Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 16 de mayo de 2011

Libro de Valine 39

La casa estaba construida al borde de un acantilado de unos 300 metros, desde mi ventana podía divisar una pequeña playa de arenas blancas. El mar se fundía con el cielo y la luna dibujaba sobre el agua un camino de plata que se perdía en el horizonte. A un lado de la casita, una pequeña terraza cubierta por una pérgola de madera de pino desafiaba a la gravedad alzándose por encima del acantilado. Mire hacia los lados y el bosque de robles milenarios se extendía hasta el borde mismo, incluso diría que algunos árboles salían de la misma pared de roca dejando sus copas al alcance de la mano. No existen palabras para expresar lo que sentí en aquel momento, el mar en calma, las olas rompiendo suavemente en la orilla y la luna. Deseé tener a Drusila entre mis brazos con mayor vehemencia que nunca. Dios, cómo la echaba de menos, necesitaba sentir su contacto, acariciar su cuerpo y besar sus labios. Sentía su ausencia de tal modo que incluso me dolía.

Volví a la cama despacio, me recosté sobre las sábanas y crucé las manos bajo la nuca. Cerré los ojos intentando conciliar el sueño. Ésta vez la tisana no había conseguido su propósito, estaba desvelado e inquieto. Me tumbé de lado y metí una de las manos bajo la almohada, antes de darme cuenta la tenía aferrada contra mi cuerpo. Cerré los ojos de nuevo y dejé que los recuerdos afloraran a mi mente, recuerdos felices en los que la tenía entre mis brazos. La anhelaba de tal manera que incluso podía sentir su perfume, ese aroma que te invade cuando ella está cerca, una suave fragancia con toques sutiles de almizcle, ámbar y un toque profundo a vainilla. Instintivamente inhalé una gran bocanada de aire intentando retener su esencia en mi interior, pero fue el olor a tierra húmeda, al musgo que crece entre las rocas, a la resina que resbala por los troncos de los piñoneros, a romero y flores de lavanda entremezclándose con el olor a salitre y a algas que arrastra hasta mi dormitorio la brisa del mar. Abrí los ojos lentamente, fijé la mirada en algún punto del techo y me quedé así durante un rato. El rostro de Drusila fue tomando forma en mi mente poco a poco. Los siguientes minutos los dediqué a recordar su sonrisa, sus ojos tristes llenos de melancolía, su cabello oscuro cayendo en una cascada de rizos por sus hombros y su espalda. Sus labios dulces y suaves que no me cansaría de besar. Sin darme cuenta me fui quedando dormido.

Me despertó un leve carraspeo. Abrí los ojos, medio dormido aún. Elivyän, sentado en la mecedora, me miraba sonriendo de oreja a oreja. Tengo que admitir que me alegró verle, aunque hubiera preferido que me sonriera otra persona. Intenté sonreír mientras me incorporaba pero de nuevo el dolor de la espalda borró la sonrisa de mi rostro.

- Me alegra verte tan recuperado –dijo el elfo con tono de sarcasmo mientras sonreía mostrando todos sus dientes.

- A mí también me alegra Elivyän, entre otras cosas porque así podrás aclararme algunas cosas.

- Vamos, vamos, querido amigo. Ya habrá tiempo para aclaraciones. Dime ¿Cómo te encuentras?

- La verdad, si no fuera por las heridas de la espalda podría decir que bastante bien, aunque me siento bastante débil aún.

- Yo te veo muy bien –de nuevo me mostró todos los dientes-. Sinceramente hubo momentos en los que pensé que no lo conseguirías.

- Aún no sé qué me pasó. Supongo que fue el agotamiento. Lo que no me puedo explicar son las heridas de la espalda y ésta zona del cuello –señalé con la mano el lado derecho de mi cuello casi pegando con la nuca- está áspera y escuece. La anciana me ha aplicado algún tipo de ungüento que me calma bastante.

Charlamos durante un rato de naderías sin transcendencia, hasta que le pregunté si sabía algo de las chicas. Me pareció que se alteraba un poco, aunque supo disimularlo bastante bien y del mismo modo esquivó el tema hablando de otras cosas sin la menor importancia. Cuando Elivyän se hubo marchado y de nuevo me quedé solo en la habitación, me levanté e intenté ponerme la ropa que estaba cuidadosamente doblada sobre una mesita que había pegada al rincón. No había conseguido aún meterme los pantalones cuando entró la anciana. Se quedó parada en el umbral de la puerta con los brazos en jarras y una de sus cejas levantada.

- ¿Qué se supone que estás haciendo? ¿Acaso pretendes que tus heridas vuelvan a abrirse?

La miré intentando poner cara de bueno pero me sentí como un colegial al que pillan copiando en un examen. Sentado al borde de la cama con tan solo media pierna dentro del pantalón.

- Había pensado en salir un rato al porche, el aire del mar me haría bien.

Intenté poner voz de moribundo con la intención de que la anciana sintiera piedad y no se enfadara mucho. Ella cambió el gesto sin quitar la cara de fastidio.

- Puede que tengas razón, déjame ayudarte.

Se acercó y tomó mi camisa, mientras yo terminaba de meterme los pantalones. Me ayudó a meterme la camisa y a llegar hasta el pequeño porche de la casa que sobresalía del acantilado suspendido en el abismo. Me senté en uno de los butacones y ella ocupó el que quedaba libre. Me quedé mirando el horizonte completamente abstraído. La anciana no hizo ninguna intención de sacarme de mi embelesamiento. Durante el rato que pasé así, sólo una imagen ocupaba toda mi mente: Drusila.

- ¿Te encuentras bien? –la anciana rompió el silencio y me hizo volver así a la triste realidad. Ella no estaba a mi lado, no sabía cuánto tiempo tardaría aún en poder abrazarla y estrecharla contra mi pecho. Suspiré y me giré hacia ella.

- Estoy bien, abuela. Termina de contarme la historia –Me miró en silencio intentando recordar por donde se había quedado.

- Está bien. Como te dije ayer, decidieron enviar al druida a hablar con Ishara. El druida reunió todo lo que consideró que le haría falta y se puso en camino. Anduvo durante muchos días hasta llegar a los dominios de la dragona. Enel'dur el druida,  era un hombre alto y fornido, un humano con la cabellera y la barba excesivamente largas, muy guapo. A Ishara le gustó su presencia y ante sus incrédulos ojos adoptó la figura de una mujer humana. Ambos charlaron durante horas y cuando el druida consideró que había llegado el momento pidió a la gran sierpe consejo para enfrentar al mal que comenzaba a asolar la tierra. Ella le hizo saber que Akh’nash’vagma era conocido como el mal primigenio; durante siglos había intentado abrir un portal para entrar en nuestro plano y devastar la tierra, pero para eso necesitaba que unas gotas de su propia sangre se vertieran en el vórtice del portal durante un ritual. La única manera de hacerlo sería a través de un vástago. Le informó además de que si el mal  se estaba extendiendo quería decir que ese hijo ya estaba en la tierra, pero aún no había alcanzado la madurez necesaria para comenzar el ritual. Al preguntarle el druida como podría acabar con el descendiente de Akh’nash’vagma, Ishara le respondió que tan solo una criatura era capaz de matar a la Bestia.

- ¿Una sola criatura? ¿Cuál?

- Una niña. Una niña nacida de la unión entre dos seres superiores; una criatura que contaría con el poder que le otorgarían el bien y el mal a partes iguales. Y tan sólo un dragón sería capaz de reconocer a la niña.

- ¿Qué más le dijo? Cuéntame.

- Tendremos que seguir más tarde –una sonrisa maliciosa asomó a sus labios resecos-. Tengo que preparar algo de comida –dicho ésto se levantó y entró en la casa.

Apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos intentando evocar de nuevo el recuerdo de mi amada, pero en esta ocasión la imagen que se dibujó en mi mente fue la de otra vampiresa, Vhala.

2 comentarios:

  1. Aaaaaaaaaah!! quiero saber maaaaaaaaaaasss!

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  2. Seulement je veux être avec toi, tu me faites rêver d'une manière speciale, je tombe d'amour.

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