Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

domingo, 29 de mayo de 2011

Libro de Valine 42

Intenté conciliar el sueño, pero me fue imposible: toda la información que me había dado la anciana se amontonaba en mi cabeza pugnando por salir, empeñada en no dejarme dormir. Cerré los ojos, me giré hacia un lado, metí la mano bajo la almohada y con los pies ahuequé un poco las sabanas. Era imposible, por más que lo intentaba no podía evitar imaginar a la niña, los dragones, el mal primigenio engendrando a su hijo. ¿Qué habría sido de ese niño? Realmente no me importaba lo que hubiera sido de él. En el fondo deseaba que todo fuera una cruel pesadilla, que cuando abriera los ojos por la mañana todo se quedara en un mal sueño. Evoqué el recuerdo de Drusila la noche antes de mi partida. Sentada junto a la puerta de la terraza, a contraluz, se dibujaba su perfil; recuerdo que en ese momento me embargó una sensación entre cálida y dolorosa. No sé el motivo, ya que sabía que ella era una mujer fuerte, pero Dru despertaba en mí una absoluta necesidad de protegerla. Cuando volviera a casa la tomaría entre mis brazos y, sencillamente, me quedaría así durante horas, tumbado junto a ella con su cuerpo entre mis brazos, aferrándola contra mi pecho. Una sonrisa brotó de mis labios. Volví a cerrar los ojos y poco a poco me fui quedando dormido.

Me despertó el olor a pan y a café recién hechos. Había dormido de un tirón a pesar de las pesadillas que me habían asaltado durante la noche y, aun así, no me apetecía lo mas mínimo levantarme y afrontar otro día que, sin duda, me traería más quebraderos de cabeza. Oí los pasos de la anciana acercarse y cerré los ojos con la esperanza de que al verme dormir no me despertara. La puerta crujió ligeramente al abrirse y la anciana entró cargada con la bandeja del desayuno: pan tierno, lonchas de tocino, huevos revueltos, una taza de café humeante y un zumo de color ámbar bastante espeso. No me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que sentí el olor de la comida. La boca se me hizo agua y sentí que las tripas iban a comenzar a rugir en cualquier momento.

- Buenos días muchacho, ¿cómo te encuentras esta mañana?

Dejó la bandeja sobre la mesita, se acercó a la ventana y corrió la pequeña cortina dejando entrar la luz; por la claridad supuse que ya estaba bien entrada la mañana. Me incorporé hasta quedar sentado. Se acercó de nuevo y, tras extender la servilleta sobre mis piernas, me entregó la bandeja. La observé mientras lo hacía; se había convertido ya en todo un ritual. Sonreí y me dispuse a dar buena cuenta de las viandas que me había preparado. Como ya era habitual, acercó la mecedora y se sentó a mirarme mientras comía aunque, más que comer, devoraba. Creo que disfrutaba viéndome comer, era una manera de comprobar que su esfuerzo valía la pena.

- No sé si quiero escuchar el resto, abuela –ni siquiera levanté la vista para mirarla, esperaba que ella respondiera algo pero se quedó callada-. Toda mi vida me he dedicado a proteger al más débil, en esta ocasión quiero ser… necesito ser egoísta. No puedo alejarme de la mujer a la que amo. No me veo capaz de darle la espalda para ir en busca de Nerva.

Me escuchó en silencio. Yo esperaba algún reproche, pero no fue así: se limitó a mirarme sin cambiar el gesto. Luego, se impulsó con los pies y comenzó a mecerse lentamente.

- ¿No vas a decir nada?

- Es tu decisión –respondió mientras negaba con la cabeza.

- No es justo que se me pida ese sacrificio, la amo profundamente.

- Tú decides, muchacho. Nadie puede forzarte a seguir tu destino.

- De acuerdo –dije con la intención de zanjar el tema. Sabía que nadie podría forzarme a seguir un camino que yo no había elegido y que, de hecho, no elegiría nunca-. Sin embargo, me gustaría que continuaras contándome. Quiero conocer el resto del relato.

- ¿Estás seguro?

- Lo estoy

- Muy bien, continuaré entonces. Déjame pensar… ¿Estás preparado? –asentí- Pues bien, prosigo. Hacía tiempo que para Beneric se había hecho complicado cuidar de Nerva. La pequeña estaba a punto de cumplir los doce años y no se fiaba de dejarla sola cuando se veía obligado a viajar fuera de los límites de Assen. Hacía ya un tiempo que un maese enano llamado Tolur se le había unido en el cuidado de la niña. Y fue él precisamente quien se dio cuenta de que la chiquilla había hecho amistad con un joven recién llegado. Beneric se mostró molesto con esa amistad y prohibió a Nerva que siguiera frecuentándolo. No solo por ser un recién llegado del que no sabía nada, también porque el muchacho rondaría los veintitantos. La diferencia de edad era notable. Ella no protesto, pero tampoco dejó de verlo. Se encontraban a escondidas en los lugares más insospechados, donde a su padre o a Tolur no se les ocurriera buscarlos. Rondaban muy a menudo por las inmediaciones del cementerio. Nerva comenzó a cambiar, ya no era la niña alegre y juguetona, se había convertido en una adolescente difícil para aquellos dos hombres. No sabían cómo afrontar el problema y, después de mucho meditar, decidieron buscar a la madre; quizá hablar con ella les haría bien a todos. Indagaron acudiendo a visionarios, a arcanos poderosos capaces de vislumbrar el futuro o de adentrarse en el pasado. Acudieron a los más sabios del reino… pero ninguno pudo ayudarles. Regresaron a Assen desesperanzados y abatidos por el fracaso. Pero el camino era largo y la noche se les echó encima. Tanto Beneric como Tolur estaban preocupados ante la posibilidad de tener que hacer noche en el camino. Eran hombres rudos acostumbrados a esos menesteres, pero nunca habían viajado con una muchachita. En esas cavilaciones andaban cuando en un recodo del camino dieron con un templo. Al ver a la niña tan cansada decidieron pedir cobijo. El templo estaba dedicado al culto de la Dama Luna, sus sacerdotisas les ofrecieron cobijo y sustento. Aquella noche la luna brillaba mostrando su cara más brillante, una luna que incluso parecía más grande que de costumbre. Después de dejar a Nerva acomodada, Beneric y Tolur decidieron salir al jardín a fumar una última pipa. El jardín del templo se hallaba en la parte trasera, no era muy grande pero tampoco pequeño. En el centro había un estanque rodeado de rosales en flor, en mitad del estanque se alzaba majestuosa una estatua de la Dama Luna y el reflejo plateado se reflejaba en sus aguas. Al fondo estaba separado por una pequeña tapia de piedra en la que habían proliferado los líquenes y el musgo. El resto del jardín se dividía con caminos cubiertos por baldosas de barro cocido y todos ellos confluían en el centro rodeando el estanque. El perfume de las rosas se mezclaba con los jazmines y las madreselvas que cubrían casi por completo las tapias exteriores.

- ¿Tiene importancia cómo era el jardín?

- Realmente no -se echó a reír a carcajadas-. Vale, vale, no meteré florituras.

- Entonces se fumaron la pipa, supongo que se irían a dormir –repliqué con el gesto torcido mientras ella se secaba un par de lagrimillas que se le habían escapado al reír.

- Fumando en silencio estaban cuando algo llamó su atención. La luna comenzó a brillar más fuerte, incluso tuvieron la sensación de que se acercaba a ellos. Una brisa suave les acarició el rostro y para cuando quisieron darse cuenta la silueta de una mujer se materializó ante los ojos asombrados de ambos guerreros. El enano se frotó los ojos varias veces, pero la figura seguía ahí, inmóvil. La dama les sonreía con dulzura. Sus cabellos plateados caían a lo largo de su espalda y hacia delante cubriéndole los senos. Como único atuendo llevaba una túnica blanca con un cordón anudado en la cintura. Sus ojos eran tan claros que parecían no poseer color alguno. Fue el enano Tolur el que reaccionó primero: se acercó e hizo una reverencia exagerada a modo de saludo. La Dama le tendió la mano –Levanta Tolur-. El enano obedeció al instante y se puso en pie. La Dama Luna habló con Tolur, al que otorgó el sobrenombre de Hijo de la Luna. Les avisó de que el muchacho con el que andaba Nerva era un vampiro de la familia de Artanis, y les aconsejó que no la dejaran sola ni un momento: Nerva podría ser la salvadora, pero también la destructora. Les dijo también que el destino la había puesto en sus manos porque eran hombres buenos, y que era responsabilidad de ellos conseguir que la niña no se desviara del camino que tenía marcado. Después de hablar con ellos simplemente desapareció.

- ¿Era la madre de Nerva?

- Así es, ella era su madre. Dicen que antes de irse se acercó y la besó en la frente y que, mientras lo hacía, una lágrima cayó sobre las sabanas cristalizándose al instante. Esa lágrima cuelga del cuello de Nerva desde entonces.

- ¿Nerva siguió viendo al vampiro?

- Regresaron a casa –sonrió-. Durante un tiempo Nerva no volvió a encontrarse con él, volvió a frecuentar a sus amigos. Friéderic, el joven vampiro, siguió intentando contactar con ella durante un tiempo, pero después desapareció, probablemente sumido en el enfrentamiento entre clanes.

- Pues menos mal –respiré aliviado mientras ella sonreía.

Se levantó de la mecedora, se sacudió la falda con ambas manos y tomó la bandeja con los restos del desayuno. Se giró hacia mí y me preguntó si pensaba salir a la terraza a disfrutar un poco del sol. Negué con la cabeza recostándome de lado, no dijo nada, se volvió a girar y se alejó con rumbo a la cocina.

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