Lestat de Lioncourt "Su sangre corrió por mis venas más dulce que la vida misma, y entonces las palabras de Lestat tuvieron sentido para mí: sólo conocía la paz cuando mataba, y al oír el agonizante latido de su corazón... supe otra vez lo que la paz podía ser."
Anne Rice.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Libro de Marcus - 35.

Habían pasado ya tres días desde que hable con Rolan de la necesidad acuciante de actuar contra la manada si no quería perder a la aliada más valiosa que había conseguido. Rolan había enviado a los rastreadores en busca de la nueva ubicación de los lobos, ya que estos habían cambiado de cubil tras la matanza de las cinco hembras. Pero los rastreadores no habían vuelto aun y los ánimos entre la gente de Rolan y de sus aliados empezaban a caldearse. Se habían producido ya algunos enfrentamientos entre los elegidos de Akh’nash’vagma y los inquietos vampiros jóvenes que formaban las tropas de Rolan.

Tirado sobre la cama que dominaba la posición central de mi alcoba esperaba, con cierta impaciencia, a que me avisaran de la llegada de los rastreadores con algún tipo de noticia. Unos golpes en mi puerta me hicieron incorporarme de un salto, me acerque a la puerta con la esperanza de que hubiera algún detalle de la manada que nos llevara por fin al enfrentamiento, el tiempo jugaba en mi contra, contra más tiempo tardara en regresar a Assen, menos posibilidades tenia de recuperar a Drusila. Gire el pomo y tire de la pesada puerta, me quede petrificado, Valkiria me sonreía al otro lado del umbral, su sonrisa dulce y serena siempre me habían provocado un sentimiento de paz, pero en esta ocasión un escalofrió recorrió mi espalda, esta nueva aliada traería consecuencias nefastas.

Tiré de ella hacia dentro, cerré la puerta tras de ella y eche el cierre en un movimiento reflejo, como si de esa manera pudiera conseguir que Selil no se enterara de su presencia en la morada de Rolan, una estupidez por mi parte, ya que Selil tenía ojos y oídos en todos los rincones de aquel antro. Valkiria me miro asombrada por el tirón, pero no hizo en menor comentario, ni la más mínima queja, se dirigió caminando despacio, casi parecía que flotara, hacia el mismo butacón que había ocupado Selil unos días antes. Siempre me he preguntado como dos mujeres tan distintas habían podido llegar a quererse como si fueran realmente hermanas. Mientras que Selil era una guerrera un tanto brusca en el trato, posiblemente por el trato mantenido con guerreros durante todo el tiempo que dedico a mejorar la práctica de este arte, con un largo historial de muerte y atrocidades a sus espaldas, Valkiria era una mujer serena y dulce, que a pesar de ser una damphir que necesita alimentarse como un vampiro, en su larga existencia no se sabía que hubiera matado a nadie, solo tomaba lo necesario para sobrevivir dejando a sus víctimas con vida.

Ahora estaban las dos bajo el mismo techo, al igual que el motivo de sus desavenencias, Tyrael el Paladín renegado, al que Selil había abrazado y que ahora la seguía como un cachorro fiel. Escrute los ojos de Valkiria con la intención de adivinar si ella sabía que ellos también estaban allí, pero los ojos de Val, se mantenían impenetrables, nunca fui capaz de saber que pasaba por esa cabecita. Una vez se hubo acomodado, levanto la cabeza para dedicarme una sonrisa tierna y diría que melancólica. Tome su mano, pequeña y fría, y se la bese al tiempo que hacia una reverencia exagerada bromeando con ella.

- ¿Qué trae hasta mis aposentos a tan bella dama? –me miraba sonriendo divertida, inclino la cabeza exagerando el gesto, al igual que había hecho yo.
- En cuanto supe que estabas aquí, me dije Val tienes que ver a Marcus antes que a nadie, ya sabes querido amigo que siempre fuiste mi debilidad –su risa resonó por toda la estancia.
- Un hermoso gesto que sin duda te agradezco Val, dime ¿qué ha sido de tu vida desde que nos vimos la ultima vez?

Me dedicó una mirada triste, sus ojos profundos y oscuros centellearon con un rayito de ira apenas perceptible, apartó un mechón de cabello que le caía sobre la frente y se ajustó los guantes, la observé en silencio, parecía estar llevando a cabo un ritual de autocontrol, pensé que no me contaría nada, simplemente estaría pensando en darle un buen giro al tema de manera que no volviera a salir durante el resto de nuestra conversación.

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