Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Libro de Marcus - 32.

Dudé por un momento con la mano sobre el pomo de la puerta, agucé el oído: apagada por los golpes me pareció distinguir la voz del hechicero, que nervioso y asustado recitaba más aprisa que de costumbre. Cesaron los golpes por un instante, mi mano que había comenzado a girar el pomo se detuvo en seco, pude oír con total nitidez la risa burlona de Selil, y de alguien más que no acerté a reconocer. Abrí la puerta de un tirón, crucé el umbral que me conducía al corredor, unos pasos más allá de mi puerta se encontraba el mago, envuelto en una especie de humo luminiscente, recitando conjuros tan rápido como su voz se lo permitía. Delante de él cortándole el paso, se hallaba Selil, con una pequeña daga que blandía ante la cara del hechicero como si quisiera cortar la cortina de humo, mientras reía divertida con la expresión del anciano. Tras ella, sus asiduos acompañantes la animaban a acabar con los sufrimientos del viejo arcano.

Me acerqué despacio sin apartar la vista de Selil que parecía dibujar algo en el aire con la daga, sus labios perfectos dibujaban una amplia sonrisa un tanto crispada que dejaba al descubierto sus afilados colmillos, sus serenos ojos de un malva cristalino se habían tornado oscuros, contrariados con la nube que el arcano había levantado a su alrededor, brillaban con un punto de demencia. Sin duda estaba hambrienta y el patético anciano había aparecido en el peor momento. Evité rozar el mágico humo sin perder de vista la figura de Selil, me dirigí a ella con el tono de voz más seductor que pude intentando tranquilizarla, sabía que al menor movimiento que pudiera resultarle amenazante la tendría sobre mí dispuesta a darme muerte.

Bajó la daga sin apartar la vista del arcano, enarcó una ceja y mientras le miraba jugueteaba con la daga sobre su muslo, la sangre comenzó a brotar despacio resbalando por el muslo. Su pequeño grupo acostumbrado sin duda a esta clase de demostraciones desapareció del pasillo sin que apenas me diera tiempo de darme cuenta. Para cuando llegué hasta ella ya se había calmado, entrelacé mi mano con la suya, tiré de ella hacia la salida y susurré – Vamos de caza querida – Su rostro se relajó por completo, aceleró el paso hacia la salida y en cuestión de segundos corríamos veloces por las cloacas de Sartil Null.

Al abandonar las alcantarillas, la suave brisa acarició nuestras caras, dejé que Selil marcara el rumbo a seguir, no hacía mucho que me había alimentado por lo que no sentía la necesidad de cazar, sólo estaba allí por ella. Selil corría tan veloz que me costaba seguirla, ágil y precisa saltó sobre su presa como una pantera en mitad de la noche, aquel hombre no tuvo tiempo ni de temer por su vida. Bebió hasta saciar su sed, se giró hacia mí sacudiéndose suavemente la ropa, un hilo de sangre caía por la comisura de sus labios, me acerqué y lo lamí despacio, saboreando la sangre y sus labios. Una sonora carcajada salió de su boca al tiempo que me empujaba suavemente, - Ni lo pienses cariño – . Desistí de mi intento, Selil nunca me permitió cruzar el límite entre la amistad y el deseo que esa mujer despertaba en mí.

4 comentarios:

  1. Waww!!que enigmático!

    Realmente me atrapó, mucho más esa exacta forma de marcar y detallar sensaciones y expresiones que se expanden místicamente por sí solas:).

    Te dejo un beso grande Susurros;)!!

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  2. Jajaja mi Selil to' demente la pobre. Como mola :3 a ver cuando luchamos contra los licántropos, que van a pillar :D

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  3. Me han gustado los dos últimos post que he leido... pero ya que van numerados creo que tendré que ir poniendome al día poco a poco...
    Besos

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  4. Casi que mejor salgo yo de caza porque me has abierto el apetito...jajaja
    Muy bueno...
    Saludos.

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