Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

viernes, 6 de mayo de 2011

Libro de Valine 36

Volví a llamarla un par de veces más, después guardé silencio esperando escuchar sus pasos, sin pararme a pensar que Drusila no hacia ningún ruido al caminar. Cerré los ojos para evocar su imagen. Cada día que pasaba me costaba más visualizar su rostro en mi memoria, el tiempo que habíamos pasado separados se me antojaba una eternidad. Por fin comenzaban a dibujarse sus ojos y su sonrisa cuando el pomo de la puerta comenzó a girar. Mantuve la respiración, la sola idea de contemplarla ante mí, de poder extender la mano y rozar su piel, me hacía estremecerme. La puerta se abrió despacio, la penumbra que reinaba en la alcoba no me dejaría contemplarla con total nitidez, pero eso era lo que menos me importaba en ese momento. La puerta se abrió lentamente, la tenue iluminación que provenía de la habitación contigua dibujó una silueta en el umbral de la puerta. Sentí como mi alma se hacía pedazos al comprender que aquella figura no se correspondía en absoluto con la de la mujer que amaba. Por el contrario, era el contorno de una mujer entrada en carnes, encorvada y sin duda peinaba canas desde hacía varias décadas. Tuve que tragar saliva varias veces para no echarme a llorar como un niño. No sólo ansiaba tenerla entre mis brazos, la necesitaba para poder seguir viviendo. Supongo que la anciana se dio cuenta de mi lucha interior. Sin mediar palabra alguna se puso doblar la ropa que había sobre la mecedora, que crujió ligeramente al rozarla. Negó repetidas veces con la cabeza, sin llegar a mirarme en ningún momento, antes de dirigirse a mí.


- Al menos podrías disimular, o mostrar un poco de gratitud muchacho –refunfuñó en un tono cortante.

- Tienes razón mujer, no es digno de mí mostrarme tan grosero, ¿podréis perdonarme? Estoy un poco aturdido aún –las palabras sonaron a lo que eran, una burda excusa.

Se detuvo un momento para mirarme y acto seguido volvió a sus quehaceres doblando la ropa con extrema meticulosidad. Cuando hubo terminado se giró hacia mí con el montoncito de ropa abrazado como si fuera su bien más preciado.

- Está claro que te encuentras mucho mejor, al menos tus pulmones han recobrado toda su fuerza; no entendí bien a quien llamabas.

- A Drusila.

Se me quebró la voz al pronunciar su nombre. No tenía la menor idea de quién era aquella mujer, ni de por qué motivo ocupaba yo una de sus alcobas. Me dolía tremendamente la cabeza y no conseguía liberarme de esa sensación de opresión y sopor que había experimentado desde que abrí los ojos un rato antes.

- ¿Quién eres? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estoy?

- ¡Vaya! Sí que te has despertado curioso

No puedo asegurarlo, pero en ese momento me pareció contemplar como asomaba una media sonrisa a sus labios. La anciana arrimó con bastante dificultad la mecedora hasta la cama y tomó asiento a mi lado. Había dejado el hatillo de ropa a los pies de la cama, apoyado sobre mis piernas de tal manera que si me movía caería al suelo irremediablemente. Se centró en colocar las sábanas, tiraba de ellas con tanta fuerza que pensé que cederían haciéndose girones. Después las remetió bajo el colchón. Me recordó a mi niñez, cuando el hermano Kiel me obligaba a meterme en la cama temprano y se aseguraba de que no me moviera de alli remetiendo la ropa de tal manera que parecía que me había atado al camastro. Mientras la anciana se afanaba en colocar mi cama la observé en silencio, las arrugas de su rostro mostraban que era una mujer de edad bastante avanzada, llevaba el pelo trenzado a ambos lados de la cabeza, dejando el resto de la melena suelta. Sus ojos rodeados de arrugas marcadas dejaban entrever que habían conocido épocas mejores e incluso que habían sido unos ojos muy bonitos. Me llamó la atención el color de sus ojos, no estoy seguro de que fueran de un verde muy pálido o de si se veían así porque habían perdido el brillo a consecuencia de la edad; era obvio que no veía demasiado bien. Me pregunte por qué motivo no llevaría puestas las gafas que colgaban sobre su pecho atadas con un cordón de cuero trenzado.

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