Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Libro de Marcus - 33.

El estado de ánimo de Selil había cambiado radicalmente, ahora se mostraba afable dentro de los límites que marcaba su personalidad errática. Emprendimos el regreso, esta vez sin prisas, nuestro paso a pesar de ser ligero, podría catalogarse como un paseo a la luz de la luna. Nos detuvimos justo antes de entrar en un claro del bosque, un olor nauseabundo inundaba el ambiente, Selil me hizo un gesto con la mano señalando hacia el norte, gire la cabeza y pude observar que a unos metros de nuestra posición se encontraba la entrada de una cueva, sin duda la pestilencia inconfundible de los licántropos, provenía de allí.

Volví a mirar a Selil, estaba tensa, con el cuerpo ligeramente arqueado hacia adelante en posición de ataque, en sus ojos se observaba un brillo letal. Calcule nuestras posibilidades, intentado recordar cuantos miembros había observado en aquel bosque cuando me di de bruces con la manada. Selil mantenía la mirada clavada en la entrada, sin mover un solo musculo de su cuerpo como si de una estatua de hielo se tratara. De un salto me situé a su lado, intente captar su atención sin hacer ningún ruido, en ese momento giró ligeramente la cabeza hacia mí, le indique con un movimiento de cabeza que debíamos esperar, ella volvió a clavar la mirada en la entrada de la cueva.


- Solo hay cinco – susurro sin perder un segundo la concentración – es el momento Marcus, podemos acabar con ellos tu y yo solos.
- ¿Te has vuelto loca? – replique a sabiendas de que mi queja no serviría para nada.
- ¿Tienes miedo de esos chuchos? – murmuró entre dientes mientras sus labios se curvaban en una sonrisa burlona.
- Yo diría que estoy siendo sensato querida.


Por un momento pensé que estaba reflexionando sobre lo que le acababa de decir, pero nada más lejos de la realidad. Me miro por el rabillo del ojo, antes de que me diera cuenta estaba parada delante de la entrada con su alabarda alzada pidiendo sangre, la sangre de los licántropos. Me hizo un gesto con la mano para que la siguiera, saque mi espada y la seguí dentro de la cueva. Habíamos profundizado unos metros en el interior de la cueva cuando nos dimos cuenta de que se abría en una especie de bóveda pequeña, había una hoguera casi en el centro en la que aún humeaban rescoldos, el hedor era insoportable, algunos huesos, algunos trozos de carne putrefacta y escombros era todo lo que se podía observar en la cueva.

Me centre en los miembros de la manada, eran cinco hembras. Una de ellas, sin duda la más vieja, tenía el pelo ajado y grisáceo, se lamia una de las patas, supuse que estaba herida lo que la convertía en una presa fácil. Las otras cuatro eran hembras jóvenes, mire a Selil esperando que hiciera el primer movimiento, pero como era de esperar, ella no contaba conmigo. Salto por encima de las rocas ágil y silenciosa, agito su alabarda como si se tratara de una extensión de sí misma, con movimientos elegantes pero precisos, secciono la cabeza de la vieja loba, para cuando quise reaccionar, ya había terminado con la vida de otras dos de las jóvenes y se encaraba con las que seguian con vida. Una de ellas se percato de mi presencia y se abalanzó sobre mí, blandí mi espadón clavándoselo en el pecho justo antes de caer sobre mí, oí crujir los huesos de la otra hembra, obviamente Selil le acababa de partir el cuello. En cuestión de segundos la reyerta había concluido. Ahora solo quedaba esperar la reacción del resto de la manada que como era de esperar sería cruenta.

2 comentarios:

  1. Que ganas tengo de que llegue la batalla con los licantropos...esto obviamente ha sido un aperitivo...
    Saludos.

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  2. Hola soy yo otra vez..en mi blog tienes un premio...jajaja

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