valine 37

Una vez hubo terminado de recomponer las sabanas, tomó asiento acercando la mecedora al tiempo que se sentaba; de tal manera que las rodillas rozaban con la ropa de la cama. Tomó mi mano entre las suyas, aun hoy puedo recordar el contacto de aquellas manos que aferraban la mía como si de ello dependiera su propia vida. Levanto la mirada para mirarme directamente a los ojos, en ese momento pude sentir como aquella mujer de rostro afable y carácter hosco escudriñaba cada rincón de mi mente. Intente zafarme de la opresión que ejercía sobre todo con una de sus manos mientras con la otra palmeaba despacio el dorso de la mía. Indagó en mi cerebro hasta que encontró lo que buscaba, durante la búsqueda su rostro cambio de expresión en varias ocasiones pero al cabo de tan solo unos segundos dio por concluida la exploración.

- Voy a contarte una historia -dijo mientras se echaba por los hombros el echarpe de lana que había dejado un momento antes con el resto de la ropa, sobre mis pies.

Me acomodé entre las sabanas y apoyé de nuevo la cabeza sobre los almohadones dispuesto a escuchar, ya que estaba seguro de que no tenía otra opción.

- Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años –se detuvo un segundo, tomó las gafas y comenzó a limpiar las lentes muy despacio con el borde de su mandil, supongo que con la intención de hacer de aquel relato una historia interesante. Aunque a mí en aquel momento no me interesaba nada de lo que aquella anciana pudiera narrarme- las distintas razas que habitaban estas tierras vivían en armonía, era un periodo de paz entre los pueblos que venía durando ya varios centenares de años. En las tierras del norte que lindaban con los bosques élficos, se hallaba situada una pequeña aldea, conocida en todo el reino por sus minas. Minas que salvando las minas de los reinos enanos, eran las más importantes del reino. En aquellas cuevas se minaban piedras preciosas de todo tipo, pero sobre todo, aunque en menor medida, se obtenían esmeraldas, las más puras de todos los reinos conocidos y era por eso que esa pequeña aldea fue adquiriendo relevancia.

Se detuvo de nuevo mientras hacía intención de levantarse de la silla, para ese momento tengo que admitir que la anciana había captado mi atención. La observe mientras se levantaba con bastante esfuerzo, hice intención de protestar pero con un gesto de su mano me indicó que tuviera paciencia. –Te voy a traer un té de lavanda, te ayudara a conciliar el sueño- la mire mientras se alejaba con su caminar lento e inseguro. Pensé que aquella anciana me había adoptado como al nieto que nunca tuvo, una sonrisa afloró a mis labios ante esa idea. Al cabo de un rato estaba de vuelta con una bandeja de madera y sobre ella dos tazas humeantes, un par de cucharillas del mismo material y un par de servilletas de color vainilla que tenían bordadas dos iniciales: AM. Me ofreció una de las tazas después de remover con energía el contenido, antes casi de que la hubiera cogido la anciana había extendido sobre mis piernas la pequeña servilleta. Di un sorbo con precaución, primero porque estaba muy caliente y segundo porque no esperaba que me gustara, me sorprendió su sabor ligeramente dulce. Ella sonrió y prosiguió con su relato removiendo el suyo de cuando en cuando.

- ¿Por dónde iba?... ah sí. Un buen día, a la hora del almuerzo, cuando las mujeres de la aldea se habían acercado a las cavernas para llevar el alimento a sus maridos, hubo un movimiento fuerte en la tierra, un terremoto que se dejó sentir incluso en otras aldeas bastante alejadas. Este temblor provocó un desprendimiento que sepulto allí dentro a la mitad de los habitantes de la aldea. Pero cerca de la entrada se hallaba en aquel momento un anciano que por estar lisiado se había retrasado en llegar con el almuerzo para su hijo. Y fue precisamente él el que dio la voz de alarma en la aldea. Los aldeanos ante la imposibilidad de retirar la montaña de rocas que… -se detuvo para beber un sorbo de su té, yo la imite sin apartar la mirada- había tapado la entrada de la mina, acudieron a pedir ayuda a la aldea más cercana. Enviaron una delegación pero justo antes de adentrarse en los bosques un encapuchado enjuto se les cruzo en el camino.

Tengo que admitir que para aquel momento el relato contaba con toda mi atención, no tenía claro a donde quería llegar mi recién estrenada abuela pero la historia había conseguido intrigarme. Aun así, muy a mi pesar, hacia un rato que los parpados me pesaban demasiado, me costaba mantenerme despierto y sobre todo centrado en la narración. La mujer volvió a sonreír, retiro la taza de mis manos y me acomodo los almohadones. Segundos después dormía profundamente.

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