Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 31 de mayo de 2011

Libro de Valine 43

La mañana transcurrió tranquila. De cuando en cuando escuchaba los pasitos de la anciana que iban de un lado a otro de la casa, pero no llegó a entrar en el dormitorio. Había decidido no moverme de la cama. Aún estaba abrumado por la información y sólo deseaba poder evadirme por unas horas de la que hacía tan solo un día se había convertido en la realidad más sobrecogedora que jamás hubiera imaginado. Era consciente de que cuando estuviera recuperado tendría que tomar la decisión más difícil que se me había planteado hasta ese momento en mi vida. Inconscientemente quería retrasar el momento todo lo posible. De nuevo tomé la vía de escape más efectiva: Drusila. Sin embargo, ésta vez no pude concentrarme solo en ella. La historia de Nerva me llevó a recordar el día en que encontré a Vhala moribunda. Me pregunté si estaría en aquellas condiciones debido a la guerra entre clanes vampíricos. Quizá la pillaron desprevenida y sola. Y en ese caso, ¿por qué no la mataron? ¿Por qué la dejaron con vida? Tal vez la dieron por muerta, o quizá algo o alguien les había interrumpido. Una idea repentina cruzó mi mente. Fui yo, mi presencia en aquel momento evitó que la mataran. Ahora estaba seguro, después de tanto tiempo me sentí aliviado. ¿Qué habría sido de ella? ¿Seguiría con vida? A pesar de todo lo que sucedió entre nosotros esperaba que estuviera bien. Sin darme cuenta volví a la noche en la que descubrí mi cubículo amueblado por ella.


Me quede perplejo, recorrí con la mirada cada rincón. No podía creerlo, cada detalle me mostraba a una Vhala diferente a lo que yo pensaba de ella. Algo pareció moverse en uno de los rincones más oscuros. Afiné la vista y, efectivamente, había algo al fondo, donde la luz apenas llegaba para iluminar la zona. ¿Quién anda ahí? Pregunté sin esperar que hubiera respuesta, y por supuesto no la hubo. Recuerdo que pensé que sería una rata. Me acerqué lo más sigilosamente posible, volvió a moverse y di un par de pasos hacia atrás. Aguardé durante unos segundos a que la rata abandonara su escondrijo, pero cuál sería mi sorpresa cuando me acerqué despacio y me di cuenta de que lo que se escondía allí no era una simple rata. Vhala dio un paso hacia mí cubierta de sangre. Instintivamente busqué heridas en su cuerpo, después de una rápida mirada supe que la sangre no era suya. Le tendí la mano y ella, tras titubear un momento, la tomó sumisa. Un escalofrió me recorrió la columna al sentir el tacto de su gélida mano. Alcé la mirada hasta encontrarme con la suya. Me miraba con recelo pero, por alguna razón, había cedido a la desconfianza y estaba dispuesta a seguirme. Tiré suavemente de ella y la conduje hasta el cuarto de baño. Me disponía a salir con la intención de dejarle intimidad para que se aseara cuando me di cuenta de que se había quitado la ropa. El agua tibia recorría su cuerpo arrastrando la sangre y tiñendo la tina de rojo. No quería mirarla, pero me sentía incapaz de apartar la mirada de su cuerpo. Extendió lo brazos, invitándome a compartir la ducha. Sabía que si cedía me colocaría en una posición arriesgada. Luché contra mis instintos y he de reconocer a mi pesar que perdí la batalla. No recuerdo cómo, ni en qué momento, pero segundos después estaba con ella, mis manos recorrían su cuerpo a pesar de que mi conciencia no paraba de repetir una y otra vez “no lo hagas, no lo hagas…”. Aquella fue la primera vez que la hice mía.

El pomo de la puerta giro despacio. Cerré los ojos y acompase la respiración. Quería que la anciana me dejara seguir con mis recuerdos, pero aquella mujercita nunca tenía en cuenta lo que yo estuviera haciendo. Realmente se me había pasado el tiempo más rápido de lo que pensaba.

- Levanta, Valine. Hoy vienen tus amigos a comer contigo.

¿A qué amigos se referiría? Si no sabía ni donde estaba, ¿cómo iba a tener amigos allí? Además yo era un hombre solitario, no había vuelto a tener amigos desde que salí de la abadía y dejé atrás al único que realmente podría haber llamado amigo, Kady, mi gato. Obedecí, me senté en el borde de la cama. Mientras me ponía los pantalones, ella me peinaba el cabello. Me puse la camisa limpia y me cale las botas. Me sorprendí a mí mismo cuando me puse en pie, una sola mañana en la cama no era suficiente para que me encontrara tan recuperado de repente. Pensé que quizá la dulce viejita era en realidad una bruja malvada que me alimentaba con alguna doble intención, una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro.

- Me alegra verte de tan buen humor –sonrió también, aunque en el fondo me pareció que me había leído el pensamiento por la forma en que me miraba mientras lo hacía.

- ¿A qué amigos te refieres?

- ¡Oh! Es una sorpresa, siempre tan impaciente –volvió a sonreír y abandonó la alcoba sin cerrar la puerta.


La miré mientras se alejaba, no me había dado cuenta de lo pequeñita que era hasta que la había tenido parada a mi lado. La seguí por el pequeño corredor al que daban cuatro puertas además de la de salida. Una era de mi dormitorio. Justo en frente había otra que supuse que sería el suyo, ya que la que quedaba entre ambas. Estaba entreabierta y podía ver una bañera con patas de la que colgaba una pequeña toalla; el lavabo de madera de haya, con un espejo y una pequeña balda en la que había varios frasquitos de cristal y un cepillo para el pelo. Sobre la tabla que sostenía la palangana y la jarra de loza había también un jabonero con una pastilla de varios colores. A un lado del mueble, colgando de una barrita de madera, otra toalla un poco más grande, y más abajo en otra balda, un cubo de metal blanco lleno de agua. Una jarapa multicolor cubría parte del suelo justo delante de la bañera. Un poco más alejada había otra puerta, la anciana la había dejado abierta. Según me iba acercando me llegó el olor del guiso que se iba extendiendo por toda la casa. Me detuve al entrar en aquel cuarto. A mi derecha estaba el hogar encendido, y sobre el fuego apoyada en unas trébedes, un guiso de carne con patatas bullía dentro de una olla de barro. Pegando con el hogar había un horno de leña en el que se estaba cociendo el pan. Frente a mí una alacena de madera de cedro. La anciana había cubierto las vitrinas de la parte superior con unas cortinas interiores que dejaban adivinar los platos y los vasos de madera y de barro. Sobre la tabla había un cesto de mimbre con los restos del pan del día anterior, una fuente de barro con frutas variadas, una jarra de loza y un par de botellas de buen vino. A ambos lados de la alacena, colgaban sartenes y cazos de cobre de diferentes tamaños. En la pared de la izquierda, centrado con relación al resto del cuarto, había un sofá que parecía estar hecho con trozos de tronco y tapizado de algún tipo de piel bastante ajada. A un lado del sofá, una mesita de la misma madera soportaba el peso de un candil bastante grande y en el suelo junto a la pata del sofá una cesta con labores. En el centro de la estancia había una mesa rodeada por seis sillas. La mesa estaba preparada para cuatro comensales, platos, vasos, cubiertos, una jarra con agua y otra de vino, una ensalada de berros situada justo en el centro y a su alrededor había colocado platitos con queso de cabra, olivas, tocino frito, patatas asadas, un cuenco con alubias y otro con remolacha. En la esquina más cercana a la puerta había un pequeño telar del que colgaba un tapiz sin terminar. Entré hasta el centro y ella me indicó con la mano la silla que presidia la mesa.


Elivyän fue el primero en llegar, he de reconocer que me caía bien y que llenaba la estancia su carácter alegre y despreocupado. Entró como un torbellino, gastando bromas, canturreando, haciéndole la corte a la anciana a la que colmó de besos, para después tomar asiento a mi lado. Estuvimos un rato charlando de trivialidades. El elfo nos contaba sus corredurías amorosas exagerando considerablemente las situaciones en las que se había visto envuelto. La anciana reía cada una de sus locuras como si de un niño travieso se tratara, cuando se abrió de nuevo la puerta. A contra luz solo pude distinguir una figura femenina, no muy alta pero esbelta y bien formada, sin duda era una elfa. La mujer avanzo un par de pasos y la luz del hogar iluminó su rostro. No podía creer lo que estaba viendo. El corazón me dio un vuelco y comenzó a latir al doble de su velocidad hasta el punto que llegué a pensar que se me saldría del pecho. Me levanté como impulsado por un resorte y me acerqué a ella. Acaricié su rostro mirándola a los ojos, me ofreció una de sus mejores sonrisas y en ese momento nos fundimos en un abrazo. No podía dejar de acariciar su pelo mientras la oprimía contra mi pecho.

- ¿Cómo estás, pequeña? –Susurré con apenas un hilo de voz.

- No tan bien como tú –Bromeó mientras se soltaba de mi abrazo. En ese momento le lancé una mirada de reproche a Elivyän que sonreía divertido.

- No te imaginas cuántas veces he soñado con darte un abrazo, Eolion; temía que no hubiéramos llegado a tiempo de salvarte.

- Gracias a los Dioses y a vosotros, no fue así.

Pasé mi mano por su hombro y la llevé hacia la mesa donde nos esperaba el elfo que ya había empezado a dar buena cuenta del queso de cabra. Durante la comida hablamos de diversos temas. A lo largo de la conversación salió el tema de Selil. Me informaron de que nada más dejar a Eolion en manos de los sanadores partió rumbo a Assen y más tarde supieron que después de reunir a su grupo se puso en camino hacia el norte requerida por algún viejo amigo. La velada se alargó hasta el anochecer. La anciana insistió en que se quedaran a cenar, pero ambos se negaron, ya que tenían que regresar hasta el pueblo y el camino era largo. Nos quedamos de nuevo solos, me sentía bien por primera vez desde que había despertado en aquella casa. Volver a ver a Eolion y sobre todo verla recuperada me había insuflado energía, me sentía incluso capaz de regresar a Assen. La idea de volver a casa se estaba convirtiendo ya en una obsesión. No, realmente era una necesidad cada vez más acuciante.

- Abuela, ¿vas a seguir contándome?

- Suponía que estarías cansado, pero si te encuentras con fuerza y te apetece…

- Estoy un poco cansado, pero no podría dormir en este estado. Estoy feliz.

- Bien, entonces vamos a ello –se sentó a mi lado junto al sofá mientras se secaba las manos en el mandil- No recuerdo por donde me había quedado…

- Nos quedamos en la parte en la que Nerva entraba en razón y dejaba de ver a Friéderic.

- Cierto, cierto. Nerva dejó de ver al joven vampiro y durante un tiempo su relación con su padre se consolidó más si cabe. Un buen día los servicios de todos los guerreros del reino fueron requeridos, ya que la capital y en concreto el palacio Real estaban siendo atacado y se necesitaban refuerzos. El destacamento al que pertenecían Beneric y Tolur partió hacia el norte y Nerva se quedó sola en Assen. Poco tiempo después, la muchachita fue informada de que Beneric había perdido la vida en la batalla, había entregado su vida como un auténtico héroe defendiendo a su monarca. Tolur acompañó los restos de su amigo hasta Assen y se encargó de todo lo relacionado con el sepelio. Durante ese tiempo, la joven Nerva no soltó una sola lágrima. Se encerró en sí misma, evitando incluso hablar con el enano. La noche en que los restos de Beneric fueron entregados a la tierra se mostró especialmente abatida, al volver a casa se encerró en su dormitorio y dicen que lloró hasta caer rendida. Lo cierto es que a la mañana siguiente, cuando Tolur fue a buscarla, ella se había ido. La buscaron hasta que al anochecer la encontraron en el cementerio, sentada junto a la tumba de su padre. Desde aquel momento, no pasaba un solo día en el que Nerva dejara de visitar el cementerio. Y fue allí donde retomo el contacto con Friéderic.

- Maldito vampiro –gruñí fastidiado.

- El enano no estaba dispuesto a consentir que volvieran a relacionarse y optó por acompañarla al cementerio todos los días cuando comenzaba a oscurecer. Pero la chica pronto se cansó de la compañía. Ella no quería reconocerlo, y de hecho nunca lo hizo, pero sin darse cuenta se había ido enamorando de Friéderic.

- ¿Enamorando? ¿Pero qué estás diciendo abuela?

2 comentarios:

  1. No sé, no recuerdo porque dejé de venir a este espacio, solía ser asiduo, gracias por llegar a mi blog y por recordarte de mi. Desde hoy no falto más a leerte.

    De siempre enamorado de estos relatos, te leeré siempre como el libro de la comoda de noche.

    hasta luego

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  2. Depuis longtemps mon cœur, etait à la retraite, et ne pensait jamais devoir se réveiller, mais au son de ta voix j'ai relevé la tête et l'amour m'a repris avant que d'y penser.

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