Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

martes, 17 de mayo de 2011

Libro de Valine 40

Me disgustó sorprenderme a mí mismo pensando en ella, aunque tengo que reconocer que durante un tiempo Vhala fue una parte de mi vida. No llegué a amarla, pero llegamos a estar muy unidos y a compartir lecho en numerosas ocasiones. Volví a la noche en la que la vi salir de la casa sin girarse a mirarme, sabía que iba de caza y la idea de no haber hecho nada para detenerla me turbaba. Estuve mucho rato sentado en la oscuridad en la entrada de mi casa, intentando apartar de mí la sensación de culpa. Algún inocente moriría aquella noche porque no había sido capaz de quitarle la vida a uno de los depredadores más mortíferos que existía. En mi desesperación me levanté y me dirigí hacia el sótano, no había vuelto a bajar desde que Vhala se había instalado allí. Según avanzaba por el pasillo, una sensación de desasosiego se iba apoderando de mí.

Al fondo del pasillo había dos puertas, la del cubículo y otra que daba a una habitación que había destinado como trastero cuando reformé la casa. Aquella puerta estaba cerrada con una cadena y un candado grueso. No tenía intención de volver a utilizar aquellos muebles, ni siquiera sabía dónde habría echado la llave. Me sorprendió comprobar que el candado estaba forzado, no había nada de valor en aquella estancia. Pero más me sorprendió comprobar donde habían ido a parar aquellos muebles.

Me quedé parado junto a la puerta. Vhala había recopilado algunos muebles, alfombras, tapices y algunos enseres más y había ido redecorando el cubículo. Había colocado una mesa con un par de sillas e incluso un jarrón de porcelana en el que había depositado una rosa blanca. Sobre el lecho había un colchón de lana cubierto por una cortina que había quitado del salón un par de años atrás y sobre las cortinas la piel de oso que había cubriendo el tálamo. Al otro lado del cubil, frente a la mesa, había colocado un butacón de orejas que había cubierto también con una cortina de brocado, con bordados en plata que hacían que el sillón pareciera incluso confortable. Lo cierto es que después pasamos mucho tiempo acomodados en aquella poltrona. Había colgado también un par de tapices con motivos florales tapando las humedades que rezumaban por las paredes. Y por último había colocado junto al lecho una mesita de noche en la que había uno de mis libros abierto a la mitad, y un candelabro de tres brazos que había echado en falta del comedor. Me sorprendió comprobar que a Vhala le pudiera interesar la lectura, hasta ese momento la había visto como a un animal salvaje, brutal, con una idea fija en su mente: la sangre.

La anciana apareció de nuevo en el porche cargando con un par de cuencos, dos vasos, un par de cucharas y una hogaza de pan blanco. Hice intención de levantarme pero me pidió enérgicamente que me quedara sentado. Obedecí sin rechistar, ya sabía que protestar no serviría de nada con aquella mujer. La ayudé a extender el mantelito, ella dispuso la mesa y volvió en busca del guiso, que desprendía un aroma que te hacia la boca agua. Sirvió un par de cazadas en mi cuenco y luego hizo lo propio con el suyo. Se sentó frente a mí y con la cuchara en la mano me hizo un gesto indicándome que empezara a comer.

- Ten cuidado, viene de la lumbre.

Durante la comida no hablamos demasiado, se limitó a sonreírme de cuando en cuando. Por mi parte, me pasé todo el tiempo intentando abordar la conversación que teníamos a medias, pero tampoco quería forzarla. En ese momento no me di cuenta, pero ahora y después de darle muchas vueltas, creo que ella sabía de mi interés por el tema y en cierto modo disfrutaba haciéndome desear que continuara con su relato. Al finalizar la comida y con los cacharros ya recogidos, tomó asiento de nuevo a mi lado y me acerco una de las tazas de tisana humeante.

- Tienes buen color, tenías razón, la brisa del mar y el solecito te han hecho bien. Y ahora supongo que deseas saber cómo terminó la conversación entre Ishara y Enel’dur –me miró por el rabillo del ojo mientras una sonrisa asomaba a sus labios.

- ¿Disfrutas haciéndome sufrir verdad?

La anciana se echó a reír, era la primera vez que reía a carcajadas, su risa me contagió y me eche a reír también.

- Ciertamente tu interés me agrada. Hacía muchos años que no le contaba una historia a alguien que mostrara tanto interés. Es halagador teniendo en cuenta que he contado cientos de historias en mi vida –Me dedicó una sonrisa dulce-. Déjame pensar… Hm… Ah, sí. Como te decía, sólo un dragón podría reconocer a la niña, un dragón nacido de la unión ente una sierpe y un humano, que además portaría la marca de los dioses. Y tanto el vástago de Akh’nash’vagma como la niña y la cría de dragón habrían nacido o nacerían el mismo día, casi a la misma hora. Por ese motivo el mal primigenio habría movilizado ya sus adeptos para localizar y dar muerte a la niña y al pequeño dragón. Y por ese mismo motivo, Ishara concedió a toda su descendencia el don de poder adquirir forma humana y, de ésta manera, poder mezclarse entre el pueblo sin ser reconocidos.

- La niña, según me dijiste, contaría con el poder del bien y del mal a partes iguales. ¿Cómo puede ser eso?

- En esos momentos no se sabía nada sobre la niña, no quieras adelantarte a la historia, si te cuento el final perderá todo interés –Su malvada sonrisa volvió a asomar a su rostro, sus ojillos brillaban cada vez que conseguía dejarme intrigado.

- De acuerdo. Continúa, abuela.

- Enel’dur regresó a Sartil-Null y se presentó ante la corte. Puso en conocimiento de los monarcas y demás personalidades lo que Ishara le había contado. Comenzó entonces el tiempo de la búsqueda, pero los meses seguían pasando y la búsqueda no ofrecía ningún resultado, el mal seguía creciendo y haciéndose más fuerte poquito a poco. Empezaron a proliferar las criaturas malignas. Vampiros, demonios menores empezaron a multiplicarse en diversos puntos de la tierra. El consejo de monarcas estaba desolado, intentaron combatir el mal con todo lo que tenían a su alcance pero cada día era más fuerte. Mientras, cerca de una abadía que estaba situada en uno de los picos de la cordillera del norte, junto a una aldea de bárbaros poco poblada, en una cueva perdida en la montaña, venia al mundo un bebé, un hermoso niño fruto de la relación entre un humano y una dragona. Se le dio el nombre de Ekykilukyu, que significa “El Protector”. En algún otro punto de la tierra, Anja parió un hijo al que dio el nombre de Akh’nashi’visah que viene a ser algo así como el hijo de Akh’nash’vagma. Y en algún lugar más allá de los planos vino al mundo una preciosa niña fruto de la unión entre un malvado dios de la guerra y una celestial, fruto del amor que aunque resultara imposible se dio entre tan dispar pareja. A esta niña se le dio el nombre de Nerva. El nombre que se le impuso a la niña podría traducirse como La Elegida.

Se detuvo y le dio un gran sorbo a su tisana que ya estaba casi fría. Temí que se detuviera y no continuara contándome la historia, pero tras remover de nuevo el contenido de su taza y apurar lo que le quedaba siguió hablando.

- No es necesario que te aclare que de estos nacimientos no se supo nada en su momento. Es más, hubo de pasar mucho tiempo para que algunos iniciados supieran que el advenimiento de esta peculiar tríada se había consumado.

- ¿Qué fue entonces de los bebés?

- El hijo de Akh’nash’vagma creció junto a su madre bajo la estricta vigilancia de los adeptos de su padre. Este pequeño ser poseía un don peculiar. Absorbía toda la magia que hubiera cerca de él, tanto la arcana como la divina, ni siquiera los objetos imbuidos por los arcanos más poderosos de todos los reinos eran capaces de resguardar la magia de la que habían sido dotados. Su propia madre fue despojada de su magia. Y según iba absorbiendo dicha magia se iba haciendo más poderoso. La niña fue entregada por su nodriza a un guerrero de Assen, que reticente al principio, se convirtió en su protector durante los primeros años.

- ¿Y el dragón?

- El bebé semidragón fue entregado a los monjes que moraban en la cercana abadía. Lo entrego la hermana de su padre que había asistido a la madre en el parto y pudo esconderse con él en un rincón de la cueva en la que vino al mundo mientras sus padres eran masacrados por un dragón de hueso, un dragón enviado por el mal primigenio. Los monjes tradujeron su nombre al común para ocultarlo, lo acogieron y lo criaron hasta que alcanzó la edad adulta para un humano.

Me quedé petrificado al escuchar a la anciana. Me faltaba el aire, quería hablar, preguntar a la anciana… pero no podía articular palabra. Ella se dio cuenta y puso su manita sobre la mía, dando unos golpecitos de aliento e intentado que me calmara. Tardé unos segundos en reaccionar, segundos que se me hicieron eternos.

- ¿Estás insinuando que ese niño soy yo? –Intenté que mi voz sonara serena pero solo conseguí que fuera inteligible. No le di tiempo a contestar-. Es imposible, no tengo ninguna marca de nacimiento.

- No la tenías, pero ahora ya ha aparecido en tu piel. Ese escozor que sentías en el cuello… -Se tocó con la mano la zona del cuello en la que me había puesto el ungüento.

No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Cómo iba yo a ser el protector? Era imposible, lo habría notado de alguna manera antes. ¿Qué iba a ser ahora de mi vida? ¿Cómo encajaba Dru en todo esto? ¿Se suponía que debería alejarla de mi vida para proteger a otra mujer? Eso nunca pasaría. Amaba a Drusila por encima de mi propia vida, prefería morir mil veces antes que perderla.

1 comentario:

  1. Ou il n'y a pas de réponses que tu dois attendre,
    ni fantaisies que ne fais pas réalité,
    ton rendez-vous n'a déjà pas un temps,
    est maintenant, ici... pour toujours.

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